INCONCIENCIA DE EUROPA

H ay confusión sobre la naturaleza de la crisis provocada por España y Polonia en el seno de la UE. Aunque el problema deriva de la división producida en ella por una cuestión coyuntural (guerra de Iraq),

sin embargo, adquirió carácter estructural cuando la desconfianza hacia el protagonismo de la hegemonía franco-alemana se extendió desde la política exterior al modo democrático de tomar decisiones (número de votos por Estado). Sobre España y Polonia, vinculadas a la administración Bush, cae la responsabilidad de haber impedido la aprobación del Tratado Constitucional, cuando hasta el Reino Unido se disponía a firmarlo.

PALACIOS DE INVIERNO

«C uando el adoquín se encuentra con el vidrio, todo queda encerrado en un paréntesis». Después viene el estallido. Y la nada. Antes, la nada aún más profunda. Los palacios de in-

Considerada la cuestión europea bajo la perspectiva política vidad o la verdad, de la ciencia y la epistemología, crisis económica, del trabajo, del arte, del Estado), para concluir que estábamos en una crisis de conciencia.

de la unidad de poder, parece obvio que el paso del Mercado Común a la UE ha transformado la primitiva conciencia económica unitaria en otro tipo de conciencia, también unitaria, donde el elemento económico se ha entreverado con el burocrático para dar mayor agudeza al sentimiento colectivo de impotencia política. La defección de España y Polonia, siendo negativa para los intereses de sus economías y sus tecno-burocracias, ha soliviantado el sentimiento de impotencia política de la UE, acicateando la voluntad franco-alemana de acelerar, en un grupo de vanguardia, el proceso de unión política, mediante la creación de estructuras unitarias de poder democrático, que vayan suprimiendo la necesidad anti-política del consenso entre estados nacionales.

Antonio GARCÍA TREVIJANO

vierno se conquistan con nada. Porque todo es nada. Lengua de trapo, material de derribo, bulevar de crepúsculos, balsa de Medusa, cascabeles y cuentas de vidrios. Nada. No hay ya incertidumbre alguna en la obra de Albiac. Es la certeza de la nada. La fatalidad rige este mundo habitado por hombres y mujeres. Ahora es la resignación de la nada. Conrad se divertía mucho en estos giros de inexistencia y fatuidad. Aunque el hombre ha llegado a volar, no vuela como un águila, vuela como un escarabajo. Y es difícil ver algo tan feo, ridículo y torpe como el vuelo de un escarabajo. Esta es la mejor imagen de los palacios de invierno de Gabriel Albiac. Escarabajos volando con la enquistada melancolía de lo que nunca pudo ser. «Pues no hay dolor más grande que el dolor de ser vivo / ni mayor pesadumbre que la vi-

¡Y EL RELOJ!

L a forma de actuar de algunos políticos, en particular, y de algún partido, en general, está haciendo que recuerde como síntesis de su discurso una frase con que un buen amigo mío suele rematar algunas jugadas del mus cuando le envidan o aun sin envidarle. En lo que llevamos, que no son ni dos días, ya esta uno ahíto de promesas y ha perdido la capacidad de asombro. El rizo rizado es en la presente temporada el prometer una cosa y la contraria y hacerlo desde la misma formación política y sin rubor alguno. Por un lado, el gratis total y, por el otro, la bajada de impuestos; por un costado el partir la Nación en17 y, por otro, presentarse como garantes de su unidad; por aquí ofrendar los tributos que sean necesarios al altar de los nacionalismos y,

REBOREDO Y SAÑUDO

por allí, escaparse un «notable» con la especie de quererlos expulsar del Parlamento.

que si una capacidad de la especie humana fuera la de hibernación, en tal fase entraba sin dudar y hasta el mismísimo 14 de marzo. Porque esto, como digo, a lo que suena cada vez más es a la apuesta de... ¡y el reloj! Y si eso es lo que voy a oír como compendio de un programa político, prefiero jugar al mus con mi amigo. Y ganárselo, claro.

Así que no hemos hecho más que empezar y uno está deseando que fueran acabando. Vamos

Antonio PÉREZ HENARES

fue algún tiempo. Van desapareciéndose, suicidándose, matándose, de forma tan estúpida, anodina e inane como un payaso de hojalata.

da consciente», decía el mejor Rubén. Los personajes de los palacios de invierno de mi amigo Gabriel Albiac apenas viven. Sólo tienen donde caerse muertos, mundo para caerse muertos. Y su vida ya no es consciente, si lo

En «Las flores de Tarbes» hablaba Jean Paulhan de la mala conciencia de la literatura moderna, su negativa a aceptarse sólo como literatura, es decir, como arte o como juego, como actividad gratuita. Como una «cosa en sí» que no tiene que obedecer a nada. La experiencia feliz, si existe, se dispersa y permanece sin caminos ni señales. Y no ocurre nada que no ocurra al revés en una vida privada de memoria y reducida al estado salvaje de los ornitorrincos esquizoides. Recuerdos confusos que cansan nuestra memoria. Romper la luna a pedradas. Marcianos en un mundo desierto. Siempre por calles de sentido único y a contramano, con la capucha puesta y con la navaja despierta y codiciosa, buscando el miedo de los que mandan por el miedo y haciendo lo posible porque manden más que nunca. Como en el planeta de los simios. «Moriré decentemente. Y cuando yo lo decida. Pocos tienen ese lujo. Y nadie, nadie, ha tenido el lujo que tú me ofreces». Matarse juntos limpiamente. Nadie va a turbar ya el silencio de los cuerpos que duermen. El tiempo hace mucho que se disolvió en lo eterno.

Gabriel es implacable con el sufrimiento de los suyos y lo comparte sin mucha pena. Con el dolor cansado pero ya muy vivido. «Nada te espante / todo se pasa / Dios no se muda / sólo Dios basta». Pero no hay otro dios que esa milagrosa flor marina de imposible belleza y ano sedoso que se abre como una caléndula. Albiac no engaña a nadie. Los palacios de invierno conquistaron a sus conquistadores y les robaron la poca alma que tenían, la escasa sangre que desbordaban y los ínfimos huesos de su arrogancia. «Cuerpos que nacen vencidos / vencidos y grises mueren / viven con la edad de un siglo / y son viejos cuando vienen». Aquellos nacieron vencedores de la nada, hermosos y provocadores, reyes de un universo vacío, nigromantes de un cielo combado de promesas. Su conversión en putas tontas lloronas que no saben ni lograr el estipendio fue tan rápida como un puñetazo. Cayeron por el aire de la tragedia, antes de pelear con ella. No supieron de amor, sino de vanidad. Grillos cantándole a la luna y escarabajos planeando sobre montículos de mierda apresurada. Tampoco los palacios de verano. Ni palacios equinocciales atravesando el pulmón de la historia. Nada. En los palacios de invierno de Albiac no hay hermanos del mundo y de la nada. Ni habitantes perdidos y lejanos ni parias del mar. Ni tan siquiera se oyen voces alzadas y colectivas con la ira precisa para poder existir.

No hay motivos de orgullo con el renombre adquirido por España en su innecesario belicismo contra Iraq. Apoyada o desaprobada por el resto del mundo, la invasión militar del régimen dictatorial de Sadam estaba decidida de antemano. ¿La apoyó Aznar por motivos de conciencia de un partido, el suyo, fundado por los prohombres de la dictadura española? Imposible. ¿Lo hizo por error de un vago cálculo de intereses que la posguerra no ha materializado? Improbable. ¿Por sueños de grandeza mundial inmediata? Posiblemente. ¿Para advertir a Francia de que España, como el Reino Unido, podía tener una política internacional independiente de la suya? Seguramente. ¿Por defecto de conciencia europea? Se comprobó en su posterior rechazo del Tratado Constitucional.

Merleau-Ponty reprochó a Julien Benda que concibiera una Europa «en representación» (como EE UU o la URSS), sin considerar otro tipo completamente distinto, «un tipo de Europa en acto». Tal abstracción se impuso a la realidad histórica porque daba altos vuelos al espíritu europeo del Mercado Común. Mi admiración por MerleauPonty no me impidió ver la vaciedad de su fórmula tan pronto como advertí que, con ella, sustituía la idea o representación de Europa «por cierto modo de relación entre el hombre y la naturaleza o entre el hombre y los otros hombres».

Sin embargo, la cuestión no está definitivamente contestada puesto que la conciencia de la unidad europea se presta a distintas concepciones. La más estricta, que yo comparto, es la de Julien Benda. «Nunca ha existido una conciencia de Europa por encima de la diversidad de sus partes». En consecuencia, España tiene la misma libertad que Francia y Reino Unido para prefigurarla con sus acciones particulares. Lo que Aznar ha podido traicionar, por tanto, no es la inexistente conciencia de Europa, sino el «tipo actual» de conciencia común que tienen los pueblos integrados en la UE. ¿Es un tipo de conciencia política, administrativa o económica?

Merleau-Ponty no era consciente de que su Europa en acto, sin acción ni conciencia europeas, legitimaba los postulados de la división impuesta por la guerra fría. Antes que reconocer la inconciencia de la unidad de Europa, prefería ver crisis en todas las dimensiones de la vida europea (crisis de la distinción entre yo y el mundo, de la objeti-