¿Cómo nos han contado la Transición? Política, memoria e historiografía (1978­1996) *

Resumen: El presente artículo ofrece una aproximación a la producción cultural relativa a la Transición española tomando en cuenta algunas de sus claves políticas y relacionadas con la memoria. Dicho repaso examina las vicisitudes de sus principales narrativas durante el periodo que va de 1978 hasta la segunda mitad de los noventa del siglo xx : si en los años del llamado desencanto se difundió una visión crítica de la Transición, los primeros ochenta fueron testigos del nacimiento de otra más complaciente y conmemorativa. Los noventa en cambio se iniciaron con los primeros intentos de revisar el tema, que fueron seguidos de una coyuntura política extremadamente crispada en la que comenzó a aparecer la creencia de que la Transición había sido un fraude.

Palabras clave: Transición, política, memoria, nostalgia, historiografía.

Abstract: In this article we shall offer an approach to the cultural products relating to the Spanish transition to democracy, paying attention to some of their key political and memory aspects. The overview examines the vicissitudes of their main narratives over the period from 1978 to the second half of the 1990s: while during the years of the disenchantment a critical viewpoint of the Transition spread, the early 1980s witnessed the birth of another more indulgent and commemorative. Nevertheless, the 1990s began with the first attempts to reexamine the

  • Gonzalo Pasamar dirige el Proyecto «La memoria de la guerra civil española durante la transición a la democracia». MICINN: HAR2011-25154.

topic, followed by an extremely strained political situation where the belief that the Transition had proved a fraud began to emerge.

Keywords: Spanish Transition, politics, Memory, nostalgia, Historiography.

En los últimos años, la Transición se viene convirtiendo en uno de los temas de la historia contemporánea de España más atendidos por los historiadores. Inevitablemente éstos se han visto influidos por el debate público sobre su alcance. Algunos han criticado supuestos intentos de escribirla en «rosa» o su «carácter modélico» y otros, revisionismos amenazadores; otros se han dirigido contra presuntas «historias oficiales», y no han faltado quienes la han calificado de «mito». Muchos menos han sido, sin embargo, quienes han emprendido reflexiones detenidas o investigaciones sobre su memoria e historiografía 1 .

El presente artículo ofrece una aproximación a algunas claves políticas relacionadas con la memoria que subyacen en la producción cultural relativa a la Transición española. Nos interesará aquí seguir la pista de las grandes narrativas de la misma para observar que, pese a que puedan delimitarse ciertas tendencias generales, dicha producción es demasiado compleja y variada, y está sujeta a cambios, incluso a etapas, que hacen de poca o nula utilidad el insistir en los tópicos antes mencionados como si la investigación debiera resignarse a una foto del tema congelada en el tiempo. La diversidad de soportes que incluimos -ensayos históricos y políticos, creación literaria, producción cinematográfica y televisiva, testimonios, etc.darán una idea concluyente de dicha complejidad.

1 Entre las más importantes, Manuel ortiz heras : «Historiografía de la Transición», en La Transición a la democracia en España. Historia y fuentes documenta­ les, vol. 1, Guadalajara, Anabad-Castilla La Mancha, 2004, pp. 223-242; Rafael Quirosa-cheyrouze y Muñoz (ed.): Historia de la Transición en España. Los inicios del proceso democratizador, Madrid, Biblioteca Nueva, 2007, pp. 13-76; Santos JuLiá : «Cosas de la transición que se cuentan», Ayer, 79 (2010), pp. 297-319, y Juan Carlos coLoMer rubio: « 'Todo está casi perdonado'. A propósito de la Transición, debate historiográfico y propuestas metodológicas», Stvdium, 18 (2012), pp. 257272. En literatura, José Luis caLvo cariLLa et al.: El relato de la Transición. La Transición como relato, Zaragoza, Prensas Universitarias, 2013. Se cuentan igualmente estudios sobre el ámbito televisivo y cinematográfico, algunos de los cuales se mencionan más adelante.

Sin embargo, para el citado propósito hemos preferido ir por partes e investigar en un periodo que va de 1978 hasta la segunda mitad de los noventa del siglo xx , en nuestra opinión el lapso en el que se han desplegado esas grandes narrativas, hasta colocarse frente a frente. Para examinar dicho despliegue hemos tomado en consideración factores como los cambios en la política española, la imagen exterior de España, la retirada de políticos en activo, los homenajes, la publicación de memorias y los aniversarios, y la nostalgia. No podíamos agotar la lista de los mismos ni de sus soportes, pero tampoco evitar un componente que subyace a dichas narrativas como es la memoria de la Guerra Civil y el franquismo.

Así, si tuviéramos que reducir tales relatos a sus componentes políticos básicos, podríamos dividirlos hipotéticamente y a efectos de análisis en dos modelos que incluyen memoria y olvido de ambos hechos: el del «consenso», de un lado, y del «pacto de silencio», de otro. En el primero, la Transición fue el resultado de un pacto entre vencedores y vencidos que consiguió una reconciliación y una democracia a un coste relativamente bajo sin apenas violencia. Esto, ya en la fórmula de «reforma» o en la de «ruptura pactada», habría hecho de la Transición un fenómeno propiamente modélico, digno de imitación. En la segunda narrativa, la izquierda o los partidarios de la «ruptura» se dejaron seducir por el franquismo, aceptaron una reforma del mismo que mantenía sus componentes principales y corrieron un velo de silencio sobre los vencidos, aparte de ignorar sus propias raíces republicanas; el resultado habría sido un pacto de silencio, sobre las consecuencias de esa reforma, que podría haberse evitado de haber tenido lugar la aludida ruptura. La realidad, como es de suponer, aportó numerosos matices y variantes a ambos discursos.

Las crónicas del desencanto

Para entender los primeros pasos de la producción cultural acerca de la Transición debemos situarnos en los años que van de 1978 a 1982. Fue éste un periodo clave en el que, una vez celebradas las elecciones de junio de 1977, la naciente democracia se hubo de enfrentar a una serie de desafíos tan complejos que muy pronto resultó visible la distancia que separaba los deseos de las comple-

jas realidades que acababan de heredarse; retos como la crisis económica, la edificación de las instituciones democráticas o su protección de las amenazas involucionistas y del terrorismo. Este proceso, como se sabe, estuvo presidido por un fenómeno que los contemporáneos denominaron «el desencanto». Juan Luis Cebrián, director del diario El País, se refería a él en 1980 señalando que a una etapa de expectación y entusiasmo le había seguido otra «de cansancio, decepción e incluso miedo» en la que «el proceso de transición política no ha originado un cambio en profundidad en la estructura social española» 2 .

No es casual que fuese durante los años citados cuando se escribieron los primeros análisis periodísticos y ensayos que intentaban construir un relato coherente de la Transición, ya a través del examen de algunas cuestiones candentes o personajes relevantes, o mediante una «historia» de la misma. En 1980, por ejemplo, Juan Luis Cebrián publicó La España que bosteza. Apuntes para una his­ toria crítica de la Transición . Ese mismo año, en noviembre, la revista Tiempo de Historia, que dirigía el periodista Eduardo Haro Tecglen, lanzó el número 72 con el título Balance del postfran­ quismo . También a finales de ese año los periodistas Bonifacio de la Cuadra y Soledad Gallego-Díaz escribieron Del consenso al desen­ canto, que se publicó en 1981. En parecida línea se situó la primera película dedicada específicamente a la Transición, el documental titulado Después de..., de los cineastas alicantinos Cecilia y José Juan Bartolomé, que se rodó entre abril de 1979 y finales de 1980. Entretanto, en octubre de 1979, el periodista y exmilitante del PCE Gregorio Morán sacó a la luz la primera biografía de Adolfo Suárez, un auténtico best­seller; una obra en la cual, además de presentar a éste como eje de los tres últimos años de la vida española, desmenuzaba su pasado franquista, tema que parecía deliberadamente soslayado hasta entonces 3 .

Las citadas interpretaciones subrayaban el «precio de la vía hacia la democracia» 4 , el proceso que iba de la euforia al desencanto

2

Juan Luis cebrián : «La España radical», El País, 8 de febrero de 1980.

3 Gregorio Morán : Adolfo Suárez. Historia de una ambición, Barcelona, Pla-

neta, 1979.

4 José Luis LóPez aranGuren : «El precio de la vía hacia la democracia», El País, 30 de julio de 1978.

y al descontento. Incluso la biografía escrita por Morán, que no entraba directamente en el tema, admitía que la presente era una «democracia débil y en muchos aspectos indefensa» 5 . Por eso, aunque dichas obras no negaban que la Transición estaba trayendo cambios de gran calado, incluso dignos de admiración, todas consideraban que esos cambios eran por aquel entonces insuficientes. Se observa en dichos textos una confianza implícita en el significado de las elecciones de 1977, pero en ningún momento una visión complaciente y acrítica de la Transición ni tampoco olvido de la Guerra Civil y del franquismo.

En la citada película Después de... se puede apreciar la importancia de la memoria: vemos, por un lado, a jóvenes y mayores que se muestran indignados ante las recomendaciones de moderación de los partidos y sindicatos de izquierda -los dirigentes, en cambio, la justifican invocando las lecciones de la guerra-, y a sectores nostálgicos envalentonados que exaltan el 18 de julio de 1936 en pleno centro de Madrid. En su libro, Juan Luis Cebrián también señalaba que en 1980 todavía se estaban haciendo esfuerzos para superar la guerra, aún se vivía una «guerra civil fría» 6 .

Eduardo Haro Tecglen, por su parte, aseguraba que los cambios de los últimos cinco años, si se comparaban con los de la República, «se quedan pobres», y resumía así el sentir de los colaboradores: «Cuentan todos la situación en que está España: un proceso abierto» 7 . De hecho, a estos autores no les pasaba desapercibido que el franquismo todavía no había desaparecido, y que pretendía perpetuarse bajo el manto del llamado consenso; ni las adaptaciones en las que se debatía la izquierda parlamentaria.

Bonifacio de la Cuadra y Soledad Gallego-Díaz, por ejemplo, examinaban a fondo estos temas y consideraban que la imagen de acuerdo que se había proyectado a lo largo del proceso constituyente no sólo era engañosa, puesto que encubría una «labor de tapadera» entre la UCD y el PSOE, sino incluso contraproducente, pues no se estaba manteniendo -más bien lo contrario- en el sub-

5 Gregorio Morán : Adolfo Suárez..., pp. 381-382.

La España que bosteza. Apuntes para una historia critica de

6 Juan Luis cebrián : la Transición, Madrid, Taurus, 1980, pp. 20-21.

7 Eduardo haro tecGLen : «Cinco años después: un proceso abierto», Tiempo de Historia, 72 (noviembre de 1979), p. 5.

siguiente proceso autonómico 8 . Incluso se llegaba a sugerir en estos textos, como escribía Juan Luis Cebrián invocando procesos judiciales incoados en 1980 contra periodistas y películas, que «la democracia española afronta serios problemas de supervivencia» 9 .

Si el comentado espíritu crítico llegó en 1980 hasta cotas difícilmente imaginables tres años antes, en 1981, tras el 23-F, a los argumentos del desencanto (escasa pedagogía sobre la Constitución, divorcio entre los partidos políticos y la sociedad, presencia del franquismo, problema autonómico irresuelto) se les sumó uno especialmente contundente: la democracia había demostrado su «fragilidad» y estado a punto de acabar trágicamente; se imponía un cambio de rumbo o de lo contrario la presente podía convertirse en «una ocasión perdida». De todas las reflexiones de 1981 sobre el desencanto, una de las más mediáticas y significativas del momento fue Diario de una ocasión perdida de José Vidal-Beneyto 10 .

En 1981 Vidal-Beneyto era un intelectual que concitaba un gran respeto político, un independiente que había desempeñado un papel relevante en la Junta Democrática (1974-1976) e integrado la «Platajunta», aunque la abandonó y retornó a la vida académica cuando aquélla inició negociaciones con Suárez en los primeros meses de 1977. Diario de una ocasión perdida -una colección de artículos de prensa que se prolonga más allá de febrero de 1981- se puede considerar la queja de quienes rechazaron en su momento la ruptura pactada (y por supuesto la reforma) y consideraban que el tiempo les había dado desgraciadamente la razón. El libro era un análisis del desencanto en el que se lanzaba, entre otras cosas, una crítica al papel de la izquierda durante la Transición. Aquí el autor argumentaba que, después de 1976-1977, una vez sustituida la «ruptura democrática» por «la auto-reforma del franquismo» con la aceptación de las «negociaciones con Suárez», el resultado no podía ser más negativo: la desmovilización social, la permanencia de los cuadros rectores de los tiempos del franquismo, una política reducida a dirigentes y profesionales y, en úl-

8 Bonifacio de La cuadra y Soledad GaLLeGo-díaz ( eds .) : desencanto, Madrid, Saltés, 1981, pp. 210-223.

9 Juan Luis cebrián : La España..., p. 125.

10 El citado argumento en Diario de una ocasión perdida, 1981, pp. 168 y ss.

Del consenso al

Barcelona, Kairós,

tima instancia, el desencanto 11 . La obra añadía una reflexión sobre la memoria y el olvido en la que se puede hallar por primera vez la expresión «pacto de silencio»:

«Todos sabemos que la democracia que nos gobierna ha sido sepultada sobre la losa que sepulta nuestra memoria colectiva. Esta realidad [...] tiene dos lecturas: la primera, a mi juicio la más endeble, apunta a la discontinuidad de los partidos de la izquierda en relación con su pasado inmediato [...]. La segunda lectura se refiere al pacto de silencio histórico suscrito por las fuerzas de la izquierda con los protagonistas del 13 de junio de 1977, como precio de su entrada en el club de la reforma, de su legalización política y de su legitimación social en la nueva democracia» 12 .

Representando la consolidación democrática

Durante los años ochenta, tras la victoria socialista en las elecciones de 1982 sobre todo, el hacer un repaso por las vicisitudes de la Transición se convirtió en un gran motivo de interés periodístico en España. Pero el objetivo preferente del mismo ya no fue el examen del desencanto y todavía menos la denuncia de la presencia del franquismo, fue, más bien, el deseo de establecer una crónica de la construcción de las libertades y de constatar que la democracia, pese a las críticas que pudiera merecer el propio gobierno socialista, se había consolidado. La Transición comenzaba a ser objeto de una mirada nostálgica que lograría altas cuotas de aceptación en las décadas siguientes, y que llevaría a retrospectivas mucho más favorables que las examinadas hasta aquí.

No quiere decirse con esto que los análisis de aspectos desagradables y los reproches desaparecieran por completo. A todo lo que se escribió sobre el 23-F y ETA se añadió, por ejemplo, la primera novela ambientada en la Transición, Pájaro en una tormenta, una intrincada historia de detectives que recreaba el clima ultraderechista de la «brigada político-social» en el Madrid de 1977, publicada por Isaac Montero en 1984. Otro análisis inusual lo trajo la Crónica negra de la transición española (1976­1985) (1987) de

11 Ibid., pp. 94, 120, 162 y 171.

12 Ibid., p. 33 (la cursiva es mía).

Eduardo Pons Prades, trabajo de campo en el que su autor ponía en evidencia el recuerdo que todavía suscitaba la guerra en el mundo rural. Ahora bien, pese a estos ejemplos, una vez ratificada la permanencia de España en la OTAN y franqueada la entrada en la CEE en 1986, en los ochenta corrían vientos de exaltación de la democracia que parecieron borrar objetivos de denuncia como los que se observan en la época del desencanto.

En realidad esta reorientación de la interpretación del tema había comenzado a hacerse efectiva al año de la victoria electoral del PSOE. Así nació, con la idea de que el advenimiento y primeros pasos del gobierno socialista suponían la culminación de todo el proceso, Historia de la Transición . Diez años que cambiaron España. 1973­1983, cincuenta fascículos acompañados de dos epílogos que lanzó el periódico Diario 16 entre octubre de 1983 y abril de 1984, sin duda el más ambicioso intento periodístico de narrar el periodo que se dio entonces.

La obra fue dirigida por los periodistas Justino Sinova y Carmelo Cabellos, pero la crónica general que introducía cada capítulo se la repartieron una veintena de autores, casi todos periodistas, junto a algún político relevante (por ejemplo, los capítulos 29 y 30 los escribió Adolfo Suárez; el 37, Landelino Lavilla, y el 50, Felipe González). El texto contó igualmente con catorce colaboradores y asesores fijos, entre especialistas en la historia del franquismo (Javier Tusell y Ángel Viñas), economistas, sociólogos y juristas. Destacó en particular la colaboración del periodista Joaquín Bardavío, quien había trabajado como jefe de los Servicios Informativos de la Presidencia del Gobierno con Carrero Blanco y fue, durante la Transición, un prolífico autor de ensayos sobre la misma. Pero lo que dio más trascendencia y variedad a esta Historia fue la presencia de ochenta y una firmas en un apartado de análisis y testimonios, entre las cuales figuraban numerosos políticos y cargos públicos de la extinta UCD.

La obra se inicia con el atentado de Carrero Blanco, mostrando con ello un rasgo típico de las crónicas periodísticas sobre el tema que comienzan con la desaparición del almirante, el intento de «apertura» de Arias Navarro y la apuesta de la oposición a favor de la ruptura en 1974. El trabajo se presenta como una crónica política en la que se plantean los más variados temas. Sin embargo, más allá de esta variedad, se ofrece igualmente una interpretación muy defi-

nida que consiste en afirmar que la Transición fue «la mayor operación política de la historia contemporánea», un fenómeno producto de la voluntad de «todo el país», que siguió un programa «cuidadosamente trazado» por el rey (el principal protagonista), el cual se cumplió en todos sus pasos pese a los obstáculos del terrorismo y el golpismo. Dicha operación fue una «transición sin rupturas» en la cual los partidos de tradición republicana «acabaron rindiéndose al rey», lo que explicaría «la serenidad con que fue aceptado el primer gobierno socialista». La obra concluye con un mensaje del propio don Juan Carlos en el que se define la Transición como «una continuación de la historia de España, ajustada a las demandas del actual momento de nuestra patria y del mundo».

Con una visión de la Transición cada vez más dulcificada, el hacer balance transcurridos diez años de la muerte de Franco pronto pareció otro recurso idóneo para subrayar el contraste con la época anterior. De hecho, en los ochenta no faltaban quienes defendían que la Transición se había prolongado durante una década hasta llegar a 1986 13 , pese a que era cada vez más aceptado que las elecciones de octubre de 1982 ya la dieron por concluida al menos en el terreno político. El problema de si la Transición se prolongaba más allá de esta fecha siempre estuvo sujeto a una división de opiniones que tenía que ver con los objetivos de los distintos partidos políticos, con los aspectos específicos del cambio político y social que se tomasen en cuenta, y con el problema de si los socialistas estaban en condiciones de resolver los problemas heredados 14 .

Marcar una década como plazo razonable para reflejar la nostalgia y sobre todo proceder a conmemorar fue el objetivo que persiguió, por ejemplo, el periodista José Oneto en Anatomía de un cambio de régimen, publicado en 1985. Era ésta una crónica política del gobierno y de la oposición que iba desde los últimos días de Franco hasta los primeros pasos del gobierno de Felipe González. La presente -escribía Oneto- era «toda una década prodigiosa» donde «la libertad es un dato de la realidad y muy pocos es-

13 Por ejemplo, José Luis abeLLán : «La década democrática», El País, 12 de junio de 1986.

14 Véase la «Encuesta sobre la transición democrática en España», Sistema. Re­ 68-69 (noviembre de 1985), pp. 175-292.

vista de Ciencias Sociales,

pañoles conciben que, en el futuro, se pueda vivir sin ella» 15 . Algo parecido, aunque mucho más delimitado, intentaron Operación tránsito y Un rey para todos, que ofreció televisión española en noviembre de 1985. No era, por supuesto, la primera vez que se acudía a este formato. Federico Ysart lo había intentado en diciembre de 1981 con El compromiso de la libertad, espacio dedicado a combatir el desencanto y a mostrar la capacidad de la Constitución de 1978 de dejar atrás la larga historia española de conflictos y guerras civiles. El programa de 1985 era, en cambio, más un acto de conmemoración que un ejercicio de pedagogía. Con numerosas entrevistas y técnica de flash back, reconstruía el trasfondo político de la Transición, primero, y el proceso de la enfermedad de Franco, después, hasta llegar a la proclamación del rey. Todo un ensayo para más ambiciosas iniciativas.

También en 1985, promovida por El País, el escritor, periodista y simpatizante del PCE, Manuel Vázquez Montalbán, publicó una colección de artículos para el dominical de este diario, bajo el título de Crónica sentimental de la Transición, que muy pronto aparecieron en forma de libro. El objetivo era mostrar el desmoronamiento del franquismo y el empuje -o acobardamiento en algunos momentos- de la sociedad española. Sin embargo, como escritor independiente, Vázquez Montalbán no quiso reflejar ninguna preferencia expresa ni por la reforma ni por la ruptura, ni mostrar interés alguno en cerrar la memoria. Todo lo contrario: dio al texto un carácter abierto con el que perseguía, como explicaba al final del mismo, dibujar una guía para que cada cual se construyese la nostalgia o recuerdo a su medida 16 .

La crítica a los gobiernos del PSOE y las miradas a la Transición

Durante los ochenta el interés por la crónica de la Transición ocultó cada vez menos sus pretensiones conmemorativas. Esto no significaba que dichos propósitos no pudieran combinarse con las

15 José oneto : Anatomía de un cambio de régimen, Barcelona, Plaza & Janés, 1985, p. 148.

16 Manuel vázQuez MontaLbán : Crónica sentimental de la Transición (1985), Barcelona, Random House Mondadori, 2005, pp. 292-293.

críticas al gobierno socialista. Más bien ocurrió que, en algunos casos, dichas críticas todavía parecieron acentuar más la mirada nostálgica. Oneto, en el texto citado, se quejaba por ejemplo de que, tres años después de la victoria socialista, lo que se había producido era «el secuestro de un programa por una nueva clase política que ni cree en el cambio ni está dispuesta a que el cambio sea patrimonio de millones de españoles, sino patrimonio exclusivo de un partido» 17 .

Otro ejemplo interesante lo proporciona La década sorpren­ dente, 1976­1986 , que publicó Sergio Vilar en 1986. La década sor­ prendente es un libro de historia pionero, en el que se reivindica la necesidad de que el historiador esté presente en el ámbito de la cultura política. Su autor, un colaborador asiduo de la prensa que había escrito una minuciosa Historia del antifranquismo, 1939­1975 (1984), proponía ir más allá de «la apresurada visión periodística diaria», explorar elementos subyacentes y constatar un rasgo de la historia de España consistente en «los tumbos violentos de nuestra embarcación nacional» 18 . Pero la obra estaba claramente influida por un notable descontento con los últimos años de la primera legislatura socialista, 1985 y 1986, que reinaba entonces en ciertos sectores de la prensa e intelectuales. Ello daba a la visión de la Transición un fuerte valor de contraste: «el balance de la primera etapa de la construcción de la democracia fue positivo», pero «fueron creándose las causas que arrojaron efectos muy nocivos en la etapa siguiente», aseguraba el autor 19 .

A finales de los ochenta, a los reproches a los gobiernos del PSOE se les sumaron nuevas críticas de diferente signo que acabaron fijando la mirada en la Transición. Por ejemplo, en sectores conservadores comenzaron a aparecer nuevos argumentos nostálgicos llamados a tener un cierto desarrollo en la década siguiente. En marzo de 1989, el historiador Javier Tusell, quien había ocupado cargos entre 1979 y 1982 como miembro de la UCD, presentó un monográfico de la revista Cuenta y Razón (núm. 41, 1988), bajo el título de A los diez años de la Transición, en el que colaboraba

pp. 146-147.

17 José oneto : Anatomía...,

18 Sergio viLar : La década sorprendente, 1976­1986, pp. 11-14.

19 Ibid., p. 124.

Barcelona, Planeta, 1986,

Adolfo Suárez, con «Unas consideraciones sobre la transición española», acompañado de exmiembros y simpatizantes de aquel partido. El argumento político que servía de excusa al lanzamiento de ese número era que «se está desnaturalizando el debate político y olvidando el impulso reformador que hizo posible la transición a la democracia y la propia Constitución» 20 .

Asimismo, desde la izquierda comenzaron a aparecer nuevos argumentos que también llevaron a detener la vista en aquel periodo. Uno de ellos fue la crítica a la supuesta insensibilidad que mostraban los gobiernos del PSOE hacia aquello que tenía que ver con el uso público de la memoria. En 1989, evocando el monumento berlinés de la «colina del diablo», el escritor leonés Julio Llamazares, autor de novelas en las que se ponía en valor la memoria y la Guerra Civil, denunciaba en una de sus colaboraciones de El País el desinterés hacia la memoria que parecía aquejar al partido en el poder:

«La transición política española, de la que vamos ya para los quince años -decía- está también sembrada de pequeños promontorios bajo los que nuestros políticos han ido sepultando los escombros de las viejas ideas e intenciones [...]. Y no es precisamente a la derecha donde, como cabría pensarse, uno puede encontrar más colinas del diablo» 21 .

Esta clase de argumentos en favor de la memoria, en la pluma de autores como, por ejemplo, el periodista Gregorio Morán, estudioso punzante y minucioso de la historia reciente, pronto se convirtió en una actualización de la «teoría del pacto de silencio». En 1990 Morán la plasmó escribiendo El precio de la Transición, que publicó Planeta en 1992. El precio de la Transición es un intento de revisar este hecho entendido como la retrospectiva de una imagen autocomplaciente de la democracia y el cambio. Los editores presentaron la obra como «una interpretación diferente y radical». De hecho puede decirse que se trataba de la primera revisión historiográfica del tema propiamente dicha.

20 Javier tuseLL : «Regeneración de la democracia», El País, 6 de mayo de 1989, e íd.: «Suárez echa de menos el impulso reformador de la transición», El País, 16 de marzo de 1989.

21 Julio LLaMazares : «Las colinas del diablo», El País, 1 de febrero de 1989.

La obra era igualmente una crítica al comportamiento de la izquierda durante dicho periodo. Lo que Morán afirmaba era que, a la muerte de Franco, la situación de debilidad de la izquierda, así como su proceso de acomodación, pacto y silencio, fueron elementos que determinaron claramente la Transición. De ahí que la posterior interpretación de esta se hubiera llenado de tópicos que no eran sino un intento de ocultamiento: que el franquismo se desmoronó, que no hubo vencedores ni vencidos y que todos derribaron el régimen, que la Transición «fue una obra magistral de ingeniería política» o que fue comandada por el rey.

En realidad, argumentaba Morán, la Transición sólo había comenzado a la muerte de Franco, pues en 1975 el franquismo todavía seguía siendo una dictadura implacable. Es más, añadía, «el temor a provocar al adversario fue una constante durante el periodo agónico del dictador, que se prolongaría a través de la transición». En ese sentido, la ruptura era imposible y el término «ruptura pactada» una «falacia semántica», un «remedo del procedimiento del adversario». Con este análisis venía de suyo el acento que el autor ponía en el tema de la memoria, un asunto en el que iba incluso más allá del texto de Vidal-Beneyto. Para Morán también habría existido algo más que mero olvido. Pero aquí el «pacto de silencio» se trocaba en una estrategia deliberada de ocultación de la memoria, una «aspiración a borrar el pasado», una «desmemoriación colectiva» que había contado con la ayuda de estudiosos específicos 22 .

Los hispanistas, embajadores de la Transición

Un elemento que pronto se reveló transcendental para una visión positiva de la Transición fue la imagen de España que se proyectaba y recibía en el exterior. El tema se remonta incluso a los meses anteriores a la muerte de Franco, cuando ciertos sectores de la oposición entraron en contacto con algunas cancillerías occidentales a fin de garantizar cierta neutralidad ante la futura monarquía en caso de que ésta se decidiera a emprender reformas para salir del franquismo. A lo largo de 1976 fueron precisamente los más im-

22 Gregorio Morán : El precio de la Transición, Barcelona, Planeta, 1992, e íd. : «La transición democrática y sus historiadores», El País, 15 de abril de 1992.

portantes partidarios de la reforma, como el propio don Juan Carlos, José María de Areilza y Adolfo Suárez, quienes más se tomaron en serio la necesidad de convencer a algunos gobiernos, como el norteamericano, el francés y el alemán, de las posibilidades de un régimen democrático. Se pretendía mostrar la predisposición a un cambio que asegurase los compromisos internacionales y la posición de España en el bloque occidental, y evitase experimentos revolucionarios como el del vecino Portugal en 1974, o se mantuviera a salvo de una hipotética involución 23 .

Una vez celebradas las elecciones de junio de 1977, políticos españoles de distintos partidos, junto a ciertos periodistas y profesores, no perdieron la ocasión de exportar la imagen de la Transición en las relaciones diplomáticas y culturales. «Pronto pudimos comprobar -escribiría Fernando Álvarez de Miranda, presidente del Congreso de los Diputados entre 1977 y 1979- que la experiencia democrática española despertaba curiosidad, interés y hasta un punto de admiración en el mundo occidental. De todos los Parlamentos nos llegaban las más variadas muestras de solidaridad y afecto. También recibíamos invitaciones para visitas [...] que tuvimos que corresponder» 24 . Santiago Carrillo, por ejemplo, visitó los Estados Unidos en noviembre de 1977, donde disertó en varias universidades y en el prestigioso Council of Foreign Relations de Nueva York 25 .

En los años ochenta este interés fue particularmente importante en países que acababan de salir de dictaduras o estaban en proceso de hacerlo, como Brasil, Argentina y Chile. Allí, funcionarios, políticos y periodistas españoles desempeñaron un papel notable a la hora lograr que gobernantes, intelectuales y medios de comunicación de esos países prestasen atención a la Transición española. Años después, tras la caída del Muro de Berlín, esta imagen de la Transición como gran acuerdo también se trasladaría a

23 Entre otros, Encarnación LeMus : Estados Unidos y la transición democrática. Entre la Revolución de los Claveles y la Marcha Verde, Madrid, Sílex-Universidad de Cádiz, 2011.

24 Fernando áLvarez de Miranda : Del «contubernio» al consenso, Barcelona, Planeta, 1985, p. 169.

Blooming-

25 Eusebio MuJaL-León : Communism and Political Change in Spain, ton, Indiana University Press, 1983, p. 178.

los países de la Europa del Este, donde igualmente halló una calurosa acogida entre periodistas y diplomáticos. Ahora bien, en el mundo anglosajón el interés por la Transición halló antes que en ninguna otra parte a unos incondicionales aliados entre los intelectuales hispanistas. Éstos, periodistas en unos casos y profesores en los más, pronto se dedicaron a disertar sobre el cambio español y a escribir elaboradas historias sobre el mismo que incluso superaban a las de los autores españoles.

De todas esas historias, la más conocida en España en los ochenta fue la que publicó Paul Preston bajo el título The Triumph of Democracy in Spain (1986), inmediatamente traducida al español y editada por Plaza & Janés. Sin embargo, el interés foráneo por contar qué fue la Transición se remonta al momento en que tuvieron lugar los hechos mismos. No sólo se puede hablar de prisa periodística por dar cuenta de lo ocurrido en España a partir de 1973 26 , sino también de empeño en insertarlo en las coordenadas de su historia contemporánea.

En 1978, Víctor Alba, antiguo poumista pero también exprofesor de la Kent University de Ohio, publicó, por ejemplo, Transition in Spain: From Franco to Democracy, cuyo capítulo final está dedicado al periodo que va de la muerte de Franco a las elecciones de junio de 1977. En 1979, el historiador norteamericano John F. Coverdale sacó The Political Transformation of Spain after Franco, que llega hasta el referéndum de la Constitución. Ese mismo año Raymond Carr y Juan Pablo Fusi hicieron lo propio con Spain: Dicta­ torship to Democracy . Su último capítulo está dedicado a la Transición, hasta las elecciones de 1977, que se amplía con «Suarism

1977-1979» en la edición de 1982.

En la primavera de 1980, la Universidad de Vanderbilt, en Tennesee, celebró el coloquio Spain 1975­1980: The Conflicts and Achievements of Democracy invitando a personalidades de la cultura, a periodistas y al líder de Alianza Popular, Manuel Fraga Iribarne, para tratar el tema del desencanto. A finales de 1981, el filósofo Julián Marías inauguró la revista Cuenta y Razón con un número dedicado a la democracia española en el que Stanley G. Payne escribió La Transición española desde el punto de vista histó­

26 Arturo M. LóPez zaPico: El tardofranquismo contemplado a través del perió­ dico The New York Times, 1973­1975, Gijón, CICEES, 2010.

rico . Le siguió a dicho número otro coloquio, esta vez promovido por el University College de Londres en la primavera de 1982, que examinó los retos de la democracia española a la luz de las hipotecas del franquismo. Su correspondiente libro Spain Conditional De­ mocracy vería la luz en 1984. Ese mismo año la fundación Ortega y Gasset celebró en San Juan de la Penitencia (Toledo) el primer seminario histórico sobre el tema que tuvo lugar en España: Histo­ ria de la transición política, que reunió a figuras como Adolfo Suárez, Felipe González y Santiago Carrillo, a historiadores españoles y a los hispanistas Raymond Carr, Paul Preston, Edward Malefakis, Stanley G. Payne y John Brademas 27 . En 1985, en fin, el periodista y experto en historia moderna europea David Gilmour publicó The Transformation of Spain: from Franco to the Constitutional Monar­ chy, al que siguió en 1986 The Spaniards. A Portrait of the New Spain, de John Hooper, excorresponsal de The Guardian .

El interés de estos autores por la Transición era algo consustancial a su propia cultura de hispanistas. Esto explica la inmediatez con la que abordaron el tema, pero también sus diferencias con la mera crónica periodística -incluso aunque algunos se desempeñaran en este oficio- y su interés en insertarlo en la historia contemporánea de España. Estudiosos de la República y la Guerra Civil y conocedores de la historia europea, lo que más les atraía era que un proceso tan complejo como la Transición no hubiese derivado en otra confrontación parecida a la de 1936 y sí en cambio se hubiera abierto camino de manera rápida y pacífica. Otro de sus rasgos específicos era su capacidad de examinar las relaciones de la Transición con el segundo franquismo y con su declive. Todos ellos compartían la idea, común a todo el hispanismo moderno, de que los españoles no adolecían de ninguna carencia intrínseca para la modernidad y la democracia. Ambas se habían abierto camino cuando se dieron las condiciones propicias.

Su punto de vista externo les permitía entender la relación entre el segundo franquismo y la Transición sin ponerse necesariamente en manos de las memorias políticas. Así pudo escribir Preston que «la democracia española es, tanto en su nacimiento como en su

: «'La transición española, un ejemplo para el mundo como una obra de ingeniería política'. Conclusiones del seminario de la

27 Trinidad de León-soteLo Fundación Ortega y Gasset», ABC, 16 de mayo de 1984.

proceso formativo, un hijo de la dictadura de Franco» 28 . También fue un rasgo común a todos ellos su optimismo con el cambio que se había iniciado. Coverdale rechazaba la opinión de que «nada ha cambiado» después de la muerte de Franco 29 , y en el coloquio de Vanderbilt, señalaba un cronista, se dio la paradoja de que «los observadores extranjeros parecían más optimistas que los españoles sobre la situación en nuestro país» 30 . De hecho, estos autores simpatizan mucho más con la reforma que con la ruptura: «el intento de reformar el franquismo estaba condenado a provocar una transformación imperfecta [...] [pero] una ruptura podía haber conducido a una guerra civil o a una toma del poder por los militares», aseguraba Gilmour 31 . Sin embargo, ninguno de ellos vio la Transición como una mera operación de ingeniería política libre de incertidumbres y ajena al cambio social.

Cultivando la nostalgia

Los noventa fueron un periodo clave en el despliegue de las narrativas de la Transición y de sus soportes culturales: los años en los que el tema comenzó a ser objeto de la atención sostenida de los historiadores españoles y a reivindicarse e investigarse sus componentes memoriales, así como el inicio de la publicación de estudios históricos de cierto calado. Pero también fue momento en el que una serie de factores provocó una suerte de polarización de su retrato y narrativas, lo que llevó a contraponer abiertamente una imagen dulce, que ponía el acento en la reforma, a su opuesta, la que criticaba la Transición o desvelaba sus lados oscuros. Esta tensión resulta sin duda capital para entender cómo se ha construido el interés que el tema recaba actualmente entre los estudiosos.

Un primer elemento que se destaca en los noventa fue el incremento del flujo de testimonios personales de protagonistas y espec-

28 Paul Preston : The Triumph of Democracy in Spain, Londres-Nueva York, Methuen, 1986, p. 4.

29 John F. coverdaLe : The Political Transformation of Spain after Franco, Nueva York, Praeger, 1979, p. 20.

30 Editorial «El desencanto», El País, 30 de marzo de 1980.

31 David GiLMour : The Transformation of Spain: from Franco to the Constitutio­ nal Monarchy, Londres, Quartet Books, 1985, p. 271.

tadores de la Transición, los cuales pasaron a ofrecer, en general, una perspectiva distanciada que reflejaba el proceso de despolitización parcial del tema. En realidad el citado fenómeno se remonta a los años de descomposición de la UCD y de victoria del PSOE, cuando una variopinta gama de personajes que habían pasado del franquismo a la democracia concluyeron una etapa política y sintieron la necesidad de mostrar cuáles habían sido sus «servicios» a la monarquía o a la reforma. En 1980 y 1981 publicaron sus recuerdos, por ejemplo, Alfonso Osorio, Trayectoria política de un minis­ tro de la Corona; Manuel Fraga Iribarne, Memoria breve de una vida política, y el teniente general Gutiérrez Mellado, Al servicio de la co­ rona. Palabras de un militar. En 1983 hizo lo propio José María de Areilza, Cuadernos de la Transición, y en 1985 Rodolfo Martín Villa y Fernando Álvarez de Miranda, Al Servicio del Estado y Del «con­ tubernio» al consenso, respectivamente.

Las figuras de la oposición publicarían sus memorias de manera mucho más espaciada y, al principio, tímida. A partir de la década de los noventa no sólo se inició un cierto clímax en este género, sino que los textos se revistieron por lo general de un tono menos Lo que circunstancial, más tranquilo y labrado por las evocaciones. En algunos casos se trató de fuentes de auténtica relevancia historiográfica, como «los papeles» de Torcuato Fernández-Miranda, el Rey me ha pedido: Torcuato Fernández Miranda y la reforma polí­ tica, publicados por sus sobrinos en 1995, una fuente de primer orden que incluso descubría detalles desconocidos.

Pero esta consolidación del género de las memorias en realidad formaba parte de algo más amplio, y con un peso en la nostalgia política cada vez más visible, que provenía de la desaparición de la vida pública y recuerdo de las más importantes figuras de la Transición. En 1991, por ejemplo, fallecieron los exministros de la antigua UCD Pío Cabanillas y Agustín Rodríguez Sahagún, y en febrero de 1994 y diciembre de 1995, hallaron la muerte en sendos accidentes de tráfico Antonio de Senillosa y el teniente general Gutiérrez Mellado 32 . No pasó desapercibida tampoco la defunción del

32 «El exministro Pío Cabanillas fallece en Madrid víctima de un infarto», ABC, 11 de octubre de 1991; «Muere en accidente de tráfico el político Antonio de Senillosa», El País, 28 de febrero de 1994, y «En la muerte de Manuel Gutiérrez Mellado. Testimonios», ABC, 16 de diciembre de 1995.

abogado, periodista y analista político José Mario Armero, figura clave en los contactos entre Adolfo Suárez y Santiago Carrillo en . Ahora moria fue la retirada de la vida política del propio Adolfo Suárez en 1991. Aunque éste nunca se había negado a hablar del tema, a

1976 y promotor de la imagen exterior de la Transición 33 bien, quizá el acontecimiento de mayor transcendencia para la mepartir de esos años y con ayuda de su amigo Eduardo Navarro Álvarez, el expresidente se convirtió en uno de los mejores cultivadores del recuerdo público de sí mismo.

En los noventa vemos a Suárez dedicado a este tema en diversos medios, como por ejemplo en 1994, en Al correr de los días. Cró­ nicas de la Transición del historiador Carlos Seco Serrano, donde hace de prologuista 34 , o en la larga entrevista que concede en noviembre de 1995 a la directora de los Servicios Informativos de TVE, María Antonia Iglesias, en el programa Informe Semanal de la primera cadena, Adolfo Suárez: memoria de la Transición, visto por más de cuatro millones de espectadores 35 . O pronunciando un discurso al año siguiente cuando se le entrega el Premio Príncipe de Asturias de la concordia 36 . Esta clase de actos eran motivo para reiterar, en primera persona, la interpretación de la Transición como despliegue de la reforma política y «reconciliación definitiva». En algunos, como la citada entrevista, Suárez introducía además temas que hubieran sido muy espinosos quince años antes, tales como su trayectoria política durante el franquismo, su opinión sobre este último y sobre la Guerra Civil, o los riesgos que corrió el rey con su nombramiento como presidente del gobierno.

Otro factor que ayudó a desarrollar la nostalgia fue el auge del formato televisivo hasta entonces usado esporádicamente. En el se convirtió en una serie dirigida por Antonio Giménez Rico en la primera cadena de televisión española. Harían falta, no obstante, once años para que otoño de 1990 la novela Pájaro en una tormenta ésta se decidiera a impulsar claramente la nostalgia social con la se-

33 «Ayer falleció en Madrid José Mario Armero», ABC, 26 de agosto de 1995. 34 Adolfo suárez : «Prólogo», en Carlos seco: Al correr de los días. Crónicas de la Transición, Madrid, Complutense, 1994, pp. 7-13.

35 La entrevista en http://www.rtve.es/alacarta/videos/personajes-en-el-archivo-

de-rtve/adolfo-suarez-memoria-transicion/731012/.

36 Discurso en http://www.fpa.es/es/1996-adolfo-suarez.html?texto=discurso.

rie Cuéntame cómo pasó, que comenzó a pasarse por la pequeña pantalla en 2001, considerada la obra que mejor representa este fenómeno 37 . Sin embargo, ya la novelística había dejado constancia de dicho sentimiento. En 1996, por ejemplo, Manuel Vicent publicaba Jardín de Villa Valeria, donde la reconstrucción de esta mansión sirve de metáfora para contar cómo se produjo la adaptación de los jóvenes luchadores antifranquistas, comunistas en su mayoría y añorantes de aquellos años, a los nuevos tiempos.

En el terreno del debate y reportaje político un intento televisivo igualmente temprano fue el especial que emitió a comienzos de noviembre de 1991 el programa La Clave, titulado 500 claves de la Transición, dirigido por José María Balbín en Antena 3. En realidad este programa combinaba nostalgia y crítica al gobierno socialista. Casi todos los contertulios, incluido el propio presentador, estuvieron de acuerdo en que se asistía a una pérdida de libertades en el presente. Pero el acuerdo concluía a la hora de abordar la Transición. Aquí reaparecían las dos narrativas básicas: Ramón Tamames y José Mario Armero, por ejemplo, defendían que, a la vista de las circunstancias, la Transición fue la única forma posible de cambio, y ponían el acento en la amenaza del recuerdo de la guerra para mostrar el escaso margen de maniobra. Por su parte, el abogado Antonio García-Trevijano Forte negaba en redondo este último extremo y defendía con vehemencia la ruptura; concedía tan sólo, sin la menor sombra de ironía, que el «pacto» de la Transición fue mucho mejor de lo que podía esperarse a la vista del tiempo que había tardado en salir la corrupción a la superficie 38 .

A pesar de los ejemplos hasta aquí citados, en los noventa el más . El programa importante intento televisivo de contar la Transición fue el espacio que condujo la periodista Victoria Prego, titulado La Transición, durante los meses de julio a octubre de 1995, cuyo primer capítulo alcanzó la cifra de dos millones de espectadores 39 pronto se convirtió en el conocido ensayo Así se hizo la Transición .

37 La serie ha sido estudiada en diversas ocasiones. Véase Manuel PaLacio : televisión durante la Transición española, Madrid, Cátedra, 2012, pp. 355-370.

38 Véase http://www.youtube.com/watch?v=rOfjZNEsL7g.

39 Victoriano LóPez y Rosario G. GóMez : «Dos millones de espectadores siguieron el primer capítulo de la Transición», El País,

25 de julio de 1995. Además, Sira hernández corchete: «El uso estratégico de la velocidad en el relato histórico

La

La serie y el libro se pretendían «una crónica global» que abarcaba desde el asesinato de Carrero Blanco a las elecciones de jufuera proclamado sucesor de Franco, y 2) el despliegue de la redon Juan Carlos «se juega no sólo la estabilidad del país, sino tam- nio de 1977 y giraba alrededor de dos ejes: 1) las dificultades que halló el rey para dejar atrás el franquismo y poner en marcha sus «planes democratizadores», que albergaba desde temprano pero que no podía exponer públicamente al hallarse aislado desde que forma política por parte de Adolfo Suárez, en cuyo nombramiento bién su propia supervivencia como rey», y todos los elementos que la rodearon 40 .

Es interesante observar el fuerte sentido político-biográfico que esta Historia aplica a la figura del rey. No es un hecho fortuito. Durante los años de la Transición, a excepción de los ensayos del periodista Joaquín Bardavío, se tendía ver a don Juan Carlos antes como una figura dedicada a las relaciones públicas que como un estadista. Es cierto que a éste se le atribuía el ser «el motor del cambio» y la «operación transición». La primera expresión la había acuñado José María de Areilza en un discurso pronunciado en Barcelona en la primavera de 1976 41 y la segunda era el título de un capítulo de Todo un Rey, libro de homenaje escrito por los periodistas Pilar Cernuda, José Oneto, Ramón Pi y Pedro J. Ramírez en 1981. También es cierto que el protagonismo del rey en el 23-F ya fue incorporado en la Historia de Diario 16 . Sin embargo, ninguna de las citadas expresiones estaba pensada para arrojar luz sobre la biografía política del monarca.

Esta situación comenzó cambiar al filo de los noventa y no parece simplemente el producto de una mera predilección historioReal también parece haber tenido interés en este desarrollo biográfico. Resulta sintomático que en 1993 el escritor, periodista y antiguo miembro de la Junta Democrática José Luis de Vilallonga pu- gráfica ni mero resultado de la distancia memorial. La propia Casa blicase la primera biografía «autorizada» de don Juan Carlos. Es

realizado por la serie documental televisiva La Transición », Comunicación y Hom­ bre, 6 (2010), pp. 195-204.

40 Victoria PreGo : Así se hizo la Transición, Barcelona, Plaza & Janés, 1995.

41 José María de areiLza : Diario de un ministro de la Monarquía, Planeta, 1977, p. 150.

Barcelona,

curioso observar en boca del propio monarca en este libro, que se compone de conversaciones mantenidas en el Palacio de la Zarzuela, ideas y decisiones que antes muchos comentaristas habían 42

atribuido a Suárez en exclusividad .

La teoría del gran fraude

Conviviendo con la nostalgia, en los noventa las narrativas sobre la Transición también se vieron afectadas por un elemento que iba en la dirección opuesta: el mantener el tema dentro de la controversia política. El resultado fue el lanzamiento de lo que podríamos llamar teoría de «la Transición como fraude», una imagen que situaba allí las raíces de la presunta corrupción de que fue objeto de acusación el gobierno socialista en sus dos últimas legislaturas. El terreno se hallaba, por supuesto, abonado por las críticas, como las de Gregorio Morán, contra la imagen de la Transición modélica. Pero no se trataba simplemente de la influencia de un libro. El propio término «transición» comenzó recibir nuevos significados.

Hasta los años noventa, nadie dudaba de que dicha palabra, aparte de usos para teorías sociales y análisis comparados de salida de dictaduras, se identificaba con el paso del franquismo a la democracia acontecido a partir de 1976, o con la crisis del régimen que se desencadenó en diciembre de 1973, o con su desmontaje y el alumbramiento de nuevas instituciones a partir de 1977. Sin embargo, el debate político de los últimos años del periodo socialista añadió un nuevo significado a la idea de transición: la refundación de Alianza Popular como Partido Popular (PP) y la hipotética sustitución del gobierno socialista por este último.

Ése fue el sentido que dio a dicho vocablo el entonces presidente del PP, José María Aznar López, cuando se decidió a publicar España, la segunda transición (1994). Por supuesto, Aznar se cuidaba aquí de colocar el ordinal «segunda», pero también procedía a una reconstrucción de lo que fue el final de la «primera», los orígenes del gobierno socialista y su propia trayectoria política. Para Aznar, «más que triunfo, lo ocurrido en 1982 fue el resultado de un

42 José Luis de viLaLLonGa : El Rey. Conversaciones con D. Juan Carlos I de Es­ Barcelona, Plaza & Janés, 1993.

paña,

derrumbe»: la desaparición de la UCD una vez aprobada la Constitución. A partir de ahí el entonces presidente del PP podía reconstruir su trayectoria política y señalar que desde 1982 él mismo había dedicado todos sus esfuerzos a rediseñar el centro político español; la refundación del PP habría sido así el resultado de todos esos empeños, y las recientes elecciones al Parlamento Europeo, la prueba de que la ciudadanía daba un claro respaldo a dicho proyecto y que «España estaba en el umbral de un cambio político» 43 .

En los medios de comunicación la propuesta de Aznar enseguida encontró abiertos simpatizantes y desconfiados contradictores. Resultan interesantes los argumentos relacionados con la memoria política que comenzaron entonces a manejarse. Para algunos la «segunda transición» era una receta esperanzadora para dejar atrás -incluso para cerrar un supuesto paréntesis- lo que entonces se llamaba con el término peyorativo de «felipismo», una etapa que se juzgaba oportunidad perdida. El director del diario El Mundo, Pedro J. Ramírez, aseguraba, por ejemplo, que «Tanto Suárez como, en mayor medida, Calvo Sotelo basaron su labor como gobernantes en la fragmentación y devolución a la sociedad del poder monolítico enorme acumulado por el aparato político franquista, por eso dejaron una España mucho más plural, equilibrada y menos conflictiva que la que recibieron»; los socialistas estaban haciendo justamente lo contrario 44 . Sin embargo, otros autores valoraron el libro de Aznar de manera muy diferente. Para éstos la idea de «segunda transición» lo que hacía era lanzar una ambigüedad calculada sobre el papel que desempeñó la Transición a la hora de dejar atrás el franquismo, incluso una relativización de este último 45 .

El debate se inscribe en lo que algunos autores han considerado un cambio en los usos políticos, que tiene lugar a partir de 1993, consistentes en no utilizar el recuerdo del franquismo como

43 José María aznar : España, la segunda transición, Madrid, Espasa-Calpe, 1994, pp. 15 y 20.

44 Pedro J. raMírez : «¿Hará Aznar la segunda transición?», en David contra Goliat. Jaque mate al felipismo, Madrid, Temas de Hoy, 1995, p. 370 ( El Mundo, el

27 de noviembre de 1994).

45 Miguel Ángel aGuiLar : «Las vísperas de Aznar», El País, 6 de diciembre de 1994.

elemento de descalificación política 46 . Ahora bien, debe observarse que dicho cambio también afectó a la imagen de la Transición. Para entender adecuadamente ese efecto hay que recordar que fue en esos años cuando ciertos periodistas, analistas políticos y medios de comunicación, como el diario El Mundo -lo que se llamó «el sindicato del crimen»-, llevaron hasta el paroxismo sus críticas al gobierno socialista y al propio presidente del gobierno 47 . El efecto que lograron se acabó transmitiendo a la propia visión de la Transición, que terminó dibujada, en los casos más extremos, como el resultado de una oligarquía que se había puesto de acuerdo para repartirse el poder de espaldas a los ciudadanos.

En esta tendencia al emborronamiento del hecho histórico resulta sintomática la reaparición, como colaborador habitual de El Mundo, entre 1994 y 1997, del ya citado abogado Antonio García-Trevijano, quien había desempeñado un papel destacado en 1977 en la crítica a un supuesto «sectarismo de los partidos» previo abandono destemplado de la Platajunta 48 . En la citada tribuna, García-Trevijano se encargó de desarrollar, a través de varias decenas de artículos, la tesis de que España carecía de democracia, que era una «dictadura juancarlista», que la sensación de que pudo haber tenido lugar una guerra civil durante los años de la Transición fue «cínica propaganda» y que esta última tan sólo había preparado las bases de la actual corrupción y situación insostenible 49 . Si con el paso del tiempo se había ido transmitiendo a la opinión pública la tesis de que la Transición fue inevitablemente buena, lo que se puede observar en esta clase de reflexiones es la idea opuesta: que fue un fraude.

La reacción a esta teoría, pero también a la de la Transición modélica, puede verse en Memoria de la Transición, que lanzó El País

46 Santos JuLiá : Elogio de Historia en tiempos de Memoria, Pons, 2011, pp. 143-178.

Madrid, Marcial

47 Esther esteban : El tercer hombre. P. J., la pesadilla de F. G., Madrid, Espasa Calpe, 1995.

48 Antonio García-treviJano : La alternativa democrática, Barcelona, Plaza & Janés, 1977, pp. 49-82.

49 Antonio García-treviJano : Del hecho nacional a la conciencia de España o El discurso de la República, Madrid, Temas de Hoy, 1994. En la misma dirección, Pablo casteLLano : Por Dios, por la Patria y el Rey: una visión crítica de la transición española, Madrid, Temas de Hoy, 2001.

en 1995-1996 bajo la dirección del historiador Santos Juliá y los periodistas Javier Pradera y Joaquín Prieto 50 . Aunque con ciertas similitudes formales con la de Diario 16, esta obra se inscribe en un contexto distinto. Con once historiadores en nómina, lo más interesante de ella es el modo diferente en el que combina memoria e historia.

Conclusión

¿Se puede ver la actual tesitura de la historiografía de la Transición como el final de un «discurso oficial» que habría tenido engañados al público y a los investigadores? o ¿se puede interpretar como un proceso por el cual las grandes narrativas se relativizan, pierden rotundidad a favor de las pequeñas historias, y los movimientos sociales y factores internacionales, e incluso se influyen mutuamente? En nuestra opinión, el presente repaso hace más plausible por comparación la segunda hipótesis. Es cierto que los noventa han supuesto un punto de inflexión y que la investigación histórica ha traído un salto cualitativo en dicho tema. Sin embargo, nunca ha existido una foto fija de la Transición ni una sola narrativa de la misma.

El repaso por su producción cultural habla de al menos dos relatos sujetos a cambios y a numerosos matices. Durante los años del desencanto se abrió paso una visión crítica que tenía a la Transición por un proceso incompleto e incluso una ocasión perdida. En los ochenta se consolidó una visión más conmemorativa, pero el discurso crítico nunca desapareció del todo y además esa visión complaciente ni fue sólo un fenómeno doméstico ni significó que todos sus defensores la redujeran a una ingeniería política que pretendía olvidar el franquismo. Los noventa se iniciaron con los primeros intentos de revisar el tema, con el acento en la crítica memorial, seguidos de una coyuntura política extremadamente crispada que provocó que la creencia de que la Transición no había sido modélica se mudase en convicción de que había sido un fraude. Así las cosas, en el debate historiográfico los historiadores, además de distinguir las memorias del análisis histórico, harán bien en explorar igualmente sus complejos puntos de contacto.

50 Santos JuLiá , Javier Pradera y Joaquín Prieto ( eds. ) : Memoria de la Transi­ ción, Madrid, Taurus, 1996.