INDULTAR A UN INOCENTE

ESTRELLA DIGITAL, 2000

JOAQUÍN NAVARRO ESTEVAN

Hay quienes insisten en que no se debe desgraciar el derecho de gracia. Tendrían razón si se tratase de un verdadero derecho. Pero no lo es. Es una prerrogativa del poder ejecutivo heredera de la prerrogativa regia en el campo de la justicia. La vieja "justicia retenida o delegada" por el rey sigue perviviendo a través del poder judicial que se reserva al Gobierno. Éste tiene más poder judicial que todos los jueces y tribunales juntos. No sólo a través de las competencias del Ministerio de Justicia sobre los medios materiales y personales necesario para la jurisdicción sino, sobre todo, por su decisiva influencia en el Ministerio Fiscal, por la gestión del régimen penitenciario y por la jefatura real de la Policía Judicial. Casi nada. Al lado de estas competencias, las del Consejo del Poder Judicial parecen de pacotilla. Y las de la jurisdicción, de oropel.

Pero existe la prerrogativa de gracia. La consagra la Constitución y la regula le ley. No es legítimo que se diga, cuando conviene, que el Gobierno la utiliza políticamente. Es una facultad política, por mucho que deba responder a parámetros de equidad y no ser ejercida con desprecio del Derecho. El Gobierno no viene obligado a razonar por qué indulta. Ni la vieja ley de 1870 ni su reciente modificación bellochista obligan a ello. El Gobierno indulta a quienes le peta. Si en el reciente indulto de 1.443 penados ha querido respetar el principio de que el tribunal sentenciador o el fiscal no se opusiesen ha sido porque así le plugo. Nada más que por eso.

Era previsible que el indulto de la pena impuesta a Javier Gómez de Liaño levantase tempestades de cólera y cainismo entre los representantes y deudos de Prisa, incluidas la cúpula del PSOE y de ciertas asociaciones judiciales más papistas que el Papa, más prisistas que Prisa o más pesoístas que el PSOE. De todo debe haber en la viña del Señor. Lo que no era tan previsible es que el indulto a los de Filesa parezca una futesa a ciertos ínclitos pesoístas. ¿Habrán echado de menos el perdón para Rodríguez Galindo y sus cimarrones, los que podrían conquistar América del Sur en una semana?

Debo confesar inmediatamente que me ha llenado de gozo el indulto de Javier Gómez de Liaño. Hubiese preferido el amparo del Tribunal Constitucional o, en su caso, la condena de Estrasburgo al Reino de España por la inicua sentencia perpetrada por Bacigalupo y García Ancos. Pero el indulto ha estado muy bien. No siempre se puede indultar a un inocente y, al indultarlo, condenar indirectamente a los responsables de la condena del inocente. Además, la coincidencia ha sido reconfortante. Mientras Gregorio García Ancos se jubila sin jubileo, perseguido quizás por su conciencia y por su desolación ética, Gómez de Liaño regresa a la carrera judicial después de un bienio sabático. Se marcha un juez inestable, obediente a la oligarquía partidaria que lo nombró para diversos cargos políticos y para la cúpula judicial, pese a su liviano equipaje jurídico-cultural, y regresa todo un juez. Nada menos que todo un juez. Honesto, valiente, caballeroso y culto. Encima, justo, que no es cualidad de que ande sobrada nuestra justicia.

El indulto ha estallado cuando estaba apareciendo un sedicente libro sobre el inefable Garzón. Una hagiografía conmovedora. San Pinocho de Jaén vomita odio, mendacidad y autolatría en una historia novelada, o novela historiada, presidida por la más zafia y hedionda chismorrería. Es también genial la coincidencia: mientras un no-juez hace cabriolas torcaces y montaraces a través de un no-libro, un buen juez vuelve a honrar con su presencia la misma jurisdicción que san Pinocho contamina con la suya.

Ahora resulta que el Gobierno Aznar conspiró contra el imperio polanquista a través de la Fiscalía, valiéndose de Gómez de Liaño y de sus amigos. Resulta ahora que todos mienten menos san Pinocho de Jaén. García Trevijano, Luis María Anson, Ignacio Gordillo, Eduardo Fungairiño, María Dolores Márquez de Prado, Jesús Cacho, Enrique Gimbernat, Jaime Campmany, Javier Gómez de Liaño, el director de esta honorable publicación, este pobre escribidor y un largo etcétera de gente de bien que, a lo que se ve, decidieron de la noche a la mañana que Gómez de Liaño tenía que prevaricar para hundir el imperio del marqués de Santillana. No miente san Pinocho de Jaén, cuyas declaraciones a su hagiógrafa urbanita lo condenan fatalmente como pivote necesario de la única conspiración perpetrada: la del imperio contra el buen juez y sus mejores amigos. Trabajo le costó a Joaquín Delgado, el honesto magistrado del Supremo que conoció de aquella causa especial abierta por la cabriola prevaricadora de Garzón, no proceder contra éste, que aceptó hacerse cargo de la recusación cebrianesca contra Gómez de Liaño cuando su odio contra éste y su minucioso conocimiento hostil de las peripecias de la instrucción de Sogecable le imponían no entrar en la instrucción del incidente de recusación.

Mendacidad, cainísmo, falseamiento de la realidad, prostitución de los hechos y chismorrería zafia y fraudulenta. Una cálida y laboriosa hagiografía para san Pinocho de Jaén. Pudo ser un aceitunero altivo, pero prefirió servirse a sí mismo a través de amos más poderosos y tangible que el Dios a quien comenzó a servir con fervores adolescentes de seminarista, que se diluyeron como la espuma del lago azul. Pero el gozo por el regreso de un juez no puede ser enturbiado por la exhibición auto-hagiográfica de un no-juez, especializado en la difusión contrahecha de cuestiones que conoce por mor de su oficio. Como decía Sócrates, cada uno se debe a su estimación.