TERROR Y TERRORISMO

S on cosas distintas, aunque relacionadas. El terror es un sentimiento de miedo espantoso a un peligro real que concierne a un específico grupo social vecino al móvil que crea el riesgo. El Terror del Régi-

El terrorismo, que no es sentimiento subjetivo sino social, constituye un fenómeno moderno de la psicología de masas. La voz terrorista se incorporó a nuestra lengua en 1884 («terror», en 1440), para nombrar a los autores de atentados magnicidas o fabriles, sin otro móvil que la represalia contra símbolos del Estado clasista y del maquinismo industrial. Los primeros que se valieron del terror como táctica para la conquista del Estado no se llamaron terroristas, sino fascistas.

No puede haber terrorismo sin actos en serie de terror. Pero es falsa la creencia común de que entre terror y terrorismo hay relación de causa-efecto, principio-consecuencia o antecedente-consecuente.

No es un azar que los nacionalistas de Corradini se aliaran, a principios del XX, con Mussolini y los sindicalistas seguidores de la violencia proletaria, teorizada por Sorel, para cambiarla por la violencia nacionalista. Pero hasta el fin de la segunda guerra mundial se mantuvo unido el terrorismo a los atentados de grupos radicales del anarco-sindicalismo y del patriotismo de la unidad irlandesa. Y estos últimos, acabado el mito revolucionario de la huelga general, han conseguido imponer en el lenguaje actual su paradigma de terrorismo, entendido como guerra psicológica de emancipación estatal o liberación nacional, mediante continuados actos de terror y sabotaje.

El terror produce un miedo pánico vecinal que no está presente en el terrorismo. En éste predomina la inquietud política y la indignación social sobre el miedo personal. Esto quiere decir que el terror no contiene ni explica por sí sólo al terrorismo.

Mi aportación intelectual al conocimiento de este fenómeno complejo consiste en considerarlo producto de cuatro causas. Su causa eficiente está en los agentes de terror (Eta). Su causa material, en la continuidad de los atentados. Su causa formal, en la idea aterradora difundida por la prensa. Y su causa final, en el nacionalismo independentista. En estas concausas, la esencial para definir el terrorismo es la formal. Lo cual no significa que el terror sólo sea mera ocasión para que la mente aterradora de los medios informativos desarro-

men jacobino no era terrorista. Pues no afectó a toda la sociedad francesa, ni pretendió obtener concesiones de sus adversarios. Consistió en un mero expediente ideológico para liquidarlos y en un sistema de dominación. En el mundo político, la palabra terror designa el tipo de miedo que sufren los que, por ser o creerse objetivos personales de una causa ideológica de persecución, están aterrados o pertérritos ante el Régimen de poder. Puede haber, por eso, Estado de Terror, pero no terrorismo de Estado.

Aunque el terror y los atentados terroríficos no contienen en su naturaleza el elemento aterrador de la prensa ni el ideal nacionalista de la Independencia, y por eso éstos no pueden ser puros efectos de lle el terrorismo.

aquéllos, no obstante continúan presentes, de modo continuo, tanto en los titulares de prensa compositores del terrorismo, como en la política independentista del nacionalismo vasco.

Por permanecer la causa del terror en ellos, no sólo producen terrorismo al condenar los atentados con mente aterradora, sino que impiden toda posibilidad de auténtica política antiterrorista. Sería un contrasentido del sistema.

Es obvio que sin terror no habría terrorismo. Pero sólo con terror tampoco. Y esto nadie quiere verlo ni, mucho menos, decirlo. La relación entre terror y terrorismo es la que Brentano estableció con la permanencia continua de la causa en el efecto, distinto de ella. Por ser distinto, la prensa, los gobiernos y el PNV no son cómplices del terror.

Antonio GARCÍA TREVIJANO

LA CONDICIÓN HUMANA

C olin Powell definió así el t e r r o r i s m o apocalíptico que se cernió sobre USA y continúa estremeciendo al pueblo norteamericano y a la opinión pública mundial. Un acto de guerra. Decidido y planifica-

do por poderes invisibles. Ejecutado por unos cuantos comandos kamikazes fanatizados por la fe en el heroísmo, en la satanización del enemigo y en la eterna salvación de su alma. Como siempre, el infierno son los otros. Es la mitología forjadora de un gran Satán -que es el Otro- al que hay que eliminar a toda costa. No hay identidad que no se marque a fuego en función de lo que excluye y no hay exclusión en la que no esté latiendo la tentación del exterminio. Los que crean grandes mitologías siempre colocan un dios a su cabeza en cuyo nombre se santifica la guerra -grande o pequeña, pobre o rica- contra el Otro. Es la exhibición amenazante de una «otredad» absoluta e incurable. Una vez que esta ficción ha sido consumada, se puede proceder al sacrificio público del enemigo en los altares de la identidad (nacional-étnica, o lo que diablos sea), a los dioses oscuros de la pureza que garantizan el espíritu nacional, el alma co-

SOLIDARIDAD SECRETA

E n estos duros momentos para el país más poderoso del mundo, brutalmente herido por el terrorismo, la solidaridad mundial es un deber al que pocos países están faltando. España ha dado también sobrados ejemplos de apoyo al Gobierno y pueblo norteamericanos en estas primeras horas con un ofrecimiento de ayuda material y humana por si fuera precisa. En esa misma línea, el espía militar ha detectado que esa deseable e importante colaboración parece especialmente bien encaminada entre los servicios de información de ambos países. El Cesid ha dispuesto tradicionalmente de excelente información sobre las células fundamentalistas, que han tomado el sureste de nuestro país como base o trampolín para acceder a Europa. Estos grupos, sobre todo argelinos, son sobradamente controlados por nuestros agentes. Ese conocimiento es ahora mismo sumamente apreciado por los servicios secretos norteamericanos, que han dirigido ya definitivamente todas sus sospechas hacia el integrismo y, en concreto, sobre Ben Laden, como responsables de la matanza de Nueva York y Washington. En este sentido, el espía recuerda también la detención de un lugarteniente del «señor» del terror mundial en Alicante. Más solidaridad, en este caso, secreta.

Juan BRAVO

lectiva, nuestra religión, nuestra raza y la casa de nuestro padre. En la plenitud de todo esto, nuestra efímera condición humana está llamada a perpetuarse e inmortalizarse.

LA RAZÓN de ayer. Ese nuevo ataque terrorista ha abierto la caja de Pandora de la violencia en el mundo. «La catástrofe humana ha sido terrible. El golpe moral brutal. Las consecuencias pueden ser pavorosas». Lo van a ser. Hasta que terminen de salir de esa caja calamidades y convulsiones sin cuento no cabe pensar en un nuevo umbral de esperanza. Huele a guerra, destrucción, sangre, represión y muerte. Si la perplejidad es la madurez de la razón, la seguridad de que no hay más camino que el exterminio elimina toda perplejidad y se convierte en la madurez de la violencia. Si el enemigo, al atacarnos con tanta vileza, se convierte en la mejor garantía de nuestra identidad, su implacable exterminio es el único modo de salvar esa identidad para siempre. Sólo en la muerte hay plenitud de identidad. Pulsión de identidad y pulsión de muerte es la misma cosa.

Lo dijo muy bien el lúcido editorial de

Así lo entendieron y aplicaron los comandos terroristas que humillaron hasta límites inconciliables a la primera potencia del planeta. Tanto soñar en grandes escudos que la hiciesen impenetrable ante el ataque de enemigos exteriores armados de misiles y, súbitamente, USA se encuentra con que el enemigo es pequeño y doméstico, que sus armas son cuchillos y que los aviones que secuestran con esos cuchillos en suelo americano se convierten en las grandes armas de exterminio de símbolos y ciudadanos norteamericanos. ¿Qué escudo cabe contra esas armas? ¿Cuál es la fuente de un odio tan implacable? ¿De dónde brota el manantial que hace perentorio el asesinato indiscriminado de pobres ciudadanos alojados en las bases más solidas del mayor poder del mundo? ¿Servirá este terrorismo apocalíptico para que la nación más poderosa del planeta aprenda en su propia sangre y en su misma alma ese horrible dolor que entenebrece la convivencia y la hace insegura y estremecida por el miedo y la miseria? ¿Avivará el sentido de la justicia, la vergüenza por la iniquidad, y ese hierro infernal de la piedad por los otros que sufren intolerablemente por nosotros y junto a nosotros? No irán por ahí las cosas. No va por este camino la condición humana. Pascal la describió muy bien: «Imaginemos una multitud de hombres encadenados, todos ellos condenados a muerte, varios de los cuales son degollados a diario a la vista de los demás. Los que quedan ven su propia condición en la de sus semejantes y, contemplándose unos a otros con dolor y sin esperanza aguardan su turno. Tal es la imagen de la condición humana». Anteayer fue humillada hasta la extenuación. No la humillemos más con represalias y venganzas que nos coloquen a todos en el mismo nivel de terrorismo apocalíptico de los comandos fanáticos y asesinos que asolaron Nueva York y Washington.

O TRAS RAZONES