ESPAÑA NO VA BIEN
L a pasión de poder deforma la visión de los Gobiernos y la Oposición. De tal defecto patético proviene el optimismo de presente en aquellos y de futuro en ésta. Cuando no inventa una realidad ficticia,
como en las dictaduras, la propaganda de partido oficializa la parcialidad que su padecido intelecto percibe. Los partidos se creen providenciales porque, ante una totalidad inabarcable, reducen la infinidad de particularidades divergentes a una cuantas generalidades superficialmente convergentes. Decir que España va bien supone un simplismo intelectual tan reduccionista como el de que no va bien, pues eso depende de con quién o con qué se la compare.
que las cambiara en lo profundo, no han madurado a la vez que el aumento de la riqueza y han pasado a ser las de un nuevo rico que inventa su pasado.
El Poder hace de la realidad que él configura el mejor de los mundos posibles. El terremoto de Lisboa, una dicha para la economía de reconstrucción, introdujo lo positivo del mal en la filosofía política. Cándido y Pangloss encarnaron, como Job, la miserable felicidad del conformismo. La ironía de V oltaire no pudo con la metafísica del mal en la teodicea de Leibniz. El Terror, razón suficiente del Bien, no era simple mal menor o precio de la Revolución. La dictadura del proletariado no salió del pesimista materialismo dialéctico, como creyeron sus profetas, sino del contagiante optimismo de la providencia histórica. El mal nazi, sin mezcla de bien, ya no permitió separar el pesimismo de la inteligencia y el optimismo de la voluntad. Nada podría ser visto o querido como antes.
Las catástrofes naturales aseguran las maravillas vitales de la Naturaleza y las malas Constituciones la bondad de los sistemas políticos. Si González pudo decir que España iba bien con la corrupción, Aznar lo pregona con la descomposición del poder estatal y la degradación cultural que dignifica a la indiferencia. España va bien porque su parte vasca o catalana van mal; porque finge creer que Francia va a peor; porque contra el bendito terrorismo entró en el mejor de los mundos posibles, el de Bush.
Pero tras el holocausto se siguió trasladando a la política, que es cosa humana y voluntaria, la resignación cristiana ante la constitución del Mal como ingrediente del Bien, que es cosa divina y necesaria. El fascismo hizo buenos a los Estados que amalgamaron sus materiales de derribo con los de la libertad. Confundiéndola con el parlamentarismo, Churchill divulgó la triste y falsa idea de que la democracia era el menos malo de los sistemas conocidos. Los padres del patriotismo constitucional, parido con la vergüenza de ser alemán, aseguran que nos dieron la mejor Constitución posible. Tan irreformable, pues, como la Creación.
El estado de las naciones modernas se mide con parámetros de bienestar y de malestar que indican la situación material y espiritual de cada una dentro de la civilización en que se ha desarrollado. Dominada por el espíritu conservador del catolicismo, España se desvinculó de Europa y se creyó reserva espiritual de Occidente, despre- ciando el valor cultural de la riqueza colectiva. Le han bastado treinta años para alcanzar un nivel de vida material comparable al de Francia. Pero su mentalidad, su cultura y su sensibilidad, sin un acontecimiento de ruptura
Esnobismo de la vulgaridad, famoseo de los cuerpos, apogeo de las difamaciones, exhibicionismo de la ignorancia, moral de éxito, desprecio del mérito, cultivo de lo efímero, demagogia de la igualdad, desarraigo de las tradiciones honorables, abandono de los ancianos, delincuencia doméstica, infantilismo de las aficiones, vacuidad de las vocaciones, deslealtad en las cooperaciones, irresponsabilidad en las profesiones, degradación en la enseñanza, justicia sin jurisprudencia, envidia del Estado en las regiones y falta de ánimo europeo en las Instituciones. La España diferente se ha vuelto indiferente.
Antonio GARCÍA TREVIJANO
¿JUICIO A SADAM?
L a captura de Sadam Husein ha ido acompañada por la advertencia, hecha por el mismo Bush, de que tal acontecimiento no permitía creer que las acciones de la resistencia -o del terrorismo según la terminología manejada
por los invasores y su séquito- podían darse por conclusas. Y , sin duda, pensar que Sadam dirigía la guerrilla resulta bastante inverosímil, dadas las condiciones de aislamiento en que, al parecer, se encontraba. No obstante, tal apresamiento del presidente de Iraq ha sido lanzado como un gran éxito, y proclamado con euforia entusiasta. ¿No asistimos a una contradicción? Si la guerra va a continuar, incluso haciéndose más dura, ¿por qué este estruendo de clarines victoriosos?
tra la Convención de Ginebra, sino contra cualquier sensibilidad respetuosa de la dignidad humana, como ha denunciado Amnistía Internacional o el pontífice Wojtyla. Y que degrada, tanto o más que a la víctima, a los que se ensañan con
Pero la clave más importante no se encuentra en las fáciles razones apuntadas, sino en algo más profundo. Se trata de agarrarse, en el naufragio de las pretendidas justificaciones de la agresión, a una tabla salvadora. No han aparecido las armas de destrucción masiva, cuya inexistencia conocían los invasores, pues, de temerlas, no hubieran lanzado la guerra. El peligro de un ejército amenazador de la estabilidad de la zona y del mundo se ha revelado pura fantasía. Tampoco se han podido mostrar conexiones con el terrorismo anti-occidental. Entonces se ha dado un brusco y oportunista giro a la argumentación. Aquello que se pretendía era derribar un régimen tiránico, aunque fuera por el surrealista medio de aumentar el número de sus víctimas a través de los bombardeos.
El proceso de Nüremberg fue un juicio de los vencedores sobre los vencidos. Pero, en este caso, los nazis eran quienes habían lanzado, unilateralmente, una guerra de agresión. Y aquí la agresión ha corrido a cargo de los vencedores EE UU y Reino Unido. Pretenden esconderse tras un tribunal iraquí. Y ¿quién puede creer que en un Iraq ocupado militarmente, en que las manifestaciones a favor de Sadam son disueltas a tiros y con muertos, en que se empiezan a crear grupos de asesinos paramilitares, va a actuar imparcialmente un tribunal?
ella.
Se puede invocar la satisfacción de un objetivo cumplido, cuando la eficacia de las fuerzas militares, tras más de medio año de estéril persecución, estaba quedando en ridículo. Y con el apresamiento la posibilidad de desmitificar, más aún, de degradar la imagen de Sadam Husein, que ha culminado en su exhibición en las pantallas de televisión, hurgando su boca como en la compraventa de un caballo. Un espectáculo atentatorio no ya sólo con-
LA DERIVA Y LA ESTAFA
Q ue el PSOE en el que entró Cristina Alberdi no tiene nada que ver con el partido que piensa que gobierna la actual dirección es una realidad fácil de ver. Digo «piensa» porque en el seno socialista hay muchos que le dan la razón a Alberdi, sólo que, por el momento, temen decirlo. Y hasta se diría que hacen bien, vistos los modos y maneras que utilizan contra su propia gente. Métodos «estalinistas», según calificaba Alberdi en una entrevista con Carmen Gurruchaga en LA RAZÓN. Se vieron cuando le hicieron el vacío en el Congreso por discrepar de la política seguida en Madrid que le costó un expediente. Y se ha visto ahora también la hipocresía y la necia frialdad de la que son capaces. Es una pena que activos políticos de la categoría de la ex-ministra Alberdi, que lo fue con Felipe González, se
el vaso de Alberdi ha sido el tripartito catalán. Sólo por decir lo que todo el mundo sabe, que el PSOE ha cedido ante los independentistas, que Carod-Rovira es el jefe y Maragall el florero, que esto no es el PSOE. Y así es, esto no es el PSOE. Por eso la sensación de Alberdi de «deriva y estafa», porque entre tanto, lo que peligra es una alternativa nacional.
Luisa PALMA
hayan visto en la tesitura de abandonar su partido por expresar opiniones que son de cajón de madera de árbol para todos menos para quienes se sientan ahora en Ferraz. La gota que ha colmado
Es la última y desesperada estrategia justificativa que se estaba siguiendo últimamente. Para ella nada mejor que someter a juicio a Sadam y condenarlo, con una espectacularidad inalcanzable de ser juzgado en rebeldía, rodeado por la aureola de un ser misterioso, inencontrable. Pero ¿es lícito que tras una guerra los vencedores, convertidos en juez y parte, juzguen a los vencidos? En tiempos que consideramos bárbaros un pueblo, codicioso de las riquezas y el territorio de otro, impulsado por la mística de la expansión y la superioridad, lo invadía, ejecutaba a los dirigentes sometidos o los reducía a esclavitud. Frente a semejantes prácticas se fue estableciendo una concepción más civilizada de la guerra y su conclusión, respetuosa con los derrotados. Apareció el derecho internacional. ¿No estamos asistiendo a un retorno de la barbarie? Y no solamente en este caso. Recordemos las invasiones de Panamá, de Granada, la intervención de la OTAN en Y ugoslavia, el manipulado juicio de Milosevic.
Mas aún dada la escandalosa torpeza con que se anuncia un «juicio justo», al mismo tiempo que se califica, antes de tal juicio, al reo de criminal máximo. Incluso se proclama por Bush que merece la pena de muerte, a la cual ha mostrado bastante afición. Y ¿quien va a juzgar a Bush? Y ¿a los responsables de un embargo que ha costado un millón de vidas infantiles? ¿No debemos ser todos iguales ante la ley?
Carlos PARÍS