PASIONES DE SERVIDUMBRE

LA RAZÓN. TRIBUNA LIBRE. FEBRERO DE 2001

DALMACIO NEGRO

Antonio García Trevijano, autor de Pasiones de Servidumbre (Madrid, Foca Ediciones, 2000) es uno de los cuatro más importantes pensadores políticos españoles de los últimos veinticinco años. Precedido por El discurso de la república. Del hecho nacional a la conciencia de España (1994) y Frente a la Gran Mentira (1996) acaba de aparecer Pasiones de servidumbre. Escritor político de sobra conocido también por sus colaboraciones periodísticas, los temas reiterados de García Trevijano son la Nación como un hecho histórico, el Estado de Partidos con el consenso al fondo como fraude a la democracia y la separación de poderes como remedio, la libertad política como el principio de la democracia y antídoto de la servidumbre voluntaria, y la historia de la transición española, en cuya fase inicial tuvo un protagonismo principal.

García Trevijano expone su filosofía política aplicándola, desde el punto de vista de la democracia, a un caso concreto, el español. Pero como refiere sus análisis sobre la situación política a la civilización en general «la segunda mitad del siglo XX ha consolidado una civilización que habría escandalizado los ideales progresistas de 1900», su pensamiento es al mismo tiempo una reflexión sobre el estado de la civilización, que describe como «civilización de negocios que ha llevado a la política las reglas de los negocios». Abstrayendo lo que corresponde a lo específicamente español en los detalles, se podría decir que estudia el momento actual de la civilización europea con una perspectiva hispana.

Pasiones de servidumbre es un estudio psicosocial de la transición política española. Su tesis general se puede resumir así: las pasiones suscitadas por el medio sociológico y las estructuras, desvirtuaron la posibilidad de fundamentar adecuadamente la democracia en la virtud política. Entronca así, por una vía independiente, con las nuevas corrientes republicanistas en auge desde hace algunos años, entre las que destaca por su originalidad y la aplicación directa a un caso concreto del presente.

Decía Goethe que las formas de vida revelan el estado espiritual de la sociedad. Y García Trevijano, buen conocedor del gran alemán, parte, como de un axioma, del estado de la cultura, en el que se manifiestan con más espontaneidad. Y, en su opinión, en ninguna parte como en España se ha experimentado en menos tiempo un cambio tan drástico en las costumbres morales. Explicar por qué ha sucedido así constituye el objeto material del libro, en el que se unen la propia pasión del autor por su circunstancia española y la curiosidad intelectual de investigar hasta qué punto es la naturaleza del gobierno, en rigor sus principios, un determinante principal de la conducta moral. Se tiende a pensar que la moralidad de la sociedad determina la del gobierno. Pero ya advirtió Montesquieu que cada tipo de gobierno tiene un principio regulador de sus actos y de la conducta social. Y esta es la perspectiva del autor de Pasiones de Servidumbre, que no cree en absoluto en la máxima de origen luterano de que cada pueblo tiene el gobierno que se merece. Por el contrario, guiado por su convicción de que «las pasiones dominantes son las pasiones de la clase dominante», se ocupa de la influencia del gobierno en la moral general. De lo que infiere que, «el rumbo hacia la degeneración moral de las costumbres... no podrá ser corregido sin un cambio del factor político que lo marca» y que, en España, la única solución posible ya es la República Constitucional.

Gran conocedor del pensamiento político y moral francés, reconoce García Trevijano que debe la idea de escribir el libro a la inspiración del filósofo político y moral Alain, en tanto su obra le «pareció un buen método para captar el cambio de sentido moral en el siglo que ha terminado». Le reprocha, empero su falta de radicalidad, al no haber hecho una aplicación política concreta de los resultados de su análisis de las costumbres morales. Es lo que hace, en cambio, García Trevijano tomando como un criterio principal la corrupción del idioma, expresiva de la crisis cultural de «una sociedad sin ideales, dónde todo se convierte en espectáculo de diversión pública».

Al tomar como punto de partida el estado de la cultura, evidencia sin decirlo dos cosas: primera, que hoy en día, a tenor de la situación existente, el conflicto político se expresa sobre todo como lucha por la cultura, tomando el autor buena nota a este respecto del pensamiento de Gramsci; la segunda cosa, que la política propiamente dicha, para la que la cultura es un presupuesto, no existe ya, habiéndose invertido los términos: la «política» «la mentira de la propaganda, como sistema cultural en todas las esferas de la vida» determina la cultura. Seguramente asentiría García Trevijano a la afirmación de que para él sigue siendo en cambio un ideal la Paideia o cultura del hombre educado para convivir políticamente, igual que en los griegos antiguos y en toda la tradición política europea que arranca de Grecia. De ahí su interés en el estudio de las pasiones, apuntando a la tarea urgente, revolucionaria para el autor de El discurso de la república, de contribuir a la repolitización del pensamiento.

Esta es, me parece, la clave de la actitud intelectual de García Trevijano en Pasiones de servidumbre y, en general, de su pensamiento, que se inscribe así, por otra parte, en la tendencia del realismo político, preocupado por la decadencia de la política y con ella del humanismo, sustituido por un humanitarismo emocional, tan chabacano como destructivo. La historia, pensaba Maquiavelo, uno de los grandes humanistas, es el juego de las pasiones, debiendo constituir su estudio un objeto principal del auténtico pensamiento político. La política no es humanitaria, como se intenta hoy hacer creer por las clases dirigentes coram populo, a la vista del pueblo, para convencerle de su particular bondad. Precisamente, o paradójicamente, porque no es humanitaria sino viril, constituyó la política un factor muy principal del humanismo desde los griegos, los descubridores de la posibilidad de la política, del arte de con-vivir humanamente.

El libro se divide en tres partes, ordenadas de manera ascendente. La primera trata de las «pasiones de la transición», enumerando veinticinco pasiones serviles, cuyo común denominador es la demagogia de la igualdad disimulada por el humanitarismo oportunista típico de nuestro tiempo, que ha sustituido a la tradición humanista falsificándola. En la imposibilidad de examinar aquí con el debido detenimiento el análisis que hace el autor de la falsificación de la vida colectiva a través de las pasiones concretas a que da lugar o tan siquiera de enumerarlas, destacaremos de esta parte, por la especial finura del análisis, la pasión de corromperse, en la que distingue el autor la espiritualidad política de la opinión pública, la pasión de conmemorar «el empeño metafísico y voluntarista de la clase gobernante de transformar la conciencia histórica de España en conciencia patriótica de la Constitución», hoy un mal europeo, la pasión del consenso con la distinción entre consenso normativo y consenso expeditivo, la pasión de apatía, «la más universal de las pasiones», consistente en no tener ninguna, y la pasión de reír de una sociedad «que se ríe en general de una cosa que antes admiraba».

En la segunda parte examina las «pasiones del poder», que se podrían calificar de realistas o inevitables, de las que García Trevijano enumera quince, destacando por su agudeza la pasión de partido estatal «la obsesión de ocupar el centro de la sociedad civil», una reminiscencia del Estado de partido único, la pasión de autoridad, «culminación burocrática» de la pasión de ser funcionario «que padecen los militantes» de los partidos, la pasión antipolítica, «que retira la vida política de la sociedad y la recluye en el Estado», y la pasión de votar, con la que «el pueblo se rebaja hasta el punto increíble de hacerse amar por sus amos» y que conlleva como corolarios otras dos pasiones específicas: la de votar lo que sea y la de votar en blanco.

En tercer lugar se ocupa el libro de veinte «pasiones reprimidas», las pasiones humanistas en que descansa la libertad política. Aunque están interrelacionadas, igual que en las otras dos tipologías de pasiones, de manera que constituyen un todo, señalaremos en este breve examen la pasión de justicia, imposible si no hay separación de poderes: «No habrá independencia de la justicia sin un cambio formal que impida al legislativo y al gobierno controlar el reclutamiento y la promoción de los jueces y fiscales»; la pasión de dignidad, que «sólo se afirma como virtud personal en los momentos de crisis social de todos los valores, cuando se ha perdido, o se está a punto de perder, la creencia social en la posibilidad de realizar la verdad, la libertad y la justicia a través de una democracia genuina»; la pasión de orgullo, entendida como orgullo del espíritu que «siempre insatisfecho de lo que realiza, no aspira a ser comprendido»; la pasión de pensar en la política, en relación con la cual pone empeño García Trevijano en destacar que «ninguna forma de pensar la política puede ser desapasionada»; y la pasión republicana, el motus del propio autor, quien confiesa: «No pudiendo ser republicano por fe y tradición, lo soy por razón de la razón y de la revolución».

Pasiones de servidumbre no es un libro fácil. En primer lugar porque el autor, ajeno a la demagogia cultural dominante, no hace concesiones fáciles y, en segundo lugar, por ser un libro outsider, que aborda el estudio de la situación política de nuestro tiempo de una manera poco habitual, a pesar de la importancia del tema de las pasiones en la gran tradición europea de la política. Libro original, tan raro en la literatura política contemporánea como los otros dos mencionados, que forman con este, a nuestro parecer, una trilogía, debiera ser leído por los interesados en el estado de la cultura y en el auténtico saber político, así como por todos aquellos que aún se preocupen por la situación real de España, ignorada por la complaciente cultura oficial.