El Burladero

CORONACIONES

Por Víctor MÁRQUEZ REVIRIEGO

E N el palacio del Senado hay un cuadro del pintor López Piquer que resulta tan curioso en cuanto documento histórico como aquél de Antonio María Esquivel. Con la lectura de Zorrilla en el taller del artista. Cuando llega noviembre siempre me gusta repasar los versos del «Tenorio», pues éste es su mes.

Camilo José Cela

O lo era. Anteanoche estuve en la presentación del «Don Juan» de Luis María Anson, y en cuanto a notoriedad y asistencia ya no sé quién gana. Es la prirriera vez en mi no corta vida en que asisto a un acto masivo de individualidades. Me explico: quiero decir que todo el mundo era conocido. Si solt ara l a pedantería que cualquier lector lleva oculta dentro, podría decir que aquello fue como dar la vuelta a Hegel (pero en sentido distinto al de don Carlos Marx, que lo puso patas arriba, cosa que r e s u l t a b a i n s u l t a n t e para el filósofo, pues era l l a m a r l e burro). Aquí o c u r r i ó que la cualidad pasó a cantidad. O s e a , al r e v é s que en lo del «punto nodal», cuando la saturación cuantitativa producía una nueva cualidad.

En resumen, que no daré n o m b r e s . Este burladero tiene la coloreante cualidad de que tinta de negro al citado. De la misma forma que el periodismo es una industria transformadora que hace del hecho una noticia, convierte a la persona en una negrita. Y entonces, si hoy nombrara, esto sería la negritud. Y ya se sabe que la negritud es una cosa que hicieron

Cuaderno de notas

CUANDO EL R˝O SUENA

Por Lorenzo CONTRERAS

liar, con lo cual tampoco imitará el error de Alfonso Guerra cuando negó en el Parlamento y donde encartara las «irregularida-

L O peor que le podía ocurrir a Felipe González cuando ya creía solventado el problema de la corrupción, o proclamaba creerlo así, es que se le viniese encima el escándalo de su cuñado Francisco Palomino y, como postre, el juez de delitos monetarios llamara a declarar como inculpado, por un -asunto de dinero negro, a su íntimo amigo Enrique Sarasola. Demasiado para el cuerpo. No es de extrañar que el presidente haya te-

nido que encamarse con una gripe que puede pasar por estratégica y que, en todo caso, le permite consultar a la almohada sobre el modo de lidiar la nueva situación.

González había hecho que dos de sus grandes colaboradores, el vicepresidente Serra y el presidente del Grupo Parlamentario Socialista, Joaquín Almunia, saliesen al paso del pretendido infundio lanzado por «El Mundo» sobre los negocios de Palomino. Pero las evidencias se acumulan contra esa maniobra de resistencia. Y lo más peligroso para el presidente es que, inicialmente y dada su actitud, tiende a repetirse la operación de salvamento que él mismo intentó al estallar el «caso Guerra», aquella famosa pretensión de «dos por el precio de uno». Claro es que, escarmentado por su experiencia, no llevará lejos su espíritu de solidaridad fami- a medias dos escritores políticos. A saber: Leopoldo Senghor y Luis María Anson. Sólo diré que estuve de p i e , en compañía del antiguo ministro ucedeo Otero Novas, Eugenio Galdón (al que le faltó cuarto y mitad de legislatura para serlo también), Teresa y Amando de Miguel, Pilar Miró y el bueno de Máximo, que a mí me suele hacer claro. Y Galdón, que sabe de cuentas, y lo mismo que suma voluntades y multiplica audiencias, calcula multitudes, sentenció que aquel acto era en unidades trevijanas así como de uno y medio, contando la mitad de la escalera y no los vestíbulos. Llegar a que lo de García Trevijano (en este burladero narrado) fue apoteosis republicana y lo del jueves monárquica, sería simplificar. Prefiero quedarme con el conjuro de Camilo José Cela, presentador del libro, sobre la salud de las instituciones. El acto lo cerró el alcalde Álvarez del Manzano. Cela comparó a Don Juan de Borbón con Picasso, en cuanto a persona. Y Anson lo situó con las personal i d a d e s históricas del siglo: Roosevelt, De Gaulle, Franco, Stalin, Truman... Llevado así a la complejidad de un artista y al sentido heroico de un Carlyle, vino el alcalde a recordarlo como miembro de la comunidad de vecinos de Puerta de Hierro... Acabo: lo del cuadro del Senado se refería a la coronación del poeta Quintana. Es lo que dije a mi director que había sido aquello para él. Pero con más gente, claro.

des» cometidas por su hermano.

La fama de Palomino, como la de Sarasola, anda en lenguas desde hace tiempo, años incluso. Que al final estallen de alguna manera los presentidos escándalos es algo que prueba la solidez y solvencia de algunos rumores. Lo mismo cabe decir de Javier de la Rosa, personaje asiduo de las historias financieras más dudosas o turbias. El propio Manuel de la Concha, desde su etapa de síndico de la Bolsa de Madrid, venía señalado acusatoriamente por dedos especializados. De eso se libró en su etapa «respetable» el que fuera gobernador del Banco de España, Mariano Rubio, al que se le vieron los rotos sólo a partir del escándalo de Ibercorp. Y también hay que recordar que en este caso Felipe González cometió el error de apostar por la honradez de quien estaba en trance de perder todo derecho a invocarla.

Es evidente que el problema de la corrupción en España, bajo el mandato felipista, tiene metástasis. La suficiente extensión como para convertir en temeraria cualquier interpretación sobre su aislamiento y cura. Determinadas zonas de responsabilidad eslatal, y por supuesto gubernamental,

están bajo sospecha. Del último negocio de Francisco Palomino se sabe, por propia confesión, que se hizo al amparo de las oportunidades que iba a deparar la Expo. Casi nada. Menudo horizonte para la pesca de «pelotazos». Por ahí vendrá probablemente una torrentera de asuntos. Pero, la verdad, estamos ante una veta sin explotar. Y cabe decirlo sin gozo, porque la producción esperada no será enriquecedora ni agradable. Lo preciso para justificar, cuando llegue la alternativa política, un anuncio similar al que hizo Felipe González cuando estrenó el Poder: «Habrá auditorías de infarto.»

-Aquí, la cultura del pelotazo finalizada; y aquí, un fleco.