Sacrosanta familia
TOM PAINE
ualquier persona sensible, religiosa 0 atea, suscribiría sin reservas la descrip ción de la situación que encabeza el documento episcopal sobre la moralidad pública, salvo la relativa a la sexualidad, al matrimonio y a la familia. Los patrones de la sociedad patriarcal, que acunó a las religiones, continúan impidiendo la visión objetiva de los aspectos moralizantes que la civilización industrial introduce, en el amor y en la familia tradicional, con la emancipación de la mujer y el respeto a la personalidad de los hijos púberes.
de barbarie, en los pueblos más incultos sólo honor y dignidad en la familia. hay
El documento episcopal cae en la contradic ción de criticar el dirigismo cultural y denunciar al mismo tiempo <la ausencia de un dis curso público dignificador del amor y de la familias. En las democracias anglosajonas causaría estupor esta petición de la Iglesia a la sociedad política para que lo público invada la esfera intangible de la sociedad civil, el ámbito de más que privado, íntimo. En las épocas 1o,
El progreso moral está marcado por la tendencia histórica a valorar al único ser realmen te susceptible de instintos, intereses 0 ideales, es decir; al individuo: No podemos olvidar que la familia es un accidente natural, un expedien te primitivo que no debe cerrar y prolongar sus lazos más allá de la protección que puede promiembros; según el estado de la sociedad donde vive. El respeto absoluto a la mo ral tradicional mantendría al padre como único sujeto de derechos. La patria potestad está limitada por una sana animalidad que no crea instintos para proteger a los que ya pueden protegerse a sí mismos. La religión combate el amor libre y la emancipación precoz de la pro le no por razones de moralidad sexual, cuya inspiración sólo puede venir de la naturaleza, sino por el carácter sacrosanto del lugar familiar donde la propia religión se genera.