ENTREVISTA A ANTONIO GARCIA-TREVIJANO
ARAGON EXPRESS, 25 AGOSTO 1979
Macías tiene un proceso patológico y requiere atenciones siquiátricas. Yo le llevaría a un sanatorio”, contestó Antonio García-Trevijano a una periodista de Informaciones , que le preguntó si él perdonaría la vida al derrocado Macías.
Como es sabido, el señor García-Trevijano ha visto implicado su nombre junto al del tirano Macías. A lo largo de la entrevista que le hizo para el diario madrileño Nativel Preciado, el notario y pionero de la Junta Democrática aborda distintos temas de rigurosa actualidad que, por gentileza de “Informaciones”, publica hoy “Ale”.
— Dice que no es partidario de la pena de muerte, pero una de las acusaciones que le hacen sus enemigos, que son más numerosos que sus amigos, al menos, a nivel político, es que usted elaboró la ley sobre las penas de muerte a los considerados por Macías como subversivos.
—Entre 1969 y 1973, período que abarca mi colaboración con el Gobierno de Guinea independiente, no hubo, que yo sepa, ninguna ley ni sentencia de muerte. Los únicos políticos guineanos que murieron fueron los que fracasaron en el golpe de Estado del 5 de marzo de 1969. De modo que ni Macías ni nadie me pidieron jamás que preparase leyes sobre la pena de muerte. El único Código Penal existente fue el que dejó el Gobierno colonialista español. Y precisamente en esa época que los panfletos me atribuyen, sin ninguna prueba, tales acusaciones, yo asumía el riesgo de ir a Barcelona, a petición del Colegio de Abogados, para hacer un informe en defensa de la vida de Puig Antig, oponiéndome y enfrentándome a la dictadura franquista en uno de sus momentos más peligrosos. Sería completamente aberrante, sería un loco, sería un perturbado, tendría que estar en un manicomio, si yo exponía mi vida en España por evitar una pena de muerte y estaba redactando leyes que la permitiesen en otro país. Esa acusación no es cierta y carece de fundamento.
-¿Estaría dispuesto, entonces, a dar asilo político a Macías?
-Sin duda alguna. Le daría asilo para internarle en un hospital psiquiátrico.
- ¿Y si se recupera y compra mercenarios para volver a Guinea?
-Eso es un sueño totalmente imposible.
—Usted eligió a Macías para llevar a cabo su proyecto de independencia, ¿no siente haber fabricado un monstruo?
-Eso es una broma de mal gusto. Yo no elegí a Macías ni fabriqué ningún personaje monstruoso. Macías estaba ya elegido desde el año 63 por Franco y por Carrero Blanco. Tenía ya, por tanto, su personalidad propia cuando vino a verme como vicepresidente del Gobierno autónomo en compañía del resto de los guineanos. Jamás tuve preferencias entre los 23 guineanos que yo asesoraba; nunca ayudé a uno más que a otro, porque siempre he defendido la unidad en política como única vía para llegar a la democracia. Lo hice en Guinea Ecuatorial y lo hice en España con la Platajunta. Debo aclarar que a Macías no le di ni una sola peseta.
— ¿Niega que financió la campaña electoral de Macías con 50 millones de pesetas?
—Claro que lo niego. La cantidad de dinero que yo aporté a los nacionalistas guineanos figura en los archivos de los Juzgados, porque tuvo que constar en el expediente que me abrieron para procesarme en 1968. Las facturas que yo pagué al grupo de Andrés Moisés y José Nsué fueron del orden de un millón quinientas mil pesetas. Precisamente a Macías no le di nada. Angel Masié, entonces ministro del Interior, que está presente en esta entrevista, es testigo de lo que cuento. Ángel vino a verme, en nombre de Macías, para pedirme dinero, pero yo estaba veraneando en Comillas y no me encontró. El otro grupo, el de Moisés, fue a verme a Comillas y les autoricé para gastar medio millón de pesetas en carteles de propaganda. Esta ayuda se la ocultaron a Macías, porque existía cierta rivalidad entre ellos. Daban mucha importancia a quien estuviera cerca de mí, tanto por mi dinero -aunque era muy poco, para ellos, como no tenían nada, representaba una fortuna— como por la influencia y el prestigio político de estar apoyados por mí. Ellos se habían dado cuenta de mi competencia v valoraban mucho mi preparación. Ángel Masié se va disgustado a Guinea y le cuenta a Macías que estoy apoyando a los otros. Eso explica que durante el primer año de la independencia no nos veamos Macías y yo.
-Por eso y porque Atanasio, el hombre de confianza de Macias durante aquel año, era enemigo suyo.
— Bueno, sí, en efecto, son las dos cosas. No podía ir a un país donde uno de los ministros del Gobierno me había difamado en la O.N.U. Yo le escribí a Macías para informarle de las hazañas de Paesa, Armijo y Nováis, y para mostrarle mi sorpresa por haber nombrado ministro a una persona que me difama y miente en la O.N.U. Le advertí que Atanasio le traicionaría, y así fue. El 5 de marzo del 69 Atanasio Ndongo y Saturnino Ibongo intentan un fallido golpe de Estado con el apoyo del Ministerio español de Asuntos Exteriores.
—Cuentan que cuando usted conoció a Macías era ya un personaje desprestigiado, que había, demostrado su oportunismo, manipulado en un principio por Franco y por Carrero, vehemente, demagogo, de grandes oscilaciones políticas...
—No es cierto. Cuando yo le conocí era el más nacionalista, anticolonialista, coherente y razonable de cuantos formaban parte del secretariado conjunto. Bonifacio Ondo era una marioneta de Carrero Blanco, y Atanasio Ndongo representaba los intereses políticos de Castiella. De modo que Macías era el que tenía una línea política más clara frente al colonialismo. La prueba es que ganó las elecciones por una mayoría aplastante.
—Parece que usted le escribió los discursos de esa campaña electoral.
— ¡Qué tontería! Yo no estaba en Guinea en ese momento.
— ¿Nunca se dio cuenta de que Macías era un psicópata?
—Cuando yo le conocí no tenía el menor síntoma de desequilibrio. Ahora, sin embargo, recuerdo algunas anécdotas significativas. En el recibidor de mi casa hay un espejo que ocupa una pared entera y casi todo el mundo confunde el espejo con un pasillo y choca. Macías fue uno de ellos, pero el único que hizo varios intentos de salir a través del espejo; luchó contra él y no se dio por vencido más que al cabo de un rato. Me impresionó su obstinación; era un hombre que no aceptaba la realidad. Otro detalle sintomático es que se negaba siempre a trabajar en la terraza de mi casa —estábamos en verano y solíamos reunimos allí para estar más frescos- porque temía que le disparasen desde cualquier edificio. También mostró su autoritarismo con alguno de sus compañeros, al que mandó callar de forma grosera y violenta. En uno de estos incidentes yo le dije que no toleraba ese trato en mi presencia. Macías se fue de mi casa y estuvo varios días sin aparecer. En otra ocasión me arrojó una factura sobre la mesa y me ordenó: ¡Páguela! La factura no era suya, sino del hotel de otros guineanos. Yo le dije que si daba dinero era por razones políticas y no por intereses colonialistas, de modo que no admitía órdenes de nadie y que sólo pagaba por estar identificado con la causa de la independencia, como hice constar en todos los recibos. Tras la bronca, Macías se va de mi casa, para volver días después pidiéndome perdón de nuevo. Todo esto fue antes de la independencia, durante la fase de la conferencia constitucional. Después, como Presidente de Gobierno, no le vi ninguna rareza hasta 1972, cuando empieza a hablarme de permanentes complots.
En aquella época ya se habían producido matanzas en Guinea, las cárceles empezaban a llenarse de “sospechosos” y los guineanos vivían en estado de excepción.
—En absoluto. Nada de eso es cierto. Yo estuve en Guinea en el año 69 y allí no hubo más que la represión natural contra los que llevaron a cabo el fallido golpe de Estado. Murieron muy pocos. ¿Cuántos fueron eliminados a raíz del golpe?
Pregunta Trevijano a los exministros de Macías Angel Masié y Pedro Ekog, y al ex-jefe de la Policía Armada guineana, Ciríaco Mbomio, que están de testigos a lo largo de toda la entrevista. Masié y Mbomio, responsables directos en aquel tiempo de la represión del golpe, hacen en voz alta un recuento.
—Atanasio, Saturnino, un diputado...
Trevijano hace un cálculo aproximado:
—No más de ocho o nueve.
— ¿No se produjeron también algunas matanzas y apaleamientos públicos, como el de la viuda de Atanasio, que fue violada en la plaza ante numerosos espectadores?
—Eso es mentira —me interrumpe Angel Masié—, La mujer de Atanasio estuvo en la cárcel solamente una hora. El Presidente me ordenó que la entregase al cónsul de Camerún en Bata. Y esa orden la cumplí yo personalmente. ¡Cómo no la violasen en Camerún...!
Pues el “New York Times” del 10 de mayo de 1971 ya dice, a través de su corresponsal, que Guinea Ecuatorial tenía uno de los gobernantes más represivos del continente.
—No puede ser cierto —responde Trevijano— porque después del golpe de Atanasio, el país vive dos años felicísimos. Durante 1971 y 1972 había en Guinea una alegría tremenda.
— ¿Cuándo empieza a actuar la incontrolada “Juventud en marcha con Macías” y las “Milicias populares”, las dos fuerzas represivas?
A finales de 1972 comienzan a producirse algunas detenciones —precisa Angel Masié, -¡Ah! ¿En el 72 había detenciones? -interrumpe Trevijano con asombro-.
-¿Cómo es posible que usted no lo supiera? -le pregunto—.
-Si se produjeron esas detenciones, desde luego, me lo ocultaron. Mis amigos guineanos, los ministros, tenían una delicadez tremenda conmigo, aunque en este caso era más bien un defecto, y no me advertían de las cosas que estaba haciendo Macías en contra de mis ideas. Por eso yo me enteré sólo de los hechos consumados y no tuve tiempo de decirle a Macías que estaba cometiendo un error.
—Pero fue en el 73 —continúa Angel Masié— cuando se produjeron las más fuertes matanzas.
-Sí –añade Trevijano-, cuando yo llego a Guinea en el 73 me empiezo a enterar de todas estas cosas. Ya en octubre de. 1972 noto una tristeza tremenda en el pueblo y se lo digo a los ministros amigos míos. Pero ellos! siguen -empeñados en ocultar la situación, porque avergonzados ante mí.
—Macías, en el 72, había asumido ya todos los poderes y se proclama Presidente vitalicio.
— De ninguna manera rechaza Trevijano—. Eso fue en 1973 -Estaba ya el partido único, cierto que ya noto tristeza en las fiestas populares. Y o iba mucho a ver las danzas y las fiestas porque eran para mí como un barómetro. Me daba cuenta de la delicadeza de mis amigos, que no me querían informar para no asustarme. Pero en el 72, ya noto un cambio enorme. Veo al pueblo triste y se lo digo a Macías, quien me responde: Sus amigos le llevan a las fiestas de los bubis, que son muy tristes, sus amigos no conocen bien Guinea.
¿Tampoco pudo evitar el golpe Macías fundase el partido Único Nacional, al que después le añadiría la T de trabajadores, según dicen su amigos, por consejo suyo. —Lo de “trabajadores se lo añadió él mismo por consejo de la Unión Soviética, según me ha informado Angel Masié- — ¿No hay porque buscar tres pies al gato en la similitud de las siglas del P.U.N.T, con el P.T., el Partido del Trabajo ha recibido especial apoyo de usted?
—Eso es otra frivolidad. En efecto, los del P.T.E., mis amigos, pero no hay la menor coincidencia. Hablemos con seriedad. Cuando vuelvo a Guinea en el año 1971 me encuentro el proyecto del P.U.N. ya aprobado. Me disgusté una barbaridad y le dije a Macías que era error. El Presidente me dijo que yo era un europeo y no un africano y que nunca me pedía cuestiones políticas, sino técnicas. Me rogó que no metiera en asuntos políticos. Pese a todo insistí en que, al menos, no le llamase único , sino unitario , para permitir que dentro del PUN, estuvieran integradas todas las tendencias ya organizadas el M.U.N.G.E., el I.P.G.E. y el M0NALIGE. Pero ya no había tiempo de cambiarlo. Esa fue mi primera discusión seria con Macías. El se quedó bastante impresionado y yo ya perdí la ilusión y la esperanza sobre Guinea.
-A pesar de todo, siguió usted al lado de Macías.
-Sí, porque quedaban asuntos muy graves pendientes y yo no me podía negar a resolverlos, sin dejar a aquella gente que necesitaba elaborar unas leyes muy difíciles y no tenían otra persona que les pudiera asesorar.
Me entero ya en 1973, cuando voy a Guinea, me entero de que hay detenidos, entre los que se encuentran algunos amigos míos, como Pedro Ekong, aquí presente. Y además se ha publicado la Constitución de 1973, con la que no tengo nada que ver, a pesar que mis enemigos pretenden atrbuirmela. Una Constitución en que Macías se autoproclama Presidente vitalicio. La Constitución fue obra de un tal doctor Álvarez, de nacionalidad cubana. Ángel Massie, entonces ministro del interior, lo puede confirmar, porque él estuvi con el tal Álvarez redactando dicha Constitución.
-Antonio no tuvo parte ni arte
-confirma Ángel Massie
-El caso es que yo, una vez más-continua Trevijano-, me entero de los hechos consumados. Decido ir a hablar de una manera franca con el Presidente Macías. Le dije que desde el año 1972 yo no estoy tranquilo con mi conciencia, por lo del P.U.N.T.; que yo no puedo estar en España luchando para que no haya presos políticos y admitir que en Guinea estén detenidos amigos míos a los que considero personas sensatas y, de ningún modo traidores; y que, por último, había publicado una Constitución contraria a la mía, que era totalmente democrática... Por estos motivos, le dije, consideraba que mi función en Guinea había terminado.
— ¿Qué le impidió, a partir de ese momento, denunciar los crímenes de Macías? ¿Por qué continuó mostrándose amigo del dictador?
—Porque mis mejores amigos, entre ellos varios ex ministros de Macías aquí presentes, habían caído en desgracia (Angel Massié, su hermano Miguel, Pedro Ekong y muchos otros), y me pidieron- que no hiciera ninguna campaña en contra de Macías porque entonces mi vida correría peligro. Mientras yo no me enfrentase al régimen, Macías no les mataría. Por eso sus familiares me rogaron que mantuviese el más absoluto silencio en torno a lo que estaba pasando en Guinea. Y yo, por amistad y porque no quería que cometiera aún más crímenes, tuve que guardar silencio. Gracias a mi actitud, muchos políticos guineanos están vivos y pudieron escapar de Macías.
—Guinea ha sido la gallina de los huevos de oro para algunos políticos españoles y para las multinacionales. ¿Lo seguirá siendo de Teodoro Nguema?
— Eso es mentira. Ninguna multinacional ha funcionado en Guinea con Macías. La única empresa nueva que entró después de la independencia fue una compañía forestal francesa. Con Macías siguió funcionando la misma estructura colonial anterior. El mercado del cacao, el café y la madera lo explotaban los mismos españoles que lo hicieron durante la época de Carrero y Díaz de Villegas. El régimen de Macías, aun siendo, a partir de 1973, una dictadura irracional, ha sido insobornable para los intereses colonialistas. Macías ha sido un hombre odiado por el colonialismo y eso explica la exageración de los ataques que ha sufrido.
— ¿Además de Carrero Blanco, que usted sepa, cuántos políticos españoles se enriquecieron con Guinea?
—Todo el mundo decía que Carrero era el aro de Guinea. En efecto, políticamente lo era. Pero debo decir, en honor a la verdad, que no pude comprobar si las empresas que se le atribuyen eran realmente suyas o de su familia. Lo investigué durante mi estancia en Guinea, pero no pude encontrar ni una sola prueba. Sí estaban otros empresarios amigos suyos, como los Bergaz Santos, los Mora, los Mayo, ios Amilibia, los Villacorta..., grandes fortunas españolas.
— ¿Es cierto que usted mantenía excelentes relaciones con Eduardo Blanco, el hombre de confianza de Carrero?
—Eso es verdad y no lo he ocultado nunca. Si se sabe es porque yo lo he dicho. En aquel tiempo, Eduardo Blanco era director general de Seguridad y me lo presentó Luis Valls Tabemer, a quien yo conocía a través de Calvo Serer. Fui yo el que pedí un encuentro con Blanco para enterarme de un asunto que me había encomendado don Juan de Borbón. Era el año 67 y Franco cayó enfermo durante una cacería en Cazorla. Don Juan me pidió que me informase de la gravedad de Franco, y así entré en contacto con Eduardo Blanco. A partir de ese momento nos intercambiábamos análisis políticos, respetando nuestros res-pectivos límites. Yo jamás le dije nada de la oposición, ni él a mí de asuntos importantes de Estado. Cuando vinieron a verme los guineanos por primera vez, para que les asesorara en el tema constitucional, se lo comuniqué a Eduardo Blanco y a Castiella, a quien conocí a través de mi amigo Martín Gamero. Ellos estaban al corriente de que había aceptado ese encargo como abogado.
—A usted le benefició el tratamiento de materia reservada sobre Guinea.
— De ninguna manera, me perjudicó muchísimo. El dossier que utilizó el P.S.O.E. contra mí llega a decir esa tontería; que yo manipulé ante Franco y ante Carrero para que se hiciera la materia reservada. Me perjudicó porque si se hubiera sabido a su debido tiempo que no tengo nada que ver con Guinea desde el 73, en el año 76 hubiera sido un hecho viejo y no le hubiera servido de pretexto al P.S.O.E. para romper la Platajunta.
-Parece imposible que el P.S.O.E. le ganara la batalla. ¿Si las acusaciones del dossier eran simple calumnias, ¿cómo quedaron por encima de su capacidad de defensa, teniendo en cuenta que es usted un abogado brillante que apenas ha perdido pleitos?
-Es verdad que hasta ahora sólo he perdido un pleito. Pero siempre que gano un pleito necesito tener una ley. En este asunto no había reglas de juego. La dictadura me difama, a través de la Prensa, en el año 68. Los Tribunales no me admiten las querellas por calumnia y por injuria. Lo mismo sucede en 1976. Se repite la Historia. La Prensa publica el “dossier” por la influencia del P.S.O.E. Cualquier persona sensata ve que esas acusaciones que lo demuestren. De nuevo pongo diez o doce querellas por calumnia y por injuria, pero tampoco me las admiten. ¿Cómo voy a ganar, entonces, si no admiten las reglas del juego? No se trataba de saber la verdad; era un problema de intereses. En el año 76, toda la Prensa sin excepción estaba interesada en la reforma. Yo era el único que no aceptaba ese camino, porque siempre defendí la ruptura democrática y rechacé el pacto con el franquismo. Esa es la razón por la que nadie estaba interesado en defenderme.
— ¿Por qué se metió en la aventura de Guinea: por ambición política, por dinero, por prestigio profesional o, simplemente, porque le gustaba eso, la aventura?
—A mí la palabra aventura no me disgusta, aunque la empleen mis enemigos para decir en tono despectivo que soy un aventurero de la política . La verdad es que no me hice esa pregunta. Lo mismo que en España me he dedicado a la política durante veinticinco años —porque he luchado contra Franco un cuarto de siglo—, me metí en el asunto de Guinea porque vinieron a pedírmelo unos guineanos nacionalistas; unos africanos de cuya descolonización los españoles somos responsables. Mi ideología política es muy precisa, es democrática, es una concepción del mundo; soy anticolonialista. Lo mismo que ayudé a Comisiones Obreras, a los comunistas, a los socialistas, a los liberales y a los demócrata-cristianos, de la misma forma quise estar presente en la lucha contra el colonialismo. En resumen, lo hice desinteresadamente, por un ideal político.
—Al parecer, antes que a usted los guineanos fueron a ver a Tamames, Tierno Galván y Ruiz Giménez, ¿por qué rechazaron la oferta que usted aceptó?
—Yo ignoraba esta oferta, pero Angel Masié me lo ha contado. No digo nombres, pero uno de ellos pidió un millón de pesetas por desempeñar el trabajo de asesorarles, y los otros se negaron sin más. A mí me visitaron el cuarto. Es todo lo que sé.
—Aseguran que -Usted ganó algo más de un millón en Guinea...
— Las acusaciones políticas del dossier son fáciles de desmentir; las económicas se caen por su propio peso. Dicen que yo tengo el monopolio del comercio de cacao y café de Guinea. Cualquiera puede comprobarlo en el Ministerio de Hacienda y de Comercio, que todos los años hacen públicas las listas con las licencias de exportación y los pagos y las transferencias. Pueden verlo, ni siquiera hay el nombre de una empresa desconocida que pudiera ser utilizada por mí, sin que apareciese mi nombre. El comercio del cacao, el café y la madera están en manos de las mismas empresas colonialistas anteriores a la independencia. Es fácil comprobarlo. Yo no he hecho ninguna operación económica en Guinea. Se dicen cosas tan gratuitas...
-¿Y la empresa SIMONET, que estaba a nombre de su cuñada Simone Chouraki?
— No hay ninguna empresa que sea de Simone. Decían que tenía una red de tiendas en Guinea, y eso es otra mentira que cualquiera puede comprobar.
-Cuentan que Cándido Montoya es el hombre que representa sus intereses en Guinea.
— Es un técnico que yo puse en contacto con el Gobierno guineano para que hiciera la evaluación de la riqueza natural del territorio, destinada a la realización de un plan de desarrollo que iba a financiar el Banco Mundial. Ha sido empleado del Gobierno de Guinea durante unos cuantos años, pero no tiene ninguna relación laboral ni negocio conmigo. Hq^ía como cua-tro años que no le veía. Pero es inútil todo lo que yo diga, porque sé que tengo enfrente una muralla de intereses y que no puedo luchar contra ellos.
— ¿Cuál será el futuro de Guinea con Teodoro Nguema? ¿Tuvo ocasión de conocerle de cerca?
—Sí, conocí a Teodoro junto a Macías. Es un hombre de carácter implacable, sin nervios, muy tranquilo; creo que poco ambicioso. El golpe lo ha dado por temor. Su vida estaba en peligro. No le veo como un hombre personalista. Por eso, si no tiene la inteligencia de restaurar en un plazo razonable la democracia y las libertades, y organizar los partidos políticos, sufrirá antes o después un nuevo golpe de estado. Teodoro ha tenido una carrera fulgurante. Llegó hasta el puesto de vicepresidente. El actual proceso político de Guinea Ecuatorial tiene, por tanto, cierta similitud con el proceso español. Lo mismo que en España han sido los franquistas los que instauran la democracia, en Guinea son los antiguos partidarios de Macías los que pretenden desmontar la dictadura.
— ¿Cuándo habló por última vez con Macías?
—No recuerdo exactamente la fecha, pero ya digo que fue a finales del setenta y tres cuando le dije que debíamos separamos con la franqueza que nos habíamos unido. Fue entonces, en aquella última entrevista, cuando le conté la obra de Eugene O’Neill El emperador Jones , otro dictador del Caribe, que termina perdido en la selva y una bala de plata pone fin a su vida. Me dijo que yo era un europeo y él un africano -me lo decía siempre-, y que él sabía cómo gobernar a su pueblo, y estaba seguro del camino que había emprendido. “Yo también estoy seguro de que este no es mi camino”, le dije. Y ahí nos despedimos.
Piensa Antonio García Trevijano que estos últimos días el dictador Macías, perdido y solitario en la selva guineana, habrá recordado sus metafóricas advertencias. Sólo que, esta vez, no fue preciso fabricar la bala de plata para poner fin a las locuras del tirano más cruel del continente africano.