EL FACTOR ITALIANO
B ajo la irrisoria Presidencia de Berlusconi y a 46 años del Tratado de la Comunidad Económica Europea, la UE no ha sido capaz de aprobar su Constitución. Este proyecto ni siquiera constituye la Confe-
Por su historia romana y su despegue renacentista de la metafísica medieval, Italia parecía destinada a ser matriz de los estados europeos y motor de su unidad espiritual. En 1450 ningún reino occidental podía igualar la potencia política ni el esplendor cultural de las repúblicas italianas. Pero acontecimientos trascendentales (conquista turca de Constantinopla, unión de Borgoña y Bretaña a Francia, fin de la Reconquista, descubrimiento de América, insurrección de Florencia contra el hijo de Lorenzo el Magnífico) hicieron posible en Granada el Tratado franco-español (1500) que legitimó el reparto de Italia, con ocupación francesa del milanesado. El espíritu italiano se tuvo que concentrar en el arte (Leonardo, Miguel Ángel), la reflexión política (Maquiavelo), la razón de Estado en la Contrarreforma (Botero), la utopía (Bruno, Campanella), la ciencia (Galileo) y la ilustración (Vico, Beccaria), hasta que las insurrecciones de 1848, uniendo libertad e independencia, pusieron a los italianos ante la triste realidad de su poder subordinado.
Sin declararse culpable del fascismo, la ecléctica cultura de la posguerra mundial, no pudiendo actualizar la sinceridad intelectual de los diez años de «Risorgimento», ni la de los innovadores (Ferrero, Mosca, Pareto, Croce, Gramsci, Gentile, D'Annunzio, Pirandello), inauguró la pedante sofisticación de un viejo complejo de inferioridad ante Francia, Gran Bretaña y EE UU. El
Tan triste que el primer patriotismo italiano hubo de identificarse con el francés para crear la República Cisalpina en Liguria, lo que no impidió que sonara con voz antifrancesa, pero revolucionaria, el nacionalismo del creador del teatro italiano, el gran poeta Vittorio Alfieri. Tan triste que la primera llamada a la Independencia, «desde los Alpes al estrecho de Messina», la hizo Murat (rey francés de Nápoles) declarando la guerra al Rey francés de Roma, Napoleón. Poder tan subordinado que Cattaneo y Mazzini idearon conseguir la unidad italiana mediante los Estados Unidos de Europa, que promovían con patriotas alemanes y polacos. Tan subordinado que sin el apoyo de Napoleón III a Cavour, Víctor Manuel II no habría emprendido la unificación e Independencia de Italia. Tan subordinado que, en las negociaciones de Versalles con Wilson, Lloyd George y Clemenceau, para reordenar Europa con la garantía de una Sociedad de Naciones, Orlando sólo hablaba para reclamar Trieste. Tan subordinado, en fin, que el fascismo tuvo que someterse al nazismo.
deración que De Gaulle, el menos europeísta de los gobernantes continentales, temía que naciera de la cooperación entre los estados del Mercado Común. Sus temores de 1960 no estaban justificados. La unificación económica y monetaria de Europa mantiene con vigor su división política.
factor italiano en la civilizada la corrupción de la «partitocrazia». Tan inherente al Estado de partidos, pero tan graduable por la sociedad, que Mitterrand tenía que indultar con dificultad en Francia lo que Berlusconi inmuniza con simpleza meridional en Italia.
UE no ha sido, como se cree, la democracia-católica (llamada democracia-cristiana), ni tampoco el fraude socialdemócrata del eurocomunismo, sino la «finezza» mafiosa para desarrollar con mente
La Constitución de la UE no nace bajo la Presidencia de una síncresis italiana del poder económico, mediático y político. Todos los europeos son italianos en defensa de la impunidad del poder. Pero no todos son norteamericanos pidiendo seguridad indefinida contra terror definido. Como presidente de la UE, el irrisorio Berlusconi no ha tenido que ponerse la valiente máscara bélica de Blair y Aznar. Sus imprudencias sin gracia, que él llama ironías, han causado más risotadas que riesgos.
Antonio GARCÍA TREVIJANO
EL VOTO CONSERVADOR
¿ E s lo mismo ser de derechas que ser conservador? Suele creerse así. Y en el habitual lenguaje político ambos términos se utilizan normalmente como equivalentes. Sin embargo, estimo que convendría
matizar diferenciándolos. Y que tal diferenciación puede ser útil para clarificar y profundizar la actual situación española. Dentro de ella contribuiría a explicar el hecho sorprendente de que, tras rechazar la mayor parte de nuestra sociedad la política del actual Gobierno, en aspectos tan decisivos como la guerra de Iraq o la manera de conducir el desastre del «Prestige», haya seguido capitalizando el PP un gran número de votos, Aunque tal capital no alcance, como pretenden los dirigentes de este partido, a la mayoría de los electores. Si el PP goza de la mayoría absoluta en las cámaras no es porque la derecha sea mayoritaria en las urnas. Es un hecho que, sumando votos de IU y socialistas, nuestros electores mayoritariamente votan izquierda y, si el PP alcanza mayoría es, junto a los beneficios procurados con la Ley D'Hont, porque la derecha se halla «unificada», como
SÓLO UN ACIERTO
P rimero fue José María Aznar, luego Jordi Pujol y ahora Xabier Arzalluz. En pocos meses los tres han dado paso a sus sucesores: Mariano Rajoy, Artur Mas y Josu Jon Imaz, respectivamente. Y de todos ellos el único que parece haber redondeado la operación hereditaria es el presidente del Gobierno. A Pujol le ha salido rana su marcha de la primera línea. Y no es que la culpa la tenga precisamente Mas, que ganó las elecciones. Pero ha perdido el Govern catalán. A Arzallus tampoco le ha salido la jugada en su partido, pues apostaba por Egibar y apareció Imaz. Pero en su caso no se ha perdido gran cosa, pues las diferencias entre uno y otro ni se aprecian si no es en el ámbito interno. La senda futura de Imaz está bastante atada al lehendakari. Sólo queda por «suceder» en lo inmediato al presi-
Nos encontraríamos, entonces, con un Gobierno de derechas, apoyado por un voto que, en parte, no es exactamente derechista, sino conservador. ¿Cómo es posible entender la inusual diferencia que estoy estableciendo? Yo diría que el voto formalmente de derechas es el que responde a una convicción: se pronuncia por una ideología y una práctica determinadas. Bajo ellas, evidentemente, alientan los intereses subyacentes a tal ideología. Básicamente -dejando para posterior artículo un análisis más detallado- entiendo, como esencia de la derecha, la visión jerárquica de la sociedad frente al igualitarismo. Cuando tal sociedad jerárquica, la generalizada con más o menos intensidad en nuestro mundo, es puesta en cuestión en algunos de sus aspectos por las tendencias igualitaristas, el derechista, votando en favor de ella, del orden establecido, emite un voto que adquiere un cariz conservador frente al cambio. Derechismo y conservadurismo se solapan. Y es la coincidencia que lleva a identificar ambos términos. Pero puede darse otra eventualidad. Es factible que el voto en favor del orden establecido resulte no tanto de un actitud que se identifica con él, sino simplemente de la inercia, del temor a que las cosas cambien, que lleva a preferir que sigan como están.
PSOE el primero, incapaces siquiera de ocultar su mezquindad y su envidia en una ocasión como la que tuvieron en el Congreso. Pero se encontraron con el efecto contrario, porque lo único que lograron es resaltar la grandeza del que se está yendo. Ajo y agua, pero una pena para los usos domésticos.
Luisa PALMA
dente gallego. Pero Fraga acertó con Aznar y es de suponer que una experiencia así vale oro en política. Sí, Aznar ha sido un acierto y, ahora que se va por propia decisión, da pena comprobar la cicatería de la oposición, el en la Guerra Civil, a diferencia de la izquierda, y cristalizada en un partido. Pero, además, yo añadiría que una parte de los que al PP votan no lo hacen por ser de derechas, sino porque actúan guiados por una pulsión conservadora.
Hay momentos en que domina el deseo del cambio, aquellos que llevaron al poder al PSOE en el 82, y después a la decepción que su gestión gubernamental, escorada hacia la derecha, supuso. Como también, estos días, en Cataluña ha prevalecido la voluntad de cambio. Hay incluso instantes en que el pueblo clama por la revolución. Pero se dan, asimismo, otros, como los actuales en gran parte de España, en que un sector importante de la población prefiere, contento o meramente resignado, permanecer en su situación vigente a dar un salto hacia lo nuevo.
¿Por qué esta actitud tan medrosa? Históricamente ha partido en importante medida de la decepción provocada por el PSOE, y la hábil campaña desencadenada contra él en los medios de comunicación, que levantó al PP. Pero hay otras razones hoy actuantes. La primera es la conciencia de un relativo bienestar en una gran parte de la población, la «mayoría satisfecha» de que habla Galbraith en los EE UU. No viven nuestras clases medias como las de tal país. Pero el recuerdo de penurias pasadas y el carácter sufrido, poco exigente, de nuestra población hace que muchos se sientan nuevos ricos, a pesar de sus dificultades para llegar a fin de mes. El constante bombardeo propagandístico impulsa la ilusión. En plena alienación se vive el placer inmediato del automóvil pretencioso, la escapada del puente y la ingestión del cordero. Y sobre estos elementales placeres poderosas voces agoreras proclaman amenazadoramente la catástrofe que seguirá a cualquier intento de un futuro innovador.
Carlos PARÍS