EL FACTOR IRLANDÉS

E l pueblo irlandés ha impuesto al mundo el reconocimiento de su vigorosa personalidad. No hay emigrante de la pobreza irlandesa a los EE UU que no haya llevado consigo el espíritu combativo e inso-

bornable de la poética Irlanda. Las películas de John Ford (he vuelto a admirar en La 2 «Un hombre tranquilo») manifiestan, en auténticas obras de arte, la singularidad irlandesa de unir la vida cotidiana a la poesía, la pasión individual al canto coral, el barbarismo épico a la civilización, el puñetazo a la «bonhomía», el trabajo esforzado al ocio viril. Un modo de ser céltico que condicionó el modo de estar irlandés en el mundo cristiano.

tos secretos que rechazó el jefe del gobierno clandestino De Valera. Acusado de traición por sus compañeros católicos del norte, este irlandés de Nueva York devino jefe del Ejecutivo del Estado libre, después ministro de asuntos exteriores y por fin presidente de la República (1959) hasta la entrada de Irlanda en la Comunidad Europea (1973). Como Salazar, apoyó sin reservas la dictadura de Franco. A los mil ciento ochenta años exactos de la muerte de Alcuino en su abadía, un irlandés católico del Eire accede por turno a la presidencia semestral de la Unión Europa. Si no puede lograr que se suprima el innecesario Preámbulo del Tratado Constitucional o que se mencione en él al cristianismo, si carece de capacidad política para reconducir hacia la unidad europea las divergencias de las católicas España y Polonia, debe procurar al menos que, bajo Presidencia irlandesa y tal como se hizo con Erasmo, el precursor Alcuino sea conocido y admirado en toda Europa.

Antonio GARCÍA TREVIJANO

LA DERECHA ARISTOCRÁTICA

S i lo esencial de la derecha reside en su concepción jerárquica de la sociedad, tal como exponía en mi anterior artículo, la diversidad de criterios para establecer dicha jerarquía determinará una pluralidad de versiones

dentro del común impulso derechista. En este sentido hemos asistido a tres grandes cristalizaciones sistemáticas de la derecha: la aristocrática, la fascista y la burguesa capitalista. A ellas podemos añadir, de un modo más difuso, las tendencias de la religiosidad conservadora en distintas religiones y confesiones, desde los fundamentalismos islámicos hasta las organizaciones actuales de un catolicismo intransigente y combativo. Creo que diferenciar y analizar este amplio mundo, captar sus sentidos, es necesario frente a la ambigüedad del actual lenguaje político, en que la trasparencia de las identidades se ha disuelto en plena ceremonia de la confusión.

encarna el esfuerzo de pervivencia de las formas de poder que han presidido la historia europea desde la Edad Media, cuando éstas entran en crisis por la acción, en el terreno ideológico, de la Ilustracion y, en el práctico, de los crecientes cambios tecnológicos y la urbanización.

La que podemos designar como derecha aristocrática constituye la primera forma en que la derecha se manifiesta. Justamente en los albores de la Edad Contemporánea, cuando se establece, con términos por demás for-

NOTABLE SURREALISMO

E s tan cumplidor de su palabra que, hasta el final, Aznar ha dado buena muestra de ello convocando de nuevo las elecciones generales justo al término de la legislatura. En democracia, esta precisión se considera un factor de estabilidad, y no está nada mal tenerlo en cuenta, especialmente ahora, cuando más de uno desea que el «esqueleto» del Estado padezca de osteoporosis. V éase, por ejemplo, a este PSOE que, en época de rebajas, nos ha obsequiado con sus 17 particiones de la nación. Así, hala, como regalo de Reyes y encima Zapatero llama «ignorantes» a quienes no comparten su surrealismo. Se ve que se les ha indigestado el pavo desde el dolor de barriga que adquirieron con el tripartito catalán. Tratando de arreglarlo, han montado lo del «comité de notables» como asesores del candidato Zapatero. Esto no ten-

REBOREDO Y SAÑUDO

dría más comentario si no fuera porque los popes socialistas están reclutados con el fin de dar la imagen de que, a pesar de las propuestas divisorias de su pupilo, defienden la unidad de España, vaya a

ser que su propio electorado, que sigue siendo muy sensato, se les espante definitivamente. Pero esto suena a que te las den con queso. Además, conociendo el percal de algunos «notables», una tiene la sensación de que más de uno está agazapado en ese «comité de ideas geniales» hasta ver qué sol brilla el 14 de marzo. Por desgracia, tanto surrealismo no lo arreglan antes de dos meses.

Luisa PALMA

tuitos, según las posiciones en la Asamblea Francesa, la diferencia entre la derecha y la izquierda. Frente al impulso revolucionario representa la defensa del Antiguo Régimen, protagonizada por la aristocracia y el alto clero. En este sentido,

El criterio jerárquico se basa, entonces, en el ancestral mito de la nobleza de sangre. Inicialmente arranca el status nobiliario de la hazaña, pero tales orígenes bélicos van quedando enterrados en los escudos heráldicos, sustituidos por una forma de vida centrada en el refinamiento y el ocio. El guerrero se hace cortesano, aunque muchas veces mantenga sus aficiones militares. La descripción de la historia de la «clase ociosa», surgida de los cazadores y guerreros, que realizó brillantemente Veblen en el libro que lleva tal título, sería ilustrada fielmente por la clase de los aristócratas. Pero quizá la más aguda pintura crítica de esta evolución es la que nos legó Cervantes en el amplio relato de la estancia de don Quijote y Sancho en la morada de los duques. Aunque todavía una parte de la nobleza sigue peleando en los campos de batalla europeos al servicio de la monarquía española, los duques representan ya la transformación decadente de esta clase social. Sobrevive la cacería, remedo de la guerra ajeno a su esfuerzo y peligro, pero, señaladamente, emerge el ocio, persiguiendo las más fantasiosas diversiones, organizadas no tanto por los mismos duques, como por la imaginación de sus sirvientes. Y nada resulta más elocuente de su desvalorización del mundo heroico que el modo en que los ideales caballerescos encarnados por don Quijote son objeto de burla. Como también su altivo desdén por las clases populares es significativamente expresado por el encumbramiento de Sancho a gobernador, esperando un divertido espectáculo, que queda frustrado por la sensatez del escudero.

No deja de pervivir esta primera forma de la derecha, pero el desarrollo de los tiempos ha obligado a nuevas encarnaciones del impulso derechista que, estimado lector, te invito a que analicemos en ulteriores artículos.

El sentido jerárquico del modelo aristocrático es típicamente acentuado, no sólo entre nobles y plebeyos, también en la relación entre sexos. Y en el mantenimiento de esta organización clasista del poder, la educación diferenciada juega un papel decisivo. Primero fue el adiestramiento en el manejo de las armas, reservada al caballero, y el desprecio de los trabajos corporales. Después será objetivo de la educación la adquisición de los modales, conocimientos y habilidades propias del varón noble, mientras las niñas y jóvenes son sometidas a una preparación para el hogar y la vida social. A algunas amigas he oído relatar la reverencia en catorce tiempos que se enseñaba en los colegios del Sagrado Corazón.

Si los nombres de «Eire» y «Ulster» evocan dos siglos de conflicto religioso y nacionalista, de hambre, guerrilla y terror, el de la dulce Irlanda está vinculado desde la alta edad media a la primera idea política y literaria de la unidad de Europa, al primer soplo unitario de la Cristiandad. Fueron los monasterios irlandeses quienes impusieron su modelo de enseñanza en Escocia y norte de Inglaterra, educando así en la cultura humanista de Boecio y san Isidoro de Sevilla al «maître à penser» de la incipiente civilización occidental, al preceptor de Carlomagno y de sus hijos, el monje anglosajón Alcuino.

Al año siguiente de la independencia de su país, el poeta de «Música de Cámara» y novelista de «Gentes de Dublín», James Joyce, retornó a las fuentes del humanismo monacal irlandés para bautizar con el nombre de Ulises a una de las obras más simbolistas de la literatura moderna. Aunque el estilo no me convence, al hacer protagonista al propio lenguaje, su creación se sitúa bajo la mirada renacentista de las Etimologías de Isidoro.

En los entretenimientos literarios de la Corte de Aquisgrán, precedente de los juegos versallescos, Carlomagno se hacía llamar David, Alcuino era Horacio y Angilberto encarnaba a Homero. La escuela de Palacio dramatizaba de este modo ingenuo el ideal de la síntesis cristiana de las culturas hebraica, griega y romana. Pero investigadores modernos (Dubuisson, Brooke, Dumézil) han confirmado que «la Irlanda profunda, desbordando el cuadro religioso, agregó al latín de Boecio una visión de la sociedad cercana a la expresada desde dos siglos antes por los monjes celtas que preservaron y transmitieron la literatura pagana y cristiana de Irlanda». En la película de Ford, las insignias pétreas de la religión céltica y las dos Iglesias bíblicas bendicen el escenario donde el casamentero llama igualmente «homéricos» al amor que derrumba la cama de bodas y al combate pugilístico entre los antagonistas.

La división actual de Irlanda es un residuo lastimoso del Acta de Unión a Gran Bretaña (1800), decretada tras el fracaso de la revuelta revolucionaria de 1798. Después de dos años de sangría sin cuartel, Inglaterra reconoció la independencia de Irlanda del Sur en 1921, separada del Ulster nórdico de mayoría protestante, mediante unos pac-