El Burladero

EL GRAN OLVIDO

Por Víctor MÁRQUEZ REVIRIEGO

C OMO la actualidad política se trasladó a Barcelona este fin de semana, los cronistas de sociedad se entretuvieron en comparar a las dobles parejas Anguita y Ribo, por la iz­ quierda y Aznar y Pujol, por la derecha. Una pregunta que se hacían era la siguiente: iz-

¿Se llevan mejor Aznar y Pu­ jol que Ribo y Anguita?

Estos días parece que ha re­ sultado más cálido, o menos frío, el encuentro de la pareja de izquierda que la de derechas. Al menos en su principio, Anguita

Sería largo de explicar cuya sea la causa, pero sí un efecto de ella y de otras tantas cosas pare­ cidas a ésta. El otro día en la pu­ blicación del adelanto abeceda­ rio del hbro de Díaz Herrera e Isabel Duran, aparecía aquí un epígrafe atroz: «De la tritura­ dora al crematorio». Se trataba de la destrucción y quema de documentos más o menos com­ prometedores para el futuro (imperfecto casi siempre, pues él futuro nunca está acabado).

Adolfo Suárez

y Ribo estaban vacunados con­ tra la discordia y andaban tan en el cielo de la concordia, o de lo concordante, que el coordina­ dor de Izquierda Unida recurrió a la crítica de música, acaso ce­ lestial, y habló de lo bien que le sonaba el texto de la gente de Ribo (su música) y también dijo que estaba en sintonía con él.

Pujol y Aznar se reu­ nieron en una biblio­ teca, pero no para leer textos, sino para repa­ sar hechos. No fueron lo suyo músicas celes­ tiales, sino cuestiones terrenales. El único del ámbito de Aznar y Pujol que aquella noche del viernes estuvo en el cielo fue Adolfo Suá­ rez, al que los españo­ les someten ahora a una especie de canoni­ zación a plazos y en vida. Si el político de la transición no fuera hombre dado a olvidar pasados agravios, po­ dría preguntarse hoy: ¿cómo es posible que tanta gente me quiera ahora tanto y hace quince años yo no pu­ diera darme cuenta de eso porque todos me de­ jaron solo? el en

Cuaderno de notas

EL PORTERO

Por Lorenzo CONTRERAS

N o es que bordeen la inso­ lencia. Es que están en eUa, en la completa avilantez. Los nacionaUstas catalanes y vas­

puesto el arancel por las nubes. El arancel político con su expre­ sión social y económica. Y fiscal, por supuesto.

cos han confundido la defensa de unos derechos constitu­ cionales con la pose­ sión monopolizada de la verdad política y, por ello mismo, de su interpreta­ ción. Han logrado que el funciona­ miento del Estado, ese concepto que niega la Nación con mayúsculas, se con­ vierta en una eterna provisionaUdad sin respiro. Son los aduaneros de España, como en el siglo XK lo fueron los carlistas con los visi­ tantes que bajaban por las llana­ das de Álava. Nadie pase sin ha­ blar al portero. Es el título de un artículo de Larra. El naciona­ lismo periférico es el portero, el portero que nos han dado los errores e impremeditaciones de don Adolfo Suárez, el de la glo­ ria tardía, el de los homenajes continuos, el de la «tabla de que­ sos», el de las diecisiete auto­ nomías que pretendieron igua­ lar a las Españas y sólo consi­ guieron poteciar los insaciables «hechos diferenciales».

Vivimos la hora plenaria, las doce en el reloj del espíritu co­ marcal. España, lo que de ella queda, tiene que pagar peaje to­ dos los días. Un precio de mer­ cado negro para que dejen go­ bernar a Madrid. Pero gobier­ nan ellos, los comarcales. Han

Pero ésa es una explicación particular del hecho. En lo más general, se trata de la destruc­ ción de la memoria, del olvido completo de todo lo pasado. Por­ que cuando no existe ese preté­ rito se puede actuar en el pre­ sente sin lazos con él, con una libertad de acción total. Des­ pués de todo esa fue la muy útil receta que el propio Suárez aplicó en la transición y que los copartícipes con él en la tarea aceptaron por muy conve­ niente.

Con lo cual resulta que a Suá­ rez le han dado hoy la misma medicina que él usó en sus días de ayer, cuando fue el hechicero de la gran ceremonia. La pó­ cima de la transición fue la am­ nesia (que tiene la misma raíz que amnistía) y que por lo visto crea adicción, y una vez usada hay que seguir aplicándola in­ definidamente. En este otoño de hoj'as y de libros, me acaba de llegar «Frente a la Gran Men­ tira» de Antonio García-Trevijano, todavía sin leer. No sé si la forma más piadosa de men­ tira no será el olvido precisa­ mente.

¿Para qué enume­ rar? Digamos sola­ mente que en los úl­ timos días, casi en las últimas horas, han lanzado dos observaciones desa­ fiantes. En realidad, dos avisos o adver­ tencias. Una en Bar­ celona, por parte del «Ubu president», que el señor Aznar ha encajado sin pes­ tañeo, otra desde el País Vasco, por par­

te de José Antonio Ardanza, el «lehendakari», la voz de su amo, ya se sabe de cuál. En la capital de Cataluña, cuando el presi­ dente del Gobierno español se las prometía felices, Pujol ha ca­ lificado de «ingenuidad» que su hipotecado socio dé por estable el «pacto de investidura», ese acuerdo que «iba» a garantizar la «gobernabilidad» hasta las próximas elecciones generales. Le ha dicho a su huésped central que se vaya con cuidado, así, li­ teralmente; es decir, que hay que pagar el peaje cotidiano y sus inesperados complementos, los que surjan.

Y acababa el «molt honora­ ble» de condicionar decisiva­ mente la elección para la presi­ dencia de la Sala Segunda del Tribunal Supremo. Y había es­ tado a punto de arbitrar a su gusto el futuro de la minería del carbón, sin el menor reparo so­

cial. Y tiene en sus manos la autonormación fiscal. Y. va a de­ terminar, con sus es­ casos votos, una nueva y más irritante reforma del mercado de trabajo. Más lo que venga. Que vendrá.

¿Y qué decir de Ar­ danza, el portero de Vitoria? En vez de mostrar mala con­ ciencia por la negli­ gencia de la Ertzaintza, a propósito del secuestro de Delclaux, su falta de cola­ boración con las Fuer­ zas de Seguridad del Estado, dice que es el Estado, su fuerza re­ presentante, quien tiene que supeditarse a la primera.

De la autonomía a la soberanía. Y a ca­ llar. ¡Y a pagar, leñe!

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