ELECCIONES: SEIS PLEBISCITOS
L os electores votarán al partido que les parece más apto para tomar las riendas del Poder Ejecutivo. A ningún votante le interesa quiénes van a legislar. Solamente qué jefe de partido merece ser presidente
de Gobierno. Todas las elecciones legislativas son anticonstitucionales y todas las campañas podrían ser anuladas por el TC. La Constitución excluye el «presidencialismo» como forma de gobierno donde el poder ejecutivo está separado del legislativo, pero cada elección impone un régimen de poder «presidencialista» donde legislan los mismos que gobiernan.
que no lleva aparejados inconvenientes insoportables para el pueblo o la sociedad civil.
A ningún medio de comunicación le interesa denunciar el gran fraude constitucional que implica convocar elecciones legislativas para nombrar presidente del Ejecutivo. A ningún intelectual le importa que la práctica política anule por completo el valor normativo de la Constitución. El consenso de la Transición no se redujo al pacto de excluir la convocatoria a Cortes Constituyentes, a fin de que una simple Asamblea Legislativa hiciera la Constitución, sino que también dio licencia a los partidos para infringir la norma sobre su funcionamiento democrático y la prohibición del mandato imperativo a sus diputados de lista.
Después de las elecciones nadie podrá tachar de antidemocrático el nombramiento, a dedo de Aznar, de su sucesor en la Jefatura del Partido Popular y en la cabecera de su lista electoral, pues Rajoy tendrá la superior legitimación de las urnas. Si los partidos nacionalistas vascos obtienen la mayoría absoluta, nadie podrá oponerse a la ejecución del Plan Ibarreche sin ser tachado de antidemocrático. Si los partidos integrados en el Gobierno de la Generalitat logran mayoría absoluta de votantes, la acción clandestina de Rovira y la voluntad «maragalliana» de federar al Estado español estarán legitimadas por la soberanía popular de Cataluña.
Las consecuencias de estas prácticas anticonstitucionales, que en el pasado se manifestaron con el auge de la corrupción durante los gobiernos socialistas y con el autoritarismo sin control parlamentario de los dos mandatos de Aznar, se hacen hoy patentes con las anomalías que transforman las próximas elecciones legislativas en seis plebiscitos sobre: 1. Jefatura del Partido Popular; 2. Presidencia del Gobierno; 3. Plan Ibarreche; 4. Gobierno tripartito catalán; 5. Retirada de tropas de Iraq; 6. Política antifrancesa del gobierno. Todo lo demás son ruidos de carnaval de distintas letras partidistas cantando al unísono la misma música. Es decir, lo que no es plebiscito es equipolencia de partidos.
Si los electores dan a Zapatero la Presidencia del Gobierno, la retirada de Iraq de la soldada española y la reanudación en Europa de la política de España con la de Francia y Alemania, no serán libres opciones del futuro gobierno, sino el obligado cumplimiento de lo aprobado en el plebiscito popular que suponen las próximas elecciones, sin que esas cuestiones hayan sido sometidas, como podrían haberlo sido a causa de su importancia trascendental, a un legítimo referéndum. El Estado de partidos aplica a la política el principio de economía o mínimo esfuerzo con un rigor tan admirable
De una sola tacada electoral resuelve la legitimación democrática de la falta de democracia en la vida interna de los partidos, del nombramiento del jefe de Gobierno, del relleno de los escaños legislativos con listas de partidarios, de la configuración federal de las Autonomías en Euskadi y Cataluña y de las decisiones principales del futuro Gobierno. ¿Y cuales son las nimiedades de sus inconvenientes? Suprimir la representación de la sociedad civil en el Estado, eliminar la posibilidad de control del Poder Ejecutivo por el Legislativo y someter a las urnas cuestiones no susceptibles, por naturaleza, de ser votadas. Total, nada.
Antonio GARCÍA TREVIJANO
EL AUTOMÓVIL Y SU MITOLOGÍA
E n fechas recientes se ha difundido la noticia de que había aumentado la venta de coches en nuestro país, proporcionando una inyección a la industria automovilística. Se ha atribuido el fenómeno a una su-
puesta mejora del nivel de vida y al descenso de los créditos. Cuando, según las encuestas, la mayoría de las familias españolas se encuentran con dificultades para llegar a fin de mes, hay que pensar que el factor más influyente ha sido el segundo, la facilidad para endeudarse. Y habría que añadir otra razón: la importancia exagerada que se concede al coche en la economía familiar y en el prestigio social. Porque el automóvil, un artefacto destinado a satisfacer una necesidad humana, agudizada en la inquieta y dinámica cultura moderna y occidental, se ha convertido en algo más que un útil; se ha revestido de signo de posición social También en desahogo de diversas frustraciones Y por ello muchos compradores no se resignan a un «utilitario», cuando la mera posesión de un coche se ha popularizado, sino que hacen un esfuerzo para exhibirse en un coche de lujo. Y creo que
EL LADO OCULTO DE RAJOY
A mitad de campaña, algunos se han sorprendido positivamente al descubrir lo que llaman «lado oculto» de Rajoy. Y es que en los últimos días el candidato popular aparece contento, con un tono más incisivo y con el pulso bien tomado mitin a mitin. Pero este Rajoy ha existido siempre, aunque no siempre se deja ver. Cuando lo hace aparece el Rajoy de la ironía, inteligente y demoledor, sin perder su tranquilidad. No sé si este «cambio» es porque las encuestas le dan posibilidades de mayoría absoluta o porque en su «tempo» de campaña ya toca sacar todas las cartas. Sea como sea, aparte de esto, la campaña no ofrece mayor novedad. Siguen todos contra el PP con el único objetivo de quitarle la mayoría absoluta. Y o no sé si las absolutas son buenas o malas, pero no me gusta descalificarlas por sistema.
REBOREDO Y SAÑUDO
Por ejemplo, en la situación actual, es mejor para la gobernabilidad que Rajoy la tenga, entre otras cosas porque el peaje que tendría que pagar sería perjudicial ya no para el PP, sino para el Estado. No hablo de Coalición
Canaria, sino de CiU, por ejemplo, que tras dar alas a ERC ahora alardea de nacionalismo radical y cuyo líder, Durán, dice que desconfía de Rajoy. El peaje sería el problema, pues ya se sabe qué es lo que pasa cuando uno se asocia con radicales. Y si no que se lo pregunten a Zapatero o Maragall con su experiencia con Carod.
Luisa PALMA
ello es especialmente intenso en España.
vecino, siendo mucho más numerosos, eran utilizados fundamentalmente para desplazarse y su presencia exterior no se mostraba tan meticulosamente cuidada como en España. En nuestro país, en cambio, el coche era usado en gran medida para pasear y exhibirse en una carroza lúcida, impoluta. Además, el número de chóferes resultaba mucho mayor, proporcionalmente, en nuestra tierra. Cuando han transcurrido bastantes décadas y nuestras ciudades y carreteras están tan plagadas de coches que su función de desplazamiento parece perdida, no deja de conservarse residualmente esta visión del automóvil, tan propia de nuevos ricos, llegados tardíamente a este producto de la industria.
Cuando la motorización se encontraba en sus primeros tiempos, comparaba Ortega el uso del automóvil en España y en Francia en un divertido artículo. Observaba en él que los coches en el país
Naturalmente las contraposiciones son esquemáticas. Para muchos españoles, hoy día, el coche es visto en función de su utilidad, de su necesidad, incluso, y, sin duda, no deja de haber franceses y ciudadanos de otros países para quienes el automóvil es percibido como medio de ostentación. Hace ya algunas décadas en Francia se realizaron estudios sobre las proyecciones sexuales de que el coche es objeto y los problemas de celos de pareja que suscita. Recordemos que en Francia «la voiture» es femenino y que tradicionalmente el comprador y conductor de coches era el varón, el patriarca, que frecuentemente en los viajes, aunque la mujer supiera conducir, se apoderaba del volante. Y , si bien la conducción femenina se ha normalizado, las mujeres suelen dar menos importancia al prestigio social del coche, mientras persiste una idolatría masculina del automóvil, que es perfectamente captable en los grandilocuentes anuncios de estos vehículos, muchas veces cargados de sexismo machista.
Se habla actualmente de «educación vial». Lo fundamental sería inculcar una visión racional y desmitificadora del coche, como un instrumento que nos sirve para desplazarnos armónicamente, además, con otros muchos conductores. Ni es un bólido que disputa premios, ni un trono móvil en que lucir nuestras pretensiones de riqueza. ¿No sería preferible que el nivel de vida de nuestra sociedad se manifestara en gastos de cultura, libros, asistencia al teatro y a conciertos, a que se muestre en la incesante adquisición de coches? Un producto de nuestra civilización, cuyo abuso, además, consume las reservas energéticas y deteriora el medio ambiente. Pero aquí se abre toda una crítica del modelo de desarrollo actual y éste es ya otro cantar.
Esta psicología no deja de ser peligrosa. Un hombre, tanto más cuanto más frustrado está, y mayor sacrificio le cuesta pagar las letras, acrecienta su ego subido a un coche de lujo, se siente un rey de la carretera, aprieta el acelerador hasta alcanzar velocidades enloquecidas, dando luces, bocinazos y gritos a quien pretende obstaculizar su exhibición de poderío. Y los accidentes inexorablemente llegan.
Carlos PARÍS