Diá/ogo con Trevijano

ANTONIO Garcfa Trevijano ha salido a la palestra, a través del artículo político, y yo lo celebro. Pienso que ha tardado demasiado, pero su testimonio es históricamente útil. Antonio García Trevijano fue uno de los hombres m3s relevantes en la iniciativa y en el riesgo de la restauración democrática, y asumió papeles importantes en España y fuera de España. Aquí fue la gran cabeza en «la operación periódico 'Madrid'» y luego fundaría en París aquella organización de encuentros entre personajes tan diversos como Carrillo y Calvo Serer. Sorprendentemente, desapareció del mapa político en los momentos mismos de la restauración democrática y regresó a su bufete de abogado. Antonio García Trevijano no ha explicado bien todo aquel asunto, que debe tener dentro situaciones y anécdotas de mucho interés. Pienso que ha Ilegado el momento de contarlo, ahora que acaba de hacer el análisis de todo aquello, aunque sin nombres y circunstancias.

La revelación

He leído el primer artículo con interés, y me dispongo a leer el siguiente. La primera

EMILlO ROMERO

parte se refiere al modo inconecto o equivocado como se hizo la restauración democrática, mediante condominio 0 consenso. Sobre esto tengo grandes objeciones, y solamente al aire de la realidad o del pragmatismo. Una cosa son los deseos y otra los obstáculos que hay delante. Pero a esto me referiré al final. La gran revelación de su primer artículo es ésta: «La soberanía no reside en el pueblo, ni en el cuerpo electoral, ni siquiera en las bases militantes de los partidos. Con el sistema electoral impuesto a los españoles, lo verdaderamente soberano es el directorio del partido, y ante él los ciudadanos, e incluso sus militantes y diputados, están mucho más indefensos que ante el Estado, y más aún que los consumidores ante las grandes empresas.» Y un poco más adelante dice esto otro: «A consecuencia de que la soberanía está en el directorio de los partidos, en el que se ingresa por cooptación, los políticos sólo tienen que especializarse en una doble competencia: desempeñar el papel que les asigna el directorio, y vender la imagen del partido.» Esta es la gran denuncia de nuestra democracia actual; y además es verdadero. Los grandes protagonistas de nuestro momento político son los par- tidos, y por eso la crisis del Parlamento es una realidad. En el pasado Régimen, la soberanía estaba en el Poder Ejecutivo, y por eso era una dictadura. Luego había un reparto de papeles. Lo que se hacía en el Padamento era colaborar con el Gol^ierno para redactar las leyes. Y entre los colaboradores institucionales de aquel Poder Ejecutivo poderoso, había unos con más influencias que otros; pero el gran ixotagonismo era el del Gobierno. En la democracia ocurre ahora lo siguiente: el partido en el poder tiene una mayoría hegemónica en el Parlamento y, democráticamente, puede tener comportamientos dictatoriales, y los está teniendo en bastantes casos. Pero en la estructura democrática y parlamentaria los ^ irandes protagonistas son los partidos. Ahora tenemos dos poderosos -uno poderosísimo-, tres insignificantes de número y dos regionales. Los diputados, o los políticos, no hacen otra cosa, como dice Antonio García Trevijano, que adesempeñar el papel que les asigna el directorio y vender. la imagen del partido». Luego vienen cosas de parecida gravedad, como es la confección de las candidaturas para las elecciones, en el aparato central de cada partido, y hasta las candidaturas son cer-

radas, de acuerdo con el sistema electoral. Así es que eso que Ilamamos la soberanía nacional o soberanía popular es una enorme ficción. Este asunto ha sido ya planteado hace muchos años por ideólogos y políticos europeos relevantes. La fórmula que se les ha ocurrido a todos es la de potenciar las organizaciones o asociaciones que nacen en la sociedad misma, para equilibrar ese monopolio del poder y de la influencia que tienen los partidos. Pero contra esta solución luchan también los partidos. Asf es que es verdad que tenemos pluralismos políticos, libertades de asociación, de información y de expresión, pero lo que tenemos delante es una democracia de plástico, o una entente de partidos despóticos. Hasta los célebres «poderes fácticos» aparecen en un segundo plano de la influencia, porque su poder ha desaparecido.

La n^uración

EI planteamiento de Antonio García Trevijano es que la restauración democrática no debió hacerse, mediante reparto, entre un Régimen que agonizaba y lo que venía para su sustitución. Es muy concurrente en esto; dice que cel pacto de condominio, o el consenso, repre-

García Trevijano.

senta la suma de dos impotencias, la de un anciano y la de un niño». La verdad es que el antiguo Régimen tenfa nuevas generaciones dentro, que aspiraban a una reforma, y los que venfan carecían de una experiencia polftica y de Estado, en función de su marginación y destierro. EI lema del Rey Juan Carlos y de su padre era «la Monarqufa de todos». Esto significaba la ruptura con el Régimen anterior, pero la reconciliación de todos los que apetecieran construir una democracia. EI largo tiempo de los exilios o de las marginaciones habia terminado. Pero esto necesitaba una mecánica para hacer las cosas pacificamente, y no una proclamación abierta que autorizara al despeñadero de bs resenti- mientos y a la defensa de los sitiados. Lo que más se ha elogiado en el mundo ha sido el sistema español de la transición, de un régimen a otro régimen. En esa mecánica había que comprometer a las Fuerzas Armadas y a las propias instituciones del régimen que iba a desaparecer. Con prodigio inimaginable se aprobó la ley de Reforma Pdítica, que abrfa las puertas a la democracia, en el propio Parlamento del Régimen. Todos los que hicieron esto, el Rey, el presidente de las Cortes, el presidente del Gobierno y la Comisión encargada de defender aquella ley procedfan del Régimen mismo. Unicamente enjuicio al suceso del tránsito. Nunca se podia haber hecho esto de otro modo. En realidad lo'que hacfamos era la fabricación de una democracia de imagen europea, en la que habríamos de tener ese pluratismo polftico normal de conservadores, de liberales, de democristianos, de socialistas y de comunistas, porque aquellas otras fuerzas de corte azañista o de parecidos con los materiales franceses de la tercera República ya no existian en ninguna parte, y hasta nuestros republicanos se autdiquidaron juntos como bonzos en un documento memorable. En resumen, Antonio Garcfa Tn;vijano debe escribir más sobre todo esto, como uno de los testigos privilegiados de nuestra Historia contemporánea.