MENTE DE UN FUGADO

LA RAZÓN LUNES 5 DE ENERO DE 2004

ANTONIO GARCÍA TREVIJANO

Desde las primeras conversaciones a que alcanza mi memoria he hablado con miles de personas de toda condición social. Pero si el tema versaba sobre política, costumbres o estética sólo he podido entender cabalmente lo que decían menos de un centenar. Oral o escrita, la palabra no era, en estas materias, un medio de comunicación. La prensa española comencé a leerla como una adivinanza, y continúo leyéndola entre líneas para descubrir entre tanta paja de propaganda, adulación o difamación dónde está el grano de verdad. Comprendí desde el bachillerato la ofuscación ideológica del lenguaje. Pero sigo sin entender por qué desde la guerra civil las preferencias morales o estéticas han de apoyarse en lisas mentiras sobre hechos patentes.

Las generaciones que crecieron bajo la intoxicadora propaganda de la dictadura y las que se asomaron al mundo desde la consensuada ventana de esta monarquía de partidos, no han respirado el vivificador aroma de la verdad. No, por supuesto, el de la dichosa veracidad del espíritu, inevitablemente perfumada con los olores de las ideologías, sino el del sano efluvio que desprende la patencia de los hechos incontestables. Cultos o incultos, los españoles viven y mueren en incubadoras de la mentira. Fuera de los ámbitos científicos o tecnológicos, se desvanece toda esperanza de oír o leer algo verídico que, siendo de interés público, responda a las evidencias de la realidad física o moral. La dictadura de la mentira en el discurso público o privado hace ingenua la de la fuerza bruta.

Lo exclusivo de las dictaduras no es su crueldad sobre los cuerpos adversos. Eso lo comparten con las catástrofes naturales, las guerras, la delincuencia y los accidentes laborales o de tráfico. La monarquía libró a los españoles de ese tipo de crueldad física. Lo peor de las dictaduras tampoco es su implacable represión contra las almas que se rebelan contra ellas. Eso lo comparten con la extrema ignorancia de los miserables que pretenden alzarse contra la miseria sin otras armas que las de la miseria. La liberalidad de la monarquía nos ha librado también de este castigo moral.

Lo peor de la dictadura, que heredó esta monarquía de partidos, es la desesperanza de ver reconocidas por los demás las evidencias físicas y morales que hacen posible la comprensión de las divergencias políticas y un diálogo inteligible entre adversarios. Desesperanza que en mí no ha producido la resignación de los presos audaces, cuando comprenden que no podrán escapar de una cárcel de alta seguridad sin la colaboración de los demás prisioneros. Hace medio siglo que vivo con la mente de un fugado.

En la dictadura y la monarquía se toman en serio, como si fueran hechos verídicos, las elecciones de los súbditos, siendo evidente que los diputados los designaban entonces los jefes de los clanes del dictador y ahora los jefes de los partidos estatales. El pueblo sólo ratifica su preferencia por alguna de las listas de partido. La sociedad civil no interviene en el proceso. Las Leyes Fundamentales del Reino y la constitución de la monarquía fueron aprobadas en referéndum, sin que las precediera una libertad constituyente ni existiera la menor posibilidad de elegir otro Régimen.

Bajo Franco se decía con verdad que había unidad de poder y separación de funciones. Ahora se dice con mentira que hay separación de poderes, cuando es evidente que el poder ejecutivo no sólo está unido al legislativo sino que lo controla férreamente con votaciones de partido sometidas a mandato imperativo (prohibido por el papel mojado de la Constitución). Entonces era Franco quien nos dio las libertades del orden. Ahora es el pueblo quien ha «conquistado» el orden de las libertades. Con el bloque de la Constitución, el pueblo plebiscitó cosas tan heterogéneas como Monarquía, Autonomías y Derechos ciudadanos. Y se dice que las hemos elegido singularmente. ¿Cómo ser digno sin fugarse de esta farsa?