(Conferencia inhumana)

TOM PAINE

stamos viendo y oyendo en nuestros E hogares, como atenienses en el ágora, 'las pasiones de la guerra. Pasiones de personas y de gobiernos concretos que hablan y actúan, para que los hombres se maten, en nombre de imprecisas abstracciones: orden del mundo, derecho internacional. Hemos visto y oído, sin comprenderlo, cómo el destino bélico tiene atrapados a los actores de la tragedia. Ningún Tucídides se ha inter puesto entre ellos y la opinión mundial para introducir, en la aparente fatalidad de una confrontación por principios; la consciencia de la evitabilidad de una guerra fundada en causas materiales. La palabra petróleo no fue siquiera pronunciada en la memorable confe rencia. Y en estas condiciones de abstracción la historia se hace incomprensible. Los gos se dejaron confundir por la ambición de Alcibíades, desoyendo al prudente Nitias. No podían imaginar que estaban preludian con el inicio de la guerra del Peloponeso, el final de su hegemonía. griedo,

Las tensas intervenciones de los dos porta voces de la muerte han transmitido a los espectadores una singular emoción. No por la consciencia de ésta presenciando el acontecimiento histórico de su época, sino por el sentimiento de impotencia de la humanidad para dominar las ambiciones de poder. El espectáculo ha comunicado la emoción que só1o el teatro clásico proporciona: Nadie esperaba información de una entrevista que se celebraba bajo la condición de no negociar, de no alterar las posiciones de antemano conocidas. Se trataba de escenificar ante el mun do la representación de una tragedia.

Lo que impresiona en los dramas de Shakespeare es el conocimiento exacto que los actores tienen de sus móviles pasionales. Lo que embarga el ánimo en la tragedia griega,y en la conferencia televisada es la habilidad de los actores para convertir lo posible; la guerra, en inevitable, y para presentar lo humano, las ambiciones de poder, como gencias inhumanas de un destino inexorable. exi-