GLOBALIZACIÓN, NO GRACIAS

LA RAZÓN. 2001

JUAN SEOANE

miembro del Club Opinión Santander

Las recientes movilizaciones en contra de la globalización son signos de esperanza que tienden a romper este quietismo social, que desde aquel Mayo del 68 no han vuelto a mostrar su presencia, para al menos inquietar al poder establecido y crear una conciencia crítica que es el signo de vitalidad de una sociedad.

Lo que le sucede al pensamiento y a la cultura política, desde hace medio siglo, no tiene antecedentes en otras épocas tan largas de la historia. Parece como si la guerra mundial contra el nazismo primero, y la guerra fría contra el comunismo después, hubieran anestesiado la facultad de observar la realidad de las pautas de comportamiento social y político y de poder reflexionar, con autonomía mental, sobre lo que diariamente se presenta para consumo de masas adocenadas por los numerosos vendedores de humo y de ejecutivos ejecutados.

Es imposible comprender que la propaganda y el engaño a que conducen todas las ideologías de poder sean los únicos argumentos para explicar el cementerio intelectual y el osario académico donde se recrea y cultiva la producción de esa hormona que configura y define el pensamiento único y la ideología plana en que se encuentra la sociedad civil de los albores del siglo XXI.

La globalización es el producto estrella en el márketing político que se anuncia en todos los actos de propaganda y de difusión controlada, por parte de los gobiernos. El fundamentalismo del mercado es su consecuencia directa y es el responsable de que no surja ningún tipo de alternativa a la uniformidad cultura imperante. Es cierto que no es la primera vez que la sociedad vive en este sistema. Pero sí es, de alguna manera, la primera experiencia novedosa de convivir con un sistema que no tiene tipo de contrapeso alguno a su actuación y que su aplicación esté exenta de creencias y de normas éticas que puedan ser compartidas, de manera universal, como elementos constitutivos de las reglas de juego a respetar en la aplicación, pura y dura, de una globalización que, en definitiva, consiste en dar al poder económico autonomía plena, frente a los gobiernos. Es decir, entregar la dirección de la política económica al poder financiero. Éstos aumentan la rentabilidad de sus negocios con las variaciones del tipo de interés fijando una prohibición constitucional del déficit presupuestario. Lo que podríamos denominar una auténtica democracia participativa y en plural.

El capitalismo con su obsesión y dependencia única del mercado representa un peligro abierto a la sociedad actual, y como afirma en su obra «La crisis del capitalismo global» un capitalista converso, Soros; El fundamentalismo del mercado es hoy en día una amenaza mayor para la sociedad que cualquier tipo de ideología totalitaria.

Estamos asistiendo a que gran parte de lo público se está haciendo privado. No por exigencia ideológica ni por criterios de rentabilidad o eficacia empresarial, sino por pasiones de dominio y de ambición en el control y en el reparto entre muy pocos. Los bienes privatizados no pasan al mercado de la libre competencia, sino a los oligopolios mediáticos que se agrupan en torno al poder gobernante de cada momento. Estos oligopolios establecidos y constituidos en clubes privados, son los que arbitran la guerra y la paz, el valor del déficit, las tasas fiscales, la competencia empresarial, el orden público, la sanidad, la contaminación, y todo lo que es correcto para ellos en las ideas y costumbres que se deben de administrar en dosis perfectamente controladas a la ciudadanía. Como magistralmente refleja en su reciente obra: «Pasiones de servidumbre», el gran intelectual García Trevijano: «Francamente, sin ironía, no creo que a través de este comité privado lo hiciera peor de lo que ahora se hace a través del comité público del gobierno. Incluso sería mejor para los gobernados. Su comprensión de la política sería mayor, y su grado de decepción menor. Aunque el resultado final fuese el mismo, el menor costo de los medios abarataría la producción de leyes y de personal para la política».

Pero la necesidad de vivir con la conciencia engañada es tan ilusionante para los gobernados que, cuando les llega la libertad, pierden la claridad de juicio para desear que la clase dominante les gobierne directamente a través del nuevo decálogo que es la globalización de pensamiento único y además plano, privándoles de la esperanza de poder tener acceso a acciones libres que puedan configurar una alternativa al actual estado de servidumbre voluntaria. Al menos, los esclavos de la antigüedad renunciaban a la libertad a cambio de su vida, mientras que los siervos de la postmodernidad se mueven, se organizan y votan, sin posibilidad de elegir a sus amos, a cambio de su reconocimiento como ciudadano. Es decir, a cambio del reconocimiento de su impotencia política.

El someter a toda una sociedad a un pensamiento único a ultranza, a una globalización excluyente y sectaria, sin dar opción a una alternativa ideológica, son signos de temor y de confesión de impotencia de los gobiernos y de los organismos internacionales.

Lo que estos fenómenos presagian no son revoluciones de masas, sino el desorden y mostrar la extrema fragilidad de un sistema agotado y que no tiene soluciones a los graves problemas que la sociedad tiene planteados. Menos mal que muchos millones de mujeres y hombres con la conciencia intacta frente a la manipulación y el engaño, están alzando las voces en sentido unívoco a través de altavoces de libertad para que su mensaje pueda ser oído y desactive los mecanismos de atoramiento mental que impiden el desarrollo de inteligencias sin temor. En ellos está la esperanza de que la libertad política pueda tener cabida en un nuevo orden social, cuando se haga presente de improviso la crisis irreversible del sistema.