O TRAS RAZONES

GUERRA AL TERRORISMO

S egún la estimación de Estados Unidos hay organizaciones terroristas en sesenta naciones del mundo. Casi la mitad de los Estados de la ONU. Los más viejos Estados de Europa figuran en esa lis-

UNA INMENSA DESTRUCCIÓN

ta negra junto a naciones sin Estado, como Palestina. La extensión de la moderna versión de acción directa y terrorífica no es fenómeno correlativo al de la expansión de las libertades públicas, tras la caída del telón de acero, como desean creer los nostálgicos del orden a toda costa. La mayoría de los movimientos terroristas nacieron bajo sistemas dictatoriales, y la noción de orden público en las democracias liberales, salvo en el habeas corpus y la proporcionalidad punitiva, que empiezan a tambalearse con los delitos de terror, no difiere del orden público de los Estados militares o de un solo partido.

E ntre la pléyade de sandeces que se escuchan para respaldar teórica o jurídicamente la decisión norteamericana de tomarse cumplida venganza contra los enemigos -personas, grupos y países- que le seña- tión religiosa. Incluso en el Estado laico turco, miembro de la OTAN (que no es una nación árabe), la masa abucheó el minuto de silencio por las víctimas que, en Estambul, precedió el partido de fútbol con el Barcelona.

Desde la guerra de Octavio contra Marco Antonio, que decidió el apogeo de Occidente, no se había vuelto a ver en la historia el despliegue militar de un imperio para capturar un solo hombre. Ben Laden sentirá arder en sus entrañas místicas aquel terrible verso del poeta maldito: «Me he armado contra la justicia. He huido. Brujas, miseria, odio, a vosotros he confiado mi tesoro» (Rimbaud). Los que aceptan la justicia de las armas quieren la destrucción de los pueblos. Guerras civiles y fronterizas en la zona caliente no serán justas ni santas. El terrorismo encuentra en la guerra su sentido nacional. Y la intervención militar de los Estados Unidos se la puede servir en bandejas de plomo.

Antonio GARCÍA TREVIJANO

len a USA sus servicios de inteligencia y sus intereses de seguridad y poder, destaca una primorosa: el derecho norteamericano a la legítima defensa. Como si pudiese existir defensa legítima cuando ya se ha consumado la agresión ilegítima perpetrada por enemigos que siguen siendo invisibles. Cuando ya no se puede impedir ni repeler esa agresión. Cuando la inmediatez, la adecuación y la proporcionalidad de la defensa se han hecho imposibles. Pues nada. Se habla de legítima defensa y punto. Y hablan de ella personas que, encima, pasan por ser juristas. Es posible que digan tal memez para distanciarse de la condena de Egidio de Roma: «Todos los juristas son idiotas políticamente porque hablan de política por hablar y sin razón». Mejor que los juristas hablen sin el Derecho y contra el Derecho. No existe legítima defensa. Tampoco, estado de necesidad. Por su-

CERCANÍA

A unque tanto despliegue de banderitas y tanto cántico de «Dios bendiga a América» -cualquier Dios propiedad privada da escalofríos- empieza a hartar un poco, nunca en la historia se ha sentido España tan emocionalmente cerca de Estados Unidos. Incluso una buena parte de la izquierda se ha conmovido sinceramente a pesar de alguna cabeza con telarañas haya confundido la vieja lucha por la justicia de la humanidad con este «fascismo» religioso y medieval, de hierro y tiniebla, presto a colgar de una soga a todo aquel que pronuncie siquiera las palabras libertad, igualdad y fraternidad.

la tragedia. Nosotros también tenemos una «torre gemela» de muertos a la espalda, pero es que, además, muchos gritos de socorro de los neoyorquinos han sido pronunciados en nuestra propia len-

La mayoría de los españoles nos hemos sentido muy cercanos al pueblo que sufre dentro o fuera de las fronteras de cada Estado. El simple hecho de que se hable de guerra contra el terrorismo es un enorme regalo para todo grupo terrorista que se precie. Aspiran -todos ellos- a ser considerados y tratados como realidades militares, es decir, como auténticos ejércitos que han declarado la guerra a uno o varios Estados. Ellos son -como éstos- máquinas de poder y violencia y combaten como soldados de una causa. Reconocerles el «status» de combatientes de un ejército enemigo es situarlos en el mismo nivel de los Estados. Y prescindir en la lucha de las leyes previstas para tiempos de paz es -para todo terrorista que se preciela confirmación de ese reconocimiento. A la guerra, como en la guerra. Los ordenamientos jurídicos ordinarios nada tienen que ver con ella. Que los Estados prescindan del Derecho para aplicar las «leyes de la guerra» al combate contra el terrorismo constituye un enorme éxito para éste y un tremendo fracaso de los Estados. Aceptan, en definitiva, que actúan al mismo nivel que simples asociaciones de malhechores. Ya lo dijo Agustín de Hipona: Cuando una sociedad política prescinde de la justicia se convierte en una sociedad de ladrones y granujas.

gua y esos los hemos sentido, aún más, en las entrañas. ¿Se sentirán ahora los americanos solidarios con nosotros? ¿Nos ayudará de una vez por todas el mundo contra Eta? ¿O pretenderán que el único terrorismo es el islámico porque es el que les afecta a ellos?

Antonio PÉREZ HENARES

La declaración de guerra al terrorismo hay que entenderla en este contexto, no como actos bélicos contra las naciones que lo padecen y lo combaten, sino como lucha armada internacional contra las agencias de terror que operan fuera de las fronteras del país de origen, y castigo militar a las regiones donde se albergan. La palabra guerra está usada en sentido metafórico, al modo como se habla de guerra al narcotráfico, para indicar un cambio drástico en determinación y voluntad política de vencer al terror, tanto dentro como fuera de Estados Unidos, aunque sin entrar en el análisis y disolución de las causas que lo convierten en terrorismo. Por eso, el gobierno federal ha distinguido entre su tarea inmediata, la persecución y punición de los responsables del 11 de septiembre allí donde se encuentren, y la empresa de larga duración, el combate contra lo que, sin ese análisis, no pueden ser más que efectos del terrorismo. La manera de tratar la cuestión inmediata puede aligerar o agravar el problema de fondo, disminuir o acentuar las causas políticas y raciales o religiosas del terrorismo internacional.

Los ejemplos de Pakistán, con masas en la calle contra su gobierno por ser mensajero del ultimátum de Estados Unidos a Afganistán, y de las manifestaciones de júbilo en Palestina por el atentado, se toman como presagio de lo que sucederá en las naciones árabes que se involucren en ataques bélicos a un régimen musulmán. La guerra del Golfo no sirve de precedente porque en ella no estuvo en juego la cues- puesto, no hay fundamento alguno para hablar de estado de guerra, a no ser que entendamos que USA y los demás países de la llamada «coalición antiterrorista» están en guerra formal o material con todos los terroristas que existen

Dicen que es una «nueva guerra». Pero la guerra es siempre vieja. Como el mundo. Añaden que será una «guerra sucia». Todas lo son. Antologías de la abyección, el odio, la brutalidad y el asesinato en masa. Cuando la comunidad internacional tiene la ocasión de embridar y conciliar sus diferencias hacia la procura de esa paz perpetua que soñaba Kant; cuando toda persona y todo país con un mínimo de racionalidad y sensibilidad sabe que sólo se lucha contra el terrorismo destruyendo sus causas, que son sus raíces; que de nada sirve eliminar un grupo terrorista si se mantienen las circunstancias que lo hicieron nacer y actuar; y que una avance significativo de la justicia en el mundo -contra el hambre, la miseria, la ignorancia, la marginación, el miedo, la desigualdad y la iniquidad- es la mejor y más limpia guerra frente al terrorismo; ponerse a su nivel es otorgarle una legitimidad y una coherencia insospechables. Y condena a ferocidades e injusticias aún mayores que las que se intentan reprimir y vengar. Hace veinticinco siglos que Heráclito dijo algo terrible: «Guerra de todos es padre, de todos rey. A los unos los señaló dioses, a los otros hombres. A unos los hizo esclavos, a los otros libres». ¿Hará suyo este trágico fatalismo la coalición antiterrorista de la que tanto se habla, fabula y canta? Como dice el poeta iraquí Salah Niyazi: «¡Una sola gota de sangre vertida / basta para desencadenar un cataclismo / para generar una inmensa destrucción!». El cataclismo y la destrucción pueden crear un gigantesco océano de miseria y muerte. Terrorismo contra terrorismo

De momento parece que los Estados Unidos son reacios a actuar militarmente contra Afganistán, sin la cobertura de un frente musulmán antiterrorista que integre a sus aliados tradicionales (Egipto, Arabia Saudí, Emiratos) junto con la aterrada Autoridad Palestina. El problema es doble. Israel no tolera tan hipócrita falsificación de la causa antiterrorista y quedaría al margen de la acción militar. La clase dirigente de esas naciones musulmanas teme la reacción del integrismo latente y la reactivación furiosa del terror dentro de sus fronteras.