REBELDES CON CAUSA

L a Naturaleza no produce animales rebeldes. La conformidad de la querencia con la sapiencia surgió, como sentimiento moral, en los mamíferos superiores. Una moralidad más vigorosa que la racio-

La inteligencia social comenzó con el reconocimiento instintivo de lo semejante. Pero lo semejante puede ser hostil o benéfico y carecemos de criterio objetivo para saberlo de antemano. Por ello, las religiones predicaron el amor al prójimo y las tribus más fuertes, la guerra preventiva. Entre estas dos exageraciones, adivinamos la bondad o maldad de los otros de modo muy tosco: inferimos la mente ajena por analogía con la nuestra y deducimos la amistad o enemistad dramatizando nuestra imaginación. La interpretación del carácter sólo está al alcance de observadores tan finos como cazadores y tan intuitivos como amantes.

No me habitúo a que el sistema sea antidemocrático y las costumbres indecorosas, ni a que la justicia formal deje la jurisprudencia sin incorporar la equidad de la justicia material. El tiempo borra las fechorías, pero la maldad de las instituciones no prescribe. Si la instauración monárquica era lo mejor que se podía hacer a la muerte de Franco, ¿por qué tiene necesidad de legitimarse con mentiras?, ¿por qué no confiesa que trae su causa del mismo pacto que engendró la corrupción y el desarrollo del separatismo?

Para no proyectar el presente sobre el pasado, los historiadores investigan la mentalidad de los pueblos sin inferirla de la propia. La mentalidad de la Transición me es ajena. Si nada de lo humano me deja indiferente (Terencio), no veo ni siento a los españoles como mi prójimo, pues unos mismos hechos le afectan de modo siempre diferente y, muchas veces, opuesto al mío. Tan ajenos y lejanos me son los pactos de reparto de los consensos de entonces como los de ahora, la corrupción política como la telebasura, la Constitución como la Monarquía, el separatismo vasco-catalán como el nacionalismo español, las listas de partido como los votantes de derechas o izquierdas, los criterios del mérito social como los de la fama intelectual o artística.

Si no se puede ser rebelde por naturaleza, en mi caso tampoco puedo serlo por condición social o frustración profesional. Cuando la alta burguesía no es conservadora por tradición y convicción, sólo puede acceder a una conciencia oportunista, es decir, a la posición social más contraria a la de rebeldía. Literatos y poetas han descrito la rebeldía social del nihilista y la rebeldía sin causa del temperamento juvenil ansioso de

nal porque, estando libre de prejuicios, es indefectiblemente sincera. La moral de cada especie animal descansa en la fiabilidad de sus percepciones sensoriales. La primera actitud de rebeldía nació cuando el perceptor de relaciones entre hechos físicos se enfrentó a la tribu de ilusionistas que las establecía por nigromancia. La adecuación del espíritu observador a la percepción fiable de la materia observada produce la rebelión de la sabiduría contra la brujería.

La condición pos- independencia. El anarquismo acuñó en tiempos de revolución social una rebeldía romántica que, para no permanecer en la esterilidad de la utopía, atentaba contra máquinas y hombres de Estado.

tmoderna, el imperio de la mendacidad y la falacia en la opinión pública, en los partidos y en los sistema políticos, abre la vía a un nuevo tipo de rebeldía con causa. La de los hechos contra la nigromancia, la del conocimiento contra la ignorancia, la de la dignidad personal contra la bajeza colectiva, la de la independencia del espíritu creador contra el conformismo de los hábitos culturales, la de los modos genuinos de vivir la autenticidad contra las modas de las convenciones decadentes, la de la entereza de las convicciones contra la volubilidad de las opiniones, la de la confianza en sí mismo contra las muletas de las subvenciones. En definitiva, la rebeldía de la verdad contra la mentira.

Antonio GARCÍA TREVIJANO

PREMIOS SUCIOS

N obel y su capitalismo filantrópico y sonriente aparecen cada año con su lotería de grandes premios a presuntos grandes hombres y mujeres. El poder concede dinero al mérito científico, literario o huma-

nístico. El capital se torna benévolo y abandona, por un momento, su habitual coprofilia. ¿Se referían a Nobel los camaradas de Telford Bax que vaticinaban la moralización del capital en la sociedad del futuro? ¿Preveían las hermosas ceremonias en que reyes y sabios mezclados, pero no revueltos, ofrecían sus mejores sonrisas y mensajes a una opinión pública asombrada? Aunque en ocasiones las ceremonias se asemejen a ese coro de hombres y demonios del que salir es una aventura infame pero hermosa, aunque a veces se premie a personas que debieran sentarse en el banquillo de los más reprobables acusados o a pobres diablos plagiarios de la gloria de otros. O no se premie a genios que, como Strindberg, Pérez Galdós, Valle-Inclán, Pío Baroja y tantos otros, no cayeron bien a los respectivos ju-

UNA INSENSATA CAMARILLA

L a llegada de Zapatero al liderazgo socialista levantó expectativas y sus primeros pasos esperanzas. La actual camarilla que dirige el PSOE y la delirante deriva de sus últimas propuestas causan espanto. La insensatez se ha apoderado de ellos. En una enloquecida huida hacia el abismo nos proponen, camuflados en esloganes retóricos, la barbaridad de 17 tribunales supremos, 17 ministros de interior y 17 agencias tributarias. Como no tenemos bastante con el desafío separatista de radicalismo nacionalista a estos aprendices de brujo sólo se les ocurre echarle gasolina al fuego, multiplicar por 17 el disparate y pregonar que es así como se arregla. Con ellos, con su irresponsable proceder, con sus temerarias ocurrencias, con su jugueteo enloquecido con la unidad de España, la izquierda política cami- na a una hecatombe electoral. Pero menos mal que camina hacia ahí. Porque es necesaria su derrota y su cambio inmediato por dirigentes que posean un mínimo de responsabilidad, de sentido común y de pru-

dencia. Dirigentes de verdad, en y por la izquierda, con sentido del Estado y con raíz en las necesidades populares. Pues lo que llena ya de pavor es que esta insensata camarilla pudiera, pactando con todo el que se deje sin importar un solo principio ni otro fin que el poder, gobernar a España. ¡Quién me iba a decir que iba a echar de menos a González!

Antonio PÉREZ HENARES

El filántropo invirtió su enorme herencia en «valores seguros», constituyendo un fondo cuyos intereses serían distribuidos cada año en premios. La expresión «valores seguros» equivalía, a comienzos del pasado siglo, a acciones, préstamos e hipotecas sobre bienes inmuebles. Pero la renta de tales inversiones iba a la baja. Hubo que renovarse para operar en el mundo de las finanzas después de la I Guerra Mundial. Pero los estatutos de la Fundación prohibían determinadas inversiones, precisamente las más rentables. A partir de 1950, el Gobierno sueco autorizó instrumentos modernos de gestión financiera para mantener el fulgor de los premios, la retribución de los distintos comités y el pago de la gran fiesta anual. Las inversiones especulativas y la venta de armas comenzaron a engrasar la dotación del Nobel. Las violaciones de la prohibición internacional de vender armas a países que violan derechos humanos o están comprometidos en conflictos bélicos se pusieron a la orden del día. La fábrica Bofors -un emporio de fabricación de armas- es testimonio vivo y ruin de esta realidad. Pero los miembros de la Fundación no se amilanan. Cuando se les habla de la falta de ética que ello supone responden tranquilamente que no existe contradicción alguna en invertir en industrias armamentísticas y defender al mismo tiempo la paz. Telford Bax tenía toda la razón. Moralizar el capital es más difícil que regenerar una cuadrilla de malhechores. Cuando la ganancia es adecuada el capital adquiere el dinamismo de los titanes. Cuando alcance el 200%, es capaz de obtenerlo aunque le espere la sombra del patíbulo. Pero nunca le espera. Cuando cada 10 de diciembre se acercan los premiados, con la máxima elegancia de que son capaces, vestidos de pingüinos, a recoger su galardón ninguno de ellos pensará en que el dinero ya no es sólo «el dinero de la dinamita», como dijo Strindgber, sino también el de la sangre de alguna guerra entre países pobres o contra países pobres o entre tribus hambrientas. ¿Resonarán en el corazón de los premiados el eco de gritos de dolor de los moribundos, las víctimas torturadas y los ancianos asesinados? ¿O es que la falta de espíritu público y sensibilidad privada hará incombustibles las pasiones de poder, codicia y placer? ¿Qué podía hacer la Fundación Nobel allí donde el dinero es rey? Especular y enriquecerse con la sangre asesinada. Parece una nueva confirmación de lo que dijo Shakespeare en su Timón de Atenas: «Cuando los bribones ricos tienen necesidad de los bribones pobres, éstos pueden imponer a los primeros el mayor precio posible». ¿Y si no se trata de bribones, ricos o pobres, sino de negociantes e intelectuales ganados por la pasión de conmemorar, olvidar y parecer ingenuos?

rados o carecieron de las necesarias relaciones públicas. Alfred Nobel no estableció más que esta condición. Los premios debían destinarse a quienes hubiesen aportado los mayores beneficios a la humanidad. Sin más.

O TRAS RAZONES