TERROR ESPORÁDICO

L a tesis oficial de que todos los terrorismos son iguales es insostenible. No puede ser igual lo que a todas luces produce distintos efectos. El que asesina por chantaje a otros tiene unas li-

Para distinguir a los distintos tipos de terrorismo se suele usar con preferencia el criterio de la diversidad de su origen o de su propósito. Se habla de terrorismo religioso, anarquista, mafioso, nacionalista, reivindicativo, justiciero, vindicativo, económico. De este modo, las expresiones «terrorismo irlandés, argelino, palestino, curdo o vasco» no quieren significar que esos pueblos sean terroristas, pero califican sin equívocos el tipo de terrorismo que cada uno ha incubado. A todos ellos ha dejado en suaves mantillas el «terrorismo esporádico» del terror islámico. La voz esporádico deriva de espora. Antes que casual, en español se refiere a la «enfermedad que ataca a uno o varios individuos en cualquier tiempo o lugar y que no tiene carácter epidémico o endémico». Me parece, pues, término adecuado para calificar a las variantes del terror causado mediante agentes biológicos, químicos o radioactivos.

Conozco las reticencias contra el empleo de expresiones como «terrorismo vasco» o «terrorismo islámico». Pero la violencia de Eta o la de Al Qaida no deja de ser vasca o islámica por el hecho de que sean el modo de expresión política de una minoría radical del vasquismo o del islamismo. Tal vez sería más apropiado hablar de terror vasquista o islamista. Pero también sería injusto para los vasquistas o los islamistas que no son terroristas. No hay objeciones serias para seguir usando estas expresiones, que en modo alguno pueden ser denigrantes para los pueblos que padecen terrorismo endógeno. Si la grandeza de las religiones se mide por la del terror que les dió origen, he-

mitaciones en su inhumanidad que no conoce quien lo hace movido por la venganza. Y una cosa es el miedo individual ante amenazas discriminadas dotadas de sentido aunque sea perverso, y otra el terror pánico a males imprevisibles o incontrolables. Las tres muertes por inhalación de esporas de ántrax enviadas por correo, y el contagio de trece personas, están causando una perturbación más extensa y profunda que la ocasionada con las miles de muertes el 11 de septiembre. El terror alcanza su máxima potencia cuando, siendo ocasional, produce los efectos sociales de una epidemia inatajable. Este es el caso del terrorismo esporádico que padece EE UU. Los tipos de terrorismo se distinguían antes por sus causas y sus fines, a partir de ahora habrá que hacerlo también por el grado de crueldad en la honda expansiva de su efecto calamitoso. El pánico enloquece a la humanidad como el miedo atonta a las personas. Y la inhumanidad se manifiesta en escalas negras de pánico, donde cada escalón de horror prepara el descenso a otro más espantoso.

O TRAS RAZONES

¿ANTIAMERICANISMO O ANTIIMPERIALISMO?

mos de reconocer que Alá es grande. El terror islámico ha superado al de Yahvé. Un dios que tenía la santa costumbre de aterrorizar al pueblo israelita dando a sus enemigos el poder de castigarlo o exterminarlo.

La tecnología puesta al servicio del terrorismo esporádico se moderniza al compás de la civilización. Pero el alma primitiva de la cultura que lo legitima permanece invariable.

El terror esporádico no es nuevo. Azotó a la humanidad en todas las épocas de su historia. Las reglas griegas de la guerra prohibían envenenar el agua de las ciudades. La peste medieval se usó como amenaza a los enemigos, temerosos de recibir cosas contagiadas o cadáveres. Hasta los piratas respetaban los barcos donde ondeaba la alarmante bandera de la epidemia. Los caramelos envenenados ha sido tema recurrente en la propaganda que precede o acompaña al conflicto bélico. Nada tiene de raro que resurja con leyendas de envenenamiento de los alimentos caídos desde el cielo, como el bíblico maná sobre los desiertos de Afganistán.

Antonio GARCÍA TREVIJANO

A quellos que se oponen a quienes criticamos los bombardeos sobre Afganistán, además de pretender que no cabía otra respuesta a los atentados del 11 de septiembre, nos cuelgan a los críticos el apelativo de «antiame-

ricanos». Que suele ir acompañado de calificativos tales como «primario», «trasnochado», «añejo», «elemental». En el anterior artículo respondí a la simplificadora idea de que el camino emprendido por Bush y sus asesores era el único posible, tratando de señalar las acciones jurídicamente correctas y más eficaces, frente al actual y criminal desastre. Ahora me gustaría contestar al simplismo de conceptuarnos como antiamericanos.

En primer lugar, los que realizan esta crítica caen en la falacia imperialista, de identificar América con los Estados Unidos y el término «americano» con el de ciudadano de dicho país. El sofisma «pars pro toto» de que hablaban los escolásticos. Pero, aceptemos esta falacia semántica y preguntemos a nuestros críticos algunas cosas. ¿Es «antiamericano» el prestigioso lingüista estadounidense Noam Chomsky, que ha dedicado miles de páginas a denunciar la política internacional de la Administración de su país, que desde los cincuenta en Guatemala hasta el golpe de estado

MÁS QUE HARTOS

P or muchas burradas que diga (y lo hace aprovechando sus «sermones» dominicales) deberíamos empezar a no hacerle ningún caso y a no amplificarle urbi et orbi. Hablo de Arzallus, desgraciadamente. Lo mismo deberíamos aplicar a ese fraude con sotana llamado Setién a quien si la jerarquía eclesiástica ha apartado, no veo por qué tiene que seguir colmándonos la paciencia con su defensa de terroristas. Pero el caso de Ibarretxe es otro cantar. Preside un gobierno autonómico y como tal, sus últimas propuestas, eso de negociar de «igual a igual» con España diciendo que el pueblo vasco no puede ser parte «subordinada» del Estado, no se pueden ignorar: atacan y atañen a todos las siniestras perspectivas que se abrían desde la presidencia de Bush? ¿Lo es asimismo un novelista estadounidense, nada marginal sino autor de best sellers, como Grisham, cuando nos explica en una de sus apasionantes novelas cómo la CIA y la industria de armamentos pueden fabricar un presidente del que es su país? Y los ecologistas que en el interior de los EE UU, desde Barry Commoner hasta el matrimonio Ehrlich han mostrado de qué manera la política industrial y bélica estadounidense está destruyendo el planeta ¿deben entrar en esta categoría del «antiamericanismo»? ¿Y los ex miembros de la CIA, como Philipp Agee, que han revelado la planificación de guerras, desde la de Corea hasta la del Golfo, forzadas para resolver problemas económicos y políticos internos? Un tema que no ha dejado de ser llevado a las pantallas por la cinematografía crítica de este complejo país, la cual no sólo ha producido películas chauvinistas, o exaltadoras de los instintos primarios y la cursilería, sino mordaces denuncias. Y ¿qué diremos de los excombatientes de la brigada Lincoln, que apoyaron la revolución nicaragüense frente a la contra de Reagan y a cuyos emotivas conmemoraciones he asistido repetidamente en Nueva Y ork?

el País V asco de la que dice preocuparse? ¿No serán de nuevo palabras impulsadas por el viejo juego que el PNV siempre se ha traído con los de Eta? A esta moneda falsa sí que merece la pena estar atentos, por mucho que estemos más que hartos.

Luisa PALMA

porque buscan dinamitar el «edificio del Estado» como le ha espetado directamente Aznar. ¿Pero quién se ha creido que es este gestorcillo que en sus años de super-autogobierno no ha resuelto nada ni ha mejorado esa convivencia en en Chile se ha dedicado a derribar gobiernos democráticos para imponer dictaduras sumisas a sus intereses? ¿Es también «antiamericano» su colaborador y continuador James Petras, que aun no hace un año comentaba en el Ateneo de Madrid

He aducido unos pocos, aunque llamativos, ejemplos y sugerencias, que el lector podrá fácilmente completar y que dejan en ridículo la pretensión de identificar como antiamericanos a quienes criticamos no a una compleja sociedad, sino a la política internacionalmente antidemocrática que sigue su administración ¿No hemos podido leer estos días en las mismas páginas de los diarios españoles diversos artículos de autores estadounidenses, comentando negativamente la vía emprendida por su gobierno y señalando otros caminos posibles más realistas y ajustados a Derecho? Quienes hubimos de padecer los largos años de la dictadura asistimos a la desdichada identificación entre el concepto de España y el franquismo. Curiosamente la mayoría de nuestro país formaba la «anti-España». Hoy estamos presenciando otra insólita identificación la de América con Mr. Bush, peregrinamente defendida por compatriotas nuestros. Para ellos -al parecer más papistas que el Papa sean católicos o no- la Administración de los EE UU está tocada por el carisma de la infalibilidad y sólo lamentan, como nuestro gobierno, que no acepten la ayuda de nuestras tropas.

Carlos PARÍS

Los pueblos son mucho más complejos y ricos de lo que perciben estas simplificaciones. Y una sociedad tan amplia y diversa como la de los EE UU lo es muy especialmente. Estar contra el terrorismo fundamentalista no es ser antiislámico. ¿No se está repitiendo todos los días? Tampoco estar contra la última y torpe manifestación del belicismo estadounidense es ser «antiamericano» Es desear que la luz de los sectores críticos ilumine a todo el país y haga de los EE UU una verdadera democracia.