O TRAS RAZONES
EMPRESARIOS DE LA IMPIEDAD
S iento simpatía por los libertinos de sí mismos. Adoro la libertad de los demás. Y detesto al libertino de la libertad. No por lo que tiene de excesivo, o le sobra de libertante, sino por lo que le falta de natu-
MR. BUSH, VIAJANTE DE COMERCIO
ral. Lo que se desarraiga de los instintos permanece lejos de la humanidad. En el terrorismo, la inhumanidad no es exclusiva de los aterradores. La brutalidad está en ellos. Pero la impiedad se anida en los «aterradistas» por sistema, en los granjeadores del drama, en los vividores del terror, en los que condenan los medios terroríficos y aprueban sus fines, en los «liberalísimos» libertinos que se declaran por la Independencia del País Vasco si una mayoría electoral lo decidiera.
España no tuvo libertinos librepensadores, como Inglaterra y Francia. No por azar se llamó por vez primera librepensador a un discípulo (Toland) del padre de la tolerancia, Locke. Salvo Miguel Servet, que-
«La débauche» de su depravación cultural no tiene límites en el abuso de la libertad, en la «bouffe» atragantada de negocios, en la impúdica orgía de famas y premios, en el menaje a cuatro naciones. Libertinos de la libertad, empresarios de la impiedad.
mado por los calvinistas entre los «libertinos ginebrinos», aquí no conocimos el libertinaje espiritual. Tuvimos profesores en lugar de filósofos. Y ahora, cuando la tolerancia inherente a todas las oligarquías liberales suplanta al respeto exigido en la democracia, florecen estos nuevos libertinos de la libertad, predicando tolerancias al libertinaje con las patrias. Al son de sus empresas, chalanean con la vasca, como jugarán con la catalana o gallega, porque no respetan la española y fueron cómplices del patricidio de la Transición.
Con el desparpajeante manejo de la opinión, llegan a tener más poder que el viático de los gobiernos y el permanente de los banqueros. El poder de disponer, mientras se enriquecen con el negocio de la libertad, de lo que, no siendo privativo de nadie, la historia mancomunó.
Contra lo que cabría esperar, a esta categoría no se llega siendo muy liberal con la opinión de todos, sino reprimiendo la de muchos y despreciando las fuentes históricas del sentimiento nacional. La libertad de poder transluce en la prepotencia de la libertad de expresión. Concretamente, en los patronos de los dos diarios de mayor difusión, encadenados al auge de cada partido gubernamental.
Un liberal no procura la libertad de dominio sobre cuerpos y almas de otros. A lo sumo, le basta con que le dejen hacer de su capa un sayo. Cuando traspasó esas fronteras y pudo actuar en lo público, el liberal se hizo librepensador o libertino, antes de que pudiera ser demócrata. Un gobernante liberal es hoy una ficción o un contrasentido. Los «liberalísimos» de la prensa son los libertinos de la libertad, los «libertadísimos» de todo lazo con el pasado, de toda dependencia con la verdad.
La degradación que sugiere la extensión del libertinaje en las ideas y creencias no vino de un exceso de libertades públicas, sino bien sea de su defecto, como fue el caso de los primeros libertinos (llamados «d'esprit»), o bien de la falta de conexión de la libertad con la posibilidad de realizar ideales de vida superior, como es el caso de los actuales libertinos de la libertad. Para llegar a ser libertino «d'esprit» se necesitan cualidades mentales y morales que los «liberalísimos» no tienen: pensamientos originales sobre la vida y voluntad de erosionar la hipocresía del consenso con el escándalo de su publicación.
Los primeros desórdenes de la libertad republicana de 1931 introdujeron en la cultura popular la idea reaccionaria de que la libertad se confunde con el libertinaje. Al vulgo ignorante le encantan las frases tontas que parecen cultas. Y aún hoy no son pocos los que atribuyen a las libertades públicas otorgadas la introducción del desenfreno en las costumbres.
Antonio GARCÍA TREVIJANO
L a venida del Sr. Bush a Europa se ha convertido en la visita de un viajante. Un representante comercial que llevaba en su maletín de ofertas el Escudo Antimisiles o National Missile Defense (NMD) y, como tema
secundario de coloquio, su crítica al Protocolo de Kioto como algo «poco realista». ¿Desde qué concepción de lo real?, Mr. Bush. ¿Quizá la definida por los intereses de las grandes empresas contaminantes?
lidad infantil tercermundista en las zonas empobrecidas de los EE UU y todo un rosario de flagelos que azotan a la sociedad actual, algunos de los cuales pueden conducirnos a verdaderas catástrofes. Una situación que podría reme-
He iniciado el artículo presentando a Bush como viajante de comercio. Sin el propósito de desvalorizar tal profesión, no menos respetable que muchas otras, sino con intención muy claramente descriptiva. El presidente de los EE UU ha venido a vender. Porque lo que detrás del famoso escudo se ventila son fundamentalmente intereses económicos recubiertos por falaz retórica. Según los datos aportados por LA RAZÓN, en efecto, el proyecto alcanzará un costo de partida de 66 mil millones de dólares y tardará unos quince años en estar en condiciones de funcionar. Y ¿qué diremos de la geoestrategia dentro de quince años? En un tiempo en que la tecnología y la situación mundial, quizá con China convertida en la primera potencia económica, se haya transformado de un modo que los futurólogos apenas pueden escenificar.
diarse si los enormes recursos de nuestra ciencia y tecnología encontrasen una dirección racional al servicio de las auténticas necesidades humanas. Pero todo ello es olvidado en nombre del mito de la seguridad, tan cultivado como instrumento de domesticación de las masas y la fantástica propuesta del escudo antimisiles.
Cuando publiqué mi última edición de la «Crítica de la Civilizacion Nuclear», me ocupé de la «guerra de las galaxias» o «guerra de las estrellas», la SDI (Strategic Defense Initiative) lanzada por Reagan. Y tuve ocasión no sólo de consultar la bibliografía pertinente sino de hablar en Washington con alguno de los físicos que habían trabajado en el proyecto y me explicaron la serie de falsificaciones a que se recurría para impresionar a los soviéticos, aparentando una eficacia inexistente. Eran los tiempos de la «guerra fría», de la monstruosa carrera nuclear. Pero el beligerante Reagan, para encubrir los intereses de las industrias, podía con cierta facilidad exhibir un enemigo. Ahora hay que sacarlo de la chistera. ¿Quién puede imaginar a Irak, Corea del Norte o Irán, lanzando un ataque nuclear contra los EE UU? O contra Europa, como pretende vendernos el Sr. Bush. Y la cumbre del ridículo se alcanza, cuando se pretende que el mágico escudo sería un arma contra Eta. Hace falta tener la capacidad de adulación ante el poderío americano de Aznar y de Berlusconi o el seguidismo de Blair para apoyar este dislate. La militarización del espacio, el cultivo de la imagen agresiva de ciertos países están en la senda mas nefasta para emprender los caminos del siglo que iniciamos. ¿No sería mucho mejor, desde luego éticamente, pero también de un modo práctico, si de verdad se pretendiera un justo orden mundial, levantar las sanciones a Irak que constituyen un verdadero genocidio? Y abrir el diálogo y la cooperación internacionales. Por supuesto avanzar en el desarme que libere a nuestro planeta de su terrible situación actual: la de un polvorín nuclear.
Carlos PARÍS
Tremenda estrechez, cuando un encuentro de la mayor parte del Primer Mundo, constituida por los EE UU y la Unión Europea, debería afrontar una reflexión sobre los grandes problemas que hoy afligen a la humanidad y ante los cuales tal sector tiene una responsabilidad única, la cual urgiría definir una política de desarrollo planetario, que sin duda la llamada «globalización» no representa. Y entre estos problemas se encuentra, ciertamente, la degradación del medio ambiente y la esquilmación de los recursos naturales en nuestra forma de vida, pero también el hambre, la desigualdad económica entre los países, que proyecta las masas del Tercer Mundo sobre las puertas del Primero, el paro, el sida y, más genéricamente, la deficiente situación de la sanidad en el conjunto de la tierra, la morta-
¿CUESTIÓN DE DISCIPLINA?
A dos «barones» populares de la envergadura de Eduardo Zaplana y Alberto Ruiz Gallardón, V alencia y Madrid, su partido les ha pedido que revoquen su decisión de no presentarse. Es lógico que el PP no quiera arriesgar la mayoría absoluta que ambos consiguieron, pero como la cosa roza la «cuestión sucesoria» del propio José María Aznar, en el PP hay quien ya les da por descartados como candidatos. Sin embargo, el que Gallardón y Zaplana concurran de nuevo no excluye sus posibilidades en el 2004, como no lo están las de Rodrigo Rato, en el dilema de que él no quiere y los demás no le creen, ni las de Mariano Rajoy, que de eso no habla ni harto de pu-
abierto el ramillete de candidatos en el que muchos sitúan, pese a todo, al propio Aznar. Si a Zaplana o a Gallardón se les puede invocar la disciplina de partido, argumentan, ¿alguien puede pensar que Aznar sería menos disciplinado si se lo pidiera expresamente el partido?
Luisa PALMA
ros. El argumento de permanecer en el mandato que algunos invocan perdería fuelle si, por ejemplo, se concreta la posibilidad de que Mayor Oreja sea secretario general. Así que sigue