CARA A CARA CON GARCÍA-TREVIJANO
LUI, 32. SEPTIEMBRE 1979
El nombre de Antonio García Trevijano vuelve a saltar a la palestra con motivo del derrocamiento del tirano Macías en Guinea Ecuatorial. De las declaraciones que ha hecho a LUI podría deducirse que estamos ante un nuevo caso Dreyfus—eso sí, en tono menor, y con sutilezas hispánicas—. La campaña anti-Trevijano surge cuando se levanta la veda sobre el tema de Guinea, pero coincide en socavar el prestigio del único hombre de la Platajunta que se opuso a la Reforma, en favor de la Ruptura. Vean cómo se defiende en solitario.
GARCÍA TREVIJANO ENTRE LA CRISIS DE GUINEA Y EL FRACASO DE LA RUPTURA DEMOCRÁTICA
Antonio García Trevijano es una figura controvertida, quizá la más enigmática y singular de la escena política española.
Miembro fundador de la Junta Democrática, su oposición al franquismo venía de lejos y se caracterizaba por no haberse incardinado en ningún partido: era un oposicionista en solitario. Como abogado su fama había traspasado las fronteras gremiales y en la calle se dice que es un abogado «que nunca ha perdido un pleito». Su victoria sobre el Estado español en el pleito provocado por el cierre del diario «Madrid» subrayaba la leyenda de un abogado imbatible.
Pero su imagen pública cayó en picado cuando el gobierno español dejó de considerar el tema de Guinea como materia reservada. El nombre de García Trevijano se vinculó al del tirano Macías, a la sazón dictador de Guinea Ecuatorial, y se habló mucho de negocios dudosos, de contradicciones ideológicas que ponían en entredicho el talante democrático del Coordinador de la entonces Platajunta.
Lo extraño entonces no fue que García Trevijano se quedara solo, sino que uno de sus compañeros de viaje, el PSOE, fuera el principal protagonista de las denuncias contra el abogado y que tal campaña coincidiera con la necesidad por parte del gobierno de neutralizar la Platajunta, en unos momentos en que debía hacerse triunfar la idea de la Reforma sobre la postura rupturista que hasta entonces había sostenido la oposición. Desde luego tal «coincidencia histórica» resulta inquietante. Pero también es cierto que si los ataques a García Trevijano fueron brumosos, no se concretaron en denuncias concretas, tampoco el abogado supo deshacer el entuerto. Hacía tiempo, cuando el Estado español le procesó en plena época franquista, García Trevijano consiguió que el Tribunal de Orden Público sobreseyera la causa por falta razonable de indicios. Hoy, tras la caída de Macías, el pasado vuelve al presente y merece la pena poner las cosas en claro. Con la perspectiva que da el tiempo surgen más coincidencias y, sorprendentemente, vemos cómo al hablar de García Trevijano las críticas del Estado en Guinea lleva a hablar de la crisis del Estado en España.
En todo caso lo procedente en todo pleito es que tengan derecho a manifestarse las dos partes. Como a García Trevijano, desde el día en que estalló el escándalo, la prensa no le ha sido propicia, LUI le somete a este «Cara a cara». Parece pertinente que en regímenes de democracia los hombres puedan hablar en voz alta. Para Antonio García Trevijano así empezó la historia.
GARCIA TREVIJANO, ENTRE LA CRISIS DE GUINEA Y EL FRACASO DE LA RUPTURA DEMOCRATICA.
«En el mes de octubre de 1967 vinieron a mi despacho dos guineanos; uno se llama Justino, ayer dio una rueda de prensa en Madrid, y el otro Francisco Salomé, y llegaron con una presentación de un español llamado Armijo. Ambos fueron colaboradores de Macías. Entonces el objeto de su visita era pedirme que, como abogado y hombre de la oposición, les asesorara en los trabajos de la Conferencia Constitucional, cuya segunda fase estaba convocada por el gobierno de Franco para el mes de abril de 1968. Me expusieron que no estaban amparados por Carrero Blanco, ni por Castiella, que no tenía medios para costearse el viaje y estancia en Madrid. Y me contaron que antes de venir a verme habían solicitado asesoramiento a Ruiz-Giménez, Tierno Galván y Ramón Tamames. Según ellos no encontraron comprensión en dos casos y en el otro les pidió el pago de medio millón de pesetas.
Yo nunca había estado en Guinea, no conocía a ningún español con intereses allí ni había tenido en mi despacho ningún cliente relacionado con Guinea. Acepté por razones políticas. Primero, porque era una responsabilidad histórica para España la descolonización de Guinea. Segundo, porque no tenía ninguna confianza en el régimen español.
Dos meses después vinieron a verme otros dos políticos guineanos, José Nsue y Pedro Ekong. Eran procuradores por Guinea en las Cortes franquistas. Tenían conocimiento de la visita anterior y sabían de mi buena disposición para ayudarles. Pero les pregunté por qué insistían en que yo les asesorara. Me dijeron que habían asistido a una conferencia de Jean Jacques Servan Schreiber, que yo había organizado el mes de marzo anterior en Madrid, que en mi intervención habían apreciado mi espíritu de oposición y que mi competencia como jurista también les había estimulado.
No conocí al resto de la delegación guineana hasta finales de febrero. Pero ya entonces había costeado los viajes y estancia de los guineanos que el gobierno español no quería ver en la Conferencia Constitucional. Empezamos a trabajar en otro texto, un trabajo laborioso, pues los guineanos estaban muy divididos. Hubo reuniones interminables, tras las cuales se redactó una constitución democrática, con libertad de partidos políticos, garantía de los derechos humanos, elecciones periódicas a la presidencia de gobierno, una constitución, además, apropiada para un país que accede a la independencia, que garantizaba tanto un fuerte sistema presidencialista como el control de la libertad individual a través de una Asamblea Legislativa.
Estos fueron mis primeros contactos, por iniciativa de los guineanos, para que les ayudara como abogado y como político. Debo aclarar que este despacho no lo pisaron entonces, ni nunca, Bonifacio Ondo, candidato de Carrero Blanco, ni Atanasio Ndongo, hombre apoyado por el ministerio de Asuntos Exteriores. Tiene importancia que lo diga, porque cuando por iniciativa del Gobierno español se produce el ataque contra mí, quien lo protagoniza es Atanasio Ndongo, diciendo en el Comité de los 24 —de la ONU— que aquí, en este despacho, yo he intentado comprarle con un millón de pesetas. Posteriormente él confesaría en un documento del Ministerio de Asuntos Exteriores que nunca me había conocido, Pero hay otro testigo importante, Angel Masie, que siendo ya ministro viajó a España con Ndongo a quien quiso presentarme porque, me dijo, quería conocerme. Le respondí que «no daría jamás la mano a un difamador».
Sí, conocí a Macías, pero aunque en aquellos días tenía ya una categoría administrativa superior a los demás guineanos que vinieron a Madrid, le conocí en grupo y, desde el primer día, puse las cartas sobre la mesa. Yo no serviría nada más que a lo que consideraba acorde con mis ideas. Fue mi línea constante de trabajo, como más adelante se comprobará. De los 44 guineanos que asistían a la Conferencia, a medida que en mi despacho se fue redactando una constitución, llegamos a formar un grupo de 23. Así se los llamó a partir de entonces. La Conferencia Constitucional había comenzado su segunda fase, que, como la primera, el Gobierno creyó sería un paseo militar. Pero el grupo de los 23 se mantuvo firme a la hora de analizar el articulado que se les proponía y sugirieron incluso mi asistencia a las sesiones. El gobierno se negó y yo, para evitar problemas de ilegalidad comuniqué al entonces director general de Seguridad, Eduardo Blanco, que había aceptado el trabajo de redactar una Constitución, que cumpliría el encargo y que también comunicaría a Castiella mi decisión. A éste le visité en presencia de Martín Gamero y de Emilio Martín. Y les dije que mi intención era defender la independencia total de Fernando Poo y Río Muni, sin separatismos. Paralelamente, la Conferencia Constitucional fue un fracaso; el Gobierno traicionó las propias palabras de Castiella, que había prometido que se cerrarían las sesiones con la aprobación de una Constitución por parte de los guineanos. Es falso lo que dice ahora la prensa, en el sentido de que allí se aprobó un texto constitucional. El que se pretendía sacar adelante era una copia literal de la Constitución de De Gaulle para la V República francesa, absolutamente inapropiado para un país que acaba de acceder a la independencia, y lo habían redactado Herrero de Miñón, Gabriel Cañadas, Condomines y esos hombres que ahora ocupan puestos en UCD. Contra mí se instruyeron diligencias de procesamiento, una torpe maniobra que pretendía justificar el fracaso de la Conferencia ante la ONU. Y cuando la delegación guineana regresaba a su país, Gabriel Cañadas llamó a varios delegados, porque el Ministerio de Asuntos Exteriores necesitaba que hicieran una gestión en la ONU. Les pagaron el viaje, les dieron dinero y les ordenaron que explicaran el fracaso de la conferencia por mi intromisión, declarando que yo les había sobornado. Esta pura invención cayó en manos de los líderes guineanos, a través de los carteros que pertenecían al Movimiento Popular. Balboa, uno de los guineanos que viajó a la ONU, escribió una carta a su mujer donde le explicaba todo esto. Y esta prueba esclarece el comienzo de la operación-desprestigio que ya entonces se inició contra mí.
En la ONU se produce el ataque y lo recoge el periodista José María Carrascal, que lo manda al diario «Pueblo». En el artículo, que escribe Emilio Romero, se dice que he corrompido a los delegados y líderes guineanos. Soy procesado, como dije antes, se me abren diligencias en el Tribunal de Orden Público, cito como testigos al director de Seguridad y al propio Castiella y justifico el dinero que he invertido en el asunto, el cual se refiere a las facturas de hotel de los guineanos que no subvencionaba el Gobierno. Se sobresee, naturalmente, la causa. Era ya el mes de agosto y el Gobierno Español había preparado un Referéndum para que así se aprobara su Constitución. La propaganda oficial se volcó al servicio del «sí», y el grupo de los 23 defendió el «no». A pesar de la desigualdad de fuerzas, la oposición obtuvo un 40 por ciento de los sufragios. No denunciaron los fraudes que se produjeron, por consejo del Presidente del Comité de los 24 de la ONU, el representante de Tanzania, señor Malasela, quien, a la vista del texto constitucional refrendado que daba poderes al presidente para reformar la Constitución, les sugirió que esto lo podrían hacer a posteriori. Los guineanos aceptaron a cambio de seguridades en las elecciones presidenciales subsiguientes, a las que la ONU envió 18 observadores. A pesar de todo hubo irregularidades, pero los líderes populares ganaron en la segunda vuelta electoral.
Por la prensa me enteré del triunfo de Macías Bonifacio, que era el hombre de Carrero, había quedado fuera de juego. Y Macías había pactado con Ndongo. Hoy dice la prensa que yo instrumentalicé ese pacto. Pero lo cierto es que fue mi primer disgusto serio con Macías. No comprendía cómo éste había dado la cartera de Exteriores a Ndongo, por mucho que la alianza hubiera asegurado su triunfo. Le escribí entonces una larga carta a Macías manifestando mi desagrado, advirtiéndole que Ndongo no era de fiar —lo que más tarde se demostró en su fallido golpe contra Macías—. En aquella carta también advertía de una sospechosa operación que tres hombres, Armijo, un pequeño comerciante, José Antonio Nováis, periodista, y un tal Paesa, supuesto financiero, estaban preparando con la creación de un banco guineano. De este asunto hablaré después.
Aquella carta molestó al nuevo presidente. No me respondió. Y al cabo del tiempo recibí una fría respuesta del Jefe de su Casa Civil.
Para mí la realidad guineana resultaba un tanto decepcionante. Ndongo era un personaje turbio. Había pertenecido con Macías al Monalije, no vivía en Guinea y su actuación había consistido, al margen de los ataque dirigidos contra mí, en una acusación sistemática a España. Pero esos ataques le conferían credibilidad en los organismos internacionales, lo cual favorecía al Ministerio de Castiella, que ya le tenía a sus órdenes. En el Consulado de España en Argel, por ejemplo, Ndongo recibía cantidades de dinero, algunas de hasta 300.000 pesetas, según lo prueban recibos de los que se tienen fotocopias. Para Castiella Ndongo era una buena adquisición también por otras razones. Pertenecía a la tribu Fang, que es la de Río Muni, y mayoritaria en todo el país. Eso inhabilitaba la posibilidad del separatismo y recibía el apoyo de los intereses madereros, que son la principal fuente de riqueza de Río Muni. Castiella presentaba a la opinión internacional una ficción de independencia más digerible que la de Carrero, quien con su nombre, Bonifacio Ondo, recibía el apoyo de los intereses del cacao y el café.
El restablecimiento de mis relaciones con Guinea viene después, cuando los muchos amigos guineanos que habían hecho en Madrid hacen que se me conceda la Cruz de la Independencia. Tras mucha insistencia por su parte, decido viajar —por primera vez— a Guinea y aceptar la distinción. Fue un viaje relámpago. Pero Macías se mostró muy cordial y me pidió pasase en Guinea el mes de diciembre, pues tiene que consultarme sobre problemas de política internacional. Durante aquel mes me reveló la realidad que vivía Guinea. El Gobierno no podía hacer nada. No tenía presupuesto, manejado en su totalidad por las autoridades coloniales; no tenían moneda, no podían levantar unas .estructuras económicas que hicieran de Guinea un país mínimamente autónomo. Me pide que redacte los Estatutos de un Banco Central emisor de moneda (ya entonces se había abordado en Guinea la rocambolesca aventura del Banco a que antes me referí). Y cuando desde España le envío el proyecto, me encarga la redacción de un Plan de Desarrollo, para lo que me pongo en comunicación con el Banco Mundial. Sus expertos exigen la imprescindible realización de un inventario nacional, una evaluación de las riquezas naturales de Guinea. Pero este estudio requería unos seis o siete millones de dólares. Y cuando regreso a Malabo, la penuria total de la Hacienda Pública hace inviable todo proyecto.
He de advertir que mi actitud de entonces no tenía la ridícula pretensión de convertirme en patriarca de la nueva Guinea ni nada que se lo parezca. Era consciente de que se atravesaba por una fase transitoria, en la que el Gobierno español sometía al gobierno guineano a un boicot tan cerrado que sólo podría solventarse mediante una ayuda política y financiera a Guinea, que debería proceder de instancias internacionales infinitamente superiores a la colaboración que pudiera efectuar cualquier persona particular, por muy potentada que fuese, lo que, desde luego, no era mi caso. Sí quería aportar, para cuando llegase ese momento, unos mínimos materiales de trabajo, como eran los exigidos por el Banco Mundial. El gobierno de Guinea había concedido a una firma italiana la ejecución de unas monedas de oro que conmemorasen el primer año de la independencia, lo que iba a dejar una pequeña cantidad de dinero a la Hacienda. Pero la subida del oro en al año 70 dio al traste con la operación, que se redujo a unos mínimos prácticamente simbólicos. Fue entonces cuando se me ocurrió que el Estado guineano emitiera sus propios sellos, para el correo interior, y en el exterior, para especulación filatélica. Prodanof, el adjudicatario cumplió el primer año de la concesión, y tras su muerte, la dirección se subrogó pidiendo una rebaja en los royalties, y cumplió la prórroga de otro año. La operación, también pequeña, dejó unos beneficios de nueve millones de pesetas, que sirvieron para comenzar la financiación de un equipo prospector, dirigido por el doctor Cándido Montova, que ya había realizado estos trabajos para el gobierno de Venezuela y que consiguió recoger siete mil muestras en el suelo guineano. La operación quedó interrumpida y no pudo financiarla aquella emisión limitada de sellos, por lo que yo, persona que había contratado el equipo, tuve que pagar poco a poco el resto de la deuda... debo aclarar que poco después se produjo mi ruptura con Macías, a consecuencia del giro político que había dado.
Poco antes de que se produjera, yo había redactado para el gobierno guineano un Proyecto de Ley que nacionalizaba el Comercio Exterior. Este era un hecho gravísimo que, yo pienso, ha sustentado bastante la campaña difamatoria contra mí. Porque tal proyecto suponía un principio de autonomía económica para Guinea y daba al traste con los intereses colonialistas. Los beneficios de la producción guineana no estaban, ni están, en la producción de materias primas, sino en su comercialización internacional. La gravedad de tal ley atemorizó a la clase política guineana, absolutamente presionada y dependiente de los grupos de presión económicos colonialistas. Y el proyecto nunca pasó a ser ley.
Y es curioso que la campaña nada diga de los intereses coloniales en Guinea, que siguen siendo los mismos ahora que cuando Guinea era un patrimonio administrado por los amigos de Carrero Blanco y el general Díaz de Villegas.
La posición descolonizadora de España resulta difícil de comprender. Guinea accedió a la independencia con un nivel cultural muy superior al de otras naciones jóvenes de África, con una infraestructura sanitaria también buena, pero con un signo de dependencia económica total, sin estructuras productivas. El Gobierno español jamás concibió Guinea como un país, sino como una finca de saca, donde se extraen materias primas y se talan árboles.
El golpe de Ndongo, apoyado por el Gobierno español, sentenció la desconfianza de Macías hacia todo lo que proviniera de España y se sumó al boicot económico y político que sufrió durante su primera fase presidencial. Yo pienso que Macías es un monstruo político engendrado por la propia actuación del Gobierno español.
Su evolución política me obligó a la retirada. Cuando abolió los partidos políticos tuve una dura discusión con él. Y mi ruptura definitiva se produce con la nueva constitución, que le confirió un poder dictatorial, y la redactó con la ayuda de expertos cubanos. Tan sólo intervengo después, a petición de amigos guineanos, cuando Gabón conquista unas islas que pertenecían a Guinea. Este era un tema de interés nacional y no me parecía oportuno prestar mi asesoramiento. A Guinea se lo habían negado los Gobiernos francés y español. Y yo aporté las pruebas que se sustentaban en el Tratado de Algeciras y en otros documentos históricos. A partir de entonces, la fase dictatorial de Macías convive con el asesoramiento de cubanos y otros países socialistas, jamás criticados en la prensa española por esta razón, hecho que no alcanzo a comprender, así como comprendo que la campaña anti-Trevijano sirve de cortina de humo para ocultar la vergonzante política descolonizadora de Carrero y Castiella.
Antes de entrar en las causas políticas que levantan el embargo en la prensa sobre el tema Guinea, y que afectan a otras crisis de Estado, la que se produce en España tras la muerte de Franco me referiré a un asunto menor, casi esperpéntico, pero que también debe ser puesto en claro. La Creación de un pretendido Banco nacional de Guinea por los señores Nováis, Armijo y Paesa. Lo sintetizaré.
Yo conocía a Nováis, corresponsal en España de «Le Monde», pues venía habitualmente a verme para recabar informaciones sobre la oposición. Nováis me presentó a Armijo y se puede decir que a través de él me llegaron presentados los primeros guineanos que vi en mi vida. En el tema de Guinea, Armijo, hombre muy limitado, colaboraba conmigo en cuestiones burocráticas, pasaba cartas a máquina, nada de particular. Pero un buen día Nováis me visita y me dice que es íntimo amigo de un financiero español que se llama Paesa. Me cuenta que está en el banco Hispano y que su mujer es la sobrina de Rotschild, para terminar diciendo: «Quiero presentártelo, porque podemos hacer un banco en Guinea.» Como estaba un poco bebido, no le hice caso. Pero al día siguiente me llama y me dice que lo del banco va en serio. Le colgué el teléfono y, desde entonces, Nováis pierde todo contacto directo conmigo.
Más tarde Armijo, Nováis, Paesa y un abogado que ya ha muerto, Robles Romero Robledo, hacen la escritura de una sociedad de cien mil pesetas, Finguinea, en la que sin desembolsar capital, tienen Romero Robledo y Armijo un 20 por ciento cada uno, un 10 por ciento Nováis, y un 50 por ciento Paesa. La sociedad tiene como objetivo crear el Banco Nacional de Guinea. Yo no tengo conocimiento de las andanzas de los tres hasta que un día me telefonea desde Londres el cuñado de Nicolás Sartorius para preguntarme qué noticias tengo yo de un banco guineano que está vendiendo acciones en Suiza. Me informé antes de responderle. Averiguo que el grupo ha conseguido que un industrial zaragozano les da dinero. Y, en efecto, han viajado a Guinea y allí obtenido la firma de Macías para realizar la operación. Lamentablemente para ellos y afortunadamente para Guinea, el Gobierno desautorizaría más tarde dicha operación, al no desembolsar ningún capital los tres aspirantes a financieros. Supe que Paesa estuvo encarcelado cuatro años en Suiza por estafa, que a José Antonio Nováis lo retuvieron cuarenta y ocho horas en Palma de Mallorca, pues las noticias que daba en la prensa, en el sentido de que el banquero Paesa iba a salir de Palma en un avión con los depósitos para el banco en Guinea, hizo suponer a las autoridades que se trataba de un tráfico ¡lícito de divisas. Y más tarde, cuando se desató la campaña contra mí, comprobé cómo Nováis informaba de que yo tenía un banco en Guinea, de que estaba casado con la sobrina de Rotschild; en fin de que poseía todos los atributos que antes adjudicaba a Paesa.
Cuento esta anécdota, irrelevante para la historia, pero que debe conocer, pues me parece justo desenmascarar a los difamadores. También debe saberse que el levantamiento del embargo del tema guineano y la luz verde dada a la prensa cumple un objetivo concreto. Desencadenar otra campaña contra mi persona, con el fin de eliminarme políticamente en unos momentos en que yo era el coordinador de la Platajunta. Y es que hay un período de la vida política española, entre agosto y octubre de 1976, en que el régimen franquista se halla ante un callejón sin salida... a no ser que la oposición le tienda una mano. Un poco antes, en junio, yo salía de la cárcel. E inmediatamente reunía en mi despacho a Coordinación Democrática, reunión en la que el PSOE planteó la posibilidad de pasar por la ventanilla, es decir, por el registro de asociaciones creado bajo el mandato de Arias. Yo me opongo y explico que Fraga está a punto de caer y que esa es la razón de que algunos presos políticos, yo entre ellos, hayan salido de la cárcel. Efectivamente, a los pocos días caía. Y en la reunión siguiente, el PSOE, por boca de Múgica, declara que hay que estar ciego para querer legalizarse. Entonces ya se ha nombrado a Suárez presidente y toda la oposición, en términos generales, califica el nombramiento de reaccionario. Yo, por el contrario, mantuve la tesis de que se trataba de una acción profunda y que había que andarse con mucho cuidado, declaración que así consta en El País. Suárez iba a llevar adelante una política que ya había fraguado Herrero Tejedor y que más adelante explicaré. Felipe González, de no creer en nada, pasa al diálogo con Suárez mientras nosotros somos vigilados por la policía, del mismo modo que se veía con Fraga mientras los demás y yo estábamos en la cárcel. Creo que debe saberse que cuando yo estuve encarcelado Vidal Beneyto se puso en contacto con mis amigos en Europa, logró una gran solidaridad e, incluso, que la comisión de la CEE que negociaba la actualización del convenio con España propusiera romper el diálogo hasta que yo no saliera de la cárcel, lo que no se produjo porque Felipe González adujo «razones de Estado». La verdad es que al PSOE no le interesaba que yo saliera. Durante el tiempo en que estuve encerrado se suspendieron prácticamente los trabajos de la Platajunta. Pero, bien ¿por qué todo esto? Sencillamente porque yo era el hombre que defendía la Ruptura frente a la Reforma. Para mí el análisis era claro. Arias había fracasado. Y Suárez también fracasaría si no daban su brazo a torcer los partidos. Yo no era un partidario a ultranza de que no se pactara. Sólo exigía que esto se hiciera desde posiciones de fuerza o, al menos, de igualdad. La fórmula era bien sencilla. No hacían falta actos heroicos, ni manifestaciones. Simplemente había que decir «no». Bastaba este acto sencillo, tan pasivo como trascendente, para que el Gobierno se encontrara en un callejón sin salida. Sin la oposición no había fórmula viable. ¿A cambio de qué se defendía ese «no»? A cambio de que el Gobierno no tuviera más remedio que pactar con nosotros. Y las condiciones eran éstas: Primero, Gobierno de concentración donde estuvieran todos los partidos, incluidas las fuerzas franquistas, también Suárez. Segundo, un año de plazo antes de convocar elecciones, a las que no se debía ir mientras la opinión no distinguiera un partido de otro. Tercero, amnistía general y promulgación de las libertades. Cuarto, tras las elecciones que el pueblo eligiera mediante referéndum entre Monarquía y República, entre un régimen parlamentario y un régimen presidencialista. Y más tarde, una constitución redactada según el anterior mandato popular. Esta proposición, racional y coherente, el PSOE no la quería porque no tenía confianza en su fuerza interior. Su fuerza consistía en el respaldo de la Internacional Socialista y en una buena marca ante unas elecciones precipitadas.
Para entender la cobertura del PSOE en su política de aquellos días hay que pensar en la Internacional Socialista y su identificación con la política norteamericana para esta parte de Europa. Incide determinantemente el proceso de la revolución de los claveles en Portugal. El «gonácalvismo» había producido tal miedo en Europa y América que procuran aislar del proceso político europeo al partido comunista. Se monta entonces la campaña de identificar terrorismo con comunismo, al tiempo que el PSOE intenta romper la unidad dentro de la oposición. Es entonces cuando se produce el pacto del PSOE con Suárez. En primer lugar, seguía las consignas de su Internacional de no estar unido al partido comunista y, además, se situaba legalmente antes que el partido comunista, con lo que se colocaba como fuerza dominante dentro de la oposición. La maniobra recibía ya el apoyo tácito de toda Europa que, con las amenazas elecciones francesas e italianas, cambió su apoyo a la Reforma y no a la Ruptura, que había sido su posición anterior.
En esas fechas Felipe González informa a Suárez de que el pacto no es posible mientras yo siga en Coordinación Democrática. Y aquí empiezan las casualidades, casualidades que nunca lo son en política, a no ser que se desee renunciar a la razón. Se levanta el tema de Guinea como materia reservada, y el PSOE vehicula un dossier en mi contra, acción que cuenta con dos avales: a partir de una desinformación absoluta se pueden manipular más fácilmente los hechos y, segundo, se cuenta para ello con el poder que ejerce el Gobierno y el primer partido de la oposición en gran parte de los medios de comunicación. Pero no quiero detener mi análisis en lo que fue una neutralización de la política que yo proponía al país, sino en el proceso de la política que se nos impuso. Y digo lo siguiente. A pesar de los condicionamientos exteriores a los que me refería antes, habría sido más fuerte la unión de las fuerzas políticas democráticas. Por otra parte, todas las palabras que ha publicado la prensa respecto a la desestabilización y el peligro de un golpe militar son una pura invención de la izquierda para justificar su paso adelante en la Reforma. Jamás ha existido en España, después de la muerte de Franco, un peligro real de golpe de Estado. Si los poderes fácticos hubieran sido tan fuertes no habrían necesitado la reforma. Y para continuar legitimándose sólo necesitaban el asentimiento de la oposición. Pero a cambio de ello, ésta no negoció nada ni con los poderes fácticos, ni con la burocracia del Estado, ni con el poder financiero. De haberlo hecho hubiera obtenido contrapartidas. Por el contrario, hoy, tanto el PSOE como el PCE, están más lejos del poder que cuando se legalizaron. Desde luego la ruptura fue un proyecto cuyo coste no podemos decir cuál habría sido. Pero sí sabemos el coste de la Reforma: el hundimiento de la economía y un precio insoportable de vidas humanas. Decía en el año 76 que un acuerdo político con Suárez dejaría a salvo la burocracia del Estado y la clase política franquista; como único culpable, supuesto beneficiario de la dictadura, se señalaría al empresario español. Pero de lo que se trataba era de salvar precisamente a las fuerzas productivas, principalmente al empresario, que es el protagonista natural de la economía y, también, a la clase obrera, restituyéndole las libertades sindicales que el antiguo régimen le había negado.
Yo creo conocer la historia de España. Y sé que cada vez que a España se le ha presentado la oportunidad de organizarse, y entrar en la modernidad, no ha sido posible por oportunismo de la clase política. Pienso ahora en la revolución de 1869. No quería que un siglo después la historia se repitiera. Pero sería inevitable si la oposición, en vez de pactar con la burguesía industrial, que es una burguesía nueva, moderna, lo hacía con las oligarquías tradicionales, la banca y el poder burocrático. Han perdido las burguesías nacionales. Ha ganado la Banca, que tiene más poder que bajo Franco. La oligarquía ha ganado, y esa no es nacional. Ahora los bancos extranjeros entran; no podían hacerlo con Franco. Pero quien tiene el poder son los mismos bancos. En la Ruptura lo que se buscaba era una alianza política entre la clase empresarial y la clase obrera, para construir un moderno Estado industrial. La lucha que les opone, principalmente en el ámbito de la Empresa, es menos urgente que su sustancial enfrentamiento a la oligarquía. Ese pacto entre burguesía y pueblo ya se produjo en otros momentos de la historia. En cambio lo que se ha hecho es un pacto de la clase obrera con la Banca. Es decir, exactamente lo mismo que diseñó Carrero, pero de otra forma. El proyecto de Carrero y de Herrero Tejedor fue unir a la Banca, cuyos intereses representaban los nuevos tecnócratas del Opus Dei, con los representantes teóricos que ellos imaginaban de la familia, el municipio y el sindicato. El proyecto Carrero era una alianza financiera entre la representación popular a través de las Cortes orgánicas y la Banca. Pues bien, ese mismo proyecto es el de Suárez, sólo que ha sustituido las Cortes orgánicas por un Parlamento. Pero el proyecto tiene el mismo significado. No se ha entrado en la modernidad. Se ha ganado en libertades, se ha confeccionado una democracia anticuada y se ha perdido el poder real de los empresarios y de las clases populares. Aquí la pregunta no es «¿quién gobierna?» sino «¿para quién se gobierna?». La Reforma ha sido un paso atrás. Así como fue un paso adelante el que los Estados Unidos dieron con Roosevelt, y en Francia con De Gaulle, tras la II Guerra Mundial. En Estados Unidos, ya con Wilson y su creación del Federal Bank, se rompió el poder oligárquico del poder financiero.
El liberal fue revolucionario, la extrema izquierda a principios del XIX y finales del XVIII. Los partidos radicales franceses o europeos eran los partidos de la izquierda porque representaba la transformación y el progreso. Pero cumplen su ciclo histórico y el advenimiento de los partidos socialistas los convierte en partidos conservadores. Con la aparición del marxismo, la revolución y el progreso lo representan los socialistas, situación que se quiebra con la Primera Guerra Mundial, donde los intereses nacionales y conservadores privaron sobre los intereses socialistas. La creación de la III Internacional por los comunistas sitúa en el centro, en el reformismo, a los socialistas. Pero la socialdemocracia tenía un sustento teórico creado por Bernstein y Kaustky a finales del XIX, cuando la historia está preparando la lucha de unas naciones contra otras, de una clase obrera contra otra. Y es coherente que los argumentos que hoy emplea la socialdemocracia sean copias literales de lo que ambos escribieron. Es más, el Eurocomunismo no añade ni siquiera una gota a los análisis de ¡a socialdemocracia de Kaustky. Pero es que tras la Segunda Guerra Mundial, que no es una guerra de reparto del mundo, sino de hegemonía planetaria, la ideología eurocomunista tiene un techo del que no puede pasar: no puede poner en peligro la coexistencia, no puede colocar a la Unión Soviética al borde de la guerra. Por eso tras la última guerra el comunismo se hace conservador en el mundo, el socialismo se convierte en una fuerza gestora del capitalismo Por eso cuando yo digo que soy de izquierdas quiero matizar que no soy socialista ni comunista. Ser de izquierda hoy es querer el cambio social. Y me doy cuenta que eso significa ser demócrata, calificativo que nada tiene que ver con el de liberal. La teoría decimonónica de que el Estado debe garantizar las libertades, pero no intervenir en la vida económica, marca ya la diferencia entre el demócrata y el liberal. El liberalismo muere por un apocalíptico fracaso económico, que trae consigo la función interventora del Estado en la economía, y que adquiere una solución de derecha radical con los fascismos, de izquierda radical con el leninismo —dos soluciones totalitarias— y el intervencionismo del Estado en la economía, sumado a la garantía de las libertades, solución que argumentó teóricamente Keynes y llevó a la práctica Roosevelt.
Es una falacia defender la llamada Economía Social de Mercado, porque hoy todos los sectores productivos están de algún modo controlados en todos los países, y tras ese pomposo título lo único que se oculta es la voluntad de algunos grupos de poder en ser los dueños sectoriales de determinados mercados.
Pero lo cierto es, y nadie se atreve a decirlo, que la empresa del Estado industrial es, hoy, el único instrumento acorde con una época donde la política, para entenderse y hacerse, debe ser considerada a escala planetaria. Las multinacionales son el único modelo que lo ha comprendido así y por eso actúan a escala universal, reaccionando con una rapidez ante los avatares políticos y económicos, que desborda la capacidad de maniobrar de los partidos y los Estados. No digo yo que sean un modelo económico único, pero creo que son un exponente del Estado industrial hacia el que toda colectividad debe tender. Como ya subrayé antes, no es ese el camino emprendido por España en estos años de coyunturas decisivas, sino simétricamente el contrario. La estéril alianza de la oligarquía con la clase política y los sindicatos es un oscurantismo político que no pueden disimular ni las libertades sociales obtenidas. De ese equilibrio ficticio ha nacido la llamada economía social de mercado, que retrotrae al Medievo de nuestra historia. El consenso es un hábito político del Islam, donde tenía que haber consenso porque nadie podía suceder al Profeta. Y eso es lo que ha pasado en España. Ha prevalecido la tradición árabe sobre la europea. Se ha mantenido el poder en manos de la misma oligarquía y se ha pactado porque nadie podía suceder a Franco. Pero esto no es democracia. La democracia necesita siempre de, al menos, dos proyectos de Gobierno. Uno de la mayoría de los electores, otro de la minoría. El consenso se define porque sólo representa uno. Naturalmente la democracia necesita de una verdadera y real oposición al proyecto del Gobierno para que la minoría un día pueda convertirse en mayoría con su proyecto específico. Esto, tan sencillo, es la democracia. El consenso, no tiene nada que ver con ella.
La misión de los políticos que no hemos entrado en juego, es, por encima de los golpes bajos, y demás maniobras que pretendan neutralizar lo que representamos entrado en juego es, por encima que la clase política ha dejado vacío, el cultivo de la razón. Razón cultural y política. Porque en momentos de crisis como los actuales no hay más proyecto optimista que el privado del ejercicio implacable de la razón.
FRASES DESTACADAS:
Es falso lo que ahora dice la prensa, en el sentido de que allí se aprobó un texto constitucional.
Castiella presentaba una ficción de independencia de Guinea más digerible que la de Carrero.
Suárez iba a llevar adelante una política que ya había fraguado Herrero Tejedor.
Hay un asunto menor, que también debe ser puesto en claro. La creación de un pretendido Banco Nacional Guineano por los señores Novais, Armijo y Paesa.
El liberalismo muere por un apocalíptico fracaso económico, que concluyó con la gran depresión.