1. ANTONIO GARCÍA-TREVIJANO

Antonio García-Trevijano (Granada, 1927). Notario excedente y abogado en ejercicio. Elaboró la Constitución de Guinea Ecuatorial, que nunca llegó a entrar en vigor. Fundador de la Junta Democrática, fue encarcelado durante cuatro meses durante el primer gobierno de la Monarquía, siendo ministro de Gobernación Manuel Fraga Iribarne.

Al príncipe don Juan Carlos lo vi como un monigote de Franco siempre.

La conversación con Antonio García-Trevijano fue la más desconcertante de cuantas tuve en la preparación de este libro. Lo fue en parte porque su testimonio difiere radicalmente del de otros que, como él, son actores desde la izquierda en el proceso que acaba con la llegada de la democracia a España bajo el reinado de don Juan Carlos. Lo fue también porque García-Trevijano es como es, un hombre de «acción», como él diría, que va con «su» verdad por la vida pisando cuantos callos se le presenten.

El hecho de que García-Trevijano sea un hombre «incómodo», y no creo que le importe el apelativo, tendría poca importancia para quienes como yo intentan recoger las piezas de este rompecabezas que se llama la segunda restauración de la Monarquía española de no ser porque García-Trevijano, con toda su incuestionable incomodidad a cuestas, cuenta en determinados momentos, y cuenta mucho, en el entorno de Estoril.

Empezando por las diferencias que le separan de otros interlocutores en este libro, habría que destacar los abucheos que dedica García-Trevijano hacia un proceso y una institución que otros, provenientes como él de la oposición democrática, aplauden.

Choca que representantes de los grandes partidos históricos de la izquierda —Santiago Carrillo, que fue dirigente del Partido Comunista en la transición, y Enrique Múgica, que fue el interlocutor del PSOE con La Zarzuela en aquella época— testifiquen en estas páginas que la Monarquía parlamentaria es poco menos que un hallazgo para el país y que García-Trevijano esté a disgusto.

Choca todavía más cuando resulta que la unión entre aquel instrumento del PCE que fue la Junta Democrática y aquella otra aglomeración de disconformes, la Plataforma de Convergencia Democrática que utilizaba el PSOE, unión que fue lo que más temían los reformadores del primer gobierno de la Monarquía, se fraguó precisamente en el despacho de García-Trevijano.

García-Trevijano se defiende en su soledad política haciendo ilustrados discursos enraizados en el siglo XVIII sobre la diferencia que separa un estado liberal de un estado democrático. Yo le escuché fascinado en su enmoquetado despacho del paseo de la Castellana de Madrid, donde muy atentamente me recibió. En este lujoso lugar, entre cuadros flamencos, fotos de hijos compitiendo en concursos hípicos y antigüedades no lejanas a Luis XVI, hablaba con la pasión que uno se imagina propia de dirigentes del tercer estado francés en las jornadas prerrevolucionarias.

Intentaba recordar si, fuera de los libros que había estudiado en tiempos universitarios y después, me había topado, en una ya bastante dilatada experiencia profesional en torno a la política, con una obsesión parecida por la diferencia liberal/democrática de la organización del estado. No di con nadie que hubiese hablado con tal aplastante seguridad de lo que, para mí, son divagaciones irrelevantes, en el día a día de finales del siglo XX. García-Trevijano diría que tales críticas son el resultado de una ceguera mía por haberme criado en un tradición inglesa, distinta a la del resto de Europa.

Todo ello no quiere decir que García-Trevijano no tenga audiencia. La tuvo, sin duda, con don Juan. Al conde de Barcelona le impresionó mucho el discurso rupturista que, a raíz de la Revolución de Portugal, le presenta con aparente lucidez el exitoso notario convertido en hombre de acción política. Es de suponer que hubo otros, aparte de quienes tienen vínculos sentimentales con don Juan, como Anson, Pemán y Sainz Rodríguez y que desconfiaban de García-Trevijano, que le explicaran al padre del futuro rey las diferencias abismales, políticas, económicas y sociales entre Portugal y España.

Pero es precisamente esa audiencia que García-Trevijano tiene con don Juan lo que le hace desconcertante a él y, evidentemente también, al conde de Barcelona. Esto último me parece muy importante. El aislamiento de don Juan, al final del franquismo, deja abierta la puerta de Estoril a quienes, como García-Trevijano, representantes, como se vería después, solamente de sí mismos, casi consiguen utilizar al padre del futuro rey para instaurar la república.

La historia se ve venir, sin embargo, mucho antes. Algo falla de una manera dramática en toda la puesta en escena de Estoril si resulta que es un declarado republicano rupturista, joven, ambicioso y decidido, quien protagoniza los encargos más delicados de don Juan. Resulta desconcertante que García-Trevijano sea el organizador y el anfitrión de los encuentros que don Juan mantiene en Madrid con determinados elementos de la cúpula militar cuando acude al bautizo de su nieto, don Felipe, en 1968.

Pienso que de haber existido cien García-Trevijanos a finales de los años sesenta, la segunda restauración de la Monarquía española hubiera durado muy, muy poco o, posiblemente, ni siquiera hubiera tenido lugar.

T.B.M. — ¿Por qué es usted republicano?

A.G-T. — Mi primera infancia es el franquismo y mi padre, un registrador de la propiedad en Granada a quien yo admiro mucho, era un liberal, un republicano, un hombre culto que sentía una enorme admiración por la cultura anglosajona, sobre todo la inglesa. Yo he vivido esos sentimientos y tan pronto entro en la universidad soy antifranquista. Cuando España se declara reino con Franco ya eso produce una asociación entre dictadura y reino. Después cuando Franco nombra sucesor yo trato de impedirlo de acuerdo con don Juan.

T.B.M. — Es decir un republicano acude a apoyar a don Juan.

A.G-T. — Yo a don Juan ya le conozco en el año 1959 y me presenté a él como republicano.

T.B.M. — ¿Por qué tenía tanto interés en conocer a don Juan?

A.G-T. — Bueno, él tenía interés en conocerme a mí. Desde muy joven me movía en círculos de personas que eran muy amigas de don Juan, por ejemplo Rafael Calvo Serer y Luis Valls Taberner y éstos le hablaban mucho de mí por mi juventud y, bueno, me atribuían un talento, una preparación cultural desde muy pequeño.

Rafael Calvo Serer me dice que don Juan quiere conocerme y yo, encantado, me fui a Estoril. Le conté que mi ideal era el republicano, que consideraba que la Monarquía había perdido en 1931, que la población española no conocía lo que era la Monarquía y que Franco estaba utilizando la Monarquía.

T.B.M. — ¿Don Juan le explicó entonces su Monarquía, la Monarquía de la reconciliación? ¿Le dice que quiere ser el rey de todos los españoles?

A.G-T. — Sí, sí, sí. Pero no hacía falta. Yo ya lo sabía todo, ya me lo habían dicho mis amigos juanistas y había leído todo, los manifiestos, las declaraciones. Y él ya sabía que yo lo sabía todo.

T.B.M. — ¿Y cuando le tiene cara a cara, don Juan no le convence de que él es la salida natural de la dictadura?

A.G-T. — No, no, eso no lo intenta. El solamente me dice que él no puede aceptar la Monarquía de Franco y que él siempre estará dispuesto a que el pueblo español se manifieste, como el italiano, por la Monarquía o la república. Me acuerdo de que hablamos el primer día de lo que pasó al final de la Guerra Mundial con los italianos. Y también me preguntó que por qué yo ayudaba a sus amigos monárquicos aquí en Madrid siendo republicano. Y entonces yo le dije que era muy sencillo, que yo no veía ninguna posibilidad de acabar con la dictadura sin que fuera a través de la Monarquía y, en concreto, a través de su persona.

T.B.M. — Primero la Monarquía y después la república.

A.G-T. — No. Primero la Monarquía y luego el referéndum. Que el pueblo español decida .

T.B.M. — Y sobre esa base, supongo que se entienden perfectamente.

A.G-T. — Yo creo que se produce una corriente de muchísima confianza moral mutua. Me pasé una semana con él y a partir de ahí estuve en contacto muy estrecho con él permanentemente. Don Juan me llamaba y yo iba a verle todos los meses. Y particularmente una buenísima relación con don Pedro Sainz Rodríguez. El me llevaba a su piso en la calle Herculano, de Lisboa, hablábamos de literatura, de mística y manteníamos una comunicación cultural muy buena.

T.B.M. — A don Juan le rodeaba en Estoril un mundo muy ecléctico. Había tantos demócratas avanzados como tradicionalistas, plebeyos con ideas y aristócratas sin ellas, gente culta, muy preparada intelectualmente, y gente que sólo se interesaba por el golf.

A.G-T. — Yo me explicaba todo eso. Por un lado estaba el aburrimiento de un monarca en el exilio que tenía muchas horas sin nada con qué ocuparse y me parecía muy bien que hubiera un grupo de personas afines en gustos y en modales que jugaran al golf y esas cosas. Luego, de los contactos políticos que tenía a mí lo que me extrañó era que no tenía a nadie demócrata ni de izquierdas. Tenía liberales, tenía democratacristianos, pero no había nadie ni demócrata ni de izquierdas.

T.B.M. — ¿Y los primeros no eran demócratas?

A.G-T. — Es que yo distingo muchísimo entre liberal y demócrata. Son dos cosas distintas y yo era muy consciente de la diferencia. El sistema representativo es el liberal y el sistema democrático es la separación de poderes. La Revolución Francesa destruye la separación de poderes que es el pensamiento de Montesquieu y en Europa lo que hay son estados liberales, salvo en Inglaterra, que tiene una tradición diferente.

T.B.M. — Y Estados Unidos, por haber separado los poderes, es demócrata.

A.G-T. — Claro. En Estados Unidos la separación es constitucional.

T.B.M. — ¿Usted pensaba en aquellos años en que don Juan estaba bien informado de la realidad española?

A.G-T. — Pues yo vi que le faltaba información de cómo estaba la situación de la clase obrera, Comisiones Obreras estaba entonces empezando, y que le faltaba información de la universidad, de los estudiantes. Vi que le faltaba información de los gérmenes incipientes de la lucha clandestina contra Franco. De todo eso no tenía ninguna información y yo sí que tenía toda la que se podía tener y creía que le estaba haciendo un gran servicio aportándole la visión, el punto de vista que no era el tradicional, no digamos que era de izquierdas, sino que simplemente no era el tradicional.

T.B.M. — Es posible que la información que lleva usted a Estoril ayude a formar en don Juan la opinión de que su hijo, muy metido ya en el franquismo, se desvía necesariamente de la Monarquía de todos.

A.G-T. — Yo creo que eso lo sabía él y eso no se lo aporto yo. Pero en aquellos momentos él no tenía conciencia, podía tener un temor lejano, pero no tenía conciencia, de que su hijo podría traicionarle. Eso vino mucho más tarde.

T.B.M. — La traición, desde el punto de vista de la legitimidad dinástica, según este esquema, se consumó cuando don Juan Carlos en 1969 acepta de Franco la sucesión a título de rey. Y en esas horas dramáticas para los juanistas y para el mundo de Estoril, el conde de Barcelona le llama a usted. Es todo un gesto de confianza en usted por parte de don Juan.

A.G-T. — ¿Por qué tiene tanta confianza? La diferencia que yo creo que don Juan percibe en mí frente a todos los demás políticos que le visitan es mi determinación, mi coraje. Yo soy un hombre de palabra, pero para mí la palabra es el comienzo de la acción. Así que yo digo algo y lo hago.

T.B.M. — ¿Usted ya le había avisado al conde de Barcelona que su hijo le iba a traicionar?

A.G-T. — Sí, sí, pero después, después. Mire. Quiero decirle que en el año 1967 Franco sufre una lipotimia en Cazorla en una cacería y que ahí arranca toda esa relación de confianza especial con don Juan. Como él ya me ve como distinto de los demás, como ve que me muevo con muchísima facilidad en Madrid en cualquier tipo de ambiente, él me manda un amigo suyo con una tarjetita suya en la cual me dice que escuche con atención lo que éste señor me va a informar y que actúe yo según mi criterio. Y lo que me informa es lo de Franco en Cazorla.

T.B.M. — ¿Cómo se había enterado don Juan?

A.G-T. — Un inglés marino, muy amigo suyo, estaba en la misma cacería y le llamó a Estoril para contarle lo que había pasado. Yo lo que hago es llamar a Luis Valls Taberner y le digo que me presente al director general de seguridad, que era el coronel Blanco, y Valls organiza un almuerzo en su banco. Conozco a Blanco y le digo que yo estoy en posesión de una información que solamente la conocen tres o cuatro personas en España y le digo solamente «Cazorla». Blanco pega un salto y al terminar de comer me voy con él a la Dirección General de Seguridad.

T.B.M. — La DGS, donde se entra en materia.

A.G-T. — Eso. Una vez ahí ya empezamos a hablar de qué pasaba si moría Franco. Yo le dije que muy sencillo: se mandaba un avión militar a Lisboa y se traía a don Juan para presidir los funerales y punto. Y le dije que quería conocer a su jefe, Camilo Alonso Vega y, otra vez a través de Luis Valls, invito a don Camilo a mi casa a comer. Así empieza una acción y veo a Diez Alegría y a Muñoz Grandes y a todos los generales, a toda la cúpula, ya por mis medios, y llego a un convencimiento de que no hay más salida que esa del avión militar. Y todo eso se lo transmito a don Juan. Así que figúrese la confianza que podía tener en mí. Absoluta. Hice lo que nadie había hecho nunca.

T.B.M. — A partir de entonces su trabajo conspiratorio en favor de don Juan continúa...

A.G-T. — Eso ocurrió en el año 1967 y cuando nace su nieto Felipe, al año siguiente, y don Juan viene a Madrid al bautizo, yo le organizo el encuentro con Diez Alegría en mi despacho en la plaza de Cristo Rey. Yo había planificado todo para despistar a la policía y le dije: «Haga parar el coche en el Hospital Clínico, es decir, enfrente del despacho, y se baja para que crean que va a visitar a alguien.» Yo le estaba esperando ahí en la puerta y cruzamos la calle rápidamente sin que nos vieran. Y estuvo con Diez Alegría más de una hora.

T.B.M. — Y ahí en su despacho, entre los tres, se acuerda que si Franco muere se manda el avión militar...

A.G-T. — Que los militares se traen a don Juan y que el príncipe estaría a su lado.

T.B.M. — Éste es entonces el modelo de sucesión que rige en ese momento. Pero Franco dinamiza todos esos planes un año más tarde, en 1969, cuando nombra sucesor a don Juan Carlos.

A.G-T. — Exacto. Pero al día siguiente de la entrevista con Diez Alegría le llevo a don Juan a La Zarzuela a todo el mundo, a Comisiones Obreras, a curas obreros, a los partidos que él no conocía. Y también a banqueros que él tampoco conocía, como Alfonso Escámez. Todo eso lo llevé yo.

T.B.M. — ¿Estaba también el príncipe?

A.G-T. — No, estaba solamente el rey (don Juan), y yo que los recibía. El príncipe no estaba. Una de las condiciones que puse es que no estuviese el príncipe para evitar problemas. Pero el príncipe me llamó y entonces me pidió un favor.

T.B.M. — ¿También tenía mucha confianza con el príncipe?

A.G-T. — Tenía mucha porque yo había convivido con él en Zaragoza, donde salíamos con las mismas chicas de solteros. Yo tenía un coche Pegaso que le emocionaba y nos veíamos todos los fines de semana. Y entonces el príncipe me llamó y me pidió una gestión en Estoril que yo consideré un poco delicada, porque implicaba casi un espionaje y así se lo digo. El príncipe quería información sobre un funcionario que estaba en Estoril.

T.B.M. — ¿Cómo «casi un espionaje»?

A.G-T. — El príncipe quería saber si este funcionario estaba con él o con su padre. Ésta fue la primera vez que el príncipe me dice a mí algo que implicaba que había una diferencia de intereses entre el padre y el hijo.

T.B.M. — Y a partir de entonces usted empieza a avisar a don Juan.

A.G-T. — Me voy a Estoril, llamo a don Juan y lo cito en el hotel Palacio. Viene con Pedro Sainz Rodríguez y le cuento lo que me ha pasado. Y don Pedro dice: «Bueno, esto ya está clarísimo.» Don Juan se quedó muy impresionado porque aunque él ya lo sospechaba...

T.B.M. — Para mí lo que está contando no está para nada clarísimo...

A.G-T. — Pues que el príncipe me pregunta en 1968 si alguien está con él o con su padre y que por lo tanto había dos bandos. Y venía a decir que yo acepto que haya dos bandos y yo quiero que esa persona esté conmigo. Lo que quiere es que esa persona que está ahí en Estoril traicione a su padre.

T.B.M. — Y don Pedro dice...

A.G-T. — Don Pedro lo que dice en ese momento es que si el príncipe da ese paso, si eso es verdad, no dudaba de lo que yo informaba, pero dice: «Si eso es así, yo dejo de llamarle al príncipe su alteza y a partir de hoy le llamaré su bajeza.»

T.B.M. — Pero eso era un doble juego...

A.G-T. — Eso. Don Pedro ya estaba preparando...

T.B.M. — ...su vuelta a Madrid...

A.G-T. — ... para el nombramiento de sucesor, porque él no viene a Madrid más que para decirle al príncipe que aceptara si se lo proponían.

T.B.M. — La vuelta de don Pedro a Madrid con esa misión está muy bien contada en el libro de Luis María Anson. Y también me habló de ello Luis Valls Taberner.

A.G-T. — Bien. Y lo que es normal es que don Juan en quien tiene de verdad confianza como persona que jamás le mentirá, que jamás le fallará, soy yo. Los demás tienen intereses monárquicos, mientras que yo no tengo más interés que en la verdad y en apoyarle a él como medio de traer la libertad a España.

T.B.M. — Volvamos entonces a la llamada de don Juan a usted cuando se entera del nombramiento del príncipe como sucesor de Franco pidiéndole que acuda a Estoril.

A.G-T. — El día 16 de julio de 1969, el día del Carmen, me llama diciéndome: «lo peor ha sucedido».

T.B.M. — Ya había recibido la carta que le envía el príncipe.

A.G-T. — No, había recibido la de Franco. Los historiadores se equivocan. Llega primero la carta de Franco. Digo yo: «¿Cómo lo peor?», y dice él: «La carta, he recibido la carta del Número Uno. ¿Puedes venirte?» Yo le digo que salgo en ese mismo momento. Tenía un coche muy rápido, llego pronto a Villa Giralda y me encuentro a don Juan completamente solo. Me lee la carta de Franco, me pregunta qué debe hacer y yo le digo que, de momento, contestar. El me llevó al piso de abajo, estábamos arriba, me da una máquina de escribir, papel, y yo me pongo a hacer el borrador.

T.B.M. — Esa noche estamos, entonces, entre la carta de Franco diciendo que nombra sucesor a don Juan Carlos y la carta del príncipe diciendo a su padre que acepta el nombramiento de Franco.

A.G-T. — Así es. Hago aquel borrador y quedamos para las diez de la mañana siguiente, que es cuando don Juan ya tiene citados a Areilza y a don Pedro, y él no quiere que se enteren de que yo estoy antes. Entonces, en el hotel me llama a las ocho pidiéndome venir a las nueve en vez de a las diez porque hay novedades. Y la novedad es la carta de su hijo. Yo también leo la carta de su hijo y le digo que, aparte de las razones familiares, ante la historia tiene que salvar su posición y esta carta tiene que ser contestada con un documento que conste. Y él me dice: «Pasa en limpio la carta de Franco (donde había cambiado una sola palabra) para que salga ahora mismo, y prepárame una carta para mi hijo.»

T.B.M. — ¿Qué dice el borrador de la carta de don Juan que prepara para el príncipe?

A.G-T. — Bueno....«Querido Juanito, el dolor que me causa tu carta es doble. Lo es no sólo por la decisión tan grave, política, que has tomado, sino porque como miembro de la familia real y como hijo del titular de la Corona me dices que has aceptado para salvar la Monarquía. ¿Qué Monarquía salvas? ¿Una Monarquía contra tu padre? No has salvado nada. ¿Quieres salvar una Monarquía franquista? Por lo tanto ni estoy de acuerdo, ni daré mi acuerdo nunca, ni aceptaré jamás que tú puedas ser rey de España sin el consentimiento de la Monarquía, sin pasar a través de la dinastía.»

T.B.M. — Antes del nombramiento del príncipe, la sucesión de Franco estaba, en teoría, abierta aunque, de hecho, estaba el acuerdo que usted comentaba antes de traer a don Juan en un avión militar para presidir los funerales. El nombramiento del príncipe lo consiguen, con paciencia y tenacidad, Laureano López Rodó y Carrero Blanco, y evidentemente ellos creen que el príncipe es de ellos. Lo que a mí no me cuadra es cómo don Juan, los juanistas, el círculo de Estoril, usted mismo, no saben que el príncipe va a ser no una figura de López Rodó, no el emblema de una Monarquía del 18 de julio, no el sucesor de Franco, sino que será el heredero de su padre y de toda la trayectoria política de don Juan.

A.G-T. — Es que el padre era consciente de que el príncipe podría dar el paso, pero también creía que él podía oponerse y que el príncipe no daría el paso en contra de su voluntad.

T.B.M. — Bien, pero lo que está diciendo don Juan Carlos es: «Franco va nombrar un sucesor y el sucesor voy a ser yo. A mi padre nunca le va nombrar Franco porque mi padre, según Franco, no sirve. Tal y como está montado el sistema en España, mi padre nunca será rey.»

A.G-T. — Pero él nunca le dice a su padre que va a aceptar y por eso el doble juego de don Pedro, que está informado de lo que va a suceder y que viaja a Madrid para decirle al príncipe que acepte.

T.B.M. — De acuerdo. Pero a donde quiero llegar es por qué no se enteran ustedes, por qué no comprenden, que lo factible es que el príncipe haga lo que no va a poder hacer su padre.

A.G-T. — ¿Que eso era más fácil? Sí, eso lo sabíamos todos. La tendencia natural del régimen era que el sucesor fuera el príncipe.

T.B.M. — No discuto eso. A donde quiero llegar es por qué no entienden ustedes que don Juan Carlos sería no el sucesor de Franco, sino el heredero de don Juan, por qué no saben que luego el príncipe actuaría según los criterios de su padre.

A.G-T. — No. Es que eso no estaba nada claro.

T.B.M. — ¿Cómo que no estaba nada claro?

A.G-T. — En absoluto. El padre estaba convencido de que el hijo continuaría prisionero del sistema franquista y de que no podría hacer nada.

T.B.M. — ¿Y eso lo creía usted también? ¿Al príncipe lo veía como un monigote de Franco?

A.G-T. — Yo sí. Al príncipe lo vi como un monigote de Franco siempre. Sabía que él estaría en la línea de la reforma, eso lo sabía perfectamente, que él haría reformas, pero sabía que esas reformas no podrían jamás llegar a la democracia, que nunca podrían ir a un referéndum constituyente, a una constitución democrática. Eso era imposible. La Monarquía esa sería de una oligarquía franquista.

T.B.M. — Es un juicio sorprendente sobre la transición política.

A.G-T. — A mí me sorprendió la incorporación del Partido Comunista, pero lo demás lo tenía todo previsto. Lo único que me sorprendió fue que el Partido Comunista entrara.

T.B.M. — Pues lleguemos al final del franquismo y a la transición.

A.G-T. — Desde 1969 a 1973 yo ya veo de vez en cuando a don Juan, me llama para coincidir en París, pero él prácticamente ha tirado la toalla. Areilza y Sainz Rodríguez estaban encantados, estaban felices, y don Juan estaba prácticamente retirado. Dice: «Yo contra mi hijo no voy a hacer una guerra civil, no un enfrentamiento. Yo eso no lo hago.»

T.B.M. — Y cuando, en diciembre de 1973, es asesinado Carrero Blanco, usted, esta vez por iniciativa propia, hace otro viaje despendolado a Estoril.

A.G-T. — Es que el día que muere Carrero cambia todo. Justamente el análisis mío es que López Rodó y Carrero habían preparado minuciosamente la sucesión del príncipe, pero sin Carrero la situación cambia por completo porque no hay ninguna autoridad militar, ninguna autoridad interna del régimen, para garantizar que la operación del sucesor pueda transcurrir con normalidad. Y entonces llamo por teléfono a don Juan y le digo que voy para allá enseguida.

T.B.M. — Lo que ocurre a los quince días de morir Carrero Blanco es que se constituye un gobierno anti-príncipe presidido por Carlos Arias Navarro.

A.G-T. — Exactamente.

T.B.M. — Y además las conspiraciones afloran en El Pardo. Franco, que era el valedor del príncipe, ya está poco menos que incapacitado y su nieta está casada con don Alfonso de Borbón Dampierre.

A.G-T. — Sí, sí, sí, ese período lo viví muy intensamente. Para mí, la muerte de Carrero abre un nuevo período y le hago a don Juan un plan político.

T.B.M. — Que es la ruptura.

A.G-T. — Eso, y eso significa que él tiene que ser activo y beligerante contra su hijo. Y que tiene que empezar en París. Y él llama a Giscard delante de mí para que le invite a una cacería, y yo organizo, ya en París, en el hotel Meurice, la entrevista con todos los exiliados, con los intelectuales, con la gente de Ruedo Ibérico, con nacionalistas vascos, con los comunistas, con todo el mundo.

T.B.M. — Y luego viene la operación frustrada de las declaraciones a Le Monde. En ellas, según su plan, don Juan se hubiera puesto a la cabeza de la manifestación rupturista.

A.G-T. — El plan era declaraciones a Le Monde y luego en cadena, en cascada, cada partido apoyando las declaraciones. Las hubieran apoyado todos hasta incluir al Partido Comunista. De esta manera don Juan no se comprometía con ningún partido. Esto fue aceptado por todos. Él habría hecho unas declaraciones y, a partir de ahí, que apoyase el que quisiera. Esto era para no vincular a don Juan al Partido Comunista.

T.B.M. — Pero todo fue frustrado en aquel verano de 1974.

A.G-T. — Estaba todo listo para el día 24 de junio. Pero antes don Juan había tenido una entrevista con su hijo en Palma de Mallorca, donde fue a reparar su barco, y alrededor del día 15 me llama su secretario y me dice que se suspenden las declaraciones.

T.B.M. — Y usted se enfurece.

A.G-T. — Yo digo que no acepto eso de ninguna manera. He citado a Marcel Niedergang que iba a recibir las declaraciones, está preparado el director de Le Monde, André Fontaine, que está de acuerdo en todo, y yo no acepto que don Juan diga que no.