75 ANIVERSARIO DE LA II REPÚBLICA. (ATENEO, 28 DE MARZO 2006)
'Amigas, amigos, Sr. Vicepresidente, Sres. Fundadores del Club Republicano:
En este País de las Maravillas para Partidos, como en el de Alicia, se desconoce por completo no só lo el valor sino la existencia de lo auténtico. El len guaje de la eufemia, al ser universal, designa las cosas sociales y políticas con palabras y frases edulcoradas que llegan a constituir un mundo fic ticio en suplantación del mundo real. El triunfo del eufemismo lo garantiza el consenso de partidos y medios de comunicación. Cualquier afirmación contraria al consenso se considera delito social. No se extrañen, pues, de que mi discurso sea un delito continuado.
En esta Monarquía de Partidos estatales, España ha dejado de ser comunidad política. Como idea espiritual, agoniza. Su historia se reduce a geo grafía. Su materia económica y social, aumenta. Su cultura se consume como mercancía. España pierde su identidad.
La contradicción entre el ser y el querer de los es pañoles en tránsito, en esta Transición sin desti no, crea un conflicto irreconciliable entre el hecho de ser España un Todo y la voluntad política de tratarla como Parte. Un tipo ontològico de conflic to entre la existencia y la esencia de la Nación española.
Si la nación fuera un ' Proyecto', como creyeron Ortega y José Antonio, y hoy creen todos los par
Antonio García Trevijano es un proscrito, un increíble pensador y un hombre li bre. Sus ideas representan el disenso contra el Estado de Partidos en el que vivi mos. Con motivo del 75 aniversario de la Segunda República, Antonio lanzó un discurso del que los Medios, salvo contadas excepciones, no se han hecho eco. Frente al silencio orquestado, y considerando la clarividencia, la trascendencia y oportunidad de su discurso, publicamos los siguientes extractos del mismo. García Trevijano es el pensador demócrata español por excelencia y ésta su lla mada a la República Constitucional. (Aquí recogemos parte del discurso pronun ciado en el Ateneo de Madrid).
tidos, España dejaría de ser pronto una realidad política. El partido españolista carece de argu mento contra los partidos que están realizando, en sus sitios natales, un proyecto sugestivo de vi da en común semejante al español. Ningún parti do podrá negar que su concepto de nación coin cida con el proyecto de vida en común de dos enamorados, y que éste es el más sugestivo de todos. Pero si, como creo, la nación es un hecho objetivo que nos viene dado con independencia de la voluntad, entonces la realidad existencial de España hará sucumbir a un Estado monárquico que está dejando de ser esencialmente nacional. Poblaciones sin fronteras naturales, étnicas, reli giosas o jurídicas, están siendo definidas como naciones con fronteras psicológicas o sentimen tales, trazadas por la expansión de apetitos de po der en pequeños partidos nacionalistas, subven cionados por la Transición de la Dictadura de un partido a la Monarquía de varios.
La Monarquía de Partidos parcela la realidad na cional de España. Parangonando a Luis XIV, el Rey Juan Carlos ya puede proclamar que 'la Na ción no forma cuerpo en España'. Pero no porque ' resida toda entera en la persona del rey', como dijo su pariente, sino porque ahora se encarna en tropeles de agentes nacionalistas en busca de su propio Estado. A diferencia de aquel rey absoluto, a este rey relativo no le cabe ya en la cabeza la na ción española. La frivolidad de su Corona tanto sirve para instrumentar un golpe nacionalista de Estado Total, como estatutos nacionalistas de Estado Parcial. Totalitarismo o parcialitarismo de Estado derivan de una misma concepción fascis ta de la nación. La orteguiana del proyecto suges tivo de vida en común.
Si en este solapado período constituyente, el po der monárquico de constituir no está en la nación entera, sino en partes que pueden convertir regio nes en Estados, la defensa del cuerpo de España la deja la monarquía en manos de una República que pueda ser reconstituyente de la Nación y constituyente.del Estado. ¿Pero qué República puede lograr esta hazaña política?
La República no se define por lo que ella es. Siempre la ha identificado lo que ella no es, la Monarquía. En la Revolución francesa, la República expresó nuevos sentimientos popula res de patriotism o y civismo, pero no se definió como modo político de organizar el poder del Estado. La Dictadura jacobina, el Directorio, el Consulado y el Imperio fueron formas igualmente republicanas. La indefinición política de la República permitió a Stalin y Hitler ser tan republi canos como Jefferson o Lincoln. El fraude político trepa por las repúblicas cuando éstas se limitan a ser meras negaciones de las monarquías, o a ex presar formas paganas del Estado que no se iden tifican con la libertad de la democracia.
Frente a lo concreto y personalizado de las mo narquías, las repúblicas simbolizan la abstracción de poderes anónimos. Por eso no vienen de algo conocido que las preceda. Llegan por adveni miento. Nos sorprende que ningún movimiento republicano haya conquistado el Estado. Lo ocu pa si los reyes lo dejan vacío. No es una metáfora que los pueblos se acuesten m onárquicos y se despierten republicanos. Las revoluciones en Norteamérica y Rusia no realizaron un previo ideal republicano, sino la independencia frente a la mo narquía inglesa o la alternativa socialista al capita lismo. La República era un instrumento. No un fin. Incluso en la Revolución Francesa, antes del 10 de Agosto del 92, solo era un fantasma faccioso que asustaba a Robespierre y Saint Just.
Como la princesa durmiente en el bosque, la República yace dormida en la sociedad, has ta que la despierta el beso principesco del Estado.
No es una larva social que se transforme, por su propia madurez, en mariposa política. La anuncia una negación y nada la prepara. Anida en los co razones y no penetra en las mentes. No despierta como fauno procreador, sino como doncella pre dispuesta a ser violada por todos los sátiros del situacionismo o del oportunism o. Antes de dar forma al Estado, siempre ha sido una idea virginal. Un sueño.
Sin haberse cons truido como alter nativa a la m onar quía, la R epública adviene de repente como solución a la crisis monárquica. Y cuando se hace real como forma del Estado, no está realizada en el es píritu ni en el cuer po social. Llega sin republicanos. Esta virtualidad, ' per se', de la Repú blica, explica sus repetidos fracasos y sus continuos re nacimientos. La in capacidad de la idea republicana para ser alternati va de poder institu cional, atrasa su porvenir como for ma democrática del Estado. La política y de la unidad nacional, que ella misma se basta para proponerse como único método pacífi co de alcanzar la democracia formal, que evitaría la corrupción y mediocridad de la clase política, y como única solución al problem a secesionista creado por los nacionalismos de partido. La dis yuntiva Monarquía Parlamentaria o República
nes de mirar, oír o leer las costumbres de los fa mosos o las aberraciones de los instintos. Que vienen a ser casi lo mismo. La política ha devenido otro espectáculo que añadir a ios que entretienen el ocio de sociedades políticas pasivas. El pensa miento débil y 'prêt a porter' de los intelectuales modernistas ha creado la levedad de la cultura ac
Monarquía dura como ¡o malo conocido frente a la República por conocer. Hagamos al menos que la República se conozca de antemano.
La historia de la República en España se asocia a la historia de dos fracasos. El del federalismo de la I República, que nacionalismos periféricos quie ren ahora repetir, y el del parlam entarismo, que nostálgicos de la II República desean restaurar. El Pacto de San Sebastián no definió su esencia ni el modo de darle existencia. La República llegó de modo imprevisto y se instaló en un Estado de pre cariedad. Derrotada en la guerra civil, que no su po evitar, se refugió en la dignidad del sentimiento republicano, hasta que los partidos que antaño la defendieron se aliaron con los epígonos de la Dictadura, para legitimar el fraude político de esta Monarquía de los Partidos, coronada por un Rey nombrado por Franco.
Sin conocer las causas de sus fracasos, sin saber la naturaleza de las instituciones políticas que, a ia tercera vez, los vencerían, toda propuesta republi cana se traduce en un encanto sentimental para dormir apocadas almas de servidumbre o en un aventurerismo irresponsable para avivar volunta des con activismos personales sin acción colecti va. La R epública Federal es un contrasentido cuando no hay Estados que federar. Y la Parlamentaria no cambiaría la política de la Monarquía de Partidos. ¿Sería diferente una República de Partidos? No hay que crear otros partidos. Solo que la R epública los saque del Estado y los ponga en su sitio, o como diría Aristóteles, en su lugar propio, es decir, en el se no de la sociedad política.
Por primera vez en la historia europea, la República Constitucional se presenta como alternativa a la Monarquía Parlamentaria y a la Partitocracia. Esta nueva idea republicana es tan atractiva para el supremo interés de la libertad
Constitucional equivale hoy a la disyuntiva Partición o Unidad de España, es decir. Partitocracia o Democracia. La idea de partir la nación sale de la ambición de repartir el poder te rritorial entre Partidos estatales. Es paradójico que el Estado monárquico subvencione a los par tidos que lo diezman.
Carecería de sentido sustituir esta Monarquía de Partidos por su hermana gemela, la República de Partidos. ¿Para qué cambiar al Rey por el Presidente de una República Parlamentaria con menos poder que el Vicepresidente de los Estados Unidos?
La Monarquía española cumple la misma función oligárquica que todas las Repúblicas parlamenta rias. Tan corrom pidas como ella, porque no son representativas de la sociedad civil, a causa del sistema electoral, ni sistemas políticos adecuados a la n ecesidad de un sólido poder ejecutivo en una civilización globalizada por la economía y la técnica.
El obstáculo que se opone a la República Constitucional no está en el ejército, la Iglesia o la burguesía empresarial. Sus enemigos son, como al final de la Dictadura, los medios de comunica ción y los grupos políticos sindicados en el poder del Estado. Pero el principal adversario de la III República no es hoy el partido heredero del fran quismo, sino el PSOE. Una sigla oportunista que, por su propia idiosincrasia, traicionará la Monarquía, cuando la vea en trance de perecer, para encabezar la República y corromperla. Su esnobismo de nuevo rico se codea y pavonea con la riqueza apàtrida, como los lacayos domésticos con los grandes aristócratas del XVIII.
La plutocracia encuentra en las oligocracias políti cas el instrumento para la continuidad de su seño río del mundo, mediante guerras, explotación sui cida de los recursos, aranceles, armamento, arte factos informáticos, modas extravagantes y pasio tual, la banalidad de la política y el crecimiento amor fo de las masas ur banas.
En este ambiente social de incultura política y de atonía moral, me sorpren dió que un nuevo Club Republicano me invitara a presi dir la conm em ora ción del LXXV ani versario de la II República, bajo un lema, la República Constitucional, a cuyo concepto y teoría he dedicado gran parte de mi vi da intelectual.
Si hace doce años tuve el honor de romper el tabú de la República con la presentación de mi Discurso contra to dos los nacionalis mos, de signo cen tralista, federal o secesionista, porque nadie tiene legitimidad para usar la nación como bandera partidista, hoy me enorgullece concretar aquella promesa de verdad y libertad política, proponiendo la acción cons tructiva de la III República a todos los demócratas que nunca creyeron en la Transición, o que se han desengañado de las ilusiones puestas en el neofranquismo de Partidos republicanos integrados y subvencionados en el Estado monárquico.
No repetiré aquí mi teoría pura de la democracia, que no es la creencia angelical en la democracia pura, sino un sistema institucional donde la liber tad política se garantiza, y la corrupción se evita, con la separación de poderes en el Estado. Su síntesis está expresada con fidelidad en el mani fiesto del Club Republicano que nos ha convoca do, para proponer a todos los demócratas espa ñoles, en este momento de incertidumbre política, la instauración pacífica de una Repú blica Constitucional para defensa de la unidad na cional de España y para conquistar de una vez la libertad política.
La oportunidad del momento es evidente.
No hay Partido ni medio informativo que no prego ne la necesidad de una reforma constitucional. La Constitución ya no es un texto intocable, ni sirve para satisfacer las ambiciones de los propios par tidos que la fraguaron. Cada Partido busca su ta jada. Desde la ridicula reforma sobre el sexo de la Corona, hasta el tratamiento de Cataluña y País Vasco como naciones estatales, pasando por la eliminación del ejército en tanto que garante de las instituciones políticas.
Pues bien, frente al artificial consenso de que to do es negociable en un teatro de paz, levanto la voz republicana para afirmar, con la certidum bre de las verdades naturales, que ni la unidad nacio nal de España ni la democracia, por la propia na turaleza histórica o formal de sus respectivas rea-
lidades, son susceptibles de negociación. La Nación no puede acordar dejar de serlo. Y demo cracia, sin adjetivos, solo hay una. O existen elec ciones para designar, de modo directo y separa do, a los representantes de los ciudadanos y al Presidente de la República, o no existe democra cia. Es escandaloso que en Europa el Partido que gobierna, es decir, el que ejecuta las leyes, también las haga en los Parlamentos. La sola exis tencia de un banco azul produce la subordina ción del poder legislativo a los agentes económi cos y mediáticos que inspiran la iniciativa legisla tiva del poder ejecutivo, sea cual sea el partido gobernante. Por eso son todos iguales. Y los Altos Tribunales de la Justicia dejarían de estar corrompidos hasta la médula, salvo excepciones individuales, tan pronto como los partidos no tu vieran el poder de nombrar, por cuotas, a sus Magistrados.
Las Autonomías han disparado el gasto público mucho más allá de lo que demandaba la descen tralización de la Adm inistración y la desconcen tración del poder estatal. Ahora, se hace nece saria una cesión de gran parte de las competen cias y presupuestos autonómicos a favor de los grandes municipios regionales. Llamados a ser, por ello, los grandes beneficiarios de la República y nuestros aliados virtuales.
Por no ser una idea marxista, la República Constitucional en España no sería mal vista por los intereses económ icos o id e o ló g ic o s de Estados Unidos. Y frente a la necesaria federa ción de los Estados Europeos, el factor republi cano español sería un poderoso acicate para su realización. La mal llam ada C on stitu ció n de la Unión Europea ha fracasado por el temor de los Gobiernos a integrarse en un Poder federal más fuerte, y más patriótico en el sentim iento euro-
LA PLUTOCRACIA ENCUENTRA EN LAS OLIGOCRACIAS POLÍTICAS EL INSTRUMENTO PARA LA CONTINUI DAD DE SU SEÑORÍO DEL MUNDO, MEDIANTE GUERRAS, EXPLOTA CIÓN SUICIDA DE LOS RECURSOS, ARANCELES, ARMAMENTO, ARTE FACTOS INFORMÁTICOS, MODAS EXTRAVAGANTES Y PASIONES DE MIRAR, OÍR O LEER LAS COSTUM BRES DE LOS FAMOSOS O LAS ABE RRACIONES DE LOS INSTINTOS. QUE VIENEN A SER CASI LO MISMO. LA POLÍTICA HA DEVENIDO OTRO ESPECTÁCULO QUE AÑADIR A LOS QUE ENTRETIENEN EL OCIO DE SOCIEDADES POLÍTICAS PASIVAS. EL PENSAMIENTO DÉBIL Y 'PRÊT A PORTER' DE LOS INTELECTUALES MODERNISTAS HA CREADO LA LEVE DAD DE LA CULTURA ACTUAL, LA BANALIDAD DE LA POLÍTICA Y EL CRECIMIENTO AMORFO DE LAS MASAS URBANAS.
peo, que ellos. Una República Constitucional en España tendría un rol protagonista en el proyecto de unidad europea.
Pero donde principalmente se hace necesaria es en el terreno pre-político de la unidad de España como Nación. Ni el ejército ni un partido españo leta pueden garantizarla sin atentar a la libertad política, y sin provocar el sentim iento anti-español que alimenta las ambiciones federales o se cesionistas de los partidos nacionalistas. Toda persona conocedora de la función social de las instituciones políticas sabe cual es la solución a este grave problema. Pero ni un solo partido tiene la generosidad de proponerla. Pues esa solución es incom patible con el m antenim iento de la Partitocracia.
Se trata de una solución institucional que no ne cesita reprimir las aspiraciones autonómicas, ni restringir la libertad de asociación en partidos independentistas. Una solución que, sin terrorismo de Estado ni propaganda españolista, dejará tra n s c u rrir p o r c a u c e s p a c ífic o s la lib e rta d de asociación política y de expresión cultural de los sentimientos particularistas, incluso separatistas. Una solución que, sin fórmulas federales, equili bra la te n d e n c ia d is g re g a d o ra de los p o d e re s Autonómicos con la tendencia ¡ntegradora del poder ejecutivo del Estado. Se trata de corregir el e rro r d o c trin a rio de la R e vo lución fran cesa, cuando otorgó a la C onvención la facultad de nombrar el poder ejecutivo de la prim era República. Se trata de sustituir a Locke por Montesquieu. Rousseau no es hoy el problema. Pero lo sigue siendo el artificio retórico creado por el abate Sieyès.
Me refiero, como ya habrán adivinado, a la solución que encontraron los fundadores de Estados Unidos, cuando fracasó su primera
Constitución Parlamentaria. A partir de Tocqueville, se sabe que el éxito de la nueva Constitución no se debió a la fórmula federal, casi idéntica a la confederal fracasada, sino a la nueva institución de un Presidente de la República elegi do por sufragio universal de los ciudadanos de to dos los Estados federados. El patriotism o de la nueva nación no nació en su guerra de Independencia. Lo prueba el hecho de que fuera un inglés, recién llegado, Tom Paine, quien tuvo que definir el patriotismo americano. La idea y el sentimiento de la unidad de la patria en EEUU, contra el fuerte patriotismo en cada Estado fede rado, nació y creció con el Presidencialismo.
Un Presidente de la República Española, elegido por sufragio directo de todos los españoles, o sea, de catalanes, vascos, gallegos, canarios, an daluces, castellanos y demás comunidades autó nomas, produciría en España los mismo efectos integradores y patrióticos que en Estado Unidos. Además de asegurar institucionalmente la demo cracia formal y de evitar la corrupción de la clase política, m ediante la separación de poderes, la in s titu c ió n presidencial daría lugar, en muy
UN VERDADERO REPUBLICANO HA DE PERMANECER FIEL A LA REPÚBLICA HASTA EL FINAL DE SUS DÍAS, CUALQUIERA QUE SEA LA VEN TAJA QUE LE OFREZCA EL CONSENSO MONÁRQUICO DE LA DESLEALTAD. LOS PROMOTORES DE LA REPÚBLICA CONSTITUCIONAL HAN DE SER INTRANSIGENTES RESPECTO DE LOS PRINCIPIOS ÉTICOS Y POLÍTICOS QUE LA FUNDAMENTAN. SÓLO ASÍ PODRÁN SUPERAR LA OLEADA DE OPORTUNISMO QUE TRATARÁ DE AHOGARLOS CUANDO LA MONARQUÍA NOS ENSEÑE SUS CUAR TOS TRASEROS. POR MI DILATADA E INTENSA EXPERIENCIA ME PERMITI RÉIS DAROS ESTE SENCILLO CONSE JO. PARTICIPAD EN LA ACCIÓN REPU BLICANA PARA TENER LA FELICIDAD DE MIRAR LUEGO AL PASADO SIN ARREPENTIROS DE HABER SIDO TAN FIELES A LA REPÚBLICA, COMO A VUESTROS INTERESES FAMILIARES. ESA SERÁ, AMIGOS, VUESTRA GRAN DEZA PERSONAL.
poco tiem po, a la preponderancia del senti miento unitario español, sobre los sentimientos lo cales. Y el te rro rism o se p a ra tista se d esvane cería en el vacío, al quedar privado de su base sentimental.
Se conoce la solución, sabemos cual es el modo de llegar a la democracia política y a la preponde rancia de la unidad nacional, sin necesidad de re primir los nacionalismos independentistas. Pero esta solución es incompatible con la Monarquía en un Estado de Partidos. Mientras haya monar quismo, parlamentarismo y partidos estatales, ha brá oligarquía, corrupción y separatismo. La única solución está en la instauración de una República Constitucional. Prefiguremos la dem ocracia de una República presidencialista, divulgando su fun ción unitaria del sentimiento español y su trascen dencia garantista de la libertad política.
He de llamar la atención sobre la decisiva impor tancia que tendrá en la configuración de la República Constitucional, una cuestión de morali dad social previa a la política. Me refiero a la nece sidad de regeneración de la lealtad en las relacio nes civiles de los españoles. Una lealtad que la Dictadura desarraigó de la sociedad para edificar un primer Estado de vengadores y conversos. Una lealtad en las relaciones personales que la Transición sacrificó al superior valor de la traición en un colectivo de traidores. El fracaso de la Transición, convoca hoy a los leales.
La deslealtad ha sido el motor y el paradig ma de la Transición. Paradigmáticas y contagio sas han sido las traiciones del Rey a su padre, a los principios del Movimiento y a sus amigos pro motores del 23 F. La de Suárez a la Falange. La de Fraga y tantos otros franquistas a sus juramen tos de represores. La de Felipe González a los postulados socialdemócratas que le llevaron al Gobierno. La de Santiago Carrillo a los ideales que le dieron personalidad política. La de los nue vos cargos públicos a sus discretas esposas y an tiguos amigos. La de los intelectuales y artistas a sus credos o vocaciones. Y lo peor de todas es tas deslealtades no es la crueldad de la ruptura con el mundo de los afectos anteriores. Lo peor es que tan brutal incoherencia moral haya sido en señada, en los medios informativos y en las uni versidades,como la principal virtud política de la TransiciórçSà clave del milagro español.
Un verdadero republicano ha de permanecer fiel a la República hasta el final de sus días, cualquiera que sea la ventaja que le ofrezca el consenso mo nárquico de la deslealtad. Los promotores de la República Constitucional han de ser intransigen tes respecto de los principios éticos y políticos que la fundamentan. Sólo así podrán superar la oleada de oportunismo que tratará de ahogarlos cuando la Monarquía nos enseñe sus cuartos tra seros. Por mi dilatada e intensa experiencia me permitiréis daros este sencillo consejo. Participad en la acción republicana para tener la felicidad de mirar luego al pasado sin arrepentiros de haber si do tan fieles a la República, como a vuestros inte reses familiares. Esa será, amigos, vuestra gran deza personal.
En la obra de arte, no es el tamaño sino la expre sión estética lo que la hace grande. Igual ocurre con los actos creadores. La reducción de este fo ro se agranda con la grandeza de su expresión re publicana. Pasados los sueños, ha llegado el mo mento de la acción para las almas nobles y fuer tes. Pero solo el artista hace camino al andar. En la realización política solo se avanza si, y solo si, se anda encaminado. Mis iniciativas de acción contra la Dictadura obedecían a la estrategia de la ruptura democrática. Fracasada esta estrategia por la traición de los partidos, el consenso monár quico me desterró al exilio interior. Y gracias a es te retraimiento, pude crear la teoría de la dem o cracia formal y de la república constitucional, con tra la cultura política dominante en Europa, toda vía dependiente de aquel 17 de junio de 1 789, que llamó Asamblea Nacional, y no Asam blea Popular como propuso Mirabeau, a la reunión de los tres órdenes, cuando la Nación aún no había sido alumbrada, ni descabezado el Rey que la encarnaba.
Con este armamento intelectual pude romper el tabú republicano en la presentación del Discurso de la R epública. Ahora vuelvo a la acción para promover, contra la Partitocracia y la Monarquía, la restauración nacional de España y la constitu ción de la democracia política, mediante la instau ración de la República Constitucional.
No puedo terminar este acto de esperanza, sin comprometer mi palabra con un breve diagnósti co sobre el tema que ocupa la atención del mun do, salvo al parque de bomberos que daría alto al fuego en un supuesto incendio vasco. Como lo advirtió Maquiavelo, la clave del progreso no está en la Paz sino en la Libertad. El terrorism o no es esa guerra unilateral que inventan los adversarios de la paz. Los Bush, Blair y Aznar de las Azores. Un final del terror, negociado por los terroristas con el Gobierno, no anuncia el fin de un conflicto
bélico inexistente, ni presagia una repetición de la opereta romántica del Estatuto nacional de Cataluña. Lo que se proyecta es una amputación orgánica de la libertad constituyente de todos los españoles.
La suma de dos debilidades, las que ETA y el Estado monárquico se atribuyen mutuamente, só lo augura la precariedad de la negociación. Las víctim as del te rro r deben ser com padecidas y asistidas, pero no seguidas en sus indignadas in tromisiones en la política. Decía Juvenal que 'en defecto de genio, solo la indignación hace el ver so'. Sin genio y sin indignación, la flaqueza espa ñola del gobierno no hará verso épico con las mu letillas del hacha etarra. Veremos si lo hace elegia co de la desgracia terrorista o de la muerte agóni ca del Estado español.
En la vivencia de los fundadores del Club Republicano, en la historia cultural del Ateneo, en la biografía de todos los asistentes a este acto, in cluso en la de los que discrepen de mis tesis, se integrará el orgullo de haber participado en la cre ación del punto de orientación y la senda política, por donde podrán discurrir las acciones disper sas del pluralism o ideológico, hasta converger en la instauración de la futura República Constitucional. Aquí solo hemos diseñádo su cauce.
Declaro, para terminar, mi eterna gratitud a los vi vos que participen en la realización práctica de la República Constitucional. Debemos responder, con inteligencia y carácter, a la crisis de esta Monarquía de Partidos. A la que denuncio como proyección fascista de Estado Parcial. Por mi par te, todos saben que siempre haré un poco más de lo que un hombre consecuente pueda hacer por la República que alborea. Un sistema integrador de la voluntad política nacional en la realidad his tórica de España. Y única fórmula política que ga rantiza la libertad política.
Gracias, amigas y amigos, por haber escuchado con atención y emoción la voz de un español re publicano. Es la voz del porvenir la que advoca la República Constitucional. El primer paso no es proclamarla, sino convocarla. Y ese paso al frente lo hemos dado'.