MESA REDONDA EL GOLPE

REVISTA SAIDA Nº 9. 22 NOVIEMBRE 1977

Dada la vigencia que está tomando la discusión sobre el Golpe de Estado, SAIDA consideró interesante realizar una Mesa Redonda en la que se discutiese el tema. A la misma acudieron Antonio García Trevijano, fundador de la Junta Democrática y miembro de Coordinación Democrática; Luis Otero miembro de la desaparecida Unión Militar Democrática; Ramón Zallo, del buró político de Liga Comunista Revolucionaria; Jacinto Vaello de Izquierda Revolucionaria Chilena, durante el Gobierno de Allende, y Alberto Fernández como coordinador de SAIDA. Lamentamos no haber podido lograr la asistencia de algún representante del PCE cuya presencia pensamos hubiese aportado mayor animación a la mesa.

A. FERNANDEZ (SAIDA).-Desde hace algunos meses, importantes partidos de la oposición democrática en el Parlamento vienen hablando de la posibilidad de un «golpe de Estado», de una «vuelta a atrás»... que pondría fin a la consolidación en España de una democracia parlamentaria. No cabe duda de que la grave crisis económica y, sobre todo, el hecho de que el aparato armado creado por el franquismo siga intacto, son datos reales a tener en cuenta. No obstante, parece evidente que para hablar de la posibilidad del «golpe de Estado» es preciso hacer un estudio más profundo, sobre todo cuando tal posibilidad es esgrimida para justificar determinado tipo de operaciones políticas (léase el Pacto de la Moncloa) por parte de los grandes partidos de la izquierda reformista. En este sentido, nosotros pensamos que sería interesante centrar el debate en dos puntos: por un lado, en qué medida se puede afirmar que se está fortaleciendo en España en estos momentos las posibilidades de un «golpe de Estado» y, sobre todo, cuál debería ser la actitud consecuente de la izquierda de cara a evitar dicho «golpe» y conseguir una consolidación y profundización de las libertades democráticas.

LUIS OTERO.—Sí, efectivamente se está hablando mucho últimamente de las posibilidades, del ambiente de un «golpe de Estado». Yo, sinceramente, creo que se está hablando demasiado de ello. El Gobierno y ciertos partidos de la oposición democrática lo está utilizando para justificar precisamente la política que están llevando a cabo. Ahora bien, lo cierto es que desde mi punto de vista no se dan en absoluto las condiciones objetivas para un «golpe de Estado». Por un lado, porque los llamados poderes tácticos que deberían protagonizarlo (el Ejército y las Fuerzas Armadas) no están en su conjunto dispuestos a intentarlo. Es cierto que hay individuos dentro de ellos que verían con buenos ojos cualquier acontecimiento que impidiera el desarrollo de la democracia parlamentaria. Pero para mí está muy claro que el Ejército en su conjunto no está dispuesto a protagonizar un «golpe». Por otro lado, dar un golpe militar es relativamente sencillo. Lo complicado es tener la fuerza suficiente para estabilizarlo. Y al respecto hay que decir que las fuerzas oligárquicas y financieras que, en teoría, podrían estar interesadas en una operación de ese tipo, no están hoy dispuestas a llevarlas adelante.

RAMON ZALLO.—Coincidiendo totalmente con lo anterior. Pienso que en estos momentos ni un fascismo de masas, ni una salida dictatorial pueden ofrecerse hoy como una alternativa real al poder tal y como lo ejerce hoy la burguesía. Cierto que no se puede excluir la posibilidad de la aparición de «sanjurjadas», en las que algún sector minoritario de las Fuerzas Armadas, haciendo caso omiso de las condiciones objetivas, intente un golpe. Pero es evidente que tal salida, ni tiene el consenso de masas indispensable para hacerse posible, si se ofrece como una alternativa para la burguesía. Esta se encuentra en estos momentos intentando asentar sus posiciones en el concierto internacional, para lo cual le es imprescindible un régimen parlamentario. Por otro lado, está apostando hoy por la consolidación de dicha vía parlamentaria para hacer frente a una crisis económica grave, puesto que es gracias a esa vía que hoy puede contar con el apoyo de ciertos partidos obreros para llevar adelante en todo momento salvaguardar la unidad en el seno del Ejército, unidad que se vería probablemente rota en varios puntos ante la posibilidad de una salida dictatorial a corto plazo. ¿Para qué puede querer la burguesía un golpe de Estado? Para nada: su objetivo es hoy la consolidación de un Estado fuerte a través de un régimen de libertades recortadas. Por supuesto, cabe plantearse la posibilidad del golpe a largo plazo. Y aquí es preciso señalar que la clase obrera y los sectores populares acaban de salir de una experiencia dictatorial de 40 años a la que difícilmente van a querer retroceder. Nos encontramos con una clase obrera combativa y organizada, que no está dispuesta a pagar el coste de una crisis económica de la que no es responsable. Y además, con la salvedad que pueda merecernos la representatividad objetiva de los votos electorales, nos encontramos en un país dirigido hacia opciones de izquierda. En estas condiciones, un intento de golpe llevaría o a la guerra civil, o —como en Portugal— a una respuesta popular que fortaleciera aún más un avance de la izquierda.

JACINTO VAELLO. — Yo estoy también de acuerdo con el diagnóstico de la situación que estáis haciendo. Efectivamente, hay que contemplar con preocupación la existencia aún de un aparato armado heredado directamente del franquismo, totalmente intacto y, por eso mismo, favorable potencialmente al desarrollo de tentativas golpistas. Ahora bien, se trata de una condición necesaria, pero no suficiente. A la burguesía le interesa mantener su poder por las vías que sean precisas. En este sentido, jamás puede descartarse del horizonte político la posibilidad del golpe. Ahora bien, la burguesía no elige sus alternativas por cuestiones de principio, sino de acuerdo a la correlación de fuerzas sociales. Y es aquí donde hay que decir que, en la actualidad, dadas las condiciones políticas y sociales, la alternativa go/pista no tiene interés para la burguesía. No obstante, insisto, no debemos perder de vista que a la posibilidad permanente del golpe de Estado (en teoría) como una alternativa potencial para ¡a burguesía, se une hoy en España un dato concreto: la existencia de un aparato armado preparado, por su historia, ideológicamente para un golpe de Estado. Por estas razones, yo pienso que lo que debe hoy encarar la izquierda no es tanto la posibilidad del golpe en abstracto, sino la posibilidad concreta de que un golpe tenga éxito. Y en este sentido, me parece peligroso plantearse a partir de ahí la posibilidad de que la izquierda adopte una política específica para hacer frente a las tentativas golpistas. De esta forma, volvemos a quedar encerrados en la polémica abstracta de golpe. De esta forma, volvemos a quedar encerrados en la polémica abstracta de golpe sí o golpe no. Yo pienso que la izquierda debe plantearse una política gene-ral en cuyo desarrollo y evolución, obviamente, entran cuestiones referentes al trabajo en el seno de los aparatos armados, la preparación de la lucha de masa armada, etc... Pero no hay política especial contra el golpe. El problema sería, en todo caso, cuál de las dos vías que hoy puede ofrecerse a la izquierda de trabajo general a largo plazo, puede permitir anular la posibilidad de un golpe exitoso: si el objetivo es estrictamente la consolidación de las libertades democráticas; o si es, directamente, el de avance ya en la vía hacia el socialismo.

ANTONIO GARCIA TREVIJANO.-Es una lástima que no estén presentes en el debate representantes de los partidos que sí creen o fingen creer en la posibilidad actual de un golpe de Estado. Porque yo, desde luego, estoy en general de acuerdo con lo que hasta aquí expuesto, si bien tendría algo en contra respecto de algunas afirmaciones. Pero en general estoy de acuerdo en que un golpe de Estado, entendido como un acto violento (aunque no necesariamente cruento) ejercido desde el propio poder para establecer un régimen dictatorial, hoy es imposible. Es más, no sólo no es posible hoy, sino que nunca lo ha sido desde tres o cuatro años antes de la muerte de Franco. Desde que empieza el declive del régimen, las libertades aparecen para las propias fuerzas franquistas como una necesidad, como una garantía de integración en el mundo occidental, integración imprescindible para una economía, como la española, que ya no podía ser autónoma, pues está dominada por las multinacionales y necesita su integración en el mercado mundial. Yo pienso que hay que analizar muy detenidamente la situación internacional para estudiar la posibilidad de un retroceso dictatorial. En este sentido, parece claro que la victoria de Cárter en USA y el tipo de política exterior que está llevando a cabo, no son fruto del azar. Los USA necesitaban de un giro en su política exterior desde el momento en que la derrota de Vietnam deja bien clara la imposibilidad de continuar con una política exterior de agresión y de apoyo a regímenes dictatoriales. Cárter supone la aplicación de una política exterior de integración, que logre una armonía social sobre la base de estabilizar en el poder de los países de su órbita a las mismas clases que hasta hoy lo han detentado, pero a través de regímenes parlamentarios, no dictatoriales. En este sentido, yo opino que para los países que sufren dictaduras o acaban de salir de ellas, la política exterior de Cárter juega un papel objetivamente positivo. Por esta razón, la situación exterior no empuja a un golpe de Estado, sino al contrario. Y a nivel de coyuntura, ocurría y ocurre lo mismo: ¿Contra quién se iba a dar un golpe de Estado a la muerte de Franco? Las clases que habían tenido el poder durante 40 años, seguían detentando el poder político y económico. No el ideológico, desde luego; ese era el peligro para ellas. Las ideas dominantes a la muerte de Franco eran las ideas democráticas, las ideas de las clases dominadas. El peligro era que estas ideas se hicieran dominantes con el protagonismo de las clases dominadas ya en el terreno de la política: eso hubiera sido la ruptura democrática. Por el contrario, la Monarquía, el Gobierno Suárez, las elecciones... no son más que partes de una amplia maniobra para conseguir que las clases dominantes integraran las ideas democráticas, dar a las clases en el poder las ideas democráticas de las clases dominadas. Y a esto se han prestado los partidos de izquierda bajo diversas justificaciones: primero había que «desdramatizar» la situación (cuando el único drama eran los atentados de extrema derecha). Para ello, el PSOE comienza a negociar con el Gobierno y todos los partidos que antes habían criticado su postura (entre ellos el PCE), ante el temor de que el PSOE fuera solo a las elecciones y perder así una plataforma en beneficio exclusivo de éste, se integran en la maniobra y se dedican a una carrera de concesiones al Gobierno. Y es aquí donde intervienen los órganos de la Prensa. Porque no hay que olvidar que la prensa, la radio y la TV se encuentran —salvo escasas excepciones— en manos de los mismos que han apoyado a la dictadura de Franco. Y si es peligroso esto en el aparato armado, que actúa siempre en primera instancia. Y son esos órganos de prensa los que se han inventado lo del golpe de Estado. Estos órganos no podían soportar la posibilidad de que un revisionismo radical cultural e ideológico de las ideas hasta entonces dominantes les barriera. Y han logrado dos cosas: que el Gobierno acepte la Reforma y que los partidos de izquierda renuncien a sus programas, a sus consignas, a sus análisis, aceptando los consejos de la prensa franquista (ser moderados, evitar el peligro del golpe, conciliación nacional, etc., etc...) Y así han quedado estos partidos desarmados ideológicamente. Yo pienso que hay que decirlo claramente: la campaña sobre el golpe de Estado ha sido una campaña artificial que ningún dirigente se ha creído. Una campaña encaminada, desde el aparato ideológico, a justificar ante la opinión pública y las bases militantes una política ciega por parte de la oposición, para la cual parece no haber otra alternativa que, o permanecer en unas Cortes inoperantes e impotentes, o marginarse y ser tachado de extremista, utópico o violento. Y es aquí donde sí está el peligro de llegar a una situación en la que puedan incubarse tentativas golpistas. Hoy no parece haber alternativa de Gobierno por parte de la oposición. Y si no se consigue crear una alternativa de Gobierno que interese a las masas obreras y populares y a la burguesía industrial (pues en España quien domina no es la burguesía en su conjunto, sino la burguesía financiera, la Banca), que es para mí la alianza auténticamente consecuente, en dos, tres o cuatro años, podemos llegar a una situación francamente peligrosa.

RAMON ZALLO. —Yo pienso que es importante, volviendo al tema de partida, contemplar en estos momentos cuál es el proyecto de la burguesía en España y cómo se relaciona con él la posibilidad de una estrategia golpista. En España estamos asistiendo a un fenómeno generalizado a nivel internacional: la consolidación de un Estado fuerte, en el que se da una predominancia del poder ejecutiva y una creciente pérdida de peso del Parlamento, con escasa capacidad de control sobre el Poder Ejecutivo. Y esto se hace en España sobre la base de un aparato armado, no sólo intacto, sino cuya situación de hecho acaba de ser sancionada a través del pacto de la Moncha. A través de dicho pacto, se ha renunciado explícitamente a una transformación de las Fuerzas Armadas de Orden Público, a su depuración, etc... En esta situación, ¿cuál es la respuesta de Ia extrema derecha, esa extrema derecha no depurada, sino autoamnistiada, que campa por sus respetos? Bien, su política se enmarca no dentro de una estrategia golpista, sino de una estrategia de tensión que lo que busca es aparecer como segunda alternativa en el caso de que la respuesta de los trabajadores a la crisis económica y a las negociaciones Gobierno-partidos convenza a la burguesía de la imposibilidad de ejercer su poder por la vía parlamentaria. Esta estrategia de tensión la vemos vehiculizada a través de cuatro vías: por un lado, a través de las provocaciones, manifestaciones, y agresiones de las organizaciones fascistas (Fuerza Nueva, FE de las JONS...); luego, estarían esos sectores no depurados del Aparato del Estado, tanto del aparato armado como del burocrático e informativo; también un sector minoritario de la burguesía, que ha fugado sus capitales a Suiza o que realiza un cierto boicot de inversiones hasta que Suárez no garantice el silencio total del movimiento obrero; y, por fin, una extrema derecha o simplemente derecha (Alianza Popular) que vehiculiza la estrategia de tensión por la vía parlamentaria. Lo lamentable es que los grandes partidos están facilitando el desarrollo de esa estrategia de tensión. Por un lado, provocando la desconfianza del movimiento obrero en sus propias fuerzas, en su capacidad para conquistar y defender sus reivindicaciones, atemorizándole de continuo con la posibilidad de un retorno a la dictadura y en suma pactando sobre la base de ios intereses y reglas de la UCD de Suárez. Se trata de una política irresponsable y ciega que desarma objetivamente a! movimiento obrero, que a través del Pacto impulsa el paro, la aparición de masas sin trabajo desesperadas y pequeños empresarios arruinados susceptibles de caer víctimas de la propaganda fascista... Una política correcta exigiría avanzar en las libertades democráticas, llevándolas hasta sus últimas consecuencias, desmantelar y depurar los aparatos represivos, fortalecer la unidad de la dase obrera tanto en el terreno sindical como de cara a las municipales y, en definitiva, impulsar el que la dase obrera, a través de sus partidos, aparezcan auténticamente como una alternativa de poder, mejorar continuamente la correlación de fuerzas de forma que se ponga de manifiesto que la contradicción no es en absoluto hoy democracia o dictadura, sino capitalismo o socialismo.

ANTONIO GARCIA TREVIJANO.-Veo claramente con tu intervención que hay una diferencia esencial entre nosotros. Yo no soy marxista, y mucho menos leninista. Y en consecuencia no puedo estar de acuerdo con que se plantee como tú haces la disyuntiva capitalismo-socialismo. Yo creo que si no se construye una alternativa democrática a ese Estado fuerte del que tú hablabas, entonces hay poco que hacer. Porque estoy firmemente convencido de que en estos momentos la clase obrera no tiene posibilidades reales de imponer una salida por sí sola, una salida socialista. Ni por su correlación de fuerzas a nivel mundial, ni a nivel estatal. Muy al contrario, la clase obrera debe aspirar a hegemonizar una alternativa consecuentemente democrática, para la cual se verá en la obligación de hacer alianzas con otros sectores sociales, y entre ellos, con la burguesía industrial. La alternativa hoy al capitalismo no es el socialismo, sino la democracia. Una democracia que quizá, a la larga, pueda abrir el camino al socialismo, pero que no puede ser confundida con este. La democracia que hoy es necesaria debe estar basada en un Estado fuerte. Yo no estoy de acuerdo en que todo estado fuerte sea algo malo para la clase obrera, se trata de un prejuicio que el marxismo arrastra desde el siglo XIX. Hoy no se puede controlar la economía desde un Parlamento, porque ningún Parlamento puede controlar a las multinacionales. En nuestro caso, sería necesario un Ejecutivo fuerte para que la Banca se pusiera al servicio de la industria y no al revés. Un Ejecutivo controlado por las fuerzas democráticas. Por eso soy partidario de un régimen presidencialista. El grave error de la izquierda europea es que carece de respuesta institucional a la sociedad moderna. Ya Gramsci en 1921 señalaba que no había que confundir régimen parlamentario con régimen representativo. Yo creo que el presidencialismo es un régimen democrático, representativo, que garantiza las libertades de forma real. En caso contrario, estaremos en un régimen parlamentario, controlado por las multinacionales y la burguesía financiera que, en cuanto vea peligrar su dominación, podrán oscilar hacia el golpismo si no existe una alternativa democrática clara desde la izquierda.

A. FERNANDEZ (SAIDA).- Bien parece que hay un gran consenso en cuanto a señalar que no hay a corto plazo posibilidad alguna de un golpe de Estado. Sin embargo, lo que es innegable es la existencia de una amplia propaganda orquestada en ese sentido desde la Prensa, desde la propia UCD y, sin lugar a dudas, desde los grandes partidos reformistas. Cabría entonces preguntarse sobre los efectos que tiene esa propaganda sobre el golpe de Estado tanto entre las masas populares como en el propio aparato armado, y sobre las medidas necesarias para contrarrestarla...

LUIS OTERO.—Sí, efectivamente esa propaganda existe, y para conseguir determinados objetivos. UCD la ha utilizado, por ejemplo, de forma sistemática. Está el caso, por ejemplo, que a mí me toca muy de cerca, de la exclusión del decreto sobre Amnistía de todos los militares que hemos sido sancionados por haber llevado labores democráticas en el seno del Ejército. Se ha esgrimido que nuestra inclusión en el decreto hubiera sido una provocación al Ejército y que hubiera dimitido el Ministro de Defensa. De esta forma, tanto desde la izquierda como desde la derecha se han convertido al Ministro en el auténtico árbitro de dicha situación. Yo no entiendo cómo puede ocurrir esto cuando parece que tanto la derecha militar como la izquierda se encuentran de alguna forma en contra de Gutiérrez Mellado. La izquierda ha utilizado aquí la amenaza de la dimisión sin más, sin explicar sus consecuencias, sin estudiarlo mínimamente... Y en el mismo sentido de los reproches que cabe dirigir a la izquierda que está en el Parlamento, yo desde luego pongo en primer lugar el no haber presionado en absoluto para que se tomaran medidas para desmontar y ajustar el poder militar, pues como muy bien habéis dicho, aunque la posibilidad del golpe es hoy nula, cuanto más intacto esté dicho poder, más cercana podrá estar en el futuro la alternativa golpista. Yo sigo sin entender, entonces, cómo no se toman medidas urgentes, perfectamente concebibles desde posiciones meramente democráticas, y que permitirían consolidar la vía de la democracia en España. Yo pienso que es obvio que si hemos elegido un sistema democrático, todas las instituciones deben adecuarse a la nueva situación. Luego el Ejército también. Porque no se debe olvidar que el Ejército español se creó para que existiera en un régimen determinado, para lo cual se lo inculcó una mentalidad determinada. Y yo ahí eximo de toda culpa a mis antiguos compañeros: las cosas no podían ser de otro modo. Pero hoy sí: si estamos en un régimen nuevo, el Ejército y las Fuerzas de Orden Público deben adaptarse a él. Yo, insisto, no puedo entender entonces la postura de los partidos de izquierda. Está el asunto del pacto de la Moncloa. Los partidos de izquierda han dicho que después del pacto las Fuerzas de Orden Público quedarán así y así... ¡O sea, como antes! ¿O es que esos partidos ignoraban cómo estaban estructuradas antes las Fuerzas de Orden Público? A los partidos de izquierda que están en las Cortes hay que exigirles que sean consecuentes, que presenten leyes en este sentido. Se sabe que en estos momentos el Ministro de Defensa está elaborando una Reforma del Ejército. Bien, está en su derecho y a mí me merecen por ello todos los respetos sus propuestas, porque además sé positivamente que lleva mucho tiempo pensando en la Reforma del Ejército. Ahora bien, creo que es lógico pensar en la posibilidad de que sus planteamientos puedan no ajustarse totalmente a las necesidades actuales. Igual les puede pasar a los míos o a los de cualquier otro. En consecuencia, lo lógico es averiguar lo que el país quiere al respecto. Si el país quiere evitar el golpe de Estado, cosa evidente, habrá que poner en práctica las medidas que garanticen las libertades. En cuanto a la propaganda sobre este tema, yo creo que hay que hacer ver lo ridícula que resulta. Porque, vamos a ver, si hay peligro real de golpe de Estado ¿por qué no se toman medidas institucionales para evitarlo? Y si no hay peligro real ¿por qué siguen hablando de él?

JACINTO VAELLO. — Efectivamente, no nos enfrentamos contra la posibilidad de un golpe de Estado, sino con una propaganda ideológica sobre el golpe de Estado. Yo pienso que está muy claro cuál es el objetivo de esta propaganda. Sin ella, hubiera sido muy difícil presentar a los trabajadores un Pacto como el de la Moncha, en el que no han tenido arte ni parte y que lesiona gravemente sus intereses. Hay que tener en cuenta que todavía la capacidad de integración de los partidos parlamentarios de sus propias bases electorales es muy escasa, y sin una propaganda de ese tipo es difícil que hubieran estado en condiciones de garantizar a un cierto nivel el que la reacción de los trabajadores ante el Pacto no fuera inmediatamente la de un rechazo radical. En suma, la propaganda sobre el golpe tiene como objetivo la aceptación por parte de los trabajadores del pacto social, el sostenimiento de una política socialdemócrata. No obstante, tengo la impresión de que la vigencia de dicha propaganda tiene los días contados. Hay qut tener en cuenta que los trabajadores comienzan a considerar incomprensible que, al cabo de 40 años de luchas, para conseguir las libertades, nos encontremos en una situación en la que su utilización se convierta de inmediato en una forma de provocar el golpe. De la misma forma, la izquierda reformista está cometiendo graves errores que dejan un flanco abierto a la lucha ideológica muy grande. Por ejemplo, el hecho de haber llevado una negociación tan importante como la de la Moncha a! margen del Parlamento. Los trabajadores han comenzado a darse cuenta de los propios límites de la democracia parlamentaria que estamos viviendo y el papel decorativo que tienen cada vez más los Parlamentos. Esto abre sin duda posibilidades a una política revolucionaria. Está también el grave error de no haber incluido en la Amnistía a los militares demócratas. Se suele plantear la cuestión en los términos de haber abandonado a su suerte a un grupo numeroso de demócratas— El problema no es sólo ése: el problema es que se ha renunciado abiertamente a fortalecer entre la oficialidad un importante núcleo de demócratas que podrían haber ido forjando una alternativa democrática en el seno de las Fuerzas Armadas. Esto ha sido lo grave. En suma, errores de este tipo y, sobre todo, la situación insostenible a la que va a llevar la aplicación de las medidas de la Moncloa, abren la posibilidad de movilizaciones que rebasen ampliamente el marco de la política socialdemócrata, a condición de que exista, de parte de la izquierda revolucionaria, una alternativa política. Esas movilizaciones pueden permitir una acumulación de fuerzas suficientes, con una correcta dirección política, como para que la acentuación de la crisis corra pareja con la detentación de la fuerza suficiente no sólo para detener el golpe, sino para implantar a largo plazo una salida de dase a la situación.

LUIS OTERO.—Yo pienso que una tarea urgente hoy es la cuestión de la Reforma del Ejército. Podemos caer en estos momentos en el peligro, por reacción a la situación anterior en la que existía un Ejército muy marcado ideológicamente, en pensar en un Ejército profesional, neutral. Yo creo que esto da pie a toda suerte de acontecimientos desagradables. Se quiera o no, en un sistema burgués el Ejército tiende siempre a acomodarse a los intereses de las clases dominantes. Tampoco estoy por un Ejército que, por la vía de la politización, aspire a convertirse en el árbitro o en el director del cambio político, como ha sido el caso del Movimiento de las Fuerzas Armadas portuguesas. Yo estoy, más bien, por identificar desde ya mismo al Ejército con el pueblo. Esto implica obviamente su desprofesionalización, huir de la idea de crear una institución mercenaria. Exige la vinculación del Ejército con las clases populares y cambiar las relaciones internas de disciplina, porque parece claro que el concepto jerárquico de disciplina que hoy es vigente en el Ejército no es el más conveniente. Y, en cualquier caso, evitar otorgar al Ejército el papel de defensor de la Constitución. Porque sobre la base de este principio se han dado maniobras de todos los colores, ya que el problema es ¿quién interpreta cuándo y por quién está la Constitución en peligro? El papel del Ejército debe ser la defensa de todos los ciudadanos, de todos los civiles. Y no funciones de interpretación ideológica o constitucional.

ANTONIO GARCIA TREVIJANO.- Yo creo que estamos en condiciones de hacer una síntesis de lo expuesto. Por un lado, estamos de acuerdo en que no ha habido un peligro real de golpe de Estado, sino una propaganda en torno a la posibilidad del golpe. Hace cuatro o cinco meses hubiera sido mucho más interesante esta conversación, puesto que entonces, según se decía, había que «desdramatizar» la situación, mientras que hoy, a raíz del Pacto, lo que hay que hacer es evitar el peligro de «hundir la economía» si los trabajadores no aceptan dicho Pacto. Y, por fin, estamos de acuerdo en que la acción de los partidos reformistas y de las masas por ellos encuadradas bajo el dominio de la propaganda del golpe de Estado, crea precisamente las condiciones para que en tres o cuatro años, el golpe pueda convertirse en un peligro real. Se nos ha preguntado por la alternativa correcta desde la oposición. Otero propone que desde el Parlamento los partidos democráticos presionen de cara a una urgente Reforma del aparato armado. Vosotros dos habéis insistido en la necesidad de una lucha ideológica y organizativa en el seno de la dase obrera para fortalecer su movimiento y que a la larga pueda aparecer como una alternativa de poder capaz de imponerse y evitar todo peligro de involución. Yo quisiera introducir una tercera opción. No puedo estar de acuerdo con Otero: no sería lógico que los mismos partidos que han aceptado la situación de hecho del aparato armado en la Moncloa se dedicaran a reformarlo y a contradecirse desde el Parlamento. Tampoco puedo estar de acuerdo con vuestra postura: creo que es imposible, y que en ningún caso es prioritario, que la dase obrera intente imponer por sí sola una alternativa, el socialismo. Además, esta política terminaría por arrojar definitivamente al PSOE y al PCE en manos de la burguesía... Además, ¿Socialismo? ¿Cuál? ¿El del PSOE, el del PCE, el vuestro? Yo creo que hay que simplificar, hay que hablar de una alternativa democrática, impulsada por la dase obrera, los profesionales de la cultura y la burguesía industrial, institucionazada a través del presidencialismo. Una alternativa democrática puede unir a los partidos de izquierda. Una alternativa revolucionaria divide a las fuerzas democráticas y algunas de izquierda, porque es excluyente.

RAMON ZALLO.—Yo la verdad, pienso que en estos momentos esa alternativa democrática en la que están a la vez la burguesía o parte de ella y la clase obrera es el Pacto de la Moncloa o algo muy semejante a él. No puede haber hoy otra forma de realizar esa alianza. Por otro lado, quisiera dejar claro, porque quizá se nos ha interpretado mal, que tanto el compañero como yo, estamos por la unidad de la izquierda, especialmente con los grandes partidos obreros. Pero lo que deben hacer esos partidos es llevar a cabo una política consecuentemente de izquierdas, y perfectamente realista, que es la que con matices hemos estado exponiendo hasta ahora. Esos partidos de izquierda, en suma, deben asumir su responsabilidad ante los trabajadores.

LUIS OTERO. —Yo, para finalizar, estoy de acuerdo con Trevijano en que hoy lo que yo he propuesto es utópico. Pero también hay algo en lo que parece que coincidimos todos: si esa unidad entre los partidos de izquierda se hace real, habría la fuerza suficiente como para poder realmente garantizar las libertades democráticas y la posibilidad de una serie de reformas urgentes.