O TRAS RAZONES

ACTITUDES ANTE EL TERROR

L a actual unanimidad contra el terrorismo inesperado pasará. La diversidad de actitudes ante el terror habitual permanecerá. Todos los terrorismos son iguales en inhumanidad. Eso no impide que

Los sondeos de opinión no informan sobre ellas porque las preguntas confunden terror y terrorismo, siendo así que aquel estado psicológico sólo es uno de los cuatro elementos de este fenómeno sociológico. Además, en las respuestas está implícito el factor demagógico, que iguala el pesar ciudadano frente a toda clase de víctimas, y el miedo a confesar actitudes diferentes a la de rechazo sin matices del terrorismo. Es inverosímil que la actitud pueda ser la misma ante un asesinato selectivo o una masacre indiscriminada, o que nadie muestre hoy simpatías hacia el terror del irredentismo nacionalista.

  1. Actitud «algofilia». La satisfacción o complacencia ante los actos terroríficos de Eta no es un sentimiento exclusivo de sus partidarios, ni de los independentistas radicales. También la experimentan los que encuentran en actos terribles y sonados la excitación de alegrones en sus vidas monótonas, aburridas y frustradas. La espectacularidad del terror, como la del horror, atrae simpatías, disfrazadas de curiosidad, que justifican el concurso del elemento aterrador en medios informativos que, en otros temas, no son sensacionalistas.

Aquí hablo del caso español para establecer una tipología de las actitudes psicológicas ante el terror, sin confundirlas con las reacciones sociales al terrorismo político. Excluyo las producidas en los atentados del llamado terrorismo económico. Estos delitos de daños materiales producen solidaridades de clase que impiden incluirlas en las actitudes generales.

  1. Actitud «algofobia». El temor obsesivo al dolor por un asesinato tampoco es exclusivo de la familia amenazada por Eta. Lo sufren también los que sienten horror del terror sangriento, sin estar concernidos. Lo morboso no está en el temor en sí, sino en la extensión de la imaginación del crimen a todos los aspectos de la vida. El horror y la abominación crean actitudes que ahogan incluso los sentimientos de odio y los deseos de venganza. En la desesperación encuentran su lenitivo.

  2. Actitud resignada o indiferente. La falta de reacción proviene de la conciencia intelectual de la impotencia política de los gobiernos (resignación), de la neutralidad

UNA IGUALDAD IMPOSIBLE

difieran por sus motivos, fines y métodos. Y que la acción antiterrorista sea ineficaz si no aplica a cada tipo un trato acorde a su naturaleza. El terror vindicativo sufrido por Estados Unidos no es asimilable al reivindicativo que padece España de modo continuado. El primero sacude la conciencia universal, salvo la del radicalismo palestino y el fundamentalismo islámico. El segundo reproduce la diversidad de las actitudes morales ante el mal. Actitudes distintas que continúan latentes bajo la aparente unidad en la actual condena del terrorismo.

moral ante los males no dependientes de la propia voluntad (estoicismo) y de la egoísta ignorancia de lo desagradable (indiferencia).

ahogar la frustración con venganzas estériles sobre los efectos. La acción policial y judicial se implementa con insultos vulgares a los agentes del terror, manifestaciones de protesta presididas por la autoridad protestada, detenciones pasajeras del entorno, represalias penintenciarias. Es la actitud dominante y oficial.

  1. Actitud vindicativa y represiva. Se huye de las causas del terror para des-

  2. Actitud impertérrita y crítica. Deriva del sentido común y del coraje intelectual. Presupone el conocimiento de las causas del terror y del modo político de superarlas. El consenso de la Transición y la consideración del terror como asunto de Estado, excluido de la oposición partidista, han sofocado la expresión social de esta actitud.

Antonio GARCÍA TREVIJANO

rismo- el IRA entrega sus armas a la Comisión Internacional de Desarme. Cuando casi nadie confiaba en que una organización terrorista fuese contra su propia razón de ser y aceptase su desarme, que es tanto como dejar de existir; cuando el Acuerdo de Viernes Santo estaba al borde del colapso, entre la euforia confesada de los talibanes republicanos y unionistas y la inconfesada alegría de muchos más, irlandeses y no irlandeses; cuando el «fracaso» del Acuerdo de Stormont era puesto de ejemplo, por energúmenos de diverso pelaje, de que ningún terrorismo puede desaparecer si no es aniquilado por policías, militares, jueces y terroristas de cuño contrario, que siempre pululan en las alcantarillas del poder; cuando algunos filósofos de la historia repetían el dogma de que todos los terrorismos son iguales (antes y después de

EL TERRORISTA SHARON

P alestina no es sólo la pérfida excusa de Ben Laden. Es una herida en el costado de la humanidad. Y quien más la hace sangrar e impide cualquier sutura es un terrorista de estado llamado Ariel Sharon. Fue él quien dinamito el proceso de paz, quien con su provocación en la explanada de las mezquitas encendió la mecha, logro el estallido, consiguió sus deseados réditos electorales y, ahora, desde el gobierno, prosigue incendiando la zona y el mundo árabe entero.

Los terrorismos, el suyo y el de los extremistas palestinos se retroalimentan. La paz y sus defensores se encuentran acosados por ambos. Sharon es el peor enemigo que hoy los partidos políticos del Ulster hubiesen profesado el evangelio de que la lucha contra el terrorismo no exigía medidas políticas -sólo policiales, sólo su aniquilación por el Estadoes más que probable que, a estas alturas, en lugar de estar celebrando el voluntario desarme del IRA estaríamos lamentando un largo rosario de violencias y asesinatos en el Ulster y en el Reino Unido. Si en éste hubiesen persistido las actitudes ambiguas y cobardes de John Major y los suyos, el Acuerdo de Stormont nunca se habría producido. Si los Gobiernos británico e irlandés no hubiesen tenido el coraje de reformar su Constitución para reconocer el derecho del pueblo del Ulster a la autodeterminación, consagrando así el respeto a su ámbito de decisión, nada hubiese sido posible salvo la continuación de la violencia terrorista y de los crímenes de Estado. Costará aún muchos sacrificios y gran tenacidad el progreso de la paz, pero el desarme del IRA es un paso de gigante.

tienen, porque lo tienen dentro, los países democráticos y libres. Es el «Ben Laden» de Occidente. Por ello la comunidad internacional ha de detenerlo.

El propio Estados Unidos ya se ha dado cuenta y el mundo habrá de dar de una vez por todas la razón a quien la tiene, amparar al Estado palestino y desarmar a los terroristas. Entre ellos, a Sharon.

Antonio PÉREZ HENARES

Su proyecto: combatir al terror con un terror mayor. Su calculo: cuanto peor, mejor. Su fin: acabar con la incipiente autonomía palestina y volver a la férrea ocupación militar. Sus resultados: exactamente los contrarios. Su terror de estado tan sólo genera más terror desesperado y suicida.

M ientras las bombas inteligentes destruyen hospitales y asilos de ancianos en Afganistán, dejando sin escuela a los vivos y sin refugio a los moribundos -todo ello para luchar adecuadamente contra el terro-

Dios), el IRA lleva a cabo su mejor y más decisiva aportación al proceso de paz. «Todo el que esté seriamente comprometido con una paz justa debe hacer cuanto pueda para evitar el fracaso de la paz». Si los Gobiernos británico e irlandés y

Mayor Oreja y Mariano Rajoy saludaron como «extraordinaria noticia» la decisión del IRA. Rajoy animó a Eta para que hiciese lo mismo, teniendo sobre todo en cuenta que «el grado de autonomía del País V asco supera con mucho al de Irlanda del Norte». Mayor expresó su esperanza de que en España se produzca un acto similar. Ambos ignoraron olímpicamente que la decisión del IRA se produce en el marco de un proceso de paz terriblemente difícil, con graves renuncias de todas las partes, con los presos republicanos y unionistas -que alentaron desde el comienzo la progresión del acuerdo- en la calle, con una tregua efectiva de larga duración respetada por las organizaciones armadas y por los Gobiernos y con una denodada fe en el triunfo de la paz a través del diálogo y la negociación. Ambos quisieron ignorar que el nivel de la autonomía no importa absolutamente nada. Es la calidad política de esa autonomía, su «alma» institucional. La renuncia del Reino Unido y de Irlanda a intervenir, limitar o interferir el ejercicio por los ciudadanos del Ulster de su libertad política para decidir su futuro, para constituirse en Estado, para mantenerse vinculados al Reino Unido o para integrarse en Irlanda. Ese fue el Acuerdo de Downing Street, el que los nacionalistas vascos pidieron a los Estados español y francés durante la tregua de Eta. Nada importa para ello el nivel de la autonomía. Es cierto que el caso vasco no es igual al del Ulster. Tampoco aquí nada es igual. Pero no es decente hablar, de un lado, como si esa igualdad existiese y decir, de otro, que quien defiende la semejanza de uno y otro proceso es compañero de viaje, tonto útil o despreciable co-reo. Quienes siguen abonados a la doctrina Cánovas (firmeza, inflexibilidad y máxima retórica) no celebrarán jamás el desarme voluntario de Eta. Por desgracia, ni el involuntario.