LA LEYENDA DE LA CODORNIZ
HIBRIS 14. MARZO 2003
P. GARCÍA PRESIDENTE DE LA ACADEMIA DE HUMOR
Cuando alguien nombra La Codorniz puede apostar cien contra uno a que su interlocutor contestará: “¡Ah, hombre! La del número del tren que entraba en un túnel y luego todas las páginas estaban en negro, ja,ja. Yo vi un ejemplar”. O “¡Ah, claro: la de la portada de bombín es a bombón, qué risa. Cuando me la enseñaron, es que me partía”. O en el caso más leve: “¡ La Codorniz, sí, la revista más audaz para el lector más inteligente!”. Le dirán eso. Pero nada, o poco, más. El semanario humorístico más señero del siglo XX no ha llegado a las masas más que por su leyenda, una leyenda al margen de su espíritu, su significación y su verdadera trascendencia.
La Codorniz, (subtitulada sucesivamente como “semanario de humor”, “la revista más audaz para el lector más inteligente” y “decana de la prensa humorística”), nació el 8 de junio de 1941 y dejó de existir oficialmente el 11 de diciembre de 1978. Publicó 1898 números y tuvo cuatro directores: Miguel Mihura (1941- 1944), Álvaro de Laiglesia (1944 -1977), Manuel Summers (1977-1978) y Carlos Luis Álvarez, “Cándido” (1978). Del cuarteto sólo son significativos los dos primeros.
Sobre La Codorniz se realizaron en su época unas cuantas tesis doctorales y en la actual, todavía una de gran enjundia, que va a editar el Consejo Superior de Investigaciones Científicas. De entre aquellas tal vez haya que destacar el capítulo “El humor en la prensa actual”, de “El humor en la prensa española”, de Julio Carabias (edición del autor, Madrid, 1973); y de las últimas, “Sátira y poder durante el franquismo: el caso de La Codorniz (1956-1966)”, de José Antonio Llera.
El espíritu que esta publicación difundió todavía no ha sido valorado en toda su auténtica dimensión por analistas y críticos porque ni sus propios artífices fueron capaces de comprender lo que estaban creando. Se comentan algunos estudios (fundamentalmente los de Ivan Tubau y Jaume Perich), que tras ensalzar su primera época disminuyen los períodos posteriores, pero hay que aclarar que se trata de opiniones parciales, de “colaboradores que sangran por la herida”. Participaron en sus páginas pero sin llegar a cuajar en ellas y luego, claro, sus juicios impresos han sido desfavorables.
Errores críticos constituidos en artículos de fe
En realidad hubo dos Codornices: la netamente absurda (Mihura) y la crítica post-absurdum (Álvaro de Laiglesia). Lo peor del franquismo no fue la dictadura, sino el mito dictatorial que ha creado entre los que no lo vivieron y no han sido capaces de investigarlo a través de las correspondientes encuestas con sus supervivientes. Se ha establecido el cliché de que “el humor de la primera Codorniz fue absurdo porque era el único camino que dejaba la censura”; y no hubo tal. El humor codornicesco fue absurdo en sus inicios porque el absurdo era la corriente que impregnaba toda Europa y buena parte de América desde el advenimiento de las vanguardias. Se comenta en plan sesudo que La Codorniz utilizaba fórmulas disparatadas e ilógicas porque estaba Franco en el poder y era el único camino que quedaba, como los humoristas italianos de Bertoldo o Cándido hacían otro tanto, porque quien mandaba en su país era Mussolini. Pero se ignora que en Francia no había dictaduras, y allí florecían los Cami, los Apollinaire, los Alfred Jarry y compañía capitaneados por André Breton y los surrealistas, ya que el movimiento intelectual que imperaba era una respuesta contra la aherrojante moral victoriana que había acogotado la inteligencia, entre bromas y veras, durante casi un siglo.
Y se ha continuado pontificando que después (etapa de Álvaro de Laiglesia) se hizo más agresivo y popular, porque “su director estaba bien visto por el Régimen, que utilizaba La Codorniz como coartada», cuando la razón era otra: las recetas de la primera época ya se habían agotado (el mismo Mihura lo reconoció cuando abandonó su dirección en 1944), y había que explorar otros territorios que no eran otros que los más próximos a la cotidianidad bien que desde ópticas distanciadas y escarnecedoras; no se trataba de otra cosa que de un fenómeno muy necesario: evolución. Buena muestra del éxito de esa evolución fue el dilatado éxito de la segunda etapa, cubriendo más de treinta años, semana a semana.
Otro error de los críticos (muy repetido en las tesis doctorales), es el de la búsqueda de «intencionalidad» en artículos y dibujos. No digo que no la hubiera, pero en la mayoría de los casos era involuntaria. El humorista, como cualquier otro artista, trabaja las más de las veces por instinto: intuye que una idea en cierto momento sociohistórico debe expresarse de determinado modo y así lo hace (totalmente ajeno a las elaboradas construcciones cerebrales o científicas). Recuerdo el caso de Luis Buñuel, al que le alababan la secuencia del paso de un rebaño de corderos en determinado momento de una de sus películas, le decían que era un guiño contra la alienación y él respondía: «De ningún modo. Simplemente vi que en ese instante, para que la cosa quedara redonda, debía meter el rebaño»; o más recientemente, cuando Luis G. Berlanga me comentaba: «Al final de `Bienvenido Mr. Marshall´ hay unas imágenes de unas banderitas de papel americanas y españolas arrastradas por el agua de una acequia. «Siempre me han acusado de que quise criticar las relaciones de España y Estados Unidos en aquella época. Y la verdad es que sólo incluí esos fotogramas porque sentí que haría bonito para redondear la historia».
Esto es aplicable a los artistas de La Codorniz, sobre todo los de la primera época: Mihura, Tono, Herreros, Enrique Nácher. Conchita Montes y Edgar Neville pertenecían a la clase social que podríamos calificar de los «señoritos», de las gentes de «clase bien» o cuanto menos, acomodadas. No tenían nada de revolucionarios. Pero les salió el humor así. ¿Por qué? Porque estaba en el ambiente. Ellos no fueron sino los (¿involuntarios?) «receptores de ondas», transmisores del campo de fuerzas intelectuales en el que se hallaban inmersos, sin saberlo.
Según Antonio Mingote (en “La Codorniz de Mihura”, vol 1, edición Agualarga, Madrid, 2001), La Codorniz resultó un “cataclismo beneficioso”, un modo de enfocar la cotidianidad impregnada de ecos patrioteros, caspa y moralinas victorianas, con la óptica del absurdo y la burla inteligente. Para nosotros, los que fundamos la Academia de Humor para lograr la continuidad del humorismo avanzado, fue mucho más que eso; en realidad La Codorniz fue “la revolución sutil”, pues enseñó a sus lectores un nuevo modo de pensar auténticamente revolucionario. Ante una óptica de nacionalcatolicismo primero, y de progresismo consumista adocenado después, enseñó ya entonces lo que debía ser el humorismo del nuevo milenio: el estilo que mediante la trivialización de lo cargado de seriedad manipuladora, busca la libertad espiritual del receptor a través de la sonrisa. Debemos tener conciencia de que, en última instancia, el humorismo es ácrata: pretende la destrucción de toda influencia educativa o política, para que el individuo, tras inteligente reflexión, establezca una racional escala de valores.
Las portadas que nunca existieron
Luego vino la crisis del semanario. Atribuida por los analistas epidérmicos ya citados a un «adocenamiento de las fórmulas». Es posible. Pero, sobre todo, al adocenamiento del público. Los lectores vivieron el espejismo de la politización, ejemplificado por Hermano Lobo, que se agotó pronto, y de ahí derivaron al involucionismo remarcado por el triunfo de lo grosero ( El Jueves) y lo elemental (cómicos de televisión, cuentachistes, Arévalo, los Morancos y compañía). Porque si examinamos el humor «con aspiraciones» en la actualidad veremos que está prácticamente reducido a su aspecto gráfico; y según Antonio García-Trevijano, los chistes (caricaturistas políticos, en la prensa) son alienantes, calman la terrible realidad que ellos mismos denuncian: “representan los crímenes de los gobernantes como una divertida travesura que los hechos juegan a las personas, sin comprometer al sistema”.
La Codorniz fue revolucionaria porque, tal vez a pesar de sus creadores, enseñó a pensar de otro modo: a pensar con humor desde la inteligencia. Pero todo eso no sólo es ignorado en la actualidad, sino que para más inri ha quedado reducido como única referencia al comentario de unas portadas que nunca existieron. Las que ahora se calificarían como “leyendas urbanas” han sido desmentidas hasta la saciedad: por Álvaro de Laiglesia en su libro “La Codorniz sin jaula” (Planeta, 1981); por sus colaboradores, en cuantos coloquios se ha planteado la cuestión (es decir: “en todos”); y por parte de nuestra Academia, en diversas ocasiones y distintos medios de comunicación. Pero que si quieres arroz, Catalina. La leyenda se impone a los desmentidos. Y no hay más que hablar.
Pues aunque los componente de esta Academia estemos condenados al fracaso, por enésima vez vamos a tratar del asunto informando una vez más de lo que sigue:
1.- Sobre la portada del túnel: Se asegura que La Codorniz editó un número en cuya portada se veía la entrada de un túnel, por el que se disponía a penetrar la locomotora . Todas las páginas interiores estaban en negro, como si fuese la oscuridad del túnel. Y como contraportada, el tren saliendo del túnel. Ese número nunca existió. (Por cierto: como alusión y coña marinera, en el extra de La Golondriz - revista de la Academia de Humor, nacida en 1990 para preservar el humor codornicesco -, núm. 104, abril, 2001, dedicado al Teléfono Móvil, incluimos dos páginas y pico, totalmente en negro, indicando que el móvil del lector se había quedado sin cobertura al entrar en un túnel; como recuerdo al hipotético número codornicesco que jamás fue realidad).
2.- Sobre la portada del fresco-de-Galicia: Otro dibujo que la gente asegura haber visto: Un parte meteorológico en el que en destacado recuadro podía leerse: Reina un fresco general procedente de Galicia”, en clara alusión al general Franco, por entonces Jefe de Estado. Esa portada nunca apareció.
Sobre la portada del huevo-de-Colón: Más célebre que las anteriores si cabe es, en el falso recuerdo popular, aquella que dicen que presentaba a toda página un gran huevo de gallina, con este rótulo: El huevo de Colón. Y luego, más abajo, en letra pequeña: La semana que viene publicaremos el otro. Un nuevo caso de atribución imaginativa. Esa portada tampoco existió.
Sobre la portada de se-la-tirará: Otro chiste que más de uno y más de dos, más de tres y más de cuatro, juran haber visto con sus ojitos que se ha de comer la tierra: un dibujo con un novio abrazando apasionadamente a su pareja. Un árbol con un pajarito. Un niño con una piedra en la mano a punto de arrojarla al pájaro. Y este pie de chiste: “¿Se la tirará o no se la tirará?”. Cuarta portada que jamás existió.
Sobre las portadas de la Vespa y el título invertido: También la vox populi hablaba de la referida a la “moto verde” del “Marqués de Villavespa”, sobre la exclusiva de importación de don Cristóbal Martínez Bordiú, yerno de Franco, de los “scooters” italianos; y en segundo lugar, de aquella que cuando a Francis, el hijo varón de los marqueses de Villaverde, le cambiaron el orden de los apellidos llamándole Franco Martínez en vez de Martínez Franco, la mancheta de La Codorniz apareció como “Codorniz La”. Ni la una ni la otra existieron.
Sobre la portada de bombín-es-a-bombón: De todas las portadas-bulo, seguramente la más famosa fue la del enunciado de: “Bombín es a bombón, como cojín es a equis. Y nos importan tres equis que nos cierren la edición”. A tal punto tuvo fuerza este camelo que dejaba en pésimo lugar a los que afirmaban poseer el número en cuestión que La Golondriz encargó a su dibujante Eduardo realizarla. Y así se publicó en febrero de 1991, y luego se repitió en el nº 71, en 1997, incluido como suplemento en el diario Ya. No sólo ahí sino también como portada del libro “La Golondriz, sucesora de La Codorniz. Antología, 1990-2000”. En consecuencia, tampoco esa portada existió. Aunque sí en La Golondriz, para escarnio de unos e información de todos.
De entre todas, una sí fue realidad: la de Mantenga limpia España. Corría el bulo de que La Codorniz había sacado un número en cuya primera página se veía a un ama de casa con una escoba barriendo indivíduos significados como epítomes de diversas corrupciones, y el lema de «Mantenga limpia España», eslogan por entonces promovido desde instancias oficiales para lograr una mayor higiene cívica de los paisanos. Ya que la leyenda había cobrado cuerpo Álvaro nos llamó a los colaboradores y nos encargó artículos y dibujos sobre ese tema, pidiendo a Mingote que realizara la portada. Y, así, en efecto, apareció el extraordinario de La Codorniz dedicado al tema de «Mantenga limpia España».
Para terminar, y a modo de conclusión: los españoles gustamos de dárnoslas de entendidos pero sin haber leído sobre lo que pontificamos. Y en lo que al humorismo se refiere hemos vuelto a la época de las cavernas. Por tanto, cuando en alguna librería de ocasión hallemos algún ejemplar perdido del célebre semanario, diremos: «¡Ah, La Codorniz! Pues yo nunca olvidaré aquél número que en la portada se veía…». Porque la leyenda siempre supera a la historia.