SACROSANTA FAMILIA

28 NOVIEMBRE 1990

TOM PAINE (ANTONIO GARCÍA-TREVIJANO)

Cualquier persona sensible, religiosa o atea, suscribiría sin reservas la descripción de la situación que encabeza el documento episcopal sobre la moralidad pública, salvo la relativa a la sexualidad, al matrimonio y a la familia. Los patrones de la sociedad patriarcal, que acunó a las religiones, continúan impidiendo la visión objetiva de los aspectos moralizantes que la civilización industrial introduce, en el amor y en la familia tradicional, con la emancipación de la mujer y el respeto a la personalidad de los hijos púberes.

El documento episcopal cae en la contradicción de criticar el dirigismo cultural y denunciar al mismo tiempo «la ausencia de un discurso público dignificador del amor y de la familia». En las democracias anglosajonas causaría estupor esta petición de la Iglesia a la sociedad política para que lo público invada la esfera intangible de la sociedad civil, el ámbito de lo, más que privado, íntimo. En las épocas de barbarie, en los pueblos más incultos sólo hay honor y dignidad en la familia.

El progreso moral está marcado por la tendencia histórica a valorar al único ser realmente susceptible de instintos, intereses o ideales, es decir, al individuo. No podemos olvidar que la familia es un accidente natural, un expediente primitivo que no debe cerrar y prolongar sus lazos más allá de la protección que puede procurar a sus miembros, según el estado de la sociedad donde vive. El respeto absoluto a la moral tradicional mantendría al padre como único sujeto de derechos. La patria potestad está limitada por una sana animalidad que no crea instintos para proteger a los que ya pueden protegerse a sí mismos. La religión combate el amor libre y la emancipación precoz de la prole no por razones de moralidad sexual, cuya inspiración sólo puede venir de la naturaleza, sino por el carácter sacrosanto del lugar familiar donde la propia religión se genera.