EL PULSO DEL PLANETA

Un cementerio lleno de vida

Entre tumbas ilustres y panteones familiares, miles de familias pobres viven en el Cementerio del Norte de Manila, un camposanto centenario

Las familias hacen su vida entre las tumbas y los panteones del cementerio de Manila

PABLO M. DÍEZ

ENVIADO ESPECIAL A MANILA

E n Filipinas, la vida se abre paso en lugares tan insospechados como el Cementerio del Norte de Manila. En este camposanto de 55 hectáreas, inaugurado en 1904, miles de familias pobres han formado su hogar entre las tumbas de ilustres artistas y padres de la patria como Ramón Magsaysay, Sergio Osmeña y Manuel Roxas. A simple vista pone el vello de punta, pero tiene sus ventajas en una megalópolis tan caótica como Manila, donde buena parte de sus doce millones de habitantes malviven hacinados en chabolas de latón en medio de un tráfico infernal.

ja que falleció en los años noventa sin descendencia y, mucho antes de morir, había contratado a la abuela de Mario, Dionisia, para que cuidara el mausoleo, donde también reposan sus antepasados.

«Los conocí personalmente porque venían el 1 de noviembre de cada año a celebrar el Día de Todos los Santos y una vez nos regalaron un televisor», recuerda Mario, quien heredó con orgullo el trabajo de su abuela: mantener limpio el panteón y vigilarlo para que nadie robe el mármol ni la verja de hierro. Además de asegurarse un techo, gana al año 1.500 pesos (24 euros)

Mario Formales lleva más de treinta años viviendo en el panteón de la familia De Castro

«Antes vivía en una cabaña de madera, pero esto es más tranquilo porque no hay ruido y también fresquito gracias al mármol de las tumbas», razona Mario Formales, quien lleva 32 de sus 55 años morando en el panteón de la familia De Castro. Aquí están enterrados Rodolfo y Marcela, una pare- cuidando otro panteón.

Junto a él viven su esposa, sus cinco hijos, tres yernos y cuatro nietos, que se distribuyen como pueden en los ocho metros cuadrados que tiene cada planta del mausoleo. «Es pequeño, pero toda la familia está jun- ta», se congratula Mario mientras le da el biberón a su nieto de dos meses, Leycee, a quien su hija Maricar ha dado a luz con solo 17 años.

Dando buena prueba de que este lugar está lleno de vida, sus otras dos hijas también se enamoraron de sus maridos en el cementerio, donde trabajan

PABLO M. DÍEZ

esculpiendo lápidas por 1.000 pesos (16 euros) al mes. Sus hijos, que juegan al escondite entre los nichos y hacen las tareas sobre las tumbas, van a una escuela cercana donde a nadie le parece raro vivir en un cementerio porque en Manila hay sitios peores.

Pero ¿no es una falta de respeto para los muertos, sobre todo en un país tan católico como Filipinas? «No, porque les ponemos flores, nos acostamos temprano y, para no molestarlos, vemos la tele con el volumen muy bajo. Además, sus familiares saben que no están solos porque los cuidamos», responde Mario Formales. Como él, muchos vigilantes están autorizados a residir en el cementerio porque han sido contratados por los parientes de los difuntos, pero cada vez se cuelan más mendigos, drogadictos y delincuentes que se ocultan entre sus tumbas.

Como algunas partes son peligrosas porque hay robos, la familia se alumbra de noche con una batería de coche porque no hay electricidad ni agua, salvo la de las fuentes que traen las porteadoras. Pero, como advierte Mario Formales, «vivir en el cementerio no significa perder el miedo a la muerte, que me preocupa como a cualquiera porque quiero ver crecer a mis nietos». Nada como la cercanía de la muerte para apreciar aún más la vida.

VISTO Y NO VISTO

IGNACIO RUIZ-QUINTANO

PASIÓN

Como pueblo, pagamos la merma genética que suponen la expulsión de moros y judíos, las sangrías de la Conquista y la Guerra Civil

E l sábado coincidí con una inglesa (¿hispanista?) en la caja de un supermercado de pueblo. La inglesa, que iba por delante, llevaba un cajón de fresas, y yo, un yogur griego (como los que Xantipa le batía a Sócrates, después de atizarle). En esto, de la calle vino una gritería espantosa. La cajera dejó la caja, con sus billetes de euro al aire, sonrientes como gatitos en una cesta, y salió corriendo. Tras ella, nosotros. Eran tres mujeres (una «en avanzado estado de gestación») pegándose, y la de mayor pegada fue la gestante. Un señorín intentaba separarlas a lo Nino Manfredi en «El verdugo», pero aquello era cosa de John Wayne en «El hombre tranquilo». Llegaron en auto dos guardias, brazos en jarras y gafas de espejo. La más perjudicada, aferrada a su nariz, les hizo el cuento:

-¡Es la Rebe, que se ha c… en mis muertos y me ha mandao a Parla a m…!

El español ya no se pega como la española, reserva espiritual de nuestras pasiones: camorrea en los tendidos, y de aquí no pasa. Carece de orgullo.

La inglesa quiere saber por qué el español ya no es apasionado (por qué ya no se pega), y, a cambio de una fresa, le explico que Trevijano, que es nuestro Tom Payne, tiene la teoría de que el español es el pueblo más dócil de la Tierra, por delante incluso del alemán y el japonés, nacidos para obedecer, y tampoco es cosa de detenerse ahora en las ordenanzas municipales sobre el tabaco y el alcohol.

Como pueblo, pagamos la merma genética que suponen la expulsión de moros y judíos (se quedan los que se cambian de chaqueta: hasta hoy), las sangrías de la Conquista (se van los aventureros) y la Guerra Civil (mueren los valientes y se salvan los emboscados), más el derroche de la inmigración (de la que se excluyen los acomodaticios del «tú no llames la atención» y el «a mí que no me toquen el cocido»).

-¡Anda, que no le tengo yo ganas a ésa! -nos dice la cajera, de vuelta a la caja, ella, y nosotros, a la cola.

Y señala a la Rebe.

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