J. L. VILALLONGA
EL MUNDO. 13/11/1994 Página, 33
FLORA SAEZ
De las etiquetas que José Luis de Vilallonga ha conseguido colgar de su solapa en su septuagenaria trayectoria -desde «playboy» a biógrafo estelar- una se ha hecho notar sobre todas en los últimos días. La de, dicho finamente, charlatán.
Esta vez el «marrón» de las revelaciones ha sido para Enrique Sarasola -el amigo de Felipe González que logró escurrir el bulto del juez Moreiras- quien, parece ser, cantó durante una reunión de amigos celebrada en París que «tuvo que dar al presidente» parte de sus sabrosas ganancias por la construcción del metro de Medellín -«¿Qué presidente, el de Colombia?», le preguntaron. -«González», respondió.
El chivatazo de tan sustancioso diálogo lo dio José Luis de Vilallonga a través de las ondas de la Ser, emisora para la que colabora los sábados. Y luego ha sido profusamente repetido y valorado durante toda la semana.
Hacía ya algunos meses que este Grande de España, que consiguió apuntarse además la grandeza de ser el reciente biógrafo del Rey, no regalaba alguna de sus revelaciones. La última databa del verano pasado, cuando alertó de la existencia de una conjura para conseguir el advenimiento de la III República.
¿Por qué ahora Sarasola? Quizá necesitase demostrar el locuaz Vilallonga que definitivamente ha hecho trizas su carné del PSOE, al que se afilió tras el tejerazo de 1981. «Yo no soy de los que abandonan el barco cuando empieza a hundirse», había llegado a decir ante la insistencia de los periodistas. Pero cambió de opinión.
Y quizá fuera su pasión monárquica -«soy un monárquico genético», dice él-, subida un día al grado de fiebre y mezclada con el agobio estival, la que le llevase a ver conspiradores republicanos por todas partes. ¡Quién sabe!
Fiebres a un lado, la verdad es que suerte sí que tuvo Vilallonga. Otros antes que él -por ejemplo, Miguel de Grecia o el escritor catalán Baltasar Porcel- habían intentado contar la vida del monarca con su expresa autorización, pero se quedaron con las ganas. Lo propuso en el Palacio de Marivent (Palma de Mallorca) en 1991, y la idea cuajó. «Sé que contigo no tendré problemas porque hablamos el mismo lenguaje y no tendré que contarte cosas que ya sabes», dice Vilallonga que dijo el Rey. Y así resultó ser el elegido. El «pelotazo» de su carrera: 50 millones de adelanto cobrados a la editorial francesa Fixot.
Pero no todo en la publicación de El Rey fueron felicitaciones para su autor. A la historia del libro hay que añadir una orden judicial de embargo sobre los derechos que su autor pudiera percibir por el mismo: el impago de una factura de dos millones de pesetas al Instituto Goustav Roussy, el centro oncológico más importante de Francia, tiene la culpa.
Allí acudió el noble escritor -marqués de Castelldevell y de Castellnoyá, barón de Segur y de Maldá- cuando en 1985 le detectaron un cáncer y, tras haber depositado un adelanto de 100.000 pesetas y pasar 41 días de tratamiento, no tuvo a bien pagar las correspondientes facturas. Entendió que debían correr a cargo de la Seguridad Social española, pero un juzgado madrileño no le dio la razón.
Por lo visto, a sus probadas dotes de escritor prolífico y conversador cabal. el marqués de Castelldevell y etc.- ha añadido una nueva durante los últimos años: la de no querer pagar. En octubre pasado, el jefe del servicio de recaudación de una agencia tributaria madrileña comunicó a varias empresas un nuevo embargo de los créditos, derechos, y rendimientos a favor de José Luis de Vilallonga y Cabeza de Vaca para recuperar la deuda de más de nueve millones y medio de pesetas que ha contraído con Hacienda.
El fisco debió enviarle las notificaciones de lo adeudado a un domicilio equivocado. Un verdadero lío para acertar en el adecuado pues, que se sepa, son hasta cuatro: en Madrid, Palma de Mallorca -allí transcurren sus veranos- y París.
Cuando estas diligencias fueron dictadas, el Instituto Roussy no había conseguido todavía recuperar ni un solo duro de la deuda contraída por su ilustre cliente: con disposición judicial y todo, no había encontrado ni una sola propiedad ni un solo contrato en España al que poder echarle el diente.
Titularidades al margen, sus residencias han sido muchas más de cuatro. Para empezar nació en Madrid, en 1920. Pero es catalán. Sus padres, el marqués de Castelldevell y Carmen de Portago, hija del marqués de Portago, presidente del Consejo con Alfonso XIII y alcalde de Madrid durante 18 años, no consiguieron hacer de él el aristócrata de pro que hubieran deseado. A los nueve años empezó a estudiar en los jesuitas de Sarriá, pero fue expulsado de allí poco después «por no ajustarse al espíritu de la Casa».
En 1931 su familia acompañó a la monarquía en el exilio. «Nunca te hagas amigo de un rey», le dijo su padre. Pero en eso, como en tantas cosas, José Luis no le hizo caso.
A su padre debe también una de las anécdotas más asombrosas de su vida: él le enroló en el regimiento carlista que le hizo formar parte de un pelotón de fusilamiento. Tenía 17 años, y encima, bastante frío y una copa de coñac.
A los 22, decidió marcharse de casa «con una mano detrás y otra adelante», pero ha dado muestras de saber buscarse la vida bastante bien triunfando al margen de un linaje que no ha dado demasiadas muestras de querer ostentar. En sus palabras, los Grandes de España, que son como unos 133, son una especie de club selecto de gente muy educada que sabe estar y elegir muy bien los vinos, pero cuyo poder político y económico hace tiempo que se esfumó.
De jovencito, Vilallonga eligió la nada aristocrática carrera de Derecho, no se sabe muy bien si pensando algún día ejercer. Nunca fue abogado, juez ni fiscal, pero sí -además de escritor-, periodista y actor. Losey, Malle, Fellini y Berlanga, le dirigieron. En total, 76 películas y tres obras de teatro. El País, La Vanguardia, o Interviú, han publicado o publican, entre otros, sus artículos. Y unos cuantos «scoops»: desde una entrevista a Brigitte Bardot a otra a Santiago Carrillo, en 1974, en la revista erótica francesa Lui. A punto estuvo de entrevistar a Juan XXIII, pero cuando ya tenía la autorización en el bolsillo el buen papa se murió.
Rondaban los años 50 cuando, tras haber sido alférez en el campo franquista, le hizo un guiño su espíritu antiautoritario y se largó. Recaló en Argentina, donde se ocupó del noble arte de criar caballos, hasta que un impuesto que gravaba las actividades de los extranjeros le hizo pensar que aquél no era un negocio rentable. Y se largó también.
Se asentó entonces en París, donde al poco de llegar rodó Les amants con Jeanne Moreau, y ya no paró. Dijo que fue «el olor de las judías con chorizo» lo que le hizo regresar a España en plena transición. Y ahora dice que es el escaso aprecio que han demostrado por él los editores españoles -apenas una decena de sus casi 30 títulos han sido publicados aquí- lo que le ha hecho volver a Francia.
Entre las judías y el chorizo de aquellos años, el mundano marqués encontró un hueco para la política y se convirtió en portavoz de la Plataforma Democrática a instancias, dicen, de Santiago Carrillo, que quería mejorar la imagen de una agrupación sobre la que pesaba el sambenito de estar dominada por el PCE. Y allí fue donde más se codeó con Antonio García-Trevijano, uno de los fantasmas republicanos que todavía le persiguen.