GARCÍA-TREVIJANO
JUAN-MANUEL GARCIA RAMOS
EPOCA 1992
Debía ser abril y 1975, un domingo por la mañana, el tiempo era sureño, las jacarandás estaban en flor y el lila de sus pétalos contrastaba con el verde intenso de los laureles de Indias. Nos hallábamos en la Rambla General Franco —qué paradoja los nombres—, número 90, en Santa Cruz de Tenerife, el domicilio del médico Tomás Bencomo Ascanio, en el sótano que daba al jardín. Las sillas eran de terraza y al fondo del aireado recinto había una pequeña barra de bar doméstico. Se trataba de una reunión más de la Junta Democrática de Canarias y recuerdo entre los presentes, al anfitrión, arriesgando mucho, a Jesús y Paco García Manrique, a José Luis Escohotado, a Francisco Bencomo, a Francisco Alvarez Alvarez y a Alexis García Bravo de Laguna. Nos íbamos a entrevistar —yo por primera vez— con Antonio García- Trevijano, que vendría acompañado de José Joaquín Díaz de Aguilar, su hombre en las islas. Llegaban ambos de Las Palmas de Gran Canaria, donde habían celebrado un encuentro tumultuoso de la oposición a Franco en la Feria del Atlántico.
García-Trevijano no era alto, pero “tenía porte de coronel, como Simón Bolívar. Hablaba con voz decidida, con frases lúcidas y de una valentía que luego comprobé que no era solo de boquilla. Me impresionó su personalidad, asaz alejada de su profesión de notario en el Madrid franquista. Nos dio cuenta detallada a los presentes, miembros todos de la citada Junta por Tenerife, de los últimos acontecimientos nacionales e internacionales, de sus contactos medidos con la cúpula militar y con los allegados a Don Juan. Persuadía a la primera y en aquellos años de temores para todos los gustos y disgustos, su audacia excitaba al auditorio, su determinación exigía lealtades permanentes y su claridad de ideas terminaba por convencemos de la necesidad de apretar el acelerador de la historia de una vez por todas.
Lo volví a ver el año siguiente en un mitin en la Recova Vieja de Santa Cruz, junto al Teatro Guimerá, durante una “Semana Pro-Amnistía”. Venía ataviado con un traje blanco de lino y el reverbero de las horas de la tarde del día caluroso y la tensión del espectáculo lo hizo aparecer ante mis ojos como un líder latinoamericano, hablando con solvencia en un galpón tropical, sobre cosas que uno no llegaba a creerse.
Ya había muerto el General, pero la transición no estaba clara y el Tribunal de Orden Público seguía dictando sentencias inusitadas. Luego, el 3 de julio de 1976, vino la designación de Adolfo Suárez como presidente del Gobierno, las elecciones de 1977, la Constitución del año siguiente, etcétera.
En esos primeros años de vida democrática, García-Trevijano, con su independencia y su coraje, fue abatido como un jilguero por el PSOE con el affaire de Guinea, y por el PCE, que terminó acusándolo de agente de la CIA, anatema muy frecuente, por otro lado, en esa época de gran confusión.
Ha pasado el tiempo y el viernes 27 de diciembre vi de nuevo a Antonio García-Trevijano Forte como participante en un programa de “La clave” conmemorativo de la quingentésima edición de la popular cita de José Luis Balbín.
Cual ave fénix, símbolo de una resurrección imposible, Antonio García-Trevijano, con algunas huellas de resentimiento natural en su rostro curtido, hegemonizó y controló el debate propuesto y volvió a lucir su mejor esgrima dialéctica ante el resto de los invitados: José Maria Armero, Pablo Sebastián, Ramón Tamames, Femando Sagaseta, Antonio de Senillosa...
Dijo cosas sorprendentes, que él mismo no dudó en calificar como provocaciones. Para este reaparecido García-Trevijano, la España actual no es democrática por dos razones: porque no se ha producido una seria división de poderes, lo que ha conllevado la cautividad de los poderes judicial y legislativo en manos del ejecutivo; y porque los gobernantes no son elegidos a través de listas abiertas. “Mientras haya dos o tres personas en cada partido que digan quiénes van y quienes no van en las listas, seguiremos viviendo en una democracia restringida en cuanto a participación”, ha proclamado en el mismo sentido Femando Savater en las páginas de la revista “Ajoblanco”
Según García-Trevijano, la restaurada monarquía española es una decisión del general Franco, pues su legitimidad proviene exclusivamente de la Ley de Sucesión a la Jefatura del Estado de 26 de julio de 1947 y de la designación posterior de Juan Carlos de Borbón y Borbón el 22 de julio de 1969, por dicho general.
Asimismo, y en su opinión, nunca hubo unas elecciones constituyentes en España después de la muerte de Franco, y las legislativas de 15 de junio de 1977 cumplieron un mandato que no les correspondía.
Afirmaciones como éstas fueron hechas con total contundencia y convicción, con el viejo ardor de la clandestinidad y sin abdicar un ápice de los principios originales de la “ruptura democrática” nunca consumada por el entreguismo del PSOE de la época, también denunciado con pelos y señales por el notario y abogado madrileño.
Era de nuevo la voz del líder radical que nunca pudo ser, la de la conciencia del independiente imposible en una democracia menguada por el partidismo, la voz de la sociedad civil en letargo._
España ha diseñado una transición ejemplar, pero ese éxito adventicio de los comportamientos públicos no está reñido con la autocrítica continua, la mirada atrás sin ira. La democracia no es un sistema perfecto, mas sí perfectible en todas y cada una de sus fases. García Trevijano nos lo volvió a recordar en la pantalla del televisor, frente a un Támames que fue noqueado con una frase concluyente y no desprovista de cinismo del gladiador de la lejana Junta Democrática: la política es el arte de la pasión y la razón solo ha de servir a los dirigentes para adivinar las pasiones ocultas del pueblo que los elige.
García-Trevijano regresa de la travesía del desierto del desprestigio de sus enemigos más feroces: Enrique Múgica Herzog en sitial destacado. No ha perdido altivez, ni rigor, ni furia. Su discurso político sigue siendo novedoso en una España olvidada de su historia más reciente.
Agradece uno estas intervenciones. Ahora resulta que, en puridad, no hemos hecho unas constituyentes, no somos la Monarquía Parlamentaria que dice la Constitución, ni vivimos en una democracia sensu stricto.
Y es que en el mundo traidor/ nada hay verdad ni mentira:/ todo es según el color...