COMPLEJO DE INFERIORIDAD

L a tardía condecoración al ministro del Interior de Francia no basta para desviar a los españoles del plano inclinado por donde se deslizan los sentimientos antifranceses provocados por la política antieuro-

pea de Aznar. Tanto la posición de España en la guerra de Iraq como su soledad en la UE obedecen a motivaciones propias y no a malquerencias extranjeras. El próximo gobierno tendrá que rectificar el injustificable desliz del actual, que en modo alguno responde a la dignidad de su función en Europa.

ca en España. La Junta fue reconocida de hecho.

La diferencia entre las pasiones de soberbia y de orgullo se manifiesta en las reacciones distintas que produce el complejo de inferioridad y la conciencia de inferioridad. El orgullo expresa la dignidad de quien no tolera una ofensa que, venga de donde venga, todos pueden apreciar. La soberbia enmascara la indignidad de quien, sin ser ofendido, hace exhibición inoportuna de rango social o de autoridad. Mientras que el orgullo descansa en la seguridad del propio juicio, la soberbia deriva de un prejuicio social. La intemperancia europea de Aznar, inadecuada a la cuestión en litigio, responde a la soberbia surgida de un patente complejo de inferioridad. El que lo echa en brazos foráneos y lo ahuyenta de su hogar europeo, donde cacarean otros gallos más encrestados.

España dejó de ser grande en Europa desde que la dinastía borbónica la subordinó a Francia. Cuando la derrotó militarmente en la guerra de Independencia, no pudo conseguir un trato de igual entre las potencias vencedoras de Napoleón, pese a las gestiones de un Talleyrand comprado a precio de escándalo. Rusia, Gran Bretaña y Austria llegaron a encomendar a la vencida Francia la garantía del orden en la victoriosa España. Y el duque de Angulema, con cien mil hijos de San Luis, liquidó la sublevación liberal de Riego y repuso en el trono a Fernando VII.

Personas cercanas al Gobierno creen que Aznar se disponía a negociar y que la inflexibilidad de Chirac lo impidió. Eso carece de significado. Pues donde la falta de confianza en sí mismo se unió al complejo español de inferioridad, o sea, donde Aznar cometió la imprudencia política fue en la fantasía de querer negociar un privilegio para España. No era Chirac quien debía dar explicaciones de lo obvio, esto es, que cambiaba el arbitrario consenso de Niza en favor de un reparto de votos proporcional. Era Aznar el que debía explicar por qué no lo aceptaba y creía posible una discriminación en materia decisiva. La inferioridad moral de su causa política desencadenó el mecanismo de su complejo psicológico.

La actitud de Aznar, que no es un simple incidente en el camino de la europeización de España, responde a una tópica tradición. La derecha quería integrarse con Franco en el Mercado Común. La izquierda solo veía en ella el modo de llegar a unas libertades que no lograría por sí misma. Aquí no pudo oírse mi discurso al Parlamento de Estrasburgo: «acceder a la plena libertad política, con la aportación española a la comunidad europea de la libertad autónoma que Europa no conquistó al fascismo. El Reino Unido tiene la libertad que no perdió. El Continente, la que no ganó». Allí hice patente la grandeza que supondría para Europa la ruptura democráti-

EE UU y Alemania nos impusieron la Reforma como transición al Estado de partidos vigente en Europa. Su «prudencia», la de no romper el Régimen dictatorial en un proceso de libertad constituyente, tuvo la imprudencia de fomentar la ruptura de la unidad de España, con reacción nacionalista a la demagogia de la igualdad, y permitir la de Europa, integrando en ella el complejo de inferioridad franquista. Por ansiedad de una España Grande, Aznar la empequeñece en América y la arruina en Europa. Como en arte, la grandeza política no está en el tamaño del material con que se define, sino en la envergadura estética o ética de lo que, con él, se expresa.

Antonio GARCÍA TREVIJANO

EL TRIUNFO DEL MERCADER

R elegadas o enterradas por el paso del tiempo las anteriores versiones de la derecha, las aristocráticas, centradas en la herencia de sangre, así como las fascistas, el poderío económico, base de la derecha capitalista, se

ha levantado a la gran categoría que organiza la arquitectónica de nuestra sociedad. Y determina su estructura, tanto en el interior de las diversas comunidades, con su división en clases, como en las relaciones internacionales. Es más, este poderío ha adquirido tal extremo que no sólo establece las relaciones de dominación entre individuos y grupos, sino que tiende a absorber la realidad entera, situándola en el escenario económico como ámbito privilegiado de sentido. Fuera de él quedan las ruinas de un mundo acabado o las ilusiones de una más alta realización humana. La importancia de esta transformación es inmensa; representa toda una transmutación de los valores que orientan la existencia social. El trabajo, la obra de arte, los descubrimientos científicos, la personalidad y el cuerpo humanos se convierten en mercancía. En objeto de compraventa. Y los valores social-

VIDA INTELIGENTE

C on la competencia entre la NASA y la ESA al rojo vivo, la nave europea «Mars Express» ha conseguido probar la existencia de agua en Marte. Es un hallazgo de tal trascendencia que quita el sueño. No significa que haya habido o pueda haber vida en el Planeta Rojo, pero sí es sospechosamente posible. Así que, mientras el mundo se conmociona con el descubrimiento, se constata que Marte está de moda, cosa que ya temíamos desde que Bush puso el ojo en el planeta del dios de la guerra. Tan de moda está que aquí, para no ser menos, estamos viviendo una campaña de lo más marciana. Marciana es la propuesta del PSOE de eliminar las centrales nucleares en concesión a «los verdes» que han embutido en sus listas. Y lo es porque saben que, hoy por hoy, la alternativa o es más contaminante o es

REBOREDO Y SAÑUDO

un apagón definitivo. Dicen los del PSOE que quieren gobernar y que nadie va a tener la mayoría absoluta. Y Zapatero dice que no gobernara si no es el más votado para que se olvide lo de Cataluña o el pacto a lo bale-

ar. Opinan que una cosa es el Estado y otra las autonomías. Pero, claro, va Chaves y dice que él también. En el PP se van algunos y empiezan las propuestas. Pero atención porque Rato ha irrumpido en la campaña a todo tren. Por lo que también se constata que aquí llevamos mucho tiempo teniendo «vida inteligente».

Luisa PALMA

mente exaltados son los que adaptan al sujeto para lograr éxito en este escenario.

en el ejercicio de la violencia, en sus formas más biológicas, la valentía y la fuerza, venía dictaminado en larga historia la condición del ser considerado superior y su derecho a ejercer el poder. En la dialéctica hegeliana del señor y del esclavo, lo que define al señor es precisamente su capacidad de afrontar la muerte, anteponiendo la libertad a la mera vida física, mientras que al esclavo le caracteriza precisamente el temor a la muerte y, por ello, su vida sólo adquiere sentido en la figura de su señor, que le ha conservado la existencia.

Si, ciertamente, la violencia ha dominado la historia humana, prosiguiendo el reino de lo zoológico, ahora es vertida en odres nuevos. La eminencia

La moral heroica y la extensión social de la misma despreciaba al mercader, aunque se valía de sus servicios, y los moralistas escolásticos condenaban el interés de los préstamos. Recordemos la figura del mercader en Shakespeare y en Cervantes. O las diatribas de los fascistas contra los burgueses. Aunque cabe ciertamente la figura del caballero desprendido y austero, encomiada por Don Quijote, normalmente la moral guerrera no excluye el afán de riqueza y éste actúa como impulso junto al valor de la acción por sí misma. Pero la riqueza es vista como producto de la fuerza más que del negocio. Es el botín y el lujo a que el ser superior por sus dotes bélicas tiene derecho. Y es la explotación a que los fuertes someten a los débiles, colonizando y esclavizando a los pueblos conquistados o aprovechándose del desvalimiento del siervo en la sociedad feudal. Y despreciando el trabajo como cometido de las clases inferiores y de las mujeres en la sociedad patriarcal.

Verdad es que, especialmente en sus primeras fases, el capitalismo trató de reproducir a los valores y el lenguaje heroicos. El empresario se jacta de asumir el riesgo, se presenta como un osado emprendedor, lucha con sus rivales en un combate, ciertamente bastante feroz. En la nueva palestra es un benefactor que crea puestos de trabajo. Pero el riesgo no significa perder la vida, sino a lo sumo afrontar la quiebra, que, por otra parte, remediará el Estado, a cuenta del contribuyente. Y las virtudes serán la astucia, la «metis» del primer burgués, Odiseo, según Adorno y Horkheimer. A ella se añade en la iniciación del capitalismo el espíritu de trabajo productivo, hoy sustituido por la especulación, pero esta evolución es una historia, estimado lector, que motivará un posterior artículo

Pero el campo de batalla es sustituido en el mundo triunfante del capitalismo por el mercado como lugar en que se juega el poderío, el triunfo o la derrota. Y desde él se transforma incluso lenguaje. Nada más significativo que la evolución del mismo término de «empresa». Originariamente designaba el empeño bélico o la aventura exploradora, la hazaña, y era un símbolo heráldico, parte del escudo. ¿Quién, hoy día, al oír este término piensa en tales significados?

Carlos PARÍS