Un golpe de estado antropológico. Por Oriol Pérez Treviño
- Jose noviembre 4, 2020
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Jueves, 5 de noviembre de 2020
La actualidad es una de nuestras grandes tentaciones. Llevados por este grotesco trajín en el que se ha convertido nuestra vida colectiva -concebida sólo y en todo momento desde una dimensión estrictamente externa y epifenoménica-, hemos vaciado de ésta su interioridad. Y escribir esto es decir que hemos descartado la dimensión que nos conducía a las inquietudes y movimientos del alma. Habiendo descartado de nuestro imaginario también, por lo que sea, las viejas tradiciones e instituciones religiosas y haber convertido cada vez más la cultura en una simple mercancía, no es de extrañar como, sorprendentemente, esta pandemia se haya manifestado tan rebosante de vacío y diversión. La cosa, si lo recuerdan, comenzó con aquella majadería de salir a aplaudir a los balcones, a las 20 PM, en un acto donde las explicaciones de los «Dos Minutos de Odio» de la novela 1984 (1949) de George Orwell parecen ser su patrón. Tiempo habrá para que los antropólogos del futuro puedan analizar y sopesar ya no sólo este capítulo de los «aplausos en el balcón», sino la totalidad de una experiencia pandémica que, poco a poco, nos está llevando a un verdadero «golpe de estado antropológico» . Dejando de lado el siempre resbaladizo tema del origen del virus, es innegable como su presencia ha supuesto un experimento sociológico que, hoy, concretaremos con una expresión localizada en uno de los últimos libros surgidos de esta pluma brillante y lúcida como lo es la de Juan Manuel de Prada (Baracaldo, 1970). Esta expresión, en efecto, es esta de «golpe de estado antropológico» .
Tengo que reconocer que, posiblemente, entre su pensamiento y visión del mundo respecto a los míos haya un inmenso terreno de discrepancia, pero no les voy a negar que, cada día que pasa, me fascina más adentrarme en la lectura de aquellos que, por decirlo de forma coloquial, «no son de los míos». De Prada es uno de ellos, pero eso no quita mi fascinación como lector, a pesar de haberlo leído más bien poco de su obra (sólo Coños , La tempestad ), y poderlo considerar una figura de aquello más sólida a nivel intelectual y de una escritura magistral. Al decidirme a leer a de Prada, y no, por cuestiones de salud psíquica, a Pilar Rahola i Martínez o Empar Moliner i Ballesteros, apuesto por una cuestión que me parece de vital importancia en una democracia como es la necesidad, en todo momento, de romper el consenso.
El consenso o la unidad que en todo momento se apela desde diferentes frentes: desde el independentismo hasta el desgobierno que preside el ineptócrata mayor del reino, también conocido como Pedro Sánchez Pérez-Castejón.
Si bien la frase es de un conservador como de Prada, no es menos cierto que ésta bien hubiera sido suscrita por el pensador y jurista de izquierdas Antonio García-Trevijano: «El consenso es para aquellos que no tienen principios» . La corroboración, en efecto, de estar construyendo una sociedad desprovista de fundamentos, principios y valores, eso sí bien unida como los hormigueros, es una de las conclusiones que extraemos de la lectura del último libro de de Prada, Cartas del sobrino a su diablo , que de hecho es un homenaje al clásico homónimo, publicado en 1942, por Clive Staple Lewis (1898-1963). Con el subtítulo de Crónicas de las España coronavírica , localizamos los mismos personajes que en la obra de Lewis como el demonio Orugario que escribe una serie de cartas a su tío Escrutopo. Orugario tiene la misión de destruir el Estado español, para de Prada «España, su patria», para corroborar, así, una serie de características manifestadas en estos tiempos de coronavirus. Así, sin ir más lejos, la espiritualización e invitación a la activación de un proceso de transformación interna, características en las plagas de antaño, han sido del todo olvidadas y, sin rodeos, podemos hablar de una desespiritualización generalizada. Les puedo dar fe de ello. En una asociación de la que formo parte, nos hemos planteado la búsqueda de testimonios donde la experiencia de la enfermedad del coronavirus les haya llevado al inicio de dicho proceso de transformación. Les puedo asegurar que es bastante difícil de localizar estos testimonios.
Si antes las plagas y las pestes eran una apertura y búsqueda en la dimensión numinosa, hoy por hoy el ruido de la actualidad ahoga esta ansia espiritual. Seamos sinceros. Nos interesa mucho más este ruido de la actualidad que, como he escrito al inicio, es una gran tentación. Este ruido puede coger forma de elecciones norteamericanas, rencillas en el Congreso, el Procés, resultados deportivos, la catástrofe del F.C.Barcelona, la propia crisis sistémica global … Cualquier cosa menos preguntarnos cuestiones esenciales de nuestras vidas como ahora lo puede ser el sentido de la vida y de la muerte. El ser conscientes de que vivimos en uno de esos extraños momentos de la historia (como lo pudieron ser el fin de la Antigüedad clásica o el inicio de la Edad Moderna) que iluminan, a través de una gran tensión e intensa lucha, una transformación verdaderamente importante de las bases y principios subyacentes en la misma visión del mundo y de la comprensión de la realidad. Esto es: el papel del ser humano en la naturaleza y en el cosmos, el estatus del conocimiento, el fundamento de los valores morales, los dilemas del pluralismo, el relativismo, la objetividad, la dimensión espiritual de la vida, la dirección y el sentido- en caso de existir- de la historia y la evolución. El resultado de este momento crucial es profundamente incierto. Y es, en momentos de incertidumbre como éstos, cuando más necesitamos abrir esa puerta al «más allá».
No estoy hablando, no me entendáis mal, de volver a las iglesias y convertirnos en monaguillos y monaguillas. Estoy hablando de cuestiones más esenciales, pero no menos profundas como: ¿qué papel juegan de verdad, para cada uno de nosotros en el día a día, la
lectura de un artículo o de un libro, la visión de una película, la audición musical, la contemplación de un cuadro o la visión de la lluvia en estas tardes de otoño? Que cada uno se lo responda.
Quizás sea por eso que no nos deba extrañar que asistimos desvalidos e impertérritos la degeneración que nos ha venido encima. Es la degeneración de la frialdad con la que realizamos los recuentos de contagiados y muertos, el haber convertido, diciéndolo con las palabras de Prada «las residencias de ancianos en hórridos mortuorios» , el haber idolatrado la ciencia, aceptar los experimentos de la biopolítica, la imposición acrítica de la mascarilla sin darnos cuenta en cómo, detrás de todo, hay una operación económica al servicio de una plutocracia que es la que manda, pero no gobierna. Los que gobiernan, se lo pueden preguntar a los ineptócratas, no mandan.
Con ausencia de referentes sólidos y absolutamente desespiritualitzados, hemos sido invitados a no tener que pensar en la muerte, a matar cualquier inquietud que vaya más allá del gregarismo, de la aceptación a todas horas de la mentira en nombre de una falsa paz y una falsa unidad que no son tales. Instalados en una especie de matrix de «mundo divertido y chabacano», no somos más que esclavos al servicio de otra espiritualización, impuesta desde dicha plutocracia: la del dinero. Para hacerlo más fácil nos hablan de la necesidad de un individualismo del que, hoy por hoy, sólo podemos constatar la pérdida de un bien de aquello más preciado: el del alma. Y como nos enseñó Dante Alighieri, aquellos que han perdido el alma son los que permanecen en el infierno. Quizás ya estemos en él más de lo que pensamos. El infierno implícito a un golpe de estado antropológico.
Oriol Pérez Treviño
@Oriol 67638017