CRONICAS E INFORMACIONES

En la noche de! 23 de febrero de 1981

Don Juan no llam a su hijo para sugerirle lo que deb a hacer

La constante de V ctor Salmador ha sido la de lanzar sus libros "a pares": un volumen con tema histØrico-pol tico y otro puramente literario. Al libro titulado "Don Juan de Borb n, grandeza y servidumbre del deber", emparej la novela "Los delfines de presidente", y a las "Memorias de KindelÆn", el ensayo "Pict rica plenitud". Ahora, a pocos meses de las dos œltimas obras, saca simultÆneamente dos tomos, tambiØn de distinta factura: una novela que tiene que ver con el ambiente taurino, "¡Toro..., mÆtalo!", y una obra de reflexi n y complicaci n hist rica que se refiere a la instituci n monÆrquica: a la acci n desarrollada por don Juan de Borb n como titular de los derechos hist ricos a la Corona de Espaæa y a la labor cumplida por don Juan Carlos durante la transici n al rØgimen democrÆtico. Esta obra, titulada "Las dos Espaæas y el Rey", explica la pugna y colisi n ideol gica de los dos sectores tradicionalmente

En la primavera de 1982 don Juan de Borb n volverÆ a ser vecino de Madrid. Esto es de veras el fin de su exilio y tiene cierto simbolismo, porque nadie regresa del todo a la patria mientras permanece en ella como transeœnte, esto es, sin hacerse vecino de algœn pueblo. La patria, que se quita esencia en un panorama ampl simo, tambiØn se simplifica en una sosegada plazuela con soportales, en la sombra de un campanario, o en el canto de los gallos de la aldea. Al final de todo, el mÆs patriota suele ser siempre el mejor vecino.

Hasta abril de 1931 don Juan estuvo empadronado en el municipio madrileæo, distrito de Palacio, donde le correspond a por encontrarse en Øl el domicilio paterno, o sea, el Palacio de Oriente. Ahora vivirÆ en Puerta de Hierro, en una pequeæa casa, quia la mÆs antigua de la zona, que sirvi primero que nada para las oficinas promotoras de la urbanizaci n. En sus primeros tiempos, el chalØ se llam "La Chabola", pero hoy no tiene ese nombre ni ninguno y tampoco creo que le ponga otro, porque "Villa Giralda" hay una sola , aunque los mÆs viejos del lugar siguen conociØndole por la antigua denominaci n; los nombres como los hombres oponen resistencia a morir, a desaparecer.

Se ha superpuesto ahora al aire un tanto rœstico de la antigua edificaci n, cierto empaque seæorial entre funcional y moderno, aportado sin exageraciones por las obras recientes. El conde de Barcelona estrenarÆ, pues, casa, la primera de su propiedad en toda su vida; siempre vivi de alquiler o de prestado, cuando no en algœn hotel que no todas las veces fue de cinco estrellas.

El arcØn hist rico de ]a Corona

...Yo estoy seguro de que don Juan de Borb n no es ni ha sido nunca la eminencia prls aconsejadora de su hijo que algunos le endilgan.

No conocen a don Juan, ni tampoco han descubierto una de las grandes esencias o valores de la Monarqu a y del sistema que ejeroe la realeza dentro de la familia real, quienes especulan con el tema' de los consejos del padre al hijo. Desde el punto y hora en que el conde de Barcelona dio aquel taconazo y dijo lo que dijo, ya debi saberse que el mÆs discreto, leal y obediente subdito del Rey era quien hasta la v spera hab a portado en sus manos ei arc n hist rico de la Corona. Desde aquel instante ya s lo hab a un Rey y el primero en reconocerlo, con todas las consecuencias que la aceptaci n del Rey implica, era quien dinÆsticamente lo hab a sido hasta entonces. Una de las "conversaciones-con-

;J fiMBfw

contrapuestos que hemos dado en llamar "las dos Espaæas" y las repercusiones que esa dicotom a ha tenido sobre las vicisitudes dinÆsticas al polarizarse en la "monarqu a de El Pardo" y en "la de Estoril". En el libro se analiza c mo ha ido produciØndose la convergencia de derechas e izquierdas en la Monarqu a de la Zarzuela, o sea en la Monarqu a constitucional y democrÆtica que implant don Juan Carlos y hab a preconizado su padre. Se incluyen en el volumen documentos inØditos de gran valor, as como juicios de personalidades pol ticas de relieve pertenecientes a la vida espaæola mÆs reciente y, sobre todo, a la contemporÆnea. La editorial Edilibro es quien publica simultÆneamente estas dos œltimas obras de V ctor Salmador. Por gentileza de Edilibro y del autor, ancicipamos hoy a nuesros lectores unos fragmentos del primer cap tulo de "Las dos Espaæas y el Rey".

sejo" que se atribuyen a la l nea "Zarzuela-Estoril" es la del 23 de febrero. Don Juan llam a la Zarzuela desde Portugal al tener noticia de la irrupci n en el Congreso. Es cierto que tard horas en obtener comunicaci n telef nica, porque las l neas estaban saturadas. Pero no llam para sugerir a don Juan Carlos lo que Øste hubiese de hacer; ni para otra cosa que no fuera saber lo que estaba ocurriendo y conocer las medidas que el Rey hab a adoptado. No llam , en fin, para decirle como algunos han difundido , que "al abuelo tambiØn le aseguraron los militares que Iban a tomar el poder para arreglar las cosas y que era cuesti n de poco tiempo, y ya sabes, se quedaron cuarenta aæos y no le dejaron volver ni siquiera muerto". Esa conversaci n no existi , aunque engrane veros milmente con la l gica de la situaci n. Pero eso es otra cosa.

zaron: una de ellas se apunto a Estoril y la otra a El Pardo. Cada una estaba incardlnada en una de las dos monarqu as posibles, la del padre y la del hijo, y hoy ambas convergen en la œnica que ya existe: la Zarzuela.

Esa convergencia no ha sido fÆcil y merece la pena ocuparse de ella con el Ænimo de quien desenreda un cordel de muchos nudos. S lo despuØs de lograda esa convergencia, despuØs de bajar al tel n y de dar el taconazo, el gran protagonista del medio siglo, don Juan de Borb n, conde de Barcelona, se hace vecino de la villa que el art culo cinco de la Constituci n llama "capital del Estado" y que un poeta llam con mÆs acierto el "rompeolas de todas las Espaæas". La villa estÆ regida ahora por un alcalde socialista, medio siglo despuØs de que fuera alcalde un seæor gordo llamado Pedro Rico. QuØ de cosas, en estos cincuenta aæos, han sucedido a las dos Espaæas de siempre, a esas dos Espaæas que se polarizaron en torno a las dos monarqu as. ..

Las disputas dinÆsticas

Entre esas muchas cosas que han ocurrido, una de las mÆs recientes es la del 23 de febrero de 1981. El cuadro que a los espaæoles continœa machacÆndonos la retina, que tenemos impreso en nuestra memoria: la violenta Irrupci n armada en el Congreso de los Diputados la tarde del 23 de febrero de 1981 constituye la estampa f sica del mÆs significativo choque de nuestra historia en los dos Ultimos siglos; y es aquel al que llegan en œltima instancia los dos conceptos a los que hemos dado en llamar "las dos Espaæas"

¿Que la monarqu a de la Zarzuela es, en definitiva, la de Estoril? ¿Que el ideario de don Juan se ha trasvasado o trasmutado a ella? El tema tiene mÆs enjundia y significaci n que la que trasciende de anØcdotas reales o falsas, y no ser ocioso entrar en el fondo de la cuesti n, que es el que tiene que ver con la Idea de las dos Espaæas en pugna, que un d a se polari-

No es que las dos Espaæas correspondan a dos mitades de la naci n, o a dos sectores numØricamente iguales de la poblaci n espaæola, sino a dos abstraciones, a dos hemisferios de la geograf a ideol gica. Un cierto sentido elementallzador, al que contribuye el aliento poØtico de Machado la Espaæa que muere, la que bosteza , presenta a las dos Espaæas como entes de IdØntica densidad; pero los valores conceptuales son susceptibles de distinta mesura, como nadie ignora, y esto, unido a la Inercia simplificadora, es lo que nos empuja a la equivalencia. Quienes allanaron el Parlamento, enfrentÆndose armas en mano al Gobierno y a los diputados inermes, constitu an la representaci n de uno de los dos conceptos; o sea, de una de las dos Espaæas.

HBMHHBHHMHHMHI

La actitud del Rey acreditó ante los ojos de los españoles su decisión de acatar y defenderla Oonstitución

El episodio protagonizado por quienes entraron en el Congreso constitu a, a su vez, la repetici n de otro, vivido en los mismos escenarios poco mÆs de un siglo antes. Aquella otra vez, el general Pav a y Rodr guez de Alburquerque fue quien mand gente, armadas con la p lvora de la Øpoca, a disolver las Cortes. Y todav a podemos referirnos a un cap tulo mÆs remoto, que acredita la reiteraci n con que los espa-/ æoles construimos nuestra historia como con un martillo que machacara sobre un yunque; es el que presenta a las dos Espaæas librando su primer cuerpo a cuerpo: en los albores del pasado siglo, despuØs que el general El o Inici la clÆsica era de los pronunciamientos aboliendo la Constituci n de CÆdiz, el general Egu a allan el Congreso y disolvi las Cortes. Los monÆrquicos absolutistas rompieron las lÆpidas de calles y plazas dedicadas a la Constituci n y encarcelaron a los monÆrquicos constitucionalistas, liberales y progresistas. Un siglo mÆs tarde de aquel episodio primera, en septiembre de 1923, el capitÆn general de Cataluæa suspendi la Constituci n y se proclam dictador. Como se ve, la cuesti n ha sido c clica. La noria s lo qued interrumpida esta reciente noche del 23 de febrero, primera vez que el Rey no hizo causa comœn con los sublevados.

arrastrar al Rey a lncardinarse o identificarse con la Espaæa minoritaria, tradicionalmente dominante, constituye una de las claves de nuestra historia ideol gica. La respuesta de la Corona a las pretensiones e Intentos fue siempre causa por parte del pueblo de calificaci n o descalificaci n de los monarcas. Para este juicio en ocasiones encubriendo la acci n calificadora , las fu., zas que representaban a los dos grandes resœmenes o conceptos ideol gicos solieron tomar como pretexto las disputas sobre derechos dinÆsticos. O, dicho de otra manera: en Espaæa las discordias de carÆcter dinÆstico llevaron muchas veces baja la capa de la adhesi n al Rey extrapolada, cuando se present la ocasi n, en la sucesi n del Rey la otra disputa, la ideol gica, de mayor dimensi n y trascendencia.

La que escindi a la dinast a de los Borbones -j. las ramas isabelina y carlista naci , como todo el mundo sabe, a cuenta de la sucesi n de Fernando VIL

Estos cap tulos y otros que podr an agregarse tienen un hilo conductor significativo: los conspiradores del 33 de febrero su- * pon an que el Rey iba a ponerse de su parte; y terminaban los bandos o manifiestos con el grito de ¡Viva el Rey! Primo de Rivera baj a Madrid desde Barcelona y se dirigi al Palacio Real para que don Alfonso XXII cohonestase su rebell n y le entregarse el poder. El general Pavia, en enaro de 1874, disolvi las Cortes bajo Invocaclones abiertas de servidumbre a la voluntad nacional y subterrÆneas de servicio a la Corona. Los apost licos y absolutistas de 1814 cargaron los atalajes de la carroza Ł real y reverenciaron al rey Fernando VIL Este hilo comœn revela que los representantes de esa otra Espaæa pretend an que la Monarqu a se Identificase con ellos; que el Rey respaldase su actitud, secundara sus prop sitos y los arropara ante la Espaæa de enfrente. Durante casi dos siglos el prop sito fue logrado.

La œltima controversia dinÆstica. Esta gir , en la vertiente del puro dinastismo o legltlmismo, en torno a don Juan de Borb n y a su hijo don Juan Carlos; pero bajo ella hubo, como siempre, algo mÆs que los derechos o las legitimidades para ocupor el trono: las dos Espaæas, anidadas en cada una de las dos Coronas o las dos Monarqu as posibles. Alrededor de un prefijo semÆii.ico el que diferenci Monarqu a instaurada de Monarqu a restaurada podr a escribirse un tratado completo con reflexiones sobre este tema, tratado que desbordaria la sombra de los Ærboles geneal gicos. Nos llevar a simplemente a la "Monarqu a de El Pardo" y a la "Monarqu a de Estoril".

El eje de la disputa de la verdadera y real disputa , la ideol gica y pol tica, que por trascender de personas y situaciones permanece constante, acompaæa, renace y se rej¿ ,¿ en las circunstancias y coyunturas hist ricas, penetr , pues, hasta los d as contemporÆneos. Puede que se remonte a tiempos anteriores a aquellos en que vemos definida con claridad la disputa misma embanderada con este o aquel "pretendiente"; pero, en definitiva, lo que Importa recalcar es que estaba en vigencia, en los fflÆs crudos y generales tØrminos, desde el primer enfrentamiento entre absolutismo y constitucionalismo. Estos fueron el reflejo 0 1" a z, o la punta del "iceberg", como se quith-a de la existencia de los dos polos que, matizados, como he dicho, por la evoluci n y la cultura, llegaron hasta el presente: absolutistas en un lado, innovadores y constitucionalistas en el otro.

As , apost licos, moderados, isabelinos, carlistas, alfonsinos, anarquistas, socialistas, izquierdistas, derechistas, progresistas, radicales, reaccionarios, rojos, azules, leales, facciosos, nacionales, Juanlstas, Juancarlistas. franquistas, fueron y son tØrminos que entre osotros contienen etiquetas o expresiones semÆnticas ancladas a una concepci n previa, visceral y racionalmente diferenciadora.

La noche de febrero de ¿981 el Rey don Juan Carlos de Borb n no quiso ser Fernando vn, ni siquiera aceptar, como lo ht- » zo su abuelo don Alfonso xni en 1923, la imposici n del Primo de Rivera contemporÆneo. "La Corona dijo , s mbolo de la permanencia y unidad de la Patria no puede tolerar en forma alguna acciones o actitudes de personas que pretendan interrumpir por la fuerza el proceso democrÆtico que la Constituci n votada por el pueblo espaæol determin en su d a a traves de referØndum". La actitud de don Juan Carlos acredit ante los ojos de los espano es su decisi n de acatar y defender la » Constituci n; ese acatamiento y defensa son * a ahora hechos probados y ratificados Es" ene u dimensi n muy por encima del suceso y hay que insistir en ella: por primera vez en la historia, el Rey h¿ preferido enfrentarse y defraudar a los que han ˝d d rad r iC˝Onales ^ ^tentaci n de la Corona; es decir, cambi la prioridad de sus apoyos, y en una ciaboga hist rica corri el riesgo de situarse jS a las masas de una Espaæa, a cambio de des-republicanizarjas quizÆ para , Todo parece indical que lo haliraS^nJ * ,ue]aquizaa a costa de des-mon^t Otra.

El Proposito que mencionÆbamos anfc*s de ejemplo: en 1923 eran monÆrquicos Calvo Sotelo, Primo de Rivera, Mart nez AUido..., pero tambiØn lo eran Romanones, Maura, Santiago 'Alba... Separaba a ambos grupos, sin embargo, un abismo de ideas nacidas del anciaje jos primeros en la definici n absolutista de la Monarqu a; mientras que el anclaje de los segundos corresponia a ias conformaciones del pensamiento liberal y al entronque constltuclonalista y parlamentarlo de la Instituci n. Dorante el rØgimen de Franco tambiØn fueron monÆrquicos Vig n, Carrero, Oriol, Fer-

i

nÆndez de la Mora... Pero al mismo tiempo lo eran, aunque de otra Monarqu a no s lo de otro rey, sino de otra idea de la Monarqu a, hay que recalcarlo , SÆinz Rodr guez, Gil Robles, el general Aranda, Joaqu n Satrœstegui, L pez Ibor... A la Monarqu a de Estoril, la juanlsta; o sea, a la idea liberal, democrÆtica y constitucionalisto de la Monarqu a, la apoyaron republicanos, socialistas, moderados de izquierda como Salvador de Madariaga, Tierno GalvÆn, Garc a Trevijano, Dionisio Ridruejo, Raœl Morodo, Fernando Chueca, Fernando Moran...

Como en Espaæa todo es relativo, dentro de cada grupo se repite de algœn modo la dicotom a principal acaso Østa sea una de las causas que expliquen disgregantes y atomizantes actitudes del espaæol . Cuando Gil-Robles, en nombre de los monÆrquicos, y Prieto, en el de los socialistas, iniciaron las conversaciones que condujeron al llamado "Pacto de San Juan de Luz", Prieto se lamentaba de tener a su Izquierda a jabal es que nada quer an saber con los monÆrquicos. "La Monarqu a suscita en ellos explic la misma irreductible aversi n que el rØgimen de Franco". Los monÆrquicos respondieron: "Si usted tiene cafres a su izquierda, nosotros los tenemos a la derecha". Siempre hay, pu-iS, que temer a la Espaæa de ios cafres, estØn donde estØn.

E! dilema Monarqu a-Repœblica

PreguntØ una vez a Fidel Castro quØ pensaba de la Monarqu a y de una restauraci n monÆrquica en Espaæa. Me respondi : "De la Monarqu a en abstracto, en general, en este mundo en el que estamos viviendo, que no tiene que ver con la Edad Media o la conquista de AmØrica, yo no puedo pensar sino que es anacr nica y absurda. Que un hombre por ser hijo de otro y nieto de un tercero estØ destinado a ser el rey de los demÆs, a imponer su raz n, su criterio o simplemente su arbitraje a los demÆs, no resiste el anÆlisis; es una ofensa a la raz n, una pervivencia ultrajante de los tiempos oscurantistas y arcaicos de los mitos, las supersticiones y la Incultura. Pero que la Monarqu a en Espaæa pueda ser vista hoy como un instrumento para pasar de un rØgimen dictatorial a un rØgimen democrÆtico es otra cosa. Se trata de una cuesti n instrumental o estratØgica; lo que importa es lo otro, a d nde se va: ¿a la Implantaci n de la democracia, a que el pueblo recobre las libertades y la soberan a y sea el pueblo quien decida y quien gobierne?".

En las ant podas de Castro estaba y estÆ Richard Nixon, a quien hice la misma pregunta. Me respondi : "Nosotros, las gentes de los Estados Unidos, que somos esencialmente republicanos, solemos llevarnos bien con los pa ses monÆrquicos que hay en el mundo; y yo, personalmente, no creo que en Inglaterra, por ejemplo, haya diferencias sustanciales en el concepto y el ejercicio de la democracia y de los derechos humanos, del concepto que tenemos y del ejercicio que practicamos en nuestro pa s. Los pueblos han de saber concillar con la vida moderna esas caracter sticas peculiares que vienen del pasado y estÆn presentes en su tradici n. QuizÆs el ejemplo japonØs sea el mejor exponente actual de esa conciliaci n. Estados Unidos tiene una historia muy corta y en ella no han gravitado, obviamente, tales cuestiones; pero, en cambio, el poder efectivo que ejerce un presidente norteamericano no es inferior al que a veces tiene un monarca europeo, limitado por una Constituci n y unos Parlamentos. Yo no propugnar a nunca una monarqu a para mi pa s, y mi pueblo encontrar a ridiculo que se propugnara y a quien la propugnara; pero tampoco contribuir a en modo alguno a derribar las respetables monarqu as que en Europa existen y que son uf modelo de democracia y de estabilidad'

El gran poeta chileno, premio Nobel y premio Stalin, Pablo Neruda. candidato del Partido Comunista a la presidencia de Chile y cuya muerte lloramos todos, con quien hablØ mÆs de una vez en Isla Negra y en Punta del Este, me contest afable, pero categ rico. "Para un hombre Inteligente y culto, monarqu a y democracia se hacen dif cilmente compatibles. Yo soy, en el fondo, Indiferente a las formas, pero es que hay formas intr nsecamente incompatibles con la esencia. El pueblo espaæol, cuando se libere del franquismo, elegirÆ a la repœblica. La dignidad del hombre, la inteligencia del hombre, el sentido de Igualdad y de justicia innato en el hombre rechazan la idea monÆrquica ".

No menos tajante fue el socialista argentino y brillante profesor universitario Alfredo Palacios. Frente a frente con Øl en una sobremesa, al plantearle yo el tema espaæol, hablÆndole de la monarqu a como posible desembocadura y salida del rØgimen de Franco, me mir entre indignado y socarr n: "¿Pero c mo puede usted ser monÆrquico a estas alturas? exclam . Si plantea tal cosa en cualquier Universidad de acÆ le dan una "movida"... ¿Una monarqu a puesta ah en acuerdo con el dictador?... No podr a ser considerada mÆs que la continuaci n, con otro nombre, del rØgimen totalitario de Franco. Hoy no se puede hablar ya de eso. Las monarqu as que aœn quedan son reductos del pasado; se sostienen por inercia; constituyen el amparo de oligarqu as cue tambiØn subsisten para verg enza del mundo civilizado. Tales estamentos estÆn condenados desaparecer tarde o temprano como desapareci la esclavitud. Los pueblos aspiran a un orden social mÆs justo y mÆs libre; y la existencia de seres con privilegios y coronas es una contradicci n. La libertad y la justicia social son las bases del socialismo Øtico y, en consecuencia, las del mundo inmediato.

Su defensa exige acabar con aquellas rØmoras. QuizÆ para que yo no olvidara lo que hab a dicho, Palacios me regal su libro "La justicia social" y escribi una dedicatoria a mi nombre, agregando: "A mi amigo, a quien espero ver pronto proclamando la Repœblica en la Espaæa eterna que luch como ninguna otra naci n por el valor del hombre".

Estas categ ricas y antag nicas concepciones de cada una de las dos Espaæas se pusieron otra vez de manifiesto, y bien crudamente, al estallar la guerra civil en 1936. El estallido traz una l nea divisoria inexorable, irracional y extrainstitucional entre los espaæoles. En las trincheras, a un lado estuvieron los llamados "rojos", herederos de los liberales y constitucionalistas de las Cortes de CÆdiz, y al otro los "nacionales", depositarios a su vez del pensamiento apost lico de Fernando vn. La apoteosis de esta divisi n y el resultado final del encuentro bØlico estÆn firmados por Franco en el œltimo parte de guerra, el que dice que, cautivo y desarmado el "EjØrcito rojo", han alcanzado las "tropas nacionales" sus œltimos objetivos. Y el ultlm slmo Intento por identificar a la Monarqu a con las tropas nacionales, o sea con la fracci n vencedora, discurri ante nuestros ojos desde el punto en que don Juan Carlos de Borb n fue designado sucesor de Franco.

Durante los cuarenta aæos de franquismo en Espaæa se ha sabido por todos lo que significa ser "rojo". No voy a Insistir sobre el tema ni a resucitar verg enzas, tristezas y reproches; pero es preciso que quede aqu por lo que enseguida se verÆ y por lo que tiene de incidencia en este libroese concepto de la existencia de "los rojos", con toaas sus resonancias, ecos y reecos; no s lo como descripci n de la tinta que colorearÆ los mapas en que parti a Espaæa la guerra fratricida, sino para describir la adscripci n a un bando espec fico, punto de referencia de muy precisas connotaciones hist ricas, rebosantes de contenido ideol gico y pol tico.

La Monarqu a de Estoril

Pues bien, dentro de esta dicotom a trascendente y permanente, tantas veces trÆgica, que cambia de piel de personajes, pero no de esencia, don Juan de Borb n y Battemberg, hijo del œltimo rey, don Alfonso de Borb n, luego de vicisitudes y reflexiones que merecen ser analizadas despacio, rompi en la dØcada de los cuarenta los esquemas convencionales de la Monarqu a, anclada a la tuerza en la prisi n ideol gica de uno de los dos bandos. Don Juan de Borb n anuncio una concepci n monÆrquica integradora, superadora de las terribles diferencias y conciliadora del antagonismo. Dese que la instituci n monÆrquica no apareciese como bandera, cobijo, pretexto o monopolio de rojos o azules ni de disputa alguna: "A la Monarqu a dijo algunos la ven como si forzosamente tuviera que ser derechas y amparar y defender los privilegios de las derechas. Esto es un error tremendo. Precisamente esa definici n equivocada de la Monarqu a es lo que hizo que las Izquierdas se plantearan algunas veces como principal objetivo el derribarla. La Instituci n monÆrquica no debe ser de derechas ni de izquierdas, sino que la instituci n arbitral, integradora y moderada, en cuyo seno puedan convivir todas las posturas o tendencias civilizadas que existan en el pa s".

"El pacto de espaæoles seæal don Juan en otra ocasi n no es de vencedores y vencidos, sino de las dos Espaæas que antes, ahora y siempre, estuvieron en discordia porque parten de concepciones diferentes y de nostalgias y prejuicios del pasado. Convengamos en que ambas deben acercarse, reconociØndose mutuamente sus valores y puntos comunes. La profunda transformaci n de las estructuras econ micas y sociales de Espaæa permite quØ la derecha y la Izquierda, modernizadas, se encuentren Juntas en la afirmaci n prioritaria de la democracia".

I CRONICAS E INFORMACIONES

'..iSljm ¨&i mmm