MÁS SUMISIÓN

cluso ha ido decreciendo en valores absolutos, aunque el presupuesto del Estado ha aumentado un 20 por 100.»

cesas y marginación presupuestaria de los intereses nacionales. La posible identidad o similitud de los intereses franceses o españoles es una materia deseablemente discutible, en igualdad de condiciones. La táctica gubernamental practica el seguimiento sin contrapartidas visibles, que cobra unas proporciones de sumisión indirecta si se recuerdan las reducciones, patéticas, que está sufriendo el presupuesto de defensa.

La crueldad gráfica de las cifras subraya varios procesos políticos, sociales y diplomáticos, cuya gravedad no puede ocultar la política declamatoria del Gobierno, no sin cierta irresponsabilidad moral.

La política presupuestaria gubernamental reduce, margina y concede una importancia decreciente a la política de defensa, cuando la diplomacia gubernamental dice defender unos objetivos europeos. Esa contradicción reduce la credibilidad nacional, instalando los intereses nacionales en la estela de los países que practican una política presupuestaria consecuente con sus objetivos estratégicos europeos. y

Defender una política de seguridad europea, reduciendo el 'presupuesto de la defensa nacional, es hacerse una idea patéticamente modesta del puesto de España en Europa, instalándola en la posición del sujeto pasivo de una historia que otros escriben, recurriendo a los argumentos clásicos en las relaciones entre Estados: las muy diversas manifestaciones de la proyección exterior de la fuerza.

Juan Pedro QUIÑONERO

El almirante Ángel Liberal Lucini nos recordaba días pasados (ABC, 28-10-91) que «hasta 1985, el presupuesto de defensa se mantuvo algo por encima del 10 por 100 del presupuesto del Estado y del 2 por 100 del PIB. Con estos valores, moderados si se comparan con los de otros países de la Alianza, las Fuerzas Armadas españolas consiguieron ponerse a un nivel suficiente para ser tomadas en consideración por sus aliados» (...) «A partir de esa fecha, el decrecimiento ha sido espectacular. Las cifras anteriores han pasado a ser el 5,5 y el 1,4 respectivamente para 1992. En estas dos últimas anualidades, inse

ZIGZAG

Consumo

Guerras futbolísticas

Resulta cuanto menos curiosa la postura de los Ayuntamientos socialistas en lo que se refiere a la penalización del consumo de drogas. Apoyan la ley de Seguridad Ciudadana en lo que se refiere a este punto, y por tanto son partidarios de la penalización, y rechazan las mociones del Partido Popular en esa línea porque íntima y formalmente son contrarios. Los principales perjudicados por esta contradicción son los ciudadanos que ven cómo se pone en marcha una legislación sin el apoyo moral de muchas de las instituciones públicas gobernadas por socialistas.

Lo más apasionante del fútbol español de hoy no es precisamente la belleza y emoción del juego, sino la guerra de sus dirigentes entre sí o con algún famoso y combativo cronista. El interés ha huido de los rectángulos de césped para refugiarse en los despachos de los directivos, en las páginas de los periódicos y en los micrófonos de las emisoras de radio. Truenan los presidentes, protestan los arbitros, reclaman los socios, se enzarzan los entrenadores, y hasta la Federación empuña el garrote y golpea con insospechada energía sobre alguna cabeza y

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- Escenas políticas ·

«LA CLAVE» 500

L A clave» de José Luis Balbín ha llegado a los quinientos programas, y eso merece una enhorabuena no

En el programa de «La clave» que hacía el número 500 pude escuchar algunas opiniones considerables y di- sólo para él, sino también para nosotros, espectadores, beneficiarios y gozadores del invento. Nació en la televisión pública, cuando no había otra, y allí vivió y fue creciendo en fama y en audiencia hasta que los socialistas, por la mano de José María Calviño, le dieron el hachazo y

acabaron con el debate público más plural y más libre, mejor dirigido también, de todos cuantos se habían ensayado en la pequeña pantalla. Nuestros socialistas empezaron ahí a dar muestras de no soportar las críticas, y aplicaron vetos y censuras por las que Balbín no transigió. Socialismo es libertad, decían ellos.

No sólo la gran hoguera liberal de Montesquieu. Fueron otras muchas chispas de libertad las que nuestros socialistas han ido apagando. En el campo de la información y la comunicación, estos chicos dejan atrás una larga lista de cadáveres, desde «La clave» inicial y televisada hasta «El Independiente» terminal e impreso. Su fama, como la de Napoleón, se alza sobre una eminente pirámide de muertos.

Después de muchas semanas de destierro y letargo, «La clave» ha vuelto a las pantallas, pero para eso hemos necesitado que, ¡por fin!, se permitiera la vida, aunque haya sido tarde y a regañadientes, a las televisiones privadas. Y ahora, cuando muchos españoles pueden enriquecerse de nuevo todas las semanas con las opiniones libérrimas de los tertulianos de «La clave», da casi tanta risa como pena recordar que aquel hachazo contra la libertad de opinión y de expresión fue descargado por un mindundi, un fifiriche, un monigote o un dominguejo, al que, de pronto, los socialistas le dieron, poder de horca y cuchillo y cuyo nombre sólo se escucha mezclado entre los depredadores de la libertad informativa. Allá donde muere ahogada una voz de libertad, es posible encontrar cerca a Calviño, ese especialista del oscuro, del siniestro silencio. Y

versas, convergentes o contradictorias, según las veces, acerca de diferentes facetas de la transición política española. Charlaban allí Ramón Tamames, Antonio García-Trevijano, Pablo Sebastián, José Mario Armero, Antonio de Senillosa, y tal vez algún otro, y, como es natural, unas vede ces coincidían y otras veces discrepaban. En un determinado momento se planteó el asunto que más nos quema a los periodistas: nuestra libertad. Nuestra libertí d para informar y para opirar. Y se dijo algo dramático y terrible, no sólo para nosotros, sino para todos los ciudadanos y para la democracia misma. Existen ahora mismo periodistas que se sienten menos libres que antes, menos libres que hace unos cuantos años.

No es el poder empresarial sino el poder político quien amenaza en estos momentos la libertad de información y de expresión. Enel Gobierno, que administra en su provecho, descaradamente, los medios públicos, la televisión, la radio y otros medios públicos, reside el peligro mayor. Y en esas oscuras operaciones de dinero público o parapúblico que inclinan medios de comunicación a la loa oficial, o van derribando los últimos refugios de la independencia informativa. Y además, las leyes. Hace tiempo que el poder político merodea alrededor de una ley de Prensa encubierta, diseminada en pequeñas leyes, disfrazada en normas administrativas (como la LOT, Ley de Ordenación de las Telecomunicaciones) o de protección del honor y la intimidad, que pode y mutile una libertad sin la cual cualquier referencia a la democracia resultaría una engañifa. Bueno, de momento podremos seguir contemplando «La clave» y felicitando a José Luis Balbín. Pero ya hay algunos que no pueden escribir más que en las paredes. La

Jaime CAMPMANY

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