El Burladero
EL TRANSITO
Por Víctor MÁRQUEZ REVIRIEGO
A estas alturas de la película, de la vida política y de la Liga, ya no sé si el que se va es Felipe González, o Ramón Mendoza, o los dos, o uno sí y otro no, o uno no y otro sí, o ninguno de los dos, o cualquier otra salida combinatoria si la hubiere o hubiese.
El caso es que en casi todas partes sustituimos los problemas por los enredos. Y eso es mala cosa, porque un problema puede resolverse; pero un enredo todo lo más que admite es el desenredo, que es como volver a dejar el hilo desliado. Digamos que, brarse un aniversario que termine en cero, pero no uno que termine en tres o en siete o en ocho, pongamos por caso, o mejor por número. Y como ahora teníamos un buen cero a la mano, el de los veinte años de la muerte de Franco, todo el mundo se ha puesto a hablar de la transición (¿o hay que escribir Transición, bien mayusculada, para que sea como la Santa Transición o como la Inmaculada Transición, según dice José Vidal Beneyto, al que no me resisto a llamar Pepfn por nombre transitivo y muy anterior también?). de
Ramón Mendoza,
visto por lo bueno, sería como recuperar el hilo conductor. Y eso ya seria mucho, si aplicamos a ello lo que pensaba el abuelo Kant cuando se aplicaba a la práctica de la razón y tiraba de tal hilo para entrar por la puerta estrecha que conduce a la sabiduría. a
Aquí más bien, o mal, en lo que estamos o en lo que nos ponen es en enredar tanto la madeja que no haya manera de saber adonde vamos. Más de una vez lo habrá dicho, y más habrá que repetirlo, pero es verdad que desde hace meses e incluso más de un año, vivimos los españoles una situación política tan enredada y sin hilo conductor que podría medirse en el tiempo tonto de los relojes blandos. Sustituimos la realidad por considerandos sobre ella o traemos fantasmas del ayer para no ver lo que está delante de nuestros ojos. de
Por ejemplo, esa infantil admiración por lo redondo que se aplica en las conmemoraciones. Según ella ha de cele-
El enredo de los que se van es como otra transición nueva, una especie de tránsito menor, porque a diferencia de la muerte -que suele ser irreversible, por lo menos mientras no se demuestre lo contrario- admite la posible vuelta en el futuro. Lo curioso es que el argumento mayor contra este tránsito,-o estos tránsitos, es lo que Antonio García Trevijano (incomprensiblemente ausente en tantas pedestres conmemoraciones transitivas: ¡así se escribe la historia!, según dijo Voltaire y repite ahora Eslava Galán en un libro para escépticos) llamaría el «argumento del cojo en peligro»: el no corráis que es peor. Muy usado, por cierto, por todos los que tienen miedo al cambio y al tránsito y a la libertad y a enfrentarse al futuro.
Aquí nos gusta más el volver la vista atrás. Y si es por el agujero redondo de un cero conmemorativo, mejor todavía. Al final lo peor de aquello ha venido a ser su conmemoración. su
E L pasado sábado, desde esta misma columna, me permití opinar que el asunto Prado-De la Rosa favorecía los intereses del Gobierno y sus planes de ocultación de las responsabilidades que le afectan. Tal estimación se ha impuesto luego, tanto en la autorizada línea editorial de ABC como en variedad de comentarios políticos que han ampliado el campo de visión hasta atribuir directamente al Ejecutivo una impresensus
Cuaderno de notas
UNA MEZQUINA ESTRATEGIA
Por Lorenzo CONTRERAS
cutido financiero catalán. De la Rosa dijo lo que dijo y no cabe zafarse por el socorrido procedimiento del «diego» frente al
table reedición de la teoría conspirativa, según la cual el Gobierno estaría sometido a una suerte de conjura, articulada esta vez sobre el eje De la Rosa-Conde. Y ello en la medida en que la mentada conspiración alcanzaría a la Corona, hasta convertir la situación en una crisis de Estado. Conde se ha querellado contra los teorizantes que le atribuyen, en un libro de inminente aparición, una cuota de autoría en esa conspiración política. Con los días parece que se impone la versión de que los negocios entre Manuel Prado y Javier de la Rosa, por más que este último intente salpicar a terceros, son un asunto personal. Otra cosa es que los autores del libro, excelentes periodistas, hayan sido mensajeros concienzudos de lo que ha manifestado en privado el disa la de de una
«dijo». El Gobierno, siempre al acecho en su actual etapa defensiva, ha aprovechado la polémica para lanzar otro mensaje a la opi-* nión; un mensaje que cabría formular así: «Ya ven ustedes, si involucran al Rey, ¿qué no harán conmigo?»
Mensaje recibido. Pero mensaje falso. Porque la teoría de la conspiración desestabiliza- dora del Gobierno carece de fundamento. Y si el Gobierno da alas a la versión interesada del propio De la Rosa, será porque él mismo, en cuanto Ejecutivo en apuros, conspira también para igualarse con el Rey y pregonarse como víctima.
Es una estrategia pobre y mezquina. Estas artes no podrán evitar que la crisis política avance. Al Gobierno le salen mal los intentos que realiza para poner dique a las consecuencias de sus propias fechorías. Es muy probable que se vea en apuros a propósito de los famosos papeles del CESID, cuya entrega al juez Garzón viene regateando hasta el extremo de interponer, como se sabe, un recurso que habrá de resolver la comisión de conflictos. Lo probable es que el conflicto de jurisdicciones se resuelva a favor del Gobierno,
-A contra mí no me distraigas tú con que ha el Estado; déjate de historias, Felipe quedado en evidencia la conspiración Contesta: ¿cómo va lo nuestro?
productos que se contrate de acuerdo con las condiciones existentes.
pero no sin desgaste para él y para las instituciones, en este caso para la citada comisión y para el Consejo General del Poder Judicial, cuya renovación, por cierto, está a punto de producirse pese al silencio reinante. En la comisión de conflictos estalló hace unos días una importante controversia, en la que Pascual Sala, su presidente, tuyo que soportar la crítica dura e inclemente de un RuizJarabo dispuesto a negar que exista conflicto de jurisdicciones en el caso de los papeles del CESID. La cólera de Sala no conoció límites cuando oyó que se le acusaba de propiciar un fraude de ley. un fraude de ley.