RAZÓN DE LA DERROTA
L os gobernantes raramente comprenden por qué los gobernados los eligen o abandonan. La política pertenece al mundo de los sentimientos irracionales. De no ser así sería incomprensible que personas nor-
males se comporten como huérfanos acudiendo a las urnas en busca de paternidades a las que afiliarse durante cuatro años. Pero de vez en cuando un sobresalto impone racionalidad emocional a las masas de electores. Los cambios de partido gobernante no se producen entonces por las virtudes del ganador ni por el fracaso en la gestión estatal del perdedor. Las crisis políticas de origen emocional las resuelve, como en los cambios de pareja, un deseo irrefrenable de sinceridad.
lo denunciara a la justicia e instalara la decencia. Ahora quiere eliminar la causa del terrorismo islámico en España, y llama a Zapatero.
La conmoción de Atocha despertó en las masas un ansia de sinceridad, en la identificación de los criminales, como la sentida por los familiares de las víctimas de la masacre. El dolor eleva la capacidad de percepción de la verdad más allá de los límites que bastan a la veracidad. Ésta es compatible con el autoengaño de la probabilidad, aunque no lo sea con la mentira. Cuanto más dolorido estaba el elector, mejor percibió que el Gobierno quería engañarse a sí mismo con la autoría de ETA porque eso era lo que le convenía, porque su pasión de rentabilizar el crimen era superior a la de justicia. Pero la verdad, que en circunstancias normales suele ser intrascendente, ahora ha sido decisiva.
El PP obtiene dos millones de votos más de los que hubiera logrado sin retrasar el conocimiento público de la verdad. Y el PSOE llega por segunda vez al poder de la misma manera que en la primera. Entonces lo aupó la falta de sinceridad, ante el 23 F, del gobierno salido directamente de las filas franquistas, ahora la falta de verdad, ante el 11M, de un gobierno nacionalista español obsesionado con el nacionalismo vasco. El PSOE no ha vencido por sus méritos, sino por el demérito de la herencia franquista.
El Gobierno de Aznar perdió las elecciones cuando su ministro Acebes, sin ocultar los datos que delataban el terrorismo islámico, siguió insistiendo en la probabilidad de ETA. El Gobierno, la televisión pública y la gran mayoría de los comentaristas incurrieron en un vicio más nefasto que el de mentir. Quisieron ser veraces en lugar de verdaderos, cuando la pista infalible de los versículos del Corán descartaba por completo a ETA. La pasión de engañarse nubló todas las percepciones del sentido común. Y si el conocimiento público de la verdad hubiera llegado a los españoles cuando se hizo evidente a la opinión mundial, el PSOE habría obtenido con holgura la mayoría absoluta.
El protagonismo de Aznar en la guerra de Iraq habría dejado al PP sin mayoría absoluta, pero no ha sido la causa de la derrota electoral de Rajoy. Desde el final de la guerra civil el pueblo español está habituado a vivir con la mentira permanente de los gobernantes. Ignora que con la verdad se convive mejor y prefiere la hipocresía al cinismo. Pero en momentos de gran miedo, asco o sufrimiento, siente la necesidad de conocer la causa de su ansiedad. Quiso saber por qué Suárez dimitió para no ser un paréntesis entre dos dictaduras, y eligió a González para suprimir el peligro imaginario de un golpe militar. Quiso saber quién era responsable de los GAL y la corrupción, y eligió a Aznar para que
La irresponsabilidad del empeño de Aznar en ETA nos ha dejado inermes, junto con toda Europa, frente a la inmediatez de otro atentado del terrorismo islámico. Si se hubiera producido en estos tres días de infamia acusadora, el odio europeo al Gobierno español sólo lo habría superado la aversión hacia el terrorismo. Tan pequeño hombre es el que quiere la guerra para hacerse grande como el que intenta rentabilizar una gran tragedia terrorista para evitar que su pequeñez se ponga al descubierto.
Antonio GARCÍA TREVIJANO
EN HONOR DE LA REBELIÓN
L as cuatro pasiones del poder en todo su esplendor. La de corromper y corromperse es la más clásica. Siempre es así. La proclividad de todo poder hacia la corrupción es imparable. Sólo un control meticuloso hace improbable, jamás
inevitable, que esa inclinación se consuma. Un obstáculo surge inmediatamente. La capacidad del poder para pactar con todos sus controladores. Por liberarse del control integrándolo en su propio círculo. Como no hay profetas armados, las denuncias son fácilmente doblegables. El ninguneo, la persecución, la difamación, la tortura, la condena y la cárcel desarman y desviven a cualquier profeta. Incluso a cualquier rebelde. El movimiento más puro de la rebelión es su condena y su muerte. Dice Camus que «el honor de la rebelión está en no calcular». T odo es así más sencillo para el poder, maestro en cálculo e indignidad. Si el poder es absoluto y las minorías poco más que emulativas, si el poder lo es casi todo y lo que le falta para serlo todo son ridículas briznas que desean, pese a todo, convertirse en poder, éste espermatorrea de
IGNACIANA
A veces, los acontecimientos se agolpan, y entonces los periodistas ya ni sabemos qué titular escoger entre todos los posibles Y es que salimos, todos, de pasar los cinco días más tremendos que hayamos vivido en más de medio siglo -sí, peores que lo de los abogados de Atocha y el 23-F- y queda como un rescoldo de viento de locura soplando en nuestros cerebros. Por eso algunos inventan no sé qué golpe de Estado y otros responden, todo a lomos del SMS, que la victoria electoral se ha edificado sobre los dictados del terrorismo. Puras exageraciones que, claro, recogen encantados en algunos periódicos extranjeros. Pienso que deberíamos seguir la máxima ignaciana, y en tiempo de crisis no hacer mudanza, o hacer la menor mudanza posible, dejar que las cosas se asienten según su orden natural y respetar la dignidad -con cuantas equivocaciones quieran ustedes achacarles- de los vencidos. Y , por supuesto, dar
REBOREDO Y SAÑUDO
oportunidad -con todas las prevenciones íntimas que les parezcan- para que los vencedores puedan poner en marcha los planes a los que les da derecho su triunfo en las urnas. Sosiéguense, pues, que diría el de Loyola, los duce al país que dice amar en la mierda compacta de lupanares sin término y colabora en el asesinato colectivo de gentes que nunca fueron enemigas, jamás adversarias, siempre humildes, jamás imperiales. Provoca así odios inextinguibles, venganzas terribles, aversiones horrendas. Los antiguos amigos, viejos amigos del sol que a nuestra tierra vinieron, afilan cuchillos olvidados que sólo iban directamente hacia el corazón del Satán imperial.
ánimos encrespados, en la calle y en no pocos medios de comunicación, pues no hay para tanto como parece por el ruido en los siempre inquietos cenáculos y mentideros del bullicioso Madrid. Ya lo decía el inolvidable Pío Cabanillas senior: ahora, lo urgente es esperar. Y ver cómo son los primeros pasos de los nuevos que llegan, con aires de cambio posiblemente necesario, pero a su cadencia y en su estricta medida. Por cierto, ¿tiene Zapatero vara de medir?
Fernando JÁUREGUI
impunidad y satisfacción. Hace lo que quiere, destruye el país que dice salvar de sus enemigos, rompe su equilibrio, su estabilidad, sus canales más delicados de supervivencia y convivencia. Declara la guerra contra su propia opinión pública. Intro-
El poder también intimida. Necesita crear miedo para sobrevivir y potenciarse. Miedo político, miedo social, miedo económico. Practica el terror desde el Estado mismo, su más preciado instrumento de dominación. La razón de Estado se convierte en la única razón. Seduce y corrompe al amigo, persigue al enemigo (que lo es porque discrepa o porque quiere distinta concepción del Estado o porque está harto de humillaciones sistemáticas y gratuitas) y convierte el reino de la impudicia en el arte de gobernar. Al mismo tiempo que aterra, dice que el terrorismo es nuestro máximo enemigo. Convoca el terror y lo convierte en su oposición más indeseable. Sin su terrorismo, el terrorismo no existiría. Viviría como terrorismo episódico, sin arraigo social ni ideología. Sólo el terrorismo de Estado crea el terrorismo contra el Estado. Nada hay más seductor que el poder. Provoca adulaciones y servilismo sin cuento. Toda corte es la corte de Dios. Los claros clarines del cortejo, el oro y el hierro del cortejo, el vivo reflejo de las espadas del cortejo, la gloria, la ambrosía, el paraíso que habita al este del Edén. El Dios deseante y deseado. El poder se hace imagen de todo lo divino. Asesinando todo lo humano, todo lo divino emerge más esplendente. La sangre del pueblo iraquí enjoya la corona del poder y el poder de la corona. Es la sangre asesinada de los niños de Babilonia, de los hombres y mujeres de Mesopotamia. Pero el poder también entontece. Hace de cualquier intelecto mediano una exhibición de oligofrenia. El poder hace del sabio, necio. Del intelectual, guacarnaco y cacalibris. De la gente sensata, prodigio de irracionalidad. Se presume que está bien guarnecido pero está desnudo. Es como una maldición de Luzbel. T onto fuiste en definitiva y mucho más tonto te has hecho. Las cuatro pasiones del poder convergieron en los aznarianos. Han destrozado el poder y la justicia de nuestra convivencia. Han convocado sobre la pobre gente pobre del corredor de Henares toda la cólera, la rabia y la venganza de los musulmanes asesinados en Mesopotamia y Babilonia. Han convertido a los adversarios en enemigos. En criminales a discrepantes legítimos. En delincuentes a patriotas de otras patrias distintas a la única e indivisible de los aznares y rajoys. Para los que vienen, dos consejos. El primero es de Sancho. «Llaneza, muchacho, no te encumbres que toda afectación es mala». El segundo, de su señor: «No es bueno que los hombres justos se conviertan en verdugos de otros hombres».