¡JODER CON LA MARQUESA!
LA RAZÓN, 7 DICIEMBRE 2001
RAFAEL BORRÁS
Almuerzo en Madrid con José Luis de Vilallonga, Begoña Aranguren e Isabel Blancafort. La posible boda del Príncipe de Asturias y la señorita Eva Sannum, con la que Vilallonga no está nada entusiasmado y al resto de los comensales nos deja indiferentes, centra la conversación en el tema de la Dinastía que nos rige, que en menos de siglo y medio, de 1808 a 1931, tiene que abandonar el trono en tres ocasiones pero que cada vez termina recuperándolo, porque ya se sabe que los Borbones, vivos o muertos, regresan siempre a España. Al filo de estas evocaciones recordamos que en julio de 1974, año y medio antes de la muerte del general Franco, se constituyó en París la Junta Democrática, cuyo portavoz era precisamente el actual marqués de Castellvell; la integraban, entre otros, Santiago Carrillo, Secretario general del Partido Comunista de España en el exilio, el notario Antonio García Trevijano y el otrora integrista Rafael Calvo Serer, miembro de la Opus Dei. La Junta ofreció a Don Juan de Borbón, hijo y heredero del último Rey de España, Don Alfonso XlII, encabezar la operación tendente a devolver a la sociedad las libertades democráticas mediante la ruptura con el Régimen, pero la operación no prosperó tras una conversación, en Palma de Mallorca, un año después, entre el Conde de Barcelona y su hijo el Príncipe de España, nombrado por el general Franco su sucesor a título de Rey en 1969. Poco antes de que éste accediese al trono, Carrillo no se anduvo por las ramas: en una entrevista con Oriana Fallaci declaró que el Príncipe era una marioneta que Franco mueve como quiere, un pobre hombre incapaz de toda dignidad y sentido político, un tontín que está metido hasta el cuello en una aventura que le costará cara. ¿Qué posibilidades tiene? Todo lo más, ser rey durante unos meses. Y Alfonso Guerra, vicesecretario general del PSOE, afirmó en Le Nouvel Observateur: No es posible decir que Juan Carlos es un rehén del franquismo. De hecho, su personalidad se confunde con la del régimen decadente. Para sorpresa de ambos, Don Juan Carlos los dejó con un palmo de narices: Carrillo se ha convertido en uno de los más entusiastas partidarios del monarca, y Guerra ha formado parte del gobierno de Su Majestad. Vilallonga tuvo los reflejos más rápidos que Carrillo y Guerra juntos, y entendió enseguida la capacidad de supervivencia que, contra todo pronóstico, caracteriza a la Institución, lo que, desde su posibilismo, le permitió abandonar sin solución de continuidad el legitimismo juanista y convertirse en un fervoroso juancarlista de nuevo cuño. Pero no todos los leales del Conde de Barcelona entendieron, desde su respeto al principio básico monárquico ¬la Corona se transmite de padres a hijos, a no ser que haya una abdicación previa¬ que la realidad termina casi siempre imponiéndose a la realeza, con todas las servidumbres que ello comporta. En un reciente artículo, Vilallonga explica que su madre, Carmen Cabeza de Vaca y Carvajal, marquesa viuda de Castellvell, a la que define como monárquica acérrima y algo cerril, se rebelaba contra el hecho de que el hijo hubiera suplantado al padre en el trono de sus mayores. Comprendo que a la buena señora, al final de su vida, le costase aceptarlo, pero me maravilla lo que explica Vilallonga: En cuanto en la televisión, tras las noticias, sonaban los acordes de la marcha real, mi madre, estuviera quien estuviera presente, anunciaba levantando la voz: «Ahora saldrá el ldiota». Y aparecía el Rey. Esta descalificación visceral, que no responde a ningún criterio de racionalidad, no creo que se la haya permitido nunca ningún republicano. Pero desde el punto de vista monárquico el rifirrafe dinástico entre padre e hijo lo hubiese podido evitar Don Juan si, muerto Franco y antes de que las Cortes proclamasen Rey a Don Juan Carlos, hubiese renunciado a sus derechos, mediante una simple declaración o una carta enviada al ministro de Justicia, como Notario Mayor del Reino, con lo que Don Juan Carlos hubiese accedido al trono ¬y sin que el búnquer pudiese oponerse a ello¬ no sólo por ser quien legalmente sucedía a Franco sino también por ser el heredero legítimo de la Dinastía. Monárquicos como la madre de Vilallonga se hubieran ahorrado descargas de adrenalina que, a su edad, son contraproducentes. ¿Joder con la marquesa!