AL EMBAJADOR ITALIANO
L as cartas de protesta al director de un periódico, incluso las de puro trámite, revelan más la personalidad de quienes las envían que la del escritor criticado. Le aseguro, Sr. embajador, que he medido la
Aparte de sus defectos gramaticales y anticuado estilo, esa frase revela, Sr. embajador, tanto el hábito de adular como el complejo de superioridad y la mentalidad totalitaria de un oficio antaño prestigioso. Adula a un periódico cuya ideología ignora. Si la conociera, sabría que el «Factor italiano» sólo es uno de mis 90 artículos (sobre la impotencia política de Europa) motivados por la invasión de Iraq. Considera insultante que un español, expresándose con la libertad de un europeo demócrata, llame imprudente al jefe de Gobierno de un país con «calibre» para mantenerlo en el poder, pese a la nulidad declarada de la ley que promovió para no ser perseguido por la justicia. Cree que la crítica a un Gobierno de tal índole implica una condena de la historia, la cultura y la sociedad del país que lo tolera. Aunque esa no sea mi idea, tal vez tenga Vd. razón.
Dice que mi análisis «culmina en verdaderas calumnias en cuanto a la contribución de Italia a Europa en el pasado y en el presente». ¿Conoce el significado delictivo de las palabras que usa? ¿Puede ser calumnioso un análisis cultural? Si dijera dónde está la falsedad yo le respondería con los textos de los clásicos del pasado (Alfieri, Manzoni, Mazzini, Mosca, Pareto, Croce, Gramsci) que me la han transmitido. En cuanto al presente intelectual o político, ¿lo calumnio si no admiro a ningún italiano?
Su carta confirma mi tesis sobre la escasa contribución del factor italiano a la unidad del actual espíritu europeo. Afirma que mi artículo es superficial (sin decir en qué), «incluso en lo referente al desarrollo unitario de este país en el siglo XIX». Pero yo me he limitado a recordar que en Italia no hubo tal desarrollo antes de 1870, sino una imposición de la unidad por la fuerza militar del Piamonte, y a lamentar que la sinceridad intelectual del «Risorgimento» y de los grandes pensadores de finales del XIX y primer cuarto del XX no resurgiera después del fascismo.
Quizás le haya exasperado mi ironía de que «todos los europeos son italianos en defensa de la impunidad del poder». Reconozco mi ligereza. La impunidad del poder, esencia del Estado de Partidos, se derivó de la República de Weimar y no de la República de Saló. Pero nadie podrá disputar a la clase gobernante italiana el mérito de haber descubierto, y exportado a Europa continental, la nueva ley de Mandeville: «Vi-
dimensión de la suya en esta frase: «confieso mi profundo estupor por el hecho de que LA RAZÓN, que es de los más prestigiosos de España, haya tenido a bien acoger un artículo («El Factor Italiano», 29/12/03) de tan escasa responsabilidad y redactado con expresiones gratuitamente insultantes y denigrantes, dirigidas a otro país, además un país del calibre histórico y político de Italia».
LA SECTA DE LOS TREINTA
C iertos rapsodas nos lo transmiten con fascinación y un punto de sadismo. En la biblioteca de la Universidad de Leiden hay un manuscrito en latín, vertido del griego, que data del siglo IV de la era
cristiana. Gibbon lo menciona de pasada en su «Declive y caída». Pero el autor del manuscrito es anónimo, no se sabe si por pudor o por miedo a la persecución. No cabe excluir el propósito clandestino para fortalecer el arraigo de la secta. Es cierto que la publicidad es el alma de la justicia. Pero no de la nigromancia, el chamanismo, el esoterismo y la fabulación. Secreto viene de sagrado y todas las sectas y religiones se reclaman sagradas. El secreto y el dogma van de la mano del alma.
He de confesar, en cios de partidos, beneficios públicos». Ley que ha sustituido la anacrónica corrupción personal por la moderna corrupción de partido, explotando el filón inagotable de las contratas y concesiones estatales.
fin, que no ha sido la malevolencia la que me hizo aplicar el adjetivo «irrisorio» al sustantivo Berlusconi. Tampoco sus salidas de tono y continuas faltas de tacto. La causa está en una treta infantil de mi inconsciente. Siempre que veo su imagen no puedo evitar que la redondez torácica, sin solución de continuidad hacia sus desproporcionadas piernas, la manera rígida de inclinar cuello y tronco para adelantar la cara cuando quiere ser incisivo o chistoso, los trajes que lo empaquetan a punto de reventar y, sobre todo, sus expresiones caricaturescas y untosas, me sitúen ante el cómico francés Fernandel, interpretando el papel de presidente de Italia. El «Duce» también era irrisorio. Pero Berlusconi no da miedo.
Antonio GARCÍA TREVIJANO
ne a los muertos. Algunos entienden que
El manuscrito empieza a contar los antecedentes. «La secta fue numerosa y ahora son parcos sus prosélitos. Diezmados por el hierro y por el fuego, duermen a la vera de los caminos o en las ruinas que ha perdonado la guerra, ya que les está vedado construir viviendas. Suelen andar des-
SALVAR LA PELLEJA
D espués de meses haciéndose chichones con los quicios de todas las puertas, Zapatero ha conseguido salir airosamente por una con los dos mensajes que esta semana ha mandado a la sociedad española y a su electorado. El primero ha sido la muy lograda escenificación de que él manda en el PSOE. O al menos que lo parece, que eso es casi mas importante en política. El segundo ha sido el compromiso de no optar a la Presidencia si no es la lista más votada. Todo un regate a su trayectoria, hechos y pactos inmediatamente anteriores, enfáticamente proclamado, de cuya fiabilidad muchos dudan y que ha puesto como tigres a los hasta ayer presuntos compañeros de la izquierda plural, el plural nacionalismo y la España de a 17.
Externa e internamente. Y no es mala, desde luego, la clave de la búsqueda desesperada del voto útil. Pero también, y en esto parece caerse muy poco, puede traslucirse la oculta ver-
Creíble o no, el efecto ha sido notable.
REBOREDO Y SAÑUDO
dad de que Zapatero da por perdidas las elecciones de 2004, que sus cuentas no le salen de ninguna manera (con CiU después de lo de Maragall no hay pacto) y que a lo que va es simplemente a salvar la pelleja. Voto útil para una derrota honorable. Dar por hecho que no habrá «foto en el balcón», pero salvarse de tener que hacer el Almunia dimitiendo por televisión.
Antonio PÉREZ HENARES
nudos». El anónimo autor asegura que discutió largamente con los sectarios pero no logró convertirlos. Hubiera sido difícil, dada su atracción por ellos. Lo primero que le sorprendió fue su diversidad de pareceres en lo que concier- los espíritus de los muertos se encargan de enterrarlos. Otros declaran que la amonestación de Jesús «dejad que los muertos entierren a sus muertos» condena la pompa de nuestros ritos funerarios. El consejo de vender lo que se posee y dar el dinero a los pobres es acatado rigurosamente. Por ello su indigencia y desnudez, que los avecina al estado paradisíaco. Repiten con fervor las palabras sagradas. «Considerad los cuervos, que ni siembran ni siegan, que ni tienen cillero ni alfolí. Y Dios los alimenta. ¿Cuánto de más estima sois vosotros que las aves?» El manuscrito proscribe el ahorro. «Si así viste Dios a la hierba, que hoy está en el campo y mañana es echada en el horno, ¿cuánto más vosotros, hombres de poca fe? Vosotros no procuréis qué halláis de comer o qué de beber, ni estéis en ansiosa perplejidad». El dictamen «quien mira a una mujer con codicia ya adultera con ella en su corazón» (el Papa recordó que también es reprobable mirar con codicia a la propia esposa, pese al milagro que ello entraña) es un consejo de pureza. Sin embargo, son muchos los sectarios que enseñan que como todos hemos mirado a una mujer que codiciamos para codiciarla, todos hemos adulterado. Y como el deseo no es menos culpable que el acto, los justos pueden entregarse sin riesgo al ejercicio de la más desaforada lujuria.
La secta nació en Kerioth y perduró en un conventículo que se apoda De los Treinta Dineros. El nombre nos da la clave. En la tragedia de la Cruz hubo actores voluntarios e involuntarios, todos imprescindibles y fatales. Involuntarios fueron los sacerdotes que entregaron los dineros de plata. Involuntaria fue la plebe que prefirió a Barrabás. Involuntario fue el procurador de Judea. E involuntarios fueron los romanos que clavaron a Jesús en la Cruz y echaron suertes. Voluntarios sólo fueron dos: Jesús y Judas. Éste arrojó las treinta piezas que eran el precio de la salvación de las almas y se ahorcó. Tenía treinta y tres años, los mismos que Jesús. La secta los venera por igual y absuelve a los otros. No hay un solo culpable. Todos comparten ahora la gloria. El autor apócrifo termina contando una abominación. Al cumplir los treinta y tres años, todos los iniciados se hacen escarnecer y crucificar en lo alto de un monte, para seguir el ejemplo de sus maestros. ¿Serán vendidos al doctor Von Hagens para sus exhibiciones anatómicas? ¿O temerá el «artista» la maldición del firmamento y el odio de los ángeles? ¿Podría ser la solución entregar treinta mil veces las treinta monedas de salvación? Algún remedio tendrán las leyes del mercado. La secta no puede ser una excepción.
Joaquín NAVARRO