Es p o s i b l e q u e e l p u e b l o e s p a ñ o l n o s e p a q u i é n es . Q u e n u n c a lo h a y a s a b id o. Algu n os p e n s a r á n q u e es t a s u e r t e d e d e s c o n o c im ie n t o e s b u e n a , l ó g i c a y h a s t a com ú n a ot ros p u e b lo s ; p e r o es t e f e n ó m e n o p r e s e n t a e n E s p a ñ a , n o s ólo en el p u e b lo s i n o e s e n c ia lm e n t e e n t r e la s elit es , r a s g o s p a r t i c u l a r m e n t e e s q u i z o i d e s . E n cien a ñ os , h e m os p a s a d o d e ocu p a rn os en r e m e d ia r los m a les d e España a p rom over su eutanasia.
MACIOMALISMOS SINI OPOSICIÓN)
odos los días, unos cuantos destacados ciudadanos es pañoles de Vitoria, de Barcelona, de Santiago o de Madrid madrugan pensando en acabar definitivamen te con los restos del oxidado Estado español. Esos mismos señores, al tiempo que se afanan en construir las voluntades de lo que consideran sus pueblos y en alimentar una autoconciencia nacionalista, son capaces de fomentar y rentabilizar un clientelismo político indestructible e innato a un régimen propicio a sus intereses. Gentes de cierta condición que bien podrían gobernar España, rescatan, inventan y postulan na ciones tan subjetivas como todas las naciones, levantan pro yectos...Todo ello produce la certera impresión de que cons piran -diría Quevedo- precisamente contra España. Es como si el esfuerzo uQitario, sangriento y modemizador del último siglo y medio estuviera siendo desmontado a conciencia. Co mo si el viejo fantasma de una España que no quiere ser os cureciera la fantasía de un inexistente patriotismo constitu cional. Como si el Estado se descompusiera irremediable mente. Como si podridas las cinchas cuarteleras que sujeta ban la 'Nación' su sociedad se dividiera. No parece, por lo demás, adivinarse el final de tal movimiento disgregador.
Con ello no me estoy refiriendo al logro razonable e in discutible de éstas o aquellas competencias administrativas; y ello aún siendo consciente del coste y de la profunda insoli daridad que encierran muchas de aquellas medidas. El verda dero problema de España se encuentra en otro terreno: donde se forja el alma de los pueblos. La educación de parte de una generación de españoles en clave de nacionalismo tendrá consecuencias irreparables para el destino de los españoles por la propia naturaleza de las tesis nacionalistas. Toda Na ción busca su autodeterminación.
EL PRÓXIMO NOVENTAYOCHO
D esde un agnosticismo de lo nacional estas tesis pue den parecer rocambolesacas e innecesarias, pero la observación de la Historia no permite que seamos demasiado optimistas. Nietos de los nietos de aquel desastre, estamos abocados a vivir otro noventayocho: Esta vez, un noventayocho por implosión; un noventayocho anestesiante. Quizá nos encontremos ante el definitivo paseíllo del Raptador de Europa al que ahora Europa somete y reduce. Atentos a la baza de la Historia, cuando algunos lugares de origen ibéricos pretenden la autodeterminación. ¿El último noventa yocho culminaría con el descuartizamiento del Estado espa ñol?.
¿Qué hacer? Y antes, ¿esto a quién importa?. España ni
tino común a los españoles parece convincente a la luz de los acontecimientos. Ambas ideas, como la Constitución, más bien operan como causa justificante de un destino nacional meramente formal, hueco. i
LA NECESIDAD DE UNI PROYECTO
L a necesidad de proyecto para España quetexpresa Jovellanos antes que nadie acabará convirtiéndose en ban dera y hasta en bandería. Si fuera correcto (como expli ca García- Trevijano) que España no puede ser un proyecto subjetivo, estaríamos ante un dogma fabuloso: objetivar el Es tado español... Hacer de España un hecho impidiendo cualquier atisbo de autodeterminación es una propuesta audaz pero poco real. Reducir la nación a la razón, al análisis del poder, resulta interesante. Pero, sea como sea, la Nación sigue arrastrando pa siones y moviendo la Historia. ¿Qué hacer con los creyentes de la Nación? ¿Qué hacer con los que dentro de España creen en otras naciones y provocan acontecimientos? ¿Podríamos redu cir la cuestión nacionalista a una cuestión de poder? Sincera mente creo que hay algo más que voluntad de poder entre los resortes que mueven a los nacionalistas. Y creo que España fusión de las llamadas soberanías europeas. Otra cosa es vincu lar el proyecto a la necesidad de racionalizar el poder en Espa ña. Ahí sí que pone el dedo en la llaga este autor. Trevijano cierra, desde la solución democrática, la cuestión que plantea Costa y planea sobre todo el siglo. Un siglo que no supo dar respuesta a la relación de poder en España por desconocimien to del funcionamiento del mismo poder. Cierra un ciclo de noventayochos.
ESPAÑA MUN1CA RECOMPUESTA
L uego está lo del presunto trauma histórico. En primer lugar, España no cree en sí misma porque en estos mo mentos no sabe ni lo que es ni lo que representa. Y te me reflexionar, porque desde cierta perspectiva se cree vencida y acabada. Vencida, entre otros, por sí misma. Fue Giner, pro bablemente, quien antes expresa sus temores sobre la naturale za decadente de los cuatro últimos siglos, contagiando con ella la visión de sucesivas generaciones. El siglo XIX desarrolla el intento de vertebrar una España terminal. Ortega no se mues tra mucho más optimista, pero abre otras posibilidades. La imagen de una cuesta abajo histórica tardará años en corregir se. Más cercanamente, la recuperación de una cierta idea de España civil entre las elites es un hecho en el primer tercio de siglo. Luego, la idea más reaccionaria de España será utilizada como coartada para legitimar una nueva situación de poder tras la Guerra Civil. Queda abierta desde entonces otra profunda fi sura en la conciencia nacional. En la Transición se instala el Consenso, pero la memoria española queda en blanco al tiem po que se instrumenta un orden jurídico-político formal mente unitario y clientelar que propicia que los na cionalismos gánen la batalla de los destinos y de las ideas a quienes defienden un destino común para los españoles. Desde hace aproximadamente un siglo, España cree padecer una especie de agotamiento his tórico que desemboca en la orgía de exaltación cainita de la Guerra Civil. Posteriormente, la sociedad española generó una suerte de orgullo acomplejado que transmitió la generación de los hijos de quienes hicieron la guerra: confuso sentimiento que empuja a la periferia y suele concluir muchas veces en lo localmente grotesco como reacción a la españolada acomplejante (Arzalluz
no quiere ser zarzuela). España se muestra, más que ininteligi
ble, incomprensiblemente in compatible consigo rhisma.
VISTA AL FUTURO
Y ustedes dirán, ¿acaso es tamos locos?, ¿de qué proyecto nacional puede hablarse hoy? Parece, efectivamente, que España ha renunciado a todo. Ana lizada la cuestión Europea hay que anali zar España, donde la gran cuestión que plantea Costa sigue abierta. El problema esencial en España sigue siendo la relación entre gobernados y gobernan tes. Es necesario dotamos de un orden político que profundice en la democracia, permita la circulación de las elites, limite el poder y sustituya a las actuales oligarquías, sean o no naciona listas. Necesitamos, desde la libertad política conquistada, transformar productivamente España, crear empresa sin traba, desparasitar nuestra economía y ocupar el puesto que nos co rresponde en el mundo; necesitamos cuidar de nuestra memoria civil y de nuestra naturaleza, replantearnos nuestra geopolítica (¿dónde está?), seleccionar nuestros gobernantes, reconocer nuestras vanguardias, entender lo que hemos sido en cada mo mento y asumirlo, preguntarnos siquiera quién somos, plantear unas metas superiores para todos los españoles, catapultar nuestra generación, reformar estéticamente España, descentrali zar la administración y recuperar una cultura unitaria para to dos los españoles. Esta podría ser tarea para toda una genera ción universitaria que ahora dormita. Crear, en una palabra, co mo deben crean todas las clases dirigentes, un orden político al servicio la Sociedad. Labor que parece imposible que pueda llevarla a cabo una clase política que a menudo olvida a quién representa: un régimen basado en el disfrute de una clase go bernante mortecina. Pero todo esto no podrá hacerse sino te niendo claro el análisis del poder y la comprensión de la Teoría de la Democracia. Desde ahí sí puede imaginarse el porvenir sin tener que decir aquello de...érase una vez España. ·
L A RABIA Y L A I D E A
C arlos IV regaló sus reinos a Napo león a cambio de un exilio dorado: vendía las Españas como si fueran una finca, con todos sus bienes muebles e inmuebles, incluidos unos resignados semo vientes llamados súbditos. Era el rey ' nues t r o señor' , el amo de almas y tierras. E l pueblo, que no quería al nuevo dueño, se al zó en armas y tuvo lugar la primera guerra de liberación popular. Pocos fueron los que combatieron por España, casi t odos por el Trono. Sólo la elite de letrados y militares t enían conciencia de lo que era una patria. Fueron ellos los que elaboraron nuestra primera constitución e intentaron que el gobierno no obedeciera a los caprichos de un monarca. Por supuesto, el regreso de los Borbones significó la vuelta al viejo orden con el aplauso de la chusma y las alabanzas de la Iglesia.
En el Antiguo Régimen no existía la igualdad ante la ley, sino la excepción siste mática: fueros, costumbres y privilegios de fendían las prebendas del clero y de las oli garquías locales. Suprimir esa situación jurí dica, acabar con el monopolio ideológico de la Iglesia (aunque sin negar el carácter con fesional y católico del Estado) y con la In quisición fueron los objetivos de los libera les del X IX , aparte del ya mencionado de impedir que el destino de todos dependa del capricho de un solo hombre.
Este programa contó con la enemiga in flexible de los poderes locales y de la Igle sia. La palabra patriota equivalía a hereje pa ra los reaccionarios. La lealtad sé debía a Dios y al rey, no a la patria, térm ino paga no y contrario a la tradición católica. Pa t rio t as fueron los jacobinos que destrona ron a los reyes, vaciaron los templos y die ron la soberanía al pueblo. Los reacciona rios eran vasallos, fieles súbditos. Sólo los vínculos dinásticos y la sumisión a la Iglesia mantenían unidos los reinos, donde las plu t o cracias locales hacían y deshacían a su an t o jo sin t em er ninguna intromisión de la Corte. Todo aquello peligraba con la llega da de las nuevas ¡deas al poder.
Los reaccionarios, que tenían más apoyo popular que los liberales, combatieron du rante todo un siglo contra la idea de patria. Hacia 1876 quedó patente que los txapelgorris no entrarían en Madrid, y los carcas se dedicaron al localismo, al estudio de un pa sado mítico y a clamar contra unos agravios - reales o supuestos-, lo que armonizó bien con la mentalidad clerical de las burguesías periféricas. Nacieron así los nacionalismos vasco y catalán bajo las faldas de los sacris t anes, producto de unas clases medias que rechazaban a los emigrantes andaluces y ex t remeños que acudían a ser explotados en sus grandes industrias -beneficiadas por el proteccionismo de la pagana Madrid-.
Hoy -venganzas de la Historia-, dueños de los principales resortes del poder, quieren reducir el Estado a la boda de una infanta (Raúl del Pozo d ixit). Volvem os a ser vasallos.
J. MANJON.