ENVIDIA DEL ESTADO
E l sentimiento nacionalista no sería injusto ni peligroso si pudiera ser controlado por el pudor en sus manifestaciones de amor a la nación, y permitiera ser anegado por otros amores más universales
o más espirituales. Las aguas no son cristalinas si se remueven los fondos del lecho por donde discurren. Salvo en situaciones transitorias de peligro común que lo justifiquen, el nacionalismo no deja de ser una agitación obscena de sentimientos instintivos en el impúdico comercio público del amor patrio. Lo admisible en la guerra no es sano ni digno en tiempos de paz. Franco prolongó su dictadura extrayendo de la victoria militar un sentimiento nacional que se hizo amigo incluyente del orden público y enemigo excluyente de libertades, verdades y justicia, como de conciencias de clase social o nacionalidad cultural.
EL PENDÓN DE CASTILLA
A yer, día de San Esteban, se volvió a conmemorar en Almería la fiesta del pendón. En la porticada y vieja plaza del Ayuntamiento, nombrada Plaza Vieja, el alcalde de la ciudad alza y pendula el pen-
La doctrina más común justifica los nacionalismos en la necesidad de procurar una identidad política a la diferencia cultural de una comunidad lingüística. Esta creencia carece de todo sentido, cultural o política.
a no ser que esa procura vaya unida a la búsqueda del poder por un grupo organizado, mediante la secesión de esa comunidad no estatal, a fin de constituir una unidad política independiente, igual a la del Estado de quien se desea separar. La contradicción es insalvable. Busca una identidad política a la diferencia cultural y la encuentra en la igualdad mimética con lo diferente. Esta contradicción revela que el ansia de identidad no precede ni es causa, sino que sigue como consecuencia al ánimo de voluntad nacionalista. El sentimiento natural de la patria no produce voluntad de poder. Es la ambición de dominio la que se apodera de aquel sentimiento tranquilo y lo convierte en emoción rencorosa y ardiente de envidia del Estado.
Antonio GARCÍA TREVIJANO
dón morado de Castilla y grita con voz de ceniza: «¡Almería por los Reyes Católicos!». Las oscilaciones del pendón desde la balconada concejil ponen un aire grave en la luz pelúcida del mediodía almeriense. Es muy escaso el público que asiste a una conmemoración inane y pálida de la «conquista» de Almería por Fernando e Isabel. No es fiesta históricamente neutral y humanista. Es el recuerdo institucional de la derrota de los árabes españoles ante los ejércitos feudales de Castilla y Aragón. Del alma de nardo del árabe andaluz frente al hirsuto carpetovetónico ebrio de conquista y de sangre. De la connivencia entre culturas y religiones ante el encarnizamiento dogmático y hermético. Casi nadie entiende la fiesta del pendón. Entre sus escasos partidarios abundan los pendones más arbolados de la ciudad. Alzar o levantar pendón era colocar gente de guerra o hacerse cabeza de
EL NEOFELIPISMO
H ubo esperanzas. No quedan apenas. Los síntomas de rendición son claros. Primero Marruecos, ahora Redondo. El pajarito quiso volar solo y los cazadores de Prisa lo bajaron al suelo a plomazos. Ahora ya esta en la jaula de oro. El sacrificio de Redondo es la prueba de su sumisión y de su talante.
Felipe fue el verdugo del viejo Nicolás al que le cortó la cabeza con el hacha de la PSV . El neofelipismo es ahora, escondiendo aldeanamente la mano, el que pretende acabar con la coherencia, la honradez y las señas de identidad socialistas del joven Redondo.
la compra de alfombras bajo las que barrer los escrúpulos ideológicos, las lágrimas y la sangre de sus gentes asesinadas y ofendidas y en la adquisición del báculo con el que acudir a sostener la deriva de Ibarretexe. Con rumbo a la independencia, por cierto.
Antonio PÉREZ HENARES
Afirma que el vasco tuvo su apoyo pero se limitaba a mirar para otro lado mientras lo bombardeaban. Dice que tuvo su confianza pero en el despacho de al lado, en Ferraz, se reunía el Estado Mayor de la conspiración. Dice que estuvo siempre a su lado pero nada más dimitir colocó para pastorear al partido hacia el Congreso a sus enemigos. Las Navidades están siendo empleadas en el estudio del disfraz con el que se acudirá a pactar con Arzallus, en
los brotes vigorosos que echan los árboles desmochados. Nada que ver con el aire almado de la Plaza Vieja ni con los fantasmas moriscos que se enredan en conversaciones nocherniegas al pie de la Alcazaba.
bando. Pendonear es propio de personas de vida airada, facciosos, truchimanes, ruines y revoltosos que aspiran a convertirse en satrapalones a pendón herido. Son también pendones los vástagos que salen del tronco principal y
Desde el mismo balcón municipal del pendoneo se han dicho cosas conmovedoras. Un viejo alcalde que nunca pendoneó por San Esteban se dirigió a sus conciudadanos para lamentar con voz lúgubre la extremada sequía de aquel año. Resumió su discurso de forma magistral: «Almería es una tierra antediluviana». Anterior al diluvio universal. Tras él, los cielos se cansaron y la sequía convirtió los árboles en muñones y la tierra en un aullido uniforme y troceado. Otro alcalde decidió replicar al pendón de Castilla con un discurso enardecido y panfletario en el que se declaró «enemigo personal de los Reyes Católicos». Algunos de sus conmilitones candaron la boca y pusieron jeta de acelga. Pero ciertos enemigos meretricios no desperdiciaron la ocasión de zaherirlo y tundirlo ante la historia. Le enviaron como presente navideño una albarda. No rebuznaron en balde ni el uno ni el otro alcalde. Ni el antediluviano ni el regicida. A partir de ellos, el pendoneo del pendón morado de Castilla ha perdido hidalguía, como si Santiago Matamoros lo hubiese abandonado a su suerte y a su muerte. Pero ambos alcaldes cedieron parte importante de su populismo a cierto gobernador de Almería -pretor zarzuelero y chácaro- que glosó el bombardeo nuclear de Palomares por aviones yanquis con una reflexión digna de Gorgias: «Decían que los almerienses eran poco activos y ahora resulta que son radiactivos». Claro que en la propia Plaza Vieja ocurrió un acontecimiento juglaresco. Dos almerienses asaz notables -Jesús de Perceval y Sixto Espinosa- acumularon heces y defecaciones para embadurnar con ellas el rostro de un renombrado poeta que había denunciado a Sixto, por rojo, en la V enezuela de Pérez Jiménez, aquel guacarnaco felón al que una «pandilla de coños de madre le quisieron joder la democracia venezolana». Don Marcos era como el Supremo, pero con honores antepóstumos de chuzas enristradas por verdugos capones. En el centro de la Plaza Vieja, frente a la balconada concejil, un hermoso cucurucho de mármol macaelense en honor de los liberales almerienses que fueron asesinados por orden del rey felón al que llamaron deseado. No es mejor el frontón de mármol del templo de los Alcmeónidas en Delfos. Ayer volvería a oírse en la Plaza Vieja, en medio del pendoneo del pendón morado de Castilla, el grito acostumbrado de los conjurados de siempre: «¡Viva la República!». Al fin y a la postre, el color morado hermana relativamente ambos recuerdos históricos y políticos.
Un pueblo de sentimientos educados en la libertad de sentir, una sociedad abierta a las emociones universales de la humanidad, no se habría dejado llevar a tal prostitución forzosa del afecto espontáneo a la propia nación. Las nacionalidades culturales que se han desarrollado después en forma nacionalista, como reacción de la libertad ansiada a la libertad otorgada, descubren el ancho campo que los pueblos sin educación sentimental dejan siempre a la indigencia espiritual. Y han florecido en el yermo ideológico de la Transición. La democracia ofrecía horizontes que el pacto con los nacionalistas no dejaba ver.
La cultura, la educación, los medios de información, las carreras y los honores se planean como empresas nacionalistas y patrióticas. Las oportunidades de negocio y las concesiones administrativas se vinculan a los constructores nacionalistas del país. Dos décadas de poder autonómico han bastado para que un sentimiento de insatisfacción cultural edifique un mundo político nacionalista tan cerrado como insatisfecho. Donde no hay ya más refugio para la sinceridad del sentimiento nacional que no sea en el separatismo. Y aún en esta misma sinceridad radical se percibe que el sentimiento no traduce una necesidad de identidad
Si la emoción nacionalista fuera sincera, si no cubriera con su manto patriótico la nuda ambición de poder personal, no podría pasar con tanta facilidad del corazón a la boca. Con la libertad y el poder de gobernar en su feudo, los nacionalismos no cambian de naturaleza íntima ni de tendencia al monopolio de la patria, sino de expresión y actuación. La exclusión de otros sentimientos políticos que el nacionalismo central hacía por vías de coacción oficial, el periférico lo hace ahora por la vía más insidiosa de emplear los fondos públicos para «hacer patria», para «construir la nación». Rechaza los modales fascista para poder abrazar con entusiasmo su modo empresarial de idear la nación como proyecto.