Asesinatos SA
ÓSCAR PEYROU
CoMO todo el mundo sabe, la muerte y, en particular, el ase sinato, es el mayor espectáculo del mundo. La vida y milagros de los criminales en serie y la minuciosa descripción de sus ha zañas ejercen una atracción magnética sobre todos los públi cos del mundo. Los británicos sienten un particular interés por este tipo de asuntos -y si están condimentados con sexo y sadis mo, mejor- y prueba de ello es la cantidad de títulos sobre crí menes reales disponibles en el mercado.
Cualquier asesinato que alcan ce una relevancia especial en la prensa contará con un ejército de escritorzuelos que trabajarán día y noche para que su volumen aparezca apenas se falle la sen tencia. Entre los nuevos volúme nes que aparecen en las librerías británicas estos días se cuentan tres sobre el mismo asesinato: el caso de los hermanos Mark y Roderick Newall, quienes ente rraron a sus padres millonarios en la isla de Jersey en 1987 des pués de que el último los golpea ra hasta la muerte.
Para el episodio de asesinatos en serie que más ha conmovido este año -la docena de muertes de la casa del horror en la loca lidad de Gloucester- ya se han encargado media docena de ver siones literarias. Steven y Mae, los hijos de Frederick West, el presunto asesino de 12 mujeres, ya han firmado un acuerdo para colaborar en uno de los títulos por 150.000 dólares.
Brian Masters, autor de dos li bros sobre los asesinos en serie Dennis Nilsen y el carnicero de Milwakee, Jeffrey Dahmer, ha recibido un adelanto de 225.000 dólares por aportar su versión.
El público dispuesto a comprar estas deleznables narraciones está compuesto, sobre todo, por mujeres, aparentemente inofen sivas, dulces e ingenuas.
■ Pa x m s So l t a s *
Na p ra ia
MARINA MAYORAL
U n h a dona con aspecto de nai de familia di: «Esta noite debeu de chover porque a area está húmida». Un rapaz farfolla: «Ou mexaron moito na praia». Sentado nunha tumbona un home de mediana idade le o periódico: «Con calor espertase a agresividade, sobre todo ñas clases baixas. Ven no Diari.» Dúas parellas novas: «A extraordinaria non chega nin para pagar as vacacións. Se non fose por algunha chapuza non salamos da casa». «Eufago imi tas facturas sen IVA. Ten que ser así porque senon as empresas quebran; todo o leva a Facenda». Unha muller: «Mercaches calamar ou se pia? Para botar na paella, mellor sepia, é máis barata». «Ti dixechesme onte calamares, nai, e eu merquei calamares». «Pero eu non sabía que viñan estes e por demais cosfillos déla».
«¿E a ti?». «Tamén». Cairo rapaces déixanse caer na area como se viñesen de cavar na roza: «O Magic Johnson tirouse a dez mil tías». «¡Qué pasada! Nove mil novecentas no venta e nove máis ca min».
Un rapaz mouro coma un mouro unta de va gar o torso espido dunha rapaza moura como unha moura: «Gústache?». «Moito». «¿E a ti?». «Moitísimo». Dúas donas de cincoenta anos: «Tódolos días ás seis da mañá como un reloxio. E despóis a cisterna dez minutos soan do». A rapaza moura úntalle as costas ó rapaz mouro con doce parsimonia. ¿Gústache». «Sí».
E l n o ta rio d e l la g o N ess
FEDERICO ABASCAL
m (JESTA amenazada la Mo narquía por el notario Antonio García Trevijano? Una vez formulada la pregunta, debe añadirse que un buen conspi rador debe conjurarse mien tras viva, como todo fabulador está siempre obligado a con vertir en realidad la fábula.
El notario Antonio García Trevijano es un conspirador paradigmático, y sus manio bras en favor de la democracia durante las postrimerías del franquismo y el inicio de la transición dejaban aromas conspiratorios de nuestro siglo XIX. Frente a él, y como de nunciante de una conjura con tra el Gobierno socialista y la Monarquía parlamentaria, se alza José Luis de Vilallonga, aristócrata de adscripción so- cializante, monárquico encen dido y fabulador muy reputa do. Ha saltado así la serpiente de este verano tórrido, al de nunciar públicamente Vila llonga una confabulación en tres etapas, dirigida por el no tario, para implantar la III Re pública. Y ante esa hipótesis alucinante, el monstruo del lago Ness ni se ha atrevido a asomar su cuello.
García Trevijano nunca ha dicho, según dice, que aspire a la Presidencia de la III Repú blica, y así lo aseguraba en el diario madrileño que dirige, en aseveración de Vilallonga, otro de los conjurados, el pe riodista P.J. Ramírez, cuya simpatía por el Gobierno pare ce más bien escasa. Afirma el notario en su artículo que des miente la «mentira injuriosa del biógrafo real».
En declaraciones a otro dia rio de Madrid insiste Vilallon ga en su denuncia, y en la oportunidad de lanzarla, ya que «todos los rumores, fia bles apuntaban a que en el mes de septiembre se inicia rían las maniobras de la opera ción». Nadie ignora que la puntería de los rumores suele estar desviada pues, de lo con trario, la rumorología sería una ciencia más bien exacta.
La fábula, sin embargo, po dría diluirse como el cuello en penumbra del monstruo del lago Ness cuando llegue sep tiembre y el país -ciudadanía y Gobierno- se enfrente a la realidad política sin rumores ni fábulas.
C o n tra ¡a g e n te
ANDRÉS ABERASTURI
Q UÉ capacidad tiene la Igle sia española (la autoridad ecle siástica) para ponerse en contra de la gente, incluso en contra de su propia gente. Lo que está ocu rriendo en Pastrana, provincia de esta Guadalajara vieja y tranqui la, es un ejemplo más de la mio pía de un cierto sector de la Igle sia, que no duda en enfrentarse a todo un pueblo a cambio de un par de tapices.
Las pocas monjas de Pastrana, algunas ya muy mayores, ya no podían sostener por escaso nú mero y avanzada edad el caserón palacio de la princesa de Éboli y se van a ir a vivir en otro con vento. Naturalmente, lo lógico es que una vez tomada esta deci sión, el obispo de Guadalajara -que es por otra parte un hom bre prudente aunque esta vez me temo que no haya estado muy en el mundo- encargara a] vicario de Pastrana la conservación del palacio de la polémica princesa mientras se llegaba a un acuerdo con el ayuntamiento y la diputa ción para estudiar el mejor futu ro del edificio y sus tesoros.
Ay parellas que falan de economía: «Queimouse cun café fervendo que lie serviron nun Mac Donald e catorce millóns de indemniza ción». «Para a paella podes aproveitar o polo que sobrou de ontes. E hai pimentos e guisan tes. Total coafame que traen nin se enteran». «Di o Diari que...» «¿Non será a próstata?». «Son manías». «¿Por qué ten que tirar da cis terna». «Dez mil tías en vinte anos saen a unha e media no día». «Bota moito arroz, porque os fülos déla comen coma limas». «¿Durmes, nai?». «¡Catorce millóns!». «¿E por onde lie caeu o café?». «Tía e media dende os trece anos ós trinta e tres. ¡Guau!». «¡Vaia tetona!» «¡A ver se falas con máis respeto das mulle res!» «Dixen teutona, nai: alemana, aria!... Por certo, quemáronse as patacas que deixaches fervendo». «Moi ben, pois comeremos en saladilla rusa grillé. E cala, que estou a pensar nun artigo que teño que escribir...»
Pues no. Las monjas, aconseja das no sé por quién, llenan una furgoneta con nocturnidad y sa can las primeras piezas del pala cio, al parecer una cama que perteneció a la Éboli y unos tra jes de la época. ¿Son la cama de una díscola y sus trajes materia espiritual? Lo dudo.
Puede que la legalidad vigente les dé la propiedad a las monjas de esos presuntos tapices, de las imágenes y de los cuadros; pero todos sabemos que la legalidad y la legitimidad entran a menudo en conflicto. La Iglesia nació po bre y si luego la Historia se en cargó de enriquecerla hasta el escándalo, bueno sería volver a los orígenes y no salir por la no che de los conventos cargados con tesoros. Mal asunto que los que rezan el rosario lo terminen haciendo fuera de la iglesia.
Castidad
RAFAEL JIMÉNEZ CLAUDÍN
U N grupo de jóvenes andaluces ha creado el primer club de la castidad en España con la intención declarada de no mantener rela ciones sexuales hasta el día de la boda, opción para la que necesitan apoyarse mutuamente porque al parecer se sentían presionados so cialmente en sentido contrario. En todos los países donde el catolicis mo ha sido la religión imperante en algún período de la historia, el cambio hacia una sociedad abierta y moderna ha llevado aparejado la desaparición de muchas reglas sociales que suponían una imposición sobre la conciencia y la libre decisión individual, como es el caso de la castidad.
Resulta inquietante que un grupo de jóvenes se vean amenazados en sus convicciones sexuales hasta el punto de tener que asociarse para defenderlas, pero no se acaba de entender el por qué necesitan de la colectividad para, siendo castos, poder ir por la calle con la ca beza levantada, porque no hay una marca externa que identifique a quienes han dejado de ser vírgenes.
Esta decisión de constituir una asociación de castidad resulta más convincente si se la analiza como fórmula de propaganda y si tene mos en cuenta que todo surge después de que en los Estados Unidos se haya iniciado una campaña de difusión de estos círculos juveniles, que tuvo su momento más espectacular con un acto multitudinario celebrado ante el Papa. Pero hay que recordar que los EE UU son un caso atípico y además nunca han sido sojuzgados por una religión oficial, y menos la católica. Parece evidente, por lo tanto, que el me jor camino para los países latinoamericanos es el de la tolerancia.