MADRID, 15. (Crónica de FRANCISCO UMBRAL). El señor Villar Mir nos es tá dando una Semana Santa aciaga. Comprendo que mu chas personas hayan huido en largo éxodo por las carrete ras, buscando, incluso, la muerte contra una estadística de tráfico. Es que quedar se aquí supone tener que en terarse al día de las cosas que dice el señor Villar Mir. Ahora a dicho a « Blanco y Negro» que la lucha contra

la inflación debe apoyarse en el pacto social. ¿Y qué en tiende este señor por pacto

social? Pues unas relaciones de buena vecindad mediante las cuales él obrero acepta

A mi, por ejemplo, me parece peligro sísima paradoja - que casi tira a siniestraque mientras están en la cárcel personas tan civilizadas, tan escasamente terroristas, como pueden ser un José Antonio Bardem, un Ramón Tamames o un García Trevijano, otros socialistas pueden reunirse a ce nar tranquilamente con el propio Vicepre sidente del Gobierno para Asuntos del In terior, señor Fraga.

EL CLIENTE

Detrás de todo ello late ese juego entre caprichoso y arbitrario de la democracia graciable, ocasional, desreglamentada, que puede serlo todo, menos eso, menos demo cracia, cuyo ingrediente esencial es siempre la existencia de unas reglas de juego cons titucionales que por igual exigen y por igual defienden los derechos de cada ciu dadano.

¡Qué tiempos, aquellos tiempos, en los que el cliente siempre tenía razón! Ayer leía una noticia curiosa. En un barco ita liano de recreo, los cruceristas, alemanes en su mayoría, se rebelaron porque el pro grama contratado para el viaje turístico no se cumplía y, llegado el barco a una ciu dad tan visitabie al respecto como es A capulco, no se dejó al pasaje bajar a tierra.

Modélico ejemplo de como no siempre el cliente recibe la razón, aunque la tenga, práctica cada vez más extendida en un mun do de relaciones comerciales donde se im pone el «lo toma o lo deja» y en el que, a veces, si persuadido de tus derechos pi des el famoso y tan poco usado «Libro de Reclamaciones», lo más fácil es que te den con él en la cabeza antes de dejar que allí dejes constancia de tu protesta.

La irritación parecía lógica. Pero el ca pitán, apoyado por la tripulación, hizo fren te a la protesta y los turistas fueron apa leados y dos dirigentes de la curiosa «sub versión» tuvieron que abandonar el barco como pudieron, mientras los restantes pa sajeros buscaban refugio en sus camarotes.

Todos estos supuestos se apoyan en una tendencia última al burocratismo en la re lación proveedor-cliente y en el debilita miento competitivo que ofrecen las econo mías liberales a través de la insustituible ley de la oferta y la demanda. Cuando ésta cesa, cuando la socialización de los productos evita la oportunidad de elección entre la clientela, el proveedor se crece y termina por desdeñar al cliente, al que no puede por menos que considerar como al guien que le está obligado, que no tiene más remedio que estarle obligado.

Premisa que no saben lo agradable que hace la convivencia, teniendo en cuenta que todos, en mayor o menor proporción, so mos siempre clientes de algo o de alguien.

De ahí el contrasentido que en la op ción política-economía del momento supone la idea de que la democracia política no obliga también a la democracia económica. Sobre ese supuesto se ha apoyado todo el bienestar último de un Occidente democrá tico en el que, como había muchas cosas que vender y muchas gentes con dinero para comprar, la competencia indispensable y fundamental había hecho posible eso tan agradable de que el cliente siempre tuvie ra razón.

SIN NORMATIVA

Es posible que uno se ponga pesado con eso de reclamar normas, leyes, cauces y reglamentos para organizar la convivencia. Es decir, para convertir a la democracia en algo más que en una palabra, una pro mesa, una entelequia.

Vivir politicamente, como lo estamos haciendo, a merced de las concesiones mo mentáneas, de las licencias provisionales, incluso de los estados de ánimo de quienes pueden conceder o denegar, permitir o prohibir, sonreír o vociferar, es algo tan contrario a ese ideal que se llama el Es tado de Derecho como para hacer justifi cable la insistencia recamadora de la nor mativa indispensable que nos permita a todos saber a lo que atenernos.

DIFICIL OBJETIVIDAD

Puntos sobre las íes del equilibrio, de . la ponderación, de la objetividad.

Ese famoso «payaso internacional», al decir de muchos.

En Francia, el país de mayor cultura literaria del mundo, el libro más vendido durante los últimos meses, con rara insis tencia en este liderato, es «Archipiélago Gulag», la gran denuncia anticomunista del discutido Solzhenitsyn.

Pero en la Rusia Soviética que el Pre mio Nobel denuncia, resulta que es posible que otro Nobel en desacato, Andrei Sajarof, en unión de su esposa, se presente ante un tribunal de Justicia en plan desa fiante, abofetee a un comandante y a un capitán, y aún pueda contarlo después.

El platillo de la balanza de la Justicia tiene un mecanismo mucho más complicado que el que suponen y utilizan las gentes de juicios elementales y precipitados.

Todo ello sólo quiere decir, diciendo tan poco desde la distancia, que hay que poner en cuarentena todos los juicios de finitivos sobre cosas que caen tan lejos y que puede ser posible, al mismo tiempo, que tanto Solzhenitsyn como los soviéticos tengan razones para ser como son, sin que desde aquí tengan mayores o menores ra zones para hacerlo tanto los que condenan a unos como los que condenan a otros.

LA VIOLENCIA, DE MODA

Los violentos, esos seres de moda.

También dicen los sociólogos que ello afecta muy especialmente a los chicos, con espíritu y temperamento en fase de remo delación, pero no son chicos esos violentos que pegan bofetadas porque alguien hace comentarios cuando juegan una partida de tenis, porque le disputen un aparcamiento de coche o porque, como en el caso de la española maltratada por un médico alemán, hacen una observación simplemente mo lesta.

Dicen los sociólogos que la violencia viene fecundada por el medio ambiente, por la propia fotogenia que tiene y que la hace reiterarse como espectáculo en pe lículas, en noticias, en novelas y en revistas.

La violencia ambiental pone muy som brío el panorama y hay muchas veces, en la simple actuación ciudadana, en las que incluso el hombre más pacífico y sosegado siente como nostalgia de no ser un tipo de uno ochenta metros, experto en judo, para imponer sus razones a un contrario que nos atropella, que nos desdeña, que nos coacciona, sin otro recurso de defensa que ese tan irracional de poder pegar más fuerte.

Sobre tal idea, la violencia se ofrece tristemente inevitable y de ahí que las pe lículas del Oeste, donde el héroe es siempre el que pega mejor, el que tiene más dili gencia para apretar el gatillo, el que su pera la ley escrita para imponer la ley de sus sentimientos personales, está tan de meda.

Los mansos de espíritu ganarán el Cie lo, porque así está escrito. Pero hay que ver lo mal que lo pasan en la Tierra.

ganar menos, la moderación en ei crecimiento ae sus ren tas, «incluso las recibidas por razón de nuestro trabajo pro fesional». Una vez mas, ei se ñor ministro da a entender, ahora con los buenos moda les que corresponden al «Blanco y Negro», que los saiunos no deben subir o deben subir muy poco, por que el señor Villar Mir sabe muy bien que las rentas que no son consecuencia de nues tro trabajo, ■ sino del trabajo de los demás, o sea las ren tas del dinero, del capital, van a seguir subiendo y no han dejado de subir nunca. De modo que el pacto social de Villar Mir es el pacto de Ver gara más la rendición de Breda, el compromiso de Cuspe y el pan y tomate pa ra que no te escapes.

También afirma el minis tro de Hacienda que las ma sas que van a la huelga están tirando piedras contra su propio tejado, con notable ignorancia de la conducta de las masas y de las huelgas, ya que, en primer lugar, los huelguistas obreros no sue len tirar piedras contra na da. (Esto de mezclar a los pobres con los gamberros y hasta con los asesinos es un viejo defecto óptico de la derecha nacional, que se ha ce un lío, un beneficioso lío, dando a entender al personal, a la larga, que los que piden que les suban los puntos son los mismos que piden cien millones por el rescate de un industrial) pero si el señor Villar Mir se fija bien, verá que los obreros no tiran pie dras contra su propio tejado, sino que las piedras suelen tirarlas -llegado el casocontra el tejado del señorito , porque los obreros son obsce nos y sucios, pero tontos no son los obreros ,oiga.

Todavía sostiene el minis tro de Hacienda, en sus de claraciones, que los obreros son lamentablemente explo tados por cuatro agitadores que les arrastraran a la huel ga, y que lo que quieren es alterar el orden de España. No es un orgumento de todo un ministro de Hacienda, si no que más bien parece el argumento de un pequeño in dustrial cerrajero que no es tá dispuesto a que los huel guistas le cierren la cerra jería.

Nosotros diríamos que es misión de un ministro de Ha cienda opinar hacendística mente, y no políticamente, ahora que tanto se respeta eso de las jurisdicciones y tanto se qu.ere despohtizar la Administración, la Univer sidad y hasta la política. Lo que tiene que decirnos un ministro de Hacienda no es si entre los huelguistas hay algún rojillo. Para eso ya es tá la Policía. E incluso «El Alcázar». Lo que' tiene que decirnos un ministro de Ha cienda es si las huelgas la borales y salariales tienen al guna justificación objetiva, si efectivamente las condicio nes económicas y laborales del trabajador no son abu sivas por parte de la empre sa, si se puede vivir con tres cientas cuarenta y cinco pe setas de salario mínimo cuan do el jamón está a quinien tas en la chacutería, aunque esté a doscientas cincuenta en el Instituto Nacional de Estadística, que el Institu to Nacional de Estadística, desgraciadamente, no vende jamón.

Pero eso no pos lo dice nunca el señor Villar Mir. Se le plantean unas cuestiones económicas y responde con unos razonamientos políticos que no le competen, porque, por muy ministro que sea de la cosa, él no puede conven cer, no ya a un proletario, sino ni siquiera a una beata que va a por churros a la sa lida de misa, de que los chu rros no han subido una bar baridad, mientras que la pen sión de clases pasivas de la beata no ha subido nada, que todos los de clases pasivas están en un grito y a mí me escriben cartas a diario.

El señor Villar Mir debie ra ponerse un capuchón, pa ra pasar inadvertido, y en rolarse en cualquier pi~ocesión que pase en ese momen to delante del Ministerio, que siempre pasa alguna.