EL PULSO DEL PLANETA

Lisboa convierte en museo ocho siglos de culto al Toro

Se retrata la evolución de la Fiesta en el país vecino y se exhiben carteles de maestros como El Cordobés o fotografías de Juan Belmonte y Manolete

La plaza lisboeta de Campo Pequeño, durante una corrida de rejones

FRANCISCO CHACÓN

CORRESPONSAL EN LISBOA

E l mundo del toro en Portugal tiene por fin su museo definitivo en un enclave adecuado: la plaza de Campo Pequeño, donde se concentran más de mil piezas distribuidas entre carteles, fotografías, documentos, trajes, cuadros, taxidermia o medallas.

Un itinerario sorprendente a ojos de un español interesado en el tema, como retratan las dos salas históricas, las dos temáticas y una social que se ubican en la segunda planta del edificio, al que se accede desde la entrada principal previo pago de sólo de tres euros, dos más si se quiere poner un pie en la arena. Las peculiaridades de la Fiesta en el país vecino abarcan desde la gran presencia del rejoneo hasta el rechazo al sacrificio del animal (sin estocadas) en la última fase de la corrida, pero la cultura taurina también refleja los lazos con España, venerada como la patria madre de la Fiesta, naturalmente.

De hecho, el visitante del espacio recién inaugurado puede sorprenderse al ver un cartel de 1964 que anun- cia de forma estelar a El Cordobés en la capital portuguesa. También otro en homenaje a la gran dama del fado, Amália Rodrigues, un año antes de su muerte y con la participación de Jesulín de Ubrique.

La cantante más emblemática del universo lusitano era una gran aficionada. Tanto es así que llegó a declarar en una ocasión: «El mundo taurino y la canción están muy unidos. Después de las corridas, nos juntábamos con los toreros y organizábamos noches de juerga que acababan siempre de madrugada. En España, canté por primera vez en el Retiro, y allí conocí a las grandes figuras del toreo, y hasta del cine».

Tal vez ahí se encontraba la raíz de sus sorprendentes versiones del cancionero español: «La luna y el toro», «La zarzamora», «Lerele», «La salvaora» e incluso «Mi sardinita (desde Santurce a Bilbao)». Y llegó a atreverse con «Porompompero» y «La, la, la».

Basta sumergirse en el disco «Amália Rodrigues en español» para comprobarlo.

Un recorrido por el museo de Campo Pequeño, entre Saldanha y Campo Grande, ofrece una panorámica sobre la

REUTERS

evolución de la Tauromaquia en Portugal, desde el siglo XIII hasta la actualidad. Por ejemplo, se hace hincapié en la edad de oro del toreo a caballo, entre las décadas de los años 20 y 50.

Pionero

El primer matador luso documentado históricamente fue Diamantino Vizeu, nacido en 1925 y convertido en un auténtico mito en el país vecino, como refleja un óleo sobre tela obra de F . Machado. Pero no faltan imágenes de leyendas españolas, como Juan Belmonte o Manolete, también reverenciados al otro lado de la frontera.

Y, cómo no, la gloria local Víctor Mendes, experto en el manejo de las banderillas y formado en Madrid, donde desembarcó en 1980 y tomó la alternativa un año después de la mano del mismísimo Palomo Linares. Dos décadas duró el reinado de este portugués bien parecido.

El origen del toro bravo y un rincón

El primer matador luso documentado históricamente fue Diamantino Vizeu, nacido en 1925

para la ganadería como «paraíso ecológico de la biodiversidad» completan un museo donde no faltan frases en las placas de las paredes. «Torear es sentimiento y pasión», decía Joao Branco Núncio.

VISTO Y NO VISTO

IGNACIO RUIZ-QUINTANO

POSTUREOS

Lo que tenemos sobre libertad de expresión es un postureo roñoso de Zapatas y Pedraces, alcaldes y fiscales

L a experiencia enseña que la libertad de expresión excluye a la libertad de pensamiento y que la libertad de pensamiento excluye a la libertad de expresión.

La base racional de la libertad de expresión es la creencia ilustrada en que la libertad de discusión conduce a la victoria de la opinión más acertada.

-El Congreso no aprobará ninguna ley… que constriña la libertad de expresión -dice la primera enmienda de la Constitución americana.

Sus paladines fueron los republicanos, tildados de «democ-ratas», «monoc-ratas» y «otros tipos de ratas» por los federalistas, para quienes la libertad de expresión significaba sólo ausencia de censura previa, pero no protegía de las consecuencias. Hamilton era federalista, y, sin embargo, defendía que la averiguación de la verdad era fundamental para determinar «la injuria», pues si la libertad de expresión no servía para la averiguación de la verdad, ¿para qué servía?

Así era el debate sobre la libertad de expresión en la democracia americana… ¡del XVIII! En la partidocracia española del XXI, lo que tenemos sobre la libertad de expresión es un postureo roñoso («roña de siglos y ambición de raza») de Zapatas y Pedraces, alcaldes y fiscales, agitadores y propagandistas, cómicos y tertulianos, arbitristas todos, con ex jueces que definen la profanación como libertad de expresión y con fiscales que persiguen un tuit como delito, mientras sólo la sedición, como el malvado del Eclesiastés, florece como el verde laurel.

En el libro de teoría política más original escrito en España en medio siglo, Trevijano pule un sarcasmo volteriano que hacen suyo los liberales de salón:

-No creo en lo que usted dice, pero daría mi vida para que pudiera decirlo libremente.

A lo que Voltaire añadió: «Creo en la libertad de pensamiento, ¡pero muera quien no piense como yo!». Corolario que omiten (ignoran) esos liberales para poder lanzar la gran bobada socialdemócrata:

-Mi libertad acaba donde la de los demás empieza.

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