LA CONSCIENCIA DE LA MUERTE Y SUS EFECTOS. TREVIJANO Y LOS TERRORISTAS

DICHOS ACTOS Y HECHOS. 7 SEPTIEMBRE 2016

PÍO MOA

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Algunos efectos de la consciencia de la muerte

Uno de los muchos datos que diferencian al hombre del animal es la consciencia de la muerte, que, por todo lo que sabemos, no existe en los animales superiores, aunque en algunos puede haber un leve esbozo de ella. La situación puede compararse con la diferencia entre los gritos de los monos para mostrar alarma, celo terror, etc., y el lenguaje humano. Es una diferencia cualitativa.

La consciencia de la muerte difiere del simple miedo a morir cuando el fin es inminente, sobre todo si es traumático, y  que el humano comparte con los animales. Es otra cosa:  el conocimiento de que la existencia individual, y presumiblemente la de la especie y del mundo, terminará en la muerte algún día. Spinoza decía que “el hombre libre en nada piensa menos que en la muerte, y su sabiduría no es una meditación sobre la muerte, sino sobre la vida”. Aunque lo dijera Spinoza, no deja de ser una tontería. En la meditación sobre la vida está presente siempre la esfinge de la muerte, que nos mira con sonrisa enigmática, acaso burlona. Por lo demás, y por esa misma razón, la mayoría de los hombres, libres o no, tiende a alejar de sí esa conciencia y concentrar su atención en las exigencias del día a día y en planes para un futuro  próximo o lejano. Pero en todo ello subyace una angustia por la presencia inevitable del fracaso en las acciones y del fracaso final en  la muerte; angustia que aflora de pronto con enorme fuerza ante el diagnóstico de una enfermedad grave o el fallecimiento de una persona querida. En algunas personas, esa angustia es permanente y enfermiza, y en otras apenas existe más que en los animales, aunque nunca llega a bajar a ese nivel, por lo que se la combate a menudo con un trabajo o una diversión compulsivas.

Puede decirse que pensar en la muerte, propiamente, es imposible, es como pensar en la nada (a pesar de que en las matemáticas tenga importancia crucial, si queremos identificar el cero con la nada). Pero la consciencia de ella nos plantea el misterio de la vida, una vida que ningún hombre, por “libre” que sea, se debe a sí mismo, y cuyo sentido parece quedar reducido a cenizas por el conocimiento de su final. Esto, la vida sin sentido,  no puede aceptarlo la psique, porque entonces no tendría nada a qué aferrarse para vivir, para soportar las penas y fatigas y golpes de la vida o para apreciar sus logros y placeres. Solo quedaría un instinto de supervivencia puramente animal, imposible ya en el nivel humano.

La consciencia de la muerte es decisiva en la conformación psíquica, porque permite contemplar la propia vida como un conjunto más allá de los avatares diarios.  “Algo”, una fuerza o voluntad muy distinta de la nuestra, nos ha traído al mundo y nos elimina de él en un momento u otro que no podemos prever salvo si es inminente. El sentimiento-intuición-emoción de, esa “fuerza” es la religiosidad, que en sus formas más primitivas parece expresarse como animismo y culto a los muertos. Y de ella deriva la moral como la necesidad de ordenar la vida por encima de los deseos momentáneos y particulares.: ¿cómo debo vivir el tiempo que se me ha dado? El mundo moral es considerablemente atormentador, porque haber comido de la fruta del árbol del bien y del mal, no dio al hombre la ciencia del mismo, o solo en pequeña medida. La moral se entiende como el mandato de esa fuerza o voluntad, el mandato de los dioses, para llevar una vida con sentido. Los estoicos, con tendencia panteísta, trataban de derivar la moral de la naturaleza, cuyos mandatos son igualmente enigmáticos; es más, esa moral no marcaría ninguna dirección, porque en la naturaleza ocurren las mayores violencias, y en el mundo humano los mayores crímenes, todos los cuales serían igualmente naturales; ni siquiera sería posible hablar de crímenes, vicios o virtudes.

De ese carácter incierto e inseguro de la vida humana deriva una tendencia morbosa a volver a la seguridad del instinto, a la libertad sin responsabilidad, etc. Una enfermedad social de nuestro tiempo.

Se ha intentado repetidamente crear una “moral racional”. Es imposible porque la razón no es la Razón, tiene muchas limitaciones, y una de ellas es que no produce resultados unívocos. De unas mismas premisas pueden salir conclusiones distintas y aún opuestas: las ideologías originadas por el culto a la Razón en la Ilustración, por ejemplo.


Me mandan una intervención de García Trevijano en la que afirma que él no acepta tratar con terroristas, y que una vez que coincidió conmigo en un programa de televisión lo hizo notar con duras palabras.  Solo coincidimos en un programa de Sánchez Dragó donde él afirmó que la justicia actual es más corrupta que en el franquismo (lo cual me parece muy probable). Y no recuerdo que se hubiera puesto tan chulo conmigo como afirma, pues me habría bastado mencionar cómo participó subordinado al comunista Carrillo en un montaje que con toda la “jeta” llamaron “junta democrática”. Carrillo es el mayor terrorista español del siglo XX, y no solo por Paracuellos. Ya en 1933-34 fue uno de los máximos organizadores de las acciones terroristas de la Juventudes Socialistas, y después del maquis, una de cuyas actividades predilectas fue precisamente el terrorismo, del que siempre se manifestó orgulloso. No sé si Trevijano habrá tenido tratos con Felipe González (GAL), pero si no los ha tenido habrá sido más bien porque González no haya querido. En La Transición de cristal comento algunas de las fantasías que se hacía Trevijano sobre la situación política de entonces. Creo recordar también que fue expulsado de la junta “democrática” cuando alguien, no sé si los socialistas, sacaron algo sobre las relaciones de Trevijano con el benéfico y nada terrorista Macías (perdonen si hablo con cierta vaguedad, pero es que no merece la pena andar buscando ahora las referencias precisas; pero las cosas fueron así, muy aproximadamente).

Y vean al tramposuelo: “Por aquellos años había en Madrid tres periódicos especialmente críticos con el régimen (aunque sin meterse directamente con Franco): el Madrid,  Nuevo Diario y El Alcázar (sí, ese), los tres en manos, por entonces, de personas vinculadas al Opus Dei, que preparaban su futuro.  Pues bien, ha explicado hace poco García Trevijano: “ Me llama un día Rafael Calvo Serer a su despacho, con el gerente del periódico (Madrid), y ahí el contable me informa de la situación del periódico porque estaba en quiebra. Yo les di la solución: “Hay que provocar que el régimen cierre el periódico, para que el desprestigio vaya al régimen y para que dé derecho a una indemnización “. ¡Y buena indemnización obtuvieron algunos, mientras el personal quedaba en la calle! Luego,  otra empresa compró el edificio del diario y lo dinamitó para construir otro en su lugar. Trevijano y compañía se las arreglaron para convertir  el suceso en una acusación mundial contra el régimen, después  de haber llevado ellos el diario a la quiebra. Aquellos  antifranquistas de cóctel y  salón eran así.

En fin, aparte de estas “cosillas”, comparto muchas de las críticas de Trevijano a la farsa política permanente en que vive España.