LA CABEZA INVISIBLE

AJOBLANCO.JULIO-AGOSTO 1994

ANTONIO GARCÍA-TREVIJANO

La importancia ideológica de unas elecciones, o mejor dicho, el valor legitimador que tiene la participación de los gobernados en el juego electoral, varía sensiblemente de un régimen de poder a otro. Cuanto menos democrático sea, más necesitado está de exagerar el papel de las urnas. Lo vimos antes en la dictadura del Estado de un solo partido. Ningún otro tipo de dominación ensalza tanto el alto grado de civismo y de madurez del pueblo que ratifica en las urnas las decisiones del poder que lo desprecia y atemoriza. Y lo vemos ahora en la oligarquía del Estado de varios partidos. No hay elección en la que el pueblo no demuestre sus maravillosas dotes de previsión política para saber, en cada momento; la cuota electoral que debe dar a cada partido con el fin de asegurar el interés general de la nación. Los comentarios postelectorales son siempre los mismos. Los resultados son explicados como decisiones providenciales de una inteligencia política que ningún elector aislado tiene. La mano invisible que asegura, con el egoísmo de los individuos, el equilibrio general de la oferta y la demanda, en el mercado, jamás puede alcanzar la eficiencia de esa “cabeza invisible” que ordena, con la ceguera y sordera del elector, el reparto general del voto ciudadano en función de las necesidades de equilibrio del sistema de poder.

Así se nos explica, en cada elección, que el pueblo o el electorado han sabido y querido dar el exacto porcentaje de votos para conseguir que haya o no haya mayoría absoluta, que se dé una advertencia al partido gobernante pero manteniéndolo en el poder, que se castigue la corrupción pero no hasta el punto de impedirle que pueda entrar en otra combinación de gobierno. En fin, todo el resultado electoral expresa, en su conjunto, la infalible sagacidad de la cabeza invisible que encierran las urnas. Extraño computador que saca calidad política de la simple suma de grandes cantidades de ignorancia y de torpeza. Si Rousseau hubiese sabido esta virtualidad de las urnas les habría confiado a ellas, y no a una deliberación asamblearia, el descubrimiento de la voluntad general. Cuando se acude a esta mística del voto para darle un sentido inteligente que no puede tener, cuando se olvida que la suma de votos sólo puede dar mayor o menor fuerza legitimadora a cada opción electoral, sin contemplación alguna de los motivos internos de los votantes, ni del equilibrio externo de los resultados, es señal inequívoca de que el fundamento del poder político no está en las elecciones, y de que en éstas no se puede elegir en realidad nada. Son meros plebiscitos donde el votante refrenda lo que los partidos ya han elegido por él.

La diferencia verdadera entre la dictadura de un partido y la oligarquía de varios, como la que existe entre un monopolio y un oligopolio, no está en que la primera prohíba el derecho de elegir algo que concede la segunda, sino en que la dictadura sólo permite refrendar una sola lista impuesta desde arriba, mientras que la oligarquía te impone también desde arriba la posibilidad de optar entre varias. En los países democráticos, o sea, en aquello; donde los ciudadanos pueden elegir, y no refrendar, a sus representantes políticos y a sus gobernantes, de forma directa y personal sin listas de partido, no hay necesidad de mitificar la función política del voto, ni de recurrir a la “cabeza invisible” de las urnas para explicar los resultados. Simplemente hay candidatos ganadores y perdedores, sea a un puesto de diputado de distrito en la Cámara legislativa o al cargo de Presidente del Gobierno. Y si algún comentarista tuviera la extraña ocurrencia de explicar los resultados por la sabiduría calculadora del pueblo, o por cualquier otra cosa que no sea la de los electores, todo el mundo lo tomaría por un loco iluminado. Existe en España una extendida opinión, que se cree progresista, a favor de que las listas electorales dejen de ser cerradas y se abran a la posibilidad de que el votante introduzca en ellas alguna variante. Aparte de que las listas abiertas funcionan de hecho como cerradas (en Italia, sólo el 3% de los votantes hicieron uso de su derecho a cambiarlas), lo que no es democrático, por no ser representativo de los electores sino de los aparatos de partido que hacen las listas, es el propio sistema proporcional. Y tan oligárquico es el método de las listas cerradas como el de las abiertas. La democracia sólo tiene un modo de representación política. El uninominal, por mayoría en el distrito electoral. Bien sea, como en Inglaterra, a una sola vuelta, donde resulta elegido el más votado. Bien sea, como en Francia, a doble vuelta entre los dos candidatos más votados, si ninguno alcanzó la mayoría absoluta en la primera.