📖Teoría Pura de la República (11. EL FACTOR REPUBLICANO) 📖

2021-07-06 Píldoras Democráticas 54:16 YouTube ↗
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Teoría pura de la República. Libro II. El factor republicano. Antonio García Trevijano. Sin rebelarse contra el consenso, enemigo de la libertad de pensamiento, no pueden engendrarse genuinos pensadores de la República o la democracia, cuya síntesis está en la República Constitucional. Los que no han recorrido la historia de las ideas políticas no saben que la República, a diferencia de la monarquía, carece de teoría positiva que la fundamente en tanto que forma sistemática del Estado, salvo en algunas utopías como la República de Oceana de James Harrington, 1656, fundada en la igualdad de riqueza y cuya influencia en Jefferson fue patente. En la historia de las ideas de gobierno y de las formas de Estado, ningún filósofo y ningún jurista han elaborado una teoría sustantiva y positiva de la república. Esta ha venido identificándose por el exclusivo hecho de no ser monarquía, lo cual ha causado el crimen ideológico de llamar repúblicas a regímenes de poder político que son antirepublicanos. Tal carencia de teoría republicana tiene una sencilla explicación histórica. Los pensadores griegos identificaron la república con la justicia o la democracia directa. No la definieron. Se limitaron a describirla por sus virtudes cívicas de patriotismo, amor a la cosa pública y participación de los ciudadanos en las decisiones políticas. La creencia de que la república era fruto de la virtud de los romanos o de sus instituciones de gobierno mixto pasó a ser la doctrina común del republicanismo clásico y renacentista. La república nunca se definió por lo que realmente es. Siempre se identificó negativamente por no ser monarquía. Cuando se distinguió entre formas de gobierno y república, como en el diálogo de Cicerón acerca de la república, ésta se fundó exclusivamente en la moralidad tradicional de sus hombres. Visión que no cambió con el republicanismo medieval aristotélico ni con el humanismo neoplatónico o ciceroniano que dominó la cultura florentina a mediados del siglo XV. Una nación vencedora, Roma, se humanizó con la recepción de la cultura del pueblo vencido, griega, y creó el primer humanismo republicano. Para entender bien este concepto se debe distinguir entre humanismo y justnaturalismo, pues la herencia clásica no se reactivó con el renacimiento italiano, que buscaba la verdad en textos orientales que se creían más antiguos, como el fraudulento corpus hermeticum, sino con los humanistas medievales que despertaron el ideal republicano en ciertas ciudades del norte de Italia, con la traducción de La política de Aristóteles, 1260. Desde la muerte del emperador del Sacro Imperio y rey de Sicilia, Federico II de Hohenstaufen, 1250, hasta la obra de Marselio de Padua, Defensor Pachis, 1324, En tan solo 74 años se desarrolló la revolución cultural humanista que dio lugar a la conciencia civil de la sociedad, al sentimiento republicano y a la prefiguración de los estados renacentistas. La vivacidad y brillantez del renacimiento amortiguaron las resonancias de las innovaciones políticas de la época anterior que lo engendró. Las luminarias medievales de Aquino, Dante, Escoto o Cam dejaron en las sombras del olvido a los creadores de aquel republicanismo que sintetizaría el gran Marsilio como concepto diferente de la virtud romana idealizada por Maquiavelo siglo y medio después en sus discursos sobre la primera década de Tito Livio. La investigación histórica realizada por Rubinstein , sobre las ciudades italianas que se independizaron del imperio tras la muerte de Federico II, ha facilitado el acceso a la originalidad del primer pensamiento republicano en las obras de Brunetto Latini, canciller del primer gobierno popular de Florencia, Tolomeo de Luca, prefería de la política por analogía de las ciudades italianas con la polis griega, y Fray Remigio de Girolami, quien no es ciudadano, no es hombre, que no nace para actuar solo en nuestro bien, sino en el de nuestro país y nuestros amigos. Originaria formulación del motivo de los soldados de Estados Unidos para ir voluntariamente a la guerra de Vietnam. Lo más interesante fue el hecho de que un nuevo concepto de república, diferente del romano, se anticipó a la forma monárquica tan pronto como aquellas ciudades italianas se encontraron liberadas, sin proponérselo del poder terrenal del emperador fallecido. Donde no había un suzerain feudal, un ducado o un condado imperial, la ciudad levantó su autoridad sobre la estructura de las sociedades indoeuropeas divididas en la tripartición funcional de sacerdotes, guerreros y productores. Los primeros repúblicos unieron la estabilidad de la ciudad a la estructura gremial de su economía. Las repúblicas gremiales se asentaron con potestades civiles, luego absorbidas por la soberanía de los príncipes que crearon el Estado. Fueron repúblicos los que tomaron la idea republicana del pensamiento griego y la realizaron en ciudades italianas liberadas del imperio. hay un sorprendente paralelismo entre los repúblicos medievales que prefiguraron el estado dando potestad estable en lugar de soberanía a esas ciudades y los repúblicos americanos que crearon el estado federal estadounidense dando su control a la sociedad civil de las colonias independizadas del imperio británico La conciencia de la necesidad de una sola autoridad política se derivó de la exigencia de dar estabilidad permanente, dar estado político, a las sociedades de gremios y corporaciones en lucha por la supremacía en la ciudad. La filosofía renacentista ideó la noción de soberanía desconocida en la antigüedad y mantenida luego en las formas de Estado como leitmotiv sustantivo de la idea monárquica hasta que Rousseau la sustituyó por la de pueblo soberano en una república ideal. La revolución abatió al soberano real y puso la soberanía de hecho en la Comuna de París y la de derecho en la Convención Nacional. Importa conocer la filosofía política de la sociedad económica sobre la que Marsilio de Padova construyó la teoría del Estado laico y republicano. La res pública era la comunidad, la república su ordenamiento natural y la ciudad el ámbito territorial de la potestad. definió la sociedad en términos aristotélicos. Para vivir de modo suficiente, los hombres se han asambleado a fin de buscar y entrecomunicarse naturalmente los diversos productos necesarios. A esta asamblea, así realizada y con suficiencia para satisfacerse, se la ha llamado ciudad Defensor Paquis, I, IV, § 10. Consciente de la división trifuncional, Marsilio excluyó el orden sacerdotal y el guerrero de la potestad política para atribuírsela al de productores la Melior Paz, la parte que luego Loque consideró la más valiosa y que Friedrich la más inteligente. El factor republicano no puede estar en su resultado la libre decisión de la voluntad colectiva. Ha de buscarse entre los distintos tipos de autoridad que produjo la tradicional tripartición de las funciones sociales mediante procesos de formación de mentalidades ideológicas de dominación política. Los diferentes fundamentos de la autoridad sitúan al factor republicano en posición dominada o dominante, según la composición de la fuerza constituyente de la forma de Estado cuando a ésta no la determina la libertad política. forma militar eclesiástica o de partido único, forma liberal parlamentaria de los señores del mercado, forma socialdemócrata de redistribución de rentas con criterios oligárquicos y plutocráticos. La embriología explica en qué fase del desarrollo de la criatura se producen las mutaciones que originan la progresión de las especies. Para encontrar la idea de una especie republicana diferente de la clásica, se debe retroceder hasta aquellos repúblicos medievales que crearon el germen de los derechos naturales. Con el conocimiento de la evolución natural de las especies parece extraño que haya contradicción permanente entre naturaleza y sociedad. Si antes de Darwin unos humanistas extrajeron de la materia humana derechos universales iguales, ¿Cómo no va a ser posible deducir la acción política de libertad republicana de la naturalidad de los pueblos de sus pasiones igualitarias en derechos naturales? Mientras se pensó que el mundo era creado y sostenido por una causa sobrenatural, no se podía imaginar que los seres humanos pudieran regularse a sí mismos mediante derechos naturales. El derecho divino y de su orden providencial emanaba el derecho de los reyes a regir el destino de sus pueblos. Esta tradición teológica explica que el rey de Gran Bretaña aún sea patriarca de la iglesia anglicana y que la raíz de los conceptos políticos sea religiosa. Las rupturas de la tradición histórica impidieron apreciar la trascendencia de la innovadora idea de la república concebida por el humanismo medieval prerrenacentista. Mentes atrevidas, en momentos de crisis espirituales, fundaron el derecho natural contra la tradición del imperio de la ley positiva, en la confianza del hombre, en su razón natural, en el humanismo. La razón técnica del derecho y de la ley imperial contradecía la razón natural de la república. La idea republicana sobrepasaba las posibilidades del humanismo cristiano, cuyo postulado de redención le impedía concebir al hombre como salvador de sí mismo. Los que llevaron a cabo esta proeza mental, aunque fueran humanistas cristianos, fundaron el derecho natural en la razón y no en la revelación de la igualdad humana por decreto de la providencia. Desde entonces, el derecho natural racional no legitima las monarquías de derecho natural divino de los reyes. Basada en la teología de la desigualdad celestial, la monarquía no podía ser laica sin contradecir su legitimación. El poder absoluto de Dios, Guillermo de Ocam, trasladó el poder absoluto de los reyes. Aquel descubrimiento medieval de la razón natural, desasistida de ciencia antropológica, tuvo que acudir en los estados renacentistas a la ficción de un contrato social que justificara la razón tradicional de la obediencia. Renuncia a la libertad natural del hombre, lobo para el hombre, en favor de un soberano absoluto, Hobbes. Libre consentimiento a leyes emanadas de un parlamento elegido por los que habían de obedecerlas. Lo que. Conversión del pueblo en soberano absoluto y su voluntad general en único criterio de acción democrática. Ruso. El fabuloso contrato social que tanto valía para legitimar la libertad individual como la igualdad común pareció ser el pacto constituyente de las comunidades protestantes emigradas a Nueva Inglaterra. La tesis contractualista del Estado, incluso como ficción útil, está desahuciada de la historia y de la filosofía sin que ninguna teoría científica o plausible la haya sustituido. A Freud debemos una hipótesis cultural superior en coherencia psicológica y belleza y mitológica a todas las teorías del contrato social. Extraída del psicoanálisis del subconsciente individual, la explicación del origen de la civilización en el banquete primitivo de los arrepentidos parricidas de Moisés es de orden mítico o ahistórico. Los yusnaturalistas revolucionaron la concepción de los derechos naturales basándolos en la hipótesis antropológica de un mismo tipo de razón universal en los individuos. Pero la revolución científica de las ciencias naturales obliga a distinguir hoy entre los derechos naturales que afectan a la supervivencia de la especie humana y los que propician el mejor estar de los individuos en la sociedad. La indiscutible razón natural y ciencia de aquellos determina la extensión concreta de la razón jurídica y política de estos. Hay motivos suficientes para creer que la lealtad a la especie, fundamento de la ecología y de la vida, ocupa el primer rango en los lazos sociales, pese a no ser percibida por la razón histórica ni por la razón jurídica, sino por la razón natural evolutiva. Sin esta no era posible conocer los límites y el contenido positivo de aquellos humanismos republicanos de derecho natural que llegaron a Norteamérica desde Inglaterra y Holanda, Una de las aspiraciones de la humanidad oriental, que no tuvo influencia en la cultura occidental, consistía en realizar un mundo social a escala del hombre. Esta no ha sido la concepción del progreso en los pueblos forjados por la civilización grecorromana, donde los valores de cantidad y acumulación han preterido los de calidad y disfrute. La noción utilitaria de la relación del hombre con la naturaleza y la tradición de temor a la autoridad apartaron del campo a las urbes y a la razón política de su apego a la natura. Hay que retroceder más allá del ciclo de la ilustración, más allá de las revoluciones de la libertad y la igualdad, para encontrar auténticos ontanares de humanidad en las relaciones reales o pensadas de los hombres entre sí y con las ciudades-estados que posibilitaron el desarrollo de la sociabilidad natural en una sociedad de poderes naturales. Es inútil buscar esos momentos humanistas de la historia en las épocas de esplendor de las ciudades imperio o en las de expansión de los estados renacentistas que ocuparon la tierra conocida y colonizaron la ignota. Los valores humanistas se descartan por sí mismos de las grandes empresas de conquista territorial y dominación de otros pueblos. Refugiados en la dignidad de personas singulares, esos valores íntimos de humanidad y de personalidad no osan hacerse públicos en las crisis abisales de autoridad moral o en los tiempos de desesperanza histórica. lo hacen cuando una nueva luz despunta en el horizonte lejano para ver las mismas cosas de manera más cercana. Ese cambio de perspectiva inmediata desde lo lejano a lo prójimo, con más pertinencia que atribuirlas al renacimiento, hoy se sabe que las ideas del humanismo político Con más pertinencia que atribuirlas al Renacimiento, hoy se sabe que las ideas del humanismo político nacieron en las pequeñas ciudades del norte de Italia, que lo anunciaron y prepararon en los últimos tiempos de la Edad Media. Los glosadores Bartolo y Baldo descubrieron que el derecho romano quiritario de la monarquía podía ser técnicamente utilizado para propósitos republicanos si la ciudad era concebida como «civi princeps» y la materia política como «respublica». La inexistencia política de Europa viene de que ningún Estado europeo la concibe como princesa de sí misma, ni trata la materia europea como asunto público o del público, sino como cosa de los Estados o de los gobiernos. Las monarquías dieron a la clase gobernante el sentimiento privado de la política que aún subsiste. Era en el ámbito de lo vecinal y natural donde podía germinar la semilla de un nuevo humanismo republicano. Comenzó con la autonomía política de las ciudades que habían dejado de estar sometidas a la autoridad imperial. Ellas ignoraban la posibilidad moral y jurídica de que una persona pudiera ser o estar representada por otra. La asamblea de la ciudad convertiría a los municipios en príncipes de sí mismos y los asuntos municipales en materia de la república. La semilla del humanismo político arraigó en las pequeñas dimensiones de la existencia humana, en las monadas existenciales más imbuidas de naturaleza, familia y vecindad. Las bellísimas flores del humanismo republicano, nunca existido humanismo monárquico, salieron de los muros agrietados donde se refugiaban los residuos de la sabiduría clásica Fertilizantes de la medieval. Más que por su idea profana del poder, Marsilio de Padua ocupa el más alto rango en la ideación del mundo moderno por haber añadido al republicanismo el descubrimiento de la representación política, algo inconcebible en el mundo grecorromano. se incorporó a la cultura occidental con la idea espiritual de la persona en el derecho germano-cristiano. Esas fuentes moralistas de la República fueron el abrevadero donde vivieron los revolucionarios franceses cuando, guillotinado Luis XVI, tuvieron que improvisar una gobernación republicana. Una forma de poder sin referencia estatal que colocó a la nación donde antes estaba la cabeza del rey. El patriotismo fue motor de aquel espíritu republicano. Era previsible que la fórmula virtuosa fracasara en sociedades divididas en categorías o clases sociales. La forma de gobierno, como dijeron los padres de Estados Unidos, no puede depender de angélicos gobernados ni de gobernantes virtuosos. Los franceses ilustrados creyeron en ese mito moral y el terror impuso la virtud cívica o se confundió con ella. En la Revolución Francesa, la República expresó nuevos sentimientos de patriotismo, pero no se definió como forma de Estado ni como modo de organizar su gobierno. Dictadura comunal, dictadura jacobina, directorio, consulado, imperio, fueron formas igualmente republicanas sin república formal. En su discurso a la Asamblea de 20 de julio del 95, Sieyes constituyó la República por la red total. La indefinición positiva de la república permitió a los dictadores Stalin y Hitler reputarse tan republicanos como Jefferson o Lincoln. La impostura política trepa por las repúblicas porque éstas se contentan con ser meras negaciones de las monarquías y con expresar formas paganas o religiosas del poder que no derivan de la libertad. Sin teoría sustantiva de la república, resulta escandaloso que ésta se adjetive con voces parlamentaria de partidos popular, islámica, democrática, cuyo sentido formal y contenido material son ajenos y opuestos a lo republicano. Frente a lo concreto de las monarquías, las repúblicas europeas son abstracciones de poderes oligárquicos o dictatoriales enquistados en el Estado. No han venido de algo positivo que las preceda en la sociedad. Llegaron por advenimiento. Ocupan el Estado. Si la revuelta o la protesta de los gobernados obligan a los reyes a abandonarlo, o son militarmente derrotados. Cuando fueron impuestas por razones estratégicas de conquista imperial, desaparecieron al retirarse el invasor, salvo en el caso de la República Helvética, que logró sobrevivir a la fundación francesa abrazándose a los principios de la libertad política y la democracia formal. Antes del 10 de agosto de 1792, La idea de la república tan solo era un fantasma faccioso que asustaba incluso a los revolucionarios jacobinos Robespierre y Saint-Just. Las revoluciones de los Estados Unidos y Rusia tampoco realizaron un previo ideal republicano, sino la independencia de las colonias frente a la monarquía inglesa o la emancipación de la clase obrera frente a la autarquía del zar. Esto condujo por renegación del parlamentarismo a la República Federal de Estados Unidos y por la afirmación de la dictadura del Partido Comunista al socialismo estatal de la URSS. Como la princesa durmiente en el bosque, la república ya hace dormida en la sociedad hasta que la despierte el beso principesco del Estado. No es una larva social que se transforme, por su propia madurez, en mariposa política. La anuncia una mera negación de la monarquía y nada positivo la concibe ni prepara. Anida en los corazones y no prende en las mentes. No despierta como fauno procreador de republicanos, sino como doncella predispuesta a ser violada por todos los sátiros de la ambición de poder. antes que una idea conocida para dar forma al estado siempre ha sido fantasía virginal una contestación ideal o radical a lo monárquico establecido todo ideal anterior a la idea que presupone puede tener virtualidad moral pero al carecer de forma se priva de virtualidad política Sin haberse construido como alternativa teórica y práctica a la monarquía, la república viene de improviso en tanto que remedio improvisado a la crisis monarquica. Se realiza en la forma del estado sin estar realizada en el espíritu ni en el cuerpo social, llega como simiente y no como fruto republicano. La virtualidad de la idea abstracta de la república explica sus repetidos fracasos concretos y sus continuos renacimientos idealistas. La incapacidad de la idea republicana para presentarse como alternativa estatal, antes de estar realizada, privó al espíritu republicano de la potencia necesaria para configurar el Estado con una concepción positiva e inequívoca de la república. Una noción inherente a la forma de Estado que no se puede identificar teóricamente, aunque sea confundida en la práctica, con la democracia política que solo atañe a la forma de gobierno. La democracia formal sólo es aplicable en los ámbitos sociales donde las cuestiones pueden decidirse por elección de los decididores, mientras que en la república el asunto público, res pública, se extiende a todo el ámbito social y estatal. Supone contradicción insuperable llamar democrático al propio estado o a su forma republicana. Eso sólo lo pudieron concebir las propagandas engañosas de los estados totalitarios. Calificar a las repúblicas con adjetivos popular de trabajadores, social o democrática, contrarios a su sustancia universal o constitucional, produce temblor de escalofrío por el propósito totalitario de esas acuñaciones de conceptos, que sólo son compatibles en la zona social donde concurren, y se solapan mediante el uso demagógico de la voz democracia. La parte permanente y burocrática en la organización del Estado, la que procura la parte transitiva del propio Estado a los medios de acción para ejercicio del monopolio legal de la coerción institucional, no tiene naturaleza democrática. En Estados Unidos, la República Federal instauró ex novo la democracia política en la forma de gobierno, con la elección por sufragio directo y separado de los titulares transitorios y renovables de todos los poderes políticos estatales. Lo perteneciente a la cosa pública como todo lo estatal es materia de la república, pero no todo lo público es dominio de la democracia. Contra lo que se sostuvo Hegel en su filosofía del derecho, los funcionarios de la administración estatal no interpretan ni realizan necesariamente el interés político de la res pública. por el simple hecho de que ahí encuentran satisfacción a sus intereses privados con el sueldo de su función burocrática. No son prototipo de ciudadanos que realizan el bien general al realizar su bien particular. Del mismo modo, gobernantes, diputados y jueces tampoco garantizan su lealtad a la República por el hecho de estar bien remunerados por sus servicios a las funciones públicas, incluso después de abandonarlas. La prevaricación en los estados de partidos acabó hace tiempo con la ingenuidad cristiana o hegeliana sobre la realización del bien común con el ejercicio de la función pública. Los agentes actuales de la política, los partidos de masas, están sujetos a una ley de hierro, Robert Mitchells, 1909, que les impide ser democráticos en su estructura interna y en su vida orgánica. La naturaleza vertical de las estructuras jerarquizadas, como las de iglesia, ejército, policía, docencia, sanidad, corporaciones burocráticas de la administración pública, partidos y sindicatos estatales, tampoco pueden ser democráticas, ni por su origen ni por su funcionamiento. República y democracia son conceptos que expresan distintas realidades políticas. El hecho de que sean compatibles o conjugables no las confunde en la extensión de la materia que inhiere, en la intensidad de los sentimientos que despiertan, ni en la forma de las manifestaciones políticas que las expresan. La primera reflexión sobre la república, la que parte de su significado etimológico, no sale del círculo vicioso que remite lo público al estado y el estado a lo público. La res pública romana traducía la idea griega de politeia, que originalmente significaba la organización y la vida social en la polis, ciudad-estado, donde lo público, lo público y la política se confundían respetando lo privado más como hecho que como derecho. Nuestros hombres públicos tienen que atender a sus negocios privados al mismo tiempo que a la política y nuestros ciudadanos ordinarios, aunque ocupados en sus industrias, son jueces adecuados cuando el tema es el de los negocios públicos. Oración fúnebre de Pericles Aunque el derecho romano desarrolló con sutileza que aún perdura la autonomía de la voluntad personal en el negocio privado, lo cívico y lo conciudadano en la república siguió siendo lo público, la res pública, lo político y la política. La polémica sobre la extensión de lo público y lo privado en una sociedad compleja que multiplica los estados de lealtad de los individuos y donde lo público deja de ser materia exclusiva del Estado, no tiene punto de partida ni de llegada. El Estado mínimo, con medios de comunicación de propaganda privada determinantes de la opinión pública y servicios públicos de abastecimiento a toda la población realizados por empresas privadas, borraría las fronteras entre lo público y lo privado en un mundo cada vez más dependiente de la financiación pública y dejaría obsoleta la causa capital para la democracia de la representación política. El desapego de los gobernados hacia los actuales modos de gobierno proviene, en el estado de partidos, de la irrepresentación inherente al sistema proporcional y, en el estado anglosajón, de la ausencia de mandato imperativo del elector. Pero el cinismo de los estados de partidos y de su propaganda mediática acusa al individualismo de indiferencia apática a la política y de preferir o anteponer la integración civil en asociaciones de afinidad particular, en tanto que modos más sinceros de vivir identidades diferenciadoras, a la integración política en estados estatales. La fórmula menos Estado más Mercado dejaría a los elementos débiles de la sociedad con las manos esposadas a las correas sin fin de los poderosos. Tal fórmula simplificadora multiplicaría exponencialmente la necesidad de resolver judicialmente los conflictos personales o sociales. Los defensores del Estado mínimo, con asociación máxima, no son conscientes de que su reduccionismo está animando por un escepticismo pierrónico Sobre la posibilidad de democracia representativa. Esa ha sido la simpleza del método de análisis basado en la gran dicotomía, la que identifica el Estado republicano con lo público y la felicidad social con lo privado. Método que si pudo estar justificado para distinguir derecho público y privado después de la revolución francesa, dejó de estarlo. La gran dicotomía entre lo diferente pasó a ser la del estado y sociedad, la de la república y comunidad política, que en último término se definen con el distinto campo de acción de lo político y la política. Una distinción que Hegel y el marxismo no pudieron percibir a causa de su consideración del Estado, no como algo dado por la historia, sino como sociedad política puesta por la sociedad civil o superpuesta a ella por la dominación de clase sin ningún tipo de intermediación institucional que las comunicara. Los siglos XIX y XX no vislumbraron el sentido de los acontecimientos que dieron carácter definido a los momentos reformistas revolucionario y reaccionario de la Revolución Francesa, a la que consideraron como un bloque histórico o una síntesis ideológica donde lo posterior daba significado a lo anterior sin razón alguna, salvo la temporal que los enlazaba en sucesiones no causales. Eso explica la exagerada trascendencia práctica que se dio a la revolucionaria Declaración de Derechos, a la inesperada abolición de los derechos señoriales 4 y 11 de agosto de 1789, que en realidad fue una conversión del patrimonio feudal en capital fiduciario y a la supresión de las entidades intermediarias. Decreto marzo 1791. junto con la ley de Le Chapelier de 14 de junio siguiente prohibiendo las corporaciones de oficios y profesiones. Una legislación liberadora que fue bestia negra del marxismo y que hoy está consagrada como antecedente de la legislación de la Unión Europea sobre la libertad de ejercicio de las profesiones. La defectuosa interpretación de los acontecimientos revolucionarios fraguó el pensamiento político sobre la dicotomía Estado y sociedad como si entre esas categorías abstractas, oscuramente definidas por filósofos ideológicos, no pudieran existir cuerpos intermedios. Se olvidó la enseñanza de Liebknecht sobre la universalidad del principio de la mediación. Si las leyes o constituciones políticas lo suprimen formalmente como en los estados de partidos, esa función mediadora la harán los agentes económicos del contacto prevaricador con la autoridad mediante prácticas ilegítimas de lobby o de corrupción institucional sistemática. Reconociendo la importancia ideológica y cultural de esas concepciones de la sociedad civil, es hora de acabar con su imprecisa terminología que hace incomprensibles los conceptos que designan. Hay que reconocer que los conceptos de Estado y sociedad dominantes en Europa no obedecen en aspecto alguno a los patrones ideados por el pensamiento liberal o socialista, ni siquiera tratándolos como prototipos ideales como hizo Max Weber. para distinguir las tres clases de legitimación del poder. Es hora de admitir que la creación del estado de partidos al final de la Guerra Mundial metió en el baúl de los recuerdos, reducidos a polvo de biblioteca, todas las ideas y conceptos que conformaron el pensamiento político occidental desde Locke, Montesquieu y Constant hasta Carlos Marx y Stuart Mill. En las constituciones del estado de partidos no hay un solo concepto que responda a la realidad. La soberanía no está en la nación, el parlamento o el pueblo, sino en el estado. La representación política de la sociedad no existe en el sistema de elección proporcional. Por fidelidad de partido, la reacción anticipada del elector es imposible. No hay separación entre poder legislativo y ejecutivo, ni existe poder judicial independiente. De hecho, se ha suprimido el debate parlamentario previo a la aprobación de las leyes. Ha desaparecido la responsabilidad política no vinculada a la judicial. No hay control del gobierno en comisiones parlamentarias con mayoría del partido gobernante. No existe libertad de voto del diputado bajo mandato imperativo de su partido. La iniciativa legislativa está en manos de grandes empresas privadas. No hay lealtad al público en el funcionariado ni garantía institucional de la financiación de los derechos sociales. El peor defecto de toda constitución, incluso cuando no es tal porque no separan origen los poderes estatales, consiste en que no sea practicable, que sea ficticia, además de facticia. Y ninguna constitución europea, especialmente en los países mediterráneos, es aplicable en la práctica política. El abismo entre norma y realidad no permite hacer una teoría del estado de partidos, salvo que sea puramente descriptiva de su ficción y de la causa genética de su corrupción. Por eso, no puede haber en Europa más que demagogia en lugar de democracia. Propaganda en lugar de veracidad en el análisis político. Cinismo intelectual en universidades y medios de comunicación en lugar de investigación y descripción de la realidad fáctica del régimen partidocrático. indiferencia de los gobernados en lugar de interés por lo que les concierne, educación especializada en lugar de instrucción general, difusión de conocimientos tecnológicos en lugar de científicos y humanistas, cultura de consumo y de espectáculo en lugar de cultivo de la inteligencia, de los saberes y de la sensibilidad estética. Ningún pensador europeo parece chocado por la brutal naturaleza de los partidos estatales convertidos en órganos de Estado, financiados por el erario público, dotados de privilegios que no tienen los particulares y concesionarios del monopolio legal de la acción política. ¿Acaso hay diferencia de naturaleza entre un solo partido estatal o varios partidos estatales? Se reniega formal y universalmente del estado de partido único para que parezca distinto del estado de varios partidos. Lo contrario del Estado totalitario no es el Estado liberal, una utopía que jamás ha tenido encarnación en el mundo estatal, sino el Estado parcelario, es decir, repartido entre los partidos estatales adueñados del poder constituyente. Se retiró de la sociedad el pluralismo para instalarlo en un Estado parcialitario. Un modo de glorificar la parcialidad del estado de partidos ante la suposición de que es imposible un estado neutral en una sociedad plural. Las reglas de la democracia formal son neutrales si garantizan la libertad política, cosa que no ocurre cuando los partidos huyen de la sociedad plural para refugiarse en el Estado como órganos del mismo y comportarse ahí como los enemigos tradicionales de la libertad. Lo contrario a lo totalitario es lo parcialitario. El lenguaje de los partidos estatales delata su conciencia de no querer estar en una sociedad de pluralidad política. A fin de disimularlo y encubrirlo han introducido la voz políticas en plural para designar las distintas medidas de gobierno en cada área ministerial. Políticas fiscales, políticas sociales, políticas educativas, políticas sanitarias, políticas internacionales, políticas económicas. Como si la política de un gobierno o de un partido no fuera la síntesis unitaria de su singular propuesta política en todos y cada uno de los sectores donde la aplica. Toda teoría política debe comenzar con una completa renovación del lenguaje que designa los conceptos esenciales de su objeto, su materia, su forma, su espíritu, la comunidad nacional, la sociedad civil o la sociedad política. Pese al prestigio de los filósofos que crearon las nociones de Estado como sociedad política y llamaron sociedad civil a la economía o a la comunidad nacional sobre la que se extiende la soberanía estatal, Nada justifica que se siga usando tan inexacta terminología que fue más un producto de las ideologías que de la necesidad semántica de llamar a las cosas sociales por sus nombres propios. El Estado es una organización dotada de personalidad que nos viene dada por tradición histórica. tuvo un comienzo y no es inconcebible que, en tiempo indeterminado y lejano, pueda tener un final. Esa organización heredada, que no es un organismo vivo que se renueve y regule a sí mismo ni un mecanismo o aparato automático, es inseparable de la comunidad nacional sobre la que actúa. El estado-organización está dirigido por la parte de la sociedad política, que se destaca por sí misma del cuerpo gobernado para dominarlo y controlarlo. Este destacamento puede hacerse mediante golpes de Estado o por procesos civiles de elección de los gobernantes por los gobernados. Los gobiernos pueden modificar las funciones del Estado, ampliar o reducir su acción sobre lo económico y lo cultural, pero esas modificaciones, por trascendentes que sean para la comunidad nacional, sometida a la jurisdicción estatal no alteran la naturaleza ni la finalidad del Estado. Como ya lo advirtió repetidamente Max Weber. máximo o mínimo, el estado sigue siendo único y el mismo. La acuñación lingüística sociedad civil tuvo sentido adecuado en la antigua civilización romana de la ciudad-estado, societas civilis frente a societas doméstica. Era natural que tras la caída del imperio romano desapareciera el vocabulario en todas las lenguas europeas. El verbo civilizar designó desde antes del renacimiento la acción de transferir un asunto penal a la jurisdicción civil. Casi al mismo tiempo que Rousseau calificaba de sociedad civil al estado de corrupción en que cayó la sociedad natural con la institución de la propiedad privada, Discours sur l'origine et les fondements de l'inégalité parmi les hommes . El marqués de Mirabeau, en L'ami de l'homme , y Adam Ferguson en An Essay of the History of Civil Society . Crearon el vocablo civilización para designar la dulcificación de las costumbres en una sociedad avanzada o como enseguida la usaria Kant para expresar el decoro externo de la cultura. En el tiempo de la Revolución Francesa apareció la distinción entre Societas Civilis sine imperio, Sociedad Civil, y Societas Civilis cum imperio, Estado, en el lenguaje del historiador alemán August Ludwig von Schlosser, 1794, en sustitución de la antigua Societas Civium y Societas Fidelium. Pero después... Toda la filosofía política ha sido un continuo malentendido a causa del doble significado de la expresión alemana Burgenliche Gesellschaft, que con la misma propiedad designa tanto la sociedad civil como la sociedad burguesa. Se ha dicho con humor que si Hegel y Marx hubieran sido franceses o ingleses, la filosofía del poder podría haber alcanzado, con ellos, altura y dimensión de ciencia política. Para lo que interesa destacar ahora, basta con saber que 1. Para Hegel, la sociedad civil es una forma estatal imperfecta, un Estado inferior que opera con el poder judicial y el administrativo, mientras que la forma superior del Estado, la constitucional, lo hace separando el poder monárquico, el legislativo y el gubernativo. Para Marx, la sociedad civil es el conjunto de las relaciones económicas y la economía la base real sobre la que se levanta la superestructura jurídica de la sociedad política o Estado. Tercero, para Gramsci la sociedad civil es ya una superestructura económica y cultural donde se dirime la hegemonía determinante de la formación de los gobiernos del Estado y donde todo gobierno es dictadura más hegemonía. ¿Hegel, Marx y Gramsci quisieron identificar al sujeto de la historia que encontrara en la sociedad civil el momento y el lugar adecuados para desenvolver el espíritu o la materia social? con fases sucesivas de desarrollo en procesos contrarios desde la sociedad al estado y desde éste a aquella bien para mantenerlo constituido como final de la historia conflictiva o bien para disolverlo en una sociedad sin clases y sin gobierno Sus elucubraciones estaban inspiradas y dirigidas por un propósito justificativo de la monarquía constitucional o por un afán intelectual de dotar al movimiento obrero de una teoría social que le diera seguridad de triunfo ineluctable a su praxis política y sindical. Las diferencias entre Marx y Gramsci se explican por el distinto estado de conciencia y desarrollo de las clases sociales en los tiempos que ellos observaron y en el mejor conocimiento del pensador italiano de la función social de los intelectuales. El concepto de hegemonía, a condición de que no sea la electoral en la competición entre partidos estatales, es lo único que conserva interés teórico para la teoría de la República Constitucional y utilidad práctica para concretar la estrategia de la acción colectiva de conquista de la libertad constituyente en los pueblos europeos más desengañados del Estado de partidos. La expresión sociedad civil dejó de tener sentido descriptivo de la realidad social que designaba desde que, en el año 1887, Ferdinand Antonis publicó su famosa obra «Gemmeinschaft und Gesellschaft». Desde entonces, cabe distinguir en el concepto teórico y en la realidad social lo que es comunidad y lo que es sociedad. Aquel análisis partió de la diferencia entre la organización social natural de Aristóteles y la organización social artificial de Hobbes. A la primera la llamó comunidad y a la segunda sociedad . Y como haría después Max Weber con los tipos de legitimación del poder, la sociología de Tonich tuvo el refinamiento intelectual de definir los nuevos conceptos de lo comunitario y lo societario como formas sociales que no existen en estado puro, siendo tan solo conceptos límites y prototipos ideales de la existencia colectiva. La comunidad, que se llamaba impropiamente sociedad civil, era la estructura social que se forma involuntariamente con la convivencia en unidades familiares vecinales o nacionales. Mientras que la sociedad se constituye conscientemente de modo más o menos adecuado en consideración a los fines que se puedan alcanzar con medios determinados. Hoy sabemos que la sociedad civil existe. Se habla de ella con frecuencia como de algo bueno y positivo. Se la invoca sin conocer quién es ni dónde está. Pese a su anonimato, goza de prestigio y suscita unas esperanzas que los mundos político y cultural no son capaces de satisfacer. Parece ser algo importante y decisivo. Su expresión indica, en general, la sociedad productiva y consumidora, distinta del Estado y de la comunidad nacional. La sociedad civil se oponía a la religiosa y a la militar. Los filósofos alemanes la bautizaron con el mismo nombre y apellido que la sociedad burguesa y, enseguida, se opuso a la sociedad proletaria. Los conflictos entre ambas sociedades produjeron en Europa las ideologías políticas del siglo XIX, con las consiguientes guerras civiles, revoluciones y estados totalitarios del XX. Es inútil acudir a los grandes pensadores del pasado para saber lo que se habla cuando se menciona hoy a la sociedad civil. El último de ellos, Gramsci, nos descubrió que no era en la sociedad política ni en la esfera estatal, sino en el seno de la sociedad civil, donde estaba el escenario del conflicto social, donde se creaban las ideologías y se legitimaba la sociedad política conformada por los partidos y la opinión, como proforma de la sociedad civil preestatal sin mediación autoritaria. Pero desde el final de la Guerra Mundial, o con más precisión, desde que los partidos políticos europeos se integraron en el Estado como órganos del mismo, tal y como habían hecho antes los partidos únicos de los estados totalitarios, La sociedad civil se quedó huérfana de representación política, dejó de producir ideologías para la ya inexistencia de sociedad política y se convirtió en el peso muerto del estado social de derecho. Una expresión doblemente redundante creada por la socialdemocracia alemana contra su sentido original opuesto al estado policial o individualista que ha suplantado a la representación de la sociedad civil. problema agudizado en las autonomías nacionalistas que la están asfixiando en los últimos decenios con prácticas políticas propias del Estado totalitario. La teoría del ocaso de las ideologías se quedó en la descripción del fenómeno sin ahondar en las dos causas primordiales que lo producían. 1. La paulatina pero constante absorción de la clase obrera en las clases medias gracias al progresivo crecimiento del PNB y al aumento de los servicios asistenciales del Estado. 2. La no representación política de la sociedad civil en el estado de partidos, convertida aquella en una abstracción a causa de la autorrepresentación de los partidos estatales en los procesos electorales por medio del sistema de elección proporcional. El conocimiento científico de la primera causa corresponde a la sociología política, el de la segunda a la teoría política. Pero así como en aquella se ha procurado obtenerlo con medios aproximados a su objeto, en esta ha faltado la voluntad de la inteligencia crítica para destruir las falsedades de la sistemática ficción del como si y describir la realidad del como es, en tanto que requisito previo a la construcción de una teoría descriptiva y normativa de la república constitucional. Pero la segunda causa de la desideologización del mundo político, estatalización de los partidos políticos y falta de representación política de la sociedad civil sustituida por la integración de las masas en el estado de partidos sacrificó las ideologías clásicas, salvo la nacionalista regional, en el altar de la corrupción institucional de todos los partidos estatales. Hay que analizar la composición y las funciones de la sociedad civil para encontrar dónde está y cómo opera el factor republicano o, mejor dicho, la potencia republicana. Con esa finalidad, previa a la construcción de toda teoría de la república, se analizan aquí, en conceptos separados, la materia, la forma y el espíritu republicanos presentes como virtualidad en toda sociedad, así como la incidencia de la libertad en los fenómenos de unidad, consenso, pluralismo político y partidos políticos y elecciones. para hacer posible la síntesis de los elementos sociales susceptibles de ser determinados por el factor republicano, que hasta ahora no ha sido decisivo en ningún estado europeo.