De la oscuridad al agujero negro. Por Oriol Pérez Treviño
Jose
Sábado, 11 de julio de 2020
iniciado una nueva vida de la mano del deporte. Todo esto, sin embargo, hubiera sido demasiado profundo para aquel inmenso y
La tan señalada, en esta sección, mercantilización de nuestros patrones mentales ha llevado a la creación de un neolenguaje que, sin embargo, destaca por la ausencia de reflexión y de crítica profundas. Por ejemplo: uno de los conceptos de este neolenguaje que más ha calado en la siempre poco imaginativa y muy economicista gestión cultural de nuestro país, es aquello de los nuevos públicos. Hablar y/ o escribir de nuevos públicos es desconocer, ante todo, lo que es un público. Y es que el público no se crea, sino más bien se forma, se construye y se educa. Hay un paso que, a todas horas, se desprecia: el encaje entre la educación y la cultura. Hay un día, así, o al menos eso era lo habitual hace unos años, que los estudiantes de bachillerato íbamos, de la mano de un profesor, al teatro. Íbamos no a ver uno de estos lastimosos y grotescos espectáculos para jóvenes y /o nuevos públicos de los de ahora, sino a ver teatro a la misma hora que el público adulto. Fue así como yo fui, en su momento, a ver Las tres hermanas de Chéjov, Columbi Lapsus de Els Joglars -dejemos de lado ahora y aquí la polémica y condena que siempre ha tenido esta compañía en Catalunya- o El Público de García Lorca. Obviamente, al menos en mi caso, entendí muy poco de esta obra lorquiana, pero sí que me dejó alguna semilla que, ciertamente, me hizo dar cuenta que la dificultad de comprensión supone siempre la invitación a un reto personal con el fin de avanzar en esta comprensión. Y la dificultad para entender el texto de García Lorca me llevó, con los años, a comprarme el libro y leerlo. Y a volver a ver, muchos años después, una representación bajo la dirección de Àlex Rigola en el TNC. La conclusión que saqué, al fin de aquella representación, es que el público, perfectamente, está siempre en construcción y, lo más importante: no es pasivo. Es requerido de esfuerzo. Es por ello que hay que asumir una certeza que no por radical deja de ser verdad: no todo el mundo puede ni quiere acceder a determinados textos literarios. Primeramente, porque ni les interesan, no les resuenan y, por tanto, es necesario que nos dejemos de inventos con gaseosa como los que ahora algunos directores llevan a cabo y que con elementos extrateatrales creen, muy ilusos, que así captarán el atención del «nuevo público» para estas obras. Y es que tal vez el nuevo público, antes de un texto críptico y surrealista como el mencionado de García Lorca, necesita, antes que nada, obras más fáciles y asequibles. Esta idea del nuevo público, del apto para todos, es la que más corría en el trasfondo del lastimoso y vergonzoso espectáculo «politicoartisticotelevisivo» de antes de ayer emitido por TV3 como «testimoniaje» por las víctimas del COVID-19. El nivel de burocratización y frialdad de la ineptocracia llega, como ya sabemos, al uso del lenguaje. Por lo visto, no se podía hacer un acto como homenaje, amor o esperanza. Nada de eso. Testimoniaje que es como decimos, en el castellano de Catalunya, a testimonio. Pero es que el nivel era tan bajo que, incluso, el título del espectáculo era el mismo que la película oficial de los IX Juegos Paralímpicos de Barcelona'92: «De la oscuridad a la luz» (1993) dirigida por Jorge A. Molina. Les puedo asegurar que, cada día, al fin de un artículo, cuando escojo un título se me hace necesario un tiempo para pensar y, por qué negarlo, de mirar si no se ha utilizado en alguna otra ocasión. La conclusión es clara en los artífices del show: o ni se dignaron a hacer esta mínima operación de creatividad como es comprobar el uso anterior de un título o hicieron como si éste no hubiera existido, lo que fue en detrimento de todo él porque, ciertamente, en un momento de máxima depresión e incertidumbre colectivas no hubiera estado mal hacer una mirada atrás a ese momento de pasión y entusiasmo colectivos de hace 28 años con los Juegos Olímpicos y Paralímpicos. Recordarlo, pero, ya no es hacer una mirada al pasado sino, más bien, a un mundo que ya hace tiempo que desapareció. En dicha emotiva película oficial de los Juegos Paralímpicos, en efecto, cuando uno la termina de ver, se le ha señalado un camino de luz y esperanza a través, ahora sí, de los testimonios de los atletas que, en algún momento de sus vidas, habían tenido un revés y habían patético «foc de camp» (fuego de campo) del jueves por la noche. Un foc de camp que, después de haberme tomado la molestia de verlo a través de «TV3 a la carta», he finalizado con el alivio de saber que no he muerto en el transcurso del visionado de vergüenza ajena.
La vergüenza empieza por la elección del espacio: las fuentes de Montjuïc. Uno ya conoce que la egolatría de la ineptocracia es inmensa, pero de ahí a escoger celebrar este acto de «testimonio» en el mismo lugar que el Piromusical o las Campanadas de Fin de Año ya da suficientes pistas que este personal de luz, como la que aseguraba el espectáculo haberse alcanzado, tiene muy poca. Ni después del confinamiento. Ciertamente, el visionado lleva a un estado mental adolescente y superficial que conduce a creer que esto de la pandemia ya es pasado. Sin embargo, mientras tanto, una parte de Catalunya vuelve a estar en Fase 2. Y el mismo día de la celebración del acto se había impuesto, según destacados epidemiólogos más por motivos políticos que no estrictamente sanitarios, la normativa del uso de la mascarilla obligatoria. Y lo más preocupante: con una multitud de interrogantes en el horizonte, la troupe tuvo que montar su particular show. Uno más. Y en directo.
Un show de vuelo gallináceo, infantil, de lagrimita fácil donde se expuso una visión de país que no se corresponde, en absoluto, con la realidad. A excepción de la pieza musical interpretada por Las Migas, ninguna, pero ninguna quiere decir ninguna, de las intervenciones de los diversos ciudadanos, expresó en lengua castellana, lo que incluso extraña a una persona, como yo, que no esconde sus simpatías con el independentismo. Pero, mucho me parece que, incapaces de proclamar repúblicas y de construir nuevos países, una parte de la clase política institucional ha elegido el tema de la lengua como una especie de imperativo superior, casi metafísico, olvidando que la lengua es siempre, antes de todo, una herramienta de comunicación que nada tiene que ver con el posicionamiento político. Al parecer, viendo aquel esperpéntico espectáculo, en Catalunya no hay ni médicos, ni sanitarios, ni niños, niñas, bomberos, familiares que usen, y más en un momento emotivo y delicado como éste, el castellano. Verlo para creerlo. Eso sí, por aquello de lo políticamente correcto, una niña habló en aranés y siempre se utilizó el lenguaje inclusivo. Por si acaso …
A nivel de mensaje, como no podía ser de otro modo -esta expresión que para García Trevijano es indicadora de tantas cosas- más que un homenaje, ay perdón testimonio, a nuestros muertos lo fue para uno de los filósofos posmodernos franceses más conocidos, Jean Baudrillard, quien dijo aquello de «el crimen perfecto es no decir nada». Ya escribimos sobre esta expresión a propósito de los vídeos huecos de un conocido youtuber adolescente mallorquín, linchado -si lo recuerdan- por haber cambiado la lengua con la que se dirigía a sus seguidores. Tristemente, hay que decirlo: el espectáculo fue un crimen perfecto porque no dijo nada.
Todo fue concebido como un inmenso vídeo lleno de mensajes vacíos, sin alma, y con un error epistemológico que tiene que ver con una de las grandes verdades universales: la corroboración que la oscuridad no es nunca lo contrario de la luz. Más bien, son dos partes de una misma unidad que conviven en lo conocido como coincidencia de los opuestos. Pero, nada de esto. Más bien, la conclusión fue que aquel vacío inmenso obedecía a la corroboración de cómo la ineptocracia, constantemente, crea espacios y regiones finitos de la realidad: en este caso una hora de televisión, en el interior de la cual hay una concentración tan grande de materialidad y de egocentrismo que, quien entra en contacto con ella es arrastrado hacia la oscuridad y el vacío más absolutos, incluso apaga la escasa luz espiritual que suponíamos en algunos de los participantes en la «performance». Y es que, tal vez sin saberlo, la ineptocracia se ha convertido en un gran agujero negro que lo arrastra todo. Incluso, la luz del título verdadero que hubiera tenido que tener aquella astracanada: «De la oscuridad al agujero negro».
Oriol Pérez Treviño
@Oriol67638017
DE LA FOSCOR AL FORAT NEGRE
Dissabte, 11 de juliol de 2020
La tan assenyalada, en aquesta secció, mercantilització dels nostres patrons mentals ha portat a la creació d'un neollenguatge en què, tanmateix, hi destaca l'absència de reflexió i de crítica profundes. Per exemple: un dels conceptes d'aquest neollenguatge que més ha calat en la sempre poc imaginativa i molt economicista gestió cultural del nostre país, és aquell dels nous públics . Parlar i/o escriure de nous públics és desconèixer, abans que res, el que és un públic . I és que el públic no es crea, sinó més aviat es forma, es construeix i s'educa. Hi ha un pas que, a tothora, es menysté: l'encaix entre l'educació i la cultura. Hi ha un dia, així, o almenys això era l'habitual fa uns anys, que els estudiants de batxillerat anàvem, de la mà d'un professor, al teatre. I anàvem no pas a veure un d'aquests llastimosos i grotescos espectacles per a joves i/o nous públics d'ara, sinó a veure teatre a la mateixa hora que el públic adult. Va ser així com jo vaig anar, en el seu moment, a veure Les tres germanes de Txèkhov, Columbi Lapsus de Els Joglars -deixem de banda ara i aquí la polèmica i condemna que sempre ha tingut aquesta companyia a Catalunya- o El Público de García Lorca. Òbviament, almenys en el meu cas, vaig entendre ben poca cosa d'aquesta obra lorquiana, però sí que em va deixar alguna llavor perquè, certament, m'adonés que la dificultat de comprensió suposa sempre la invitació a un repte personal per tal d'avançar en aquesta comprensió. I la dificultat per a entendre del text de García Lorca em va portar, amb els anys, a comprar-me el llibre i a llegir-lo. I a tornar-ne a veure, molts anys després, una representació sota la direcció d'Àlex Rigola al TNC. La conclusió que en vaig treure, a la fi d'aquella representació, és que el públic, perfectament, està sempre en construcció i, el més important: no és passiu. És requerit d'esforç. És per això que cal assumir una certesa que no per radical deixa de ser veritat: no tothom pot ni vol accedir a determinats texts literaris. Primerament, perquè ni els interessen, no els ressonen i, per tant, cal que ens deixem d'invents amb gasosa com els que ara alguns directors porten a terme i que amb elements extrateatrals creuen, molt il·lusos, que així captaran l'atenció del «nou públic» per a aquestes obres. I és que potser el nou públic, abans d'un text críptic i surrealista com l'esmentat de García Lorca, necessita, primer de tot, obres més fàcils i assequibles.
Aquesta idea del nou públic, del per a tothom, és la que més corria en el rerefons del llastimós i vergonyós espectacle politicoartisticotelevisiu abans d'ahir emès per TV3 com a «testimoniatge» per les víctimes del COVID-19. El nivell de burocratització i fredor de la ineptocràcia arriba, com ja sabem, a l'ús del llenguatge. Pel que es veu, no es podia fer un acte com a homenatge, estima o esperança. Res d'això. Testimoniatge. Però és que el nivell era tan baix que, fins i tot, el títol de l'espectacle era el mateix que la pel·lícula oficial dels IX Jocs Paralímpics de Barcelona'92: «De la foscor a la llum» (1993) dirigida per Jorge A. Molina. Els puc ben assegurar que, cada dia, a la fi d'un article, quan escullo un títol se'm fa necessari un temps per pensar i, per què negar-ho, de mirar si no s'ha fet servir en alguna altra ocasió. La conclusió és clara en els artífexs del xou: o ni es van dignar a fer aquesta mínima operació de creativitat com és comprovar l'ús anterior d'un títol o van fer com si aquest no hagués existit mai, cosa que va anar en detriment de tot ell perquè, certament, en un moment de màxima depressió i incertesa col·lectives no hagués estat malament fer una mirada enrere a aquell moment de passió i entusiasme col·lectius d'ara fa 28 anys amb els Jocs Olímpics i Paralímpics. Recordar-ho, però, ja no és fer una mirada al passat sinó, més aviat, a un món que ja fa temps que va desaparèixer.
En l'esmentada emotiva pel·lícula oficial dels Jocs Paralímpics, en efecte, quan un l'acaba de veure, se li ha assenyalat un camí de llum i esperança a través, ara sí, dels testimonis dels atletes que, en algun moment de les seves vides, havien tingut un revés i havien iniciat una nova vida de la mà de l'esport. Tot això, però, hagués estat massa profund per a aquell immens i patètic foc de camp de dijous al vespre. Un foc de camp que, després d'haver-me pres la molèstia de veure'l a través del «TV3 a la carta», he finalitzat amb l'alleujament de saber que no he mort en el transcurs del visionat de vergonya aliena.
La vergonya comença per l'elecció de l'espai: les fonts de Montjuïc. Un ja coneix que l'egolatria de la ineptocràcia és immensa, però d'aquí a escollir celebrar aquest acte de «testimoniatge» al mateix lloc que el Piromusical o les Campanades de Cap d'Any ja dóna suficients pistes que aquest personal de llum, com la que assegurava l'espectacle haver-se assolit, en té ben poca. Ni després del confinament. Certament, el visionat porta a un estat mental adolescent i superficial que condueix a creure que això de la pandèmia ja és passat. Tanmateix, mentrestant, una part de Catalunya torna a estar en Fase 2. I el mateix dia de la celebració de l'acte s'havia imposat, segons destacats epidemiòlegs més per motius polítics que no estrictament sanitaris, la normativa de l'ús de la mascareta obligatòria. I el més preocupant: amb una multitud d'interrogants a l'horitzó, la troupe va haver de muntar el seu particular xou. Un més. I en directe.
Un xou de vol gallinaci, infantil, de llagrimeta fàcil on es va exposar una visió de país que no es correspon, en absolut, amb la realitat. A excepció de la peça musical interpretada per Las Migas, cap, però cap vol dir cap, de les intervencions dels diversos ciutadans, va expressar-se en llengua castellana, cosa que fins i tot estranya a una persona, com jo, que no amaga les seves simpaties amb l'independentisme. Però, molt em sembla que, incapaços de proclamar repúbliques i de construir nous països, una part de la classe política institucional ha agafat el tema de la llengua com una espècie d'imperatiu superior, gairebé metafísic, oblidant que la llengua és sempre, abans de tot, una eina de comunicació que res té a veure amb el posicionament polític. Pel que sembla, tot veient aquell esperpèntic espectacle, a Catalunya no hi ha ni metges, ni sanitaris, ni nens, nenes, bombers, familiars que usin, i més en un moment emotiu i delicat com aquest, el castellà. Veure-ho per creure-ho. Això sí, per allò del políticament correcte, una nena va parlar en aranès i sempre es va utilitzar el llenguatge inclusiu. Per si un cas…
A nivell de missatge, com no podia ser d'una altra manera -aquesta expressió que per a García Trevijano és indicadora de tantes cosesmés que un homenatge, ai perdó testimoniatge, als nostres morts va ser-ho per a un dels filòsofs postmoderns francesos més coneguts, Jean Baudrillard, qui va dir allò de «el crim perfecte és no dir res». Ja vam escriure sobre aquesta expressió a propòsit dels vídeos buits d'un conegut youtuber adolescent mallorquí, linxat -si ho recorden- per haver canviat la llengua en què es dirigia als seus seguidors. Tristament, cal dir-ho: l'espectacle va ser un crim perfecte perquè no va dir res.
Tot va ser concebut com un immens vídeo ple de missatges buits, sense ànima, i amb un error epistemològic que té a veure amb una de les grans veritats universals: la corroboració que la foscor no és mai el contrari de la llum. Més aviat, són dues parts d'una mateixa unitat que conviuen en allò conegut com a coincidència dels oposats. Però, res de tot això. Més aviat, la conclusió va ser que aquella buidor immensa obeïa a la corroboració de com la ineptocràcia, constantment, crea espais i regions finits de la realitat: en aquest cas una hora de televisió, en l'interior de la qual hi ha una concentració tan gran de materialitat i d'egocentrisme que, qui hi entra en contacte és arrossegat cap a la foscor i la buidor més absolutes, fins i tot hi emmena l'escassa llum espiritual que suposàvem en alguns dels participants a la performance. I és que, potser sense saber-ho, la ineptocràcia s'ha convertit en un gran forat negre que ho arrossega tot. Fins i tot, la llum del títol veritable que hagués hagut de tenir aquella astracanada: «De la foscor al forat negre».