​📖Teoría Pura de la República (5. ROBESPIERRE) Audiolibro 📖

2021-05-16 Píldoras Democráticas 56:43 YouTube ↗
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Robespierre En marzo del 93, la Convención creó el Tribunal Revolucionario y comités de vigilancia de 12 miembros en cada sección de las ciudades. El 6 de abril transformó el Comité de Defensa en Comité de Salud Pública, pero el 18 de mayo comenzó el Sino Reaccionario. Comisión de 12 miembros para reprimir a los líderes de la Comuna de París El 24, esa nueva comisión arrestó a Hebert, sustituto en la comuna, y a Barlet, segundo de Roche. Delegados de las secciones populares los liberaron inmediatamente. El girondino Ischnart los amenazó. Si por una de estas insurrecciones que se renuevan sin cesar se llegara a atentar a la representación nacional, os declaro en nombre de toda Francia que París será aniquilado. Pronto se buscará en las orillas del Sena si París ha existido. Invitación a una nueva jornada de horror, terror y temblor contra la Gironda. El 29 de mayo del 93, los comisarios de 33 secciones, sobre 48, encontraron en el caos de la legislación comunal un comité de seis miembros del que formaba parte el ingeniero de Fournier. Lo convirtieron en comité revolucionario de 11 miembros del que formó parte Barlet. El ingeniero dio la consigna. Acordaos del 10 de agosto. Antes de esa época, las opiniones estaban divididas sobre la república, pero apenas habéis dado el golpe decisivo, todo ha guardado silencio. El momento de golpear de nuevo ha llegado. No temáis nada de los departamentos, los he recorrido, los conozco. Con un poco de terror y de instrucciones, tornaremos los espíritus a nuestro lado. Por espíritus se entendían los ánimos. En los documentos encontrados en casa de Robespierre después del 9 de Termidor, se encontraron las consignas de mayo a los jacobinos para la insurrección. Es necesario que el pueblo se alíe a la convención y que la convención se sirva del pueblo. Es necesario que la insurrección se extienda de oreja a oreja con el mismo plan. Los sansculots deben ser pagados y permanecer en las ciudades. Es necesario procurarles armas. Les coleer, esclarecerlos. El neologismo, les coleer, Encolerizados, traducía la mentalidad de un ilustrado esperanzado en la excitación de las pasiones para orientarlas hacia un fin revolucionario. Lo dirá Robespierre con toda claridad. Cuando todas las leyes son violadas, cuando el despotismo llega a su colmo, cuando la buena fe y el pudor son pisoteados, el pueblo debe ir a la insurrección. Este momento ha llegado. Los jacobinos se aliaron con la comuna de París a fin de cambiar la dirección de la dictadura municipal, desviándola del curso acelerado que le dio el 10 de agosto contra la asamblea para encauzarla contra la Gironda. Como ésta conservaba el gobierno y la mayoría de diputados en la convención, sabía que sólo podría ser vencida por la insurrección municipal y popular. Pero la Gironda ignoraba que así como ella pidió la ayuda de Danton y Santer contra la constituyente, ahora los jacobinos se habían concertado con Jacques Rouch y Barlet, y a través de ellos con la eficaz demagogia de Marat. La Gironda ya había intentado deshacerse del amigo del pueblo llevándolo ante el tribunal por haber firmado como presidente de los jacobinos una circular exigiendo la proscripción de los diputados que votaron por la apelación al pueblo en el enjuiciamiento de Luis Capeto. Pero Marat salió victorioso del proceso con más influencia popular de la que tenía antes de ser juzgado. El 30 de mayo del 93, para reemplazar a Santer, que estaba de viaje a la Vendée, la comuna nombró jefe de la Guardia Nacional al general Henriot. A las 5 de la tarde del 31 sonó la campana que dio la señal de inicio a la insurrección popular. Los delegados pidieron el arresto de 22 diputados de la Gironda. La convención se opuso. Horas más tarde, la comuna y el comité revolucionario llegaron al acuerdo de añadir al arresto la creación de una milicia revolucionaria, talleres asilos y suministro de pan a tres shows La Libra. Pese a la ira manifiesta de Robespierre, La Plaine no le siguió. Su plan fracasó, pero el odio popular a la Gironda aumentó con esta frustración. Al día siguiente, 1 de junio, una convención acosada echó a los lobos para calmar al Comité Revolucionario los cuerpos inocentes de los ministros girondinos Clavier, Lebrun y Roland. Ella avaló así la aniquilación física de la Gironda, la consumación del principio de confusión de lo público y lo privado, la sustitución de la libertad en el debate por la fuerza bruta de las pasiones de masa y la introducción de la categoría amigo-enemigo en tanto que criterio de determinación, en primer término, de la acción política directa. Criterios que sólo podían conducir a la guerra civil o al terror como instrumento institucional de la dictadura. El día 2 de junio dio sentido continuista a los acontecimientos que se iniciaron con la beatificación de los asignatos de la Bastilla, con la miserable mentira del rapto de la familia real en un decreto aprobado por los que luego lo guillotinaron y con el crimen de haber condenado a muerte a un rey, culpable evidente de traición a Francia, sin las garantías formales de un proceso judicial justo. Los hechos posteriores daban sentido a los anteriores sin ser sus consecuencias necesarias. La revolución popular adquirió su dinámica. El 2 de junio del 93 no representó innovación alguna en la acción directa de las masas populares. Lo mismo fue practicado y conducido a buen fin político en el 89. La gran novedad, llamada a tener éxitos prodigiosos en el siglo XX, consistió en ser la primera vez que el pueblo sacrificó su representación política acabada de inventar como única posibilidad de democracia moderna en aras de la dictadura de una facción totalitaria. En este sentido, también fue la primera versión de la moderna servidumbre voluntaria a los dictadores. Michelet consideró que ahí, en la reacción del 2 de junio contra la libertad de representación, estaban contenidos Fructidor y Brumario, es decir, Napoleón. Lo que no pudo suponer es que también fuera germen de todas las dictaduras imperiales o nacionales que humillarían y destrozarían hasta en la humanidad misma a la civilización europea con los estados totalitarios del XX y a la representación política de la sociedad civil con los estados de partidos. Los encolerizados, los nuevos sans-culottes, tenían motivos para su cólera en Rajé. Sin ocuparse bien de la guerra exterior, de la interior vendée y de la economía, la Convención había dotado a la dictadura municipal de un arsenal de decretos represivos de las libertades que ahora vendría como un guante a la dictadura nacional del jacobismo, convertido por Robespierre en espíritu y acción de partido totalitario. La liquidación de la Gironda fue el primer paso en el camino que le llevaría consecuente e inexorablemente, por la fuerza de las cosas, como diría meses después Saint-Just, al exterminio físico de todos sus adversarios, estuvieran a su izquierda, a los que llamó los ultracordeliers y evertistas, o a su derecha, a la que bautizó de citra ilustrados y dantonistas, y a la quiebra moral de la nación francesa, como se puso de manifiesto después de Termidor, con la total corrupción social y política bajo el directorio. El día 2 de junio del 93, una masa de 80.000 hombres, 150 cañones y la Guardia Nacional bajo el mando de la Mentalidad de Masa de Anriot, bloqueó la sede de la convención en las Tullerías. Los diputados intentaron escapar. Los soldados los hicieron retroceder bajo gritos amenazadores. ¡Queremos a los traidores! ¡A la guillotina los brisotinos! ¡Volved a vuestro cubil! Marat apareció al frente de un grupo armado. Henriot ordenó cargar los cañones a la vez que preguntaba al presidente de la convención, Herald de Ségeles, si estaba presto a entregarle los culpables. Memorias de Levaseur Nosotros, miembros de la montaña, no podíamos ver sin dolor los esfuerzos de insurrección popular contra el solo cuerpo constituido que podía salvar la patria. Nadie pidió la palabra, ninguna deliberación tuvo lugar. La convención capituló y entregó cobardemente 29 diputados girondinos a la sed de sangre que institucionalizó el terror. Al permitir el asesinato de los girondinos, la montaña se despeñó moral y políticamente. La Gironda estaba poco extendida en París y bastante arraigada en los departamentos. La noticia del 2 de junio provocó movimientos defensivos en provincias con la bandera federalista que entonces no tenía significado estatal, sino el de federación de municipios y hermandades contra la tiranía de París. La historia no logró deshacer este desgraciado equivoco que exterminó la moderación girondina. Aunque el movimiento federalista afectó 60 departamentos, solo fue importante la Bretaña y Normandía y en las ciudades de Nimes, Toulon, Marsella y Lyon. La guerra civil en la Vendée y el congreso de Valence para reagrupar los departamentos del mediodía y reprimir el federalismo fueron contrapuntos de valor patriótico a la aprobación el 24 de junio de la constitución jacobina que introducía el sufragio universal y el derecho de insurrección contra los gobiernos que no respetaran los derechos del pueblo. Qué ironía anticipada al terrorismo institucional. El 4 de julio, Marat arremetió contra los falsos patriotas, los enrachés, más peligrosos que los aristócratas y los monárquicos. A los nueve días, fue apuñalado por Charlotte Corday. Con plotar con su cabeza, la joven monarquista salió de Caen el día 12, y con el pretexto de entregarle informaciones sobre la situación en Nombardía, logró llegar hasta el baño de Marat. Allí mismo le asestó una cuchillada en el corazón. Ante sus jueces dirá, he matado a un hombre para salvar 100.000. El 4 de agosto, la Constitución Jacobina fue ratificada por 1.800.000 votos, 12.000 negativos, con 4 millones de abstenciones. Una constitución bien concebida, pero inaplicable, sin una revolución política de sentido contrario a la concepción Jacobina del poder y a la dictadura plebeya de la Comuna de París. Esa constitución, más bien, parecía la respuesta propagandística del jacobino a la ola nacional de protesta contra su política de represión de los girondinos en todas las provincias francesas, salvo en las angustiadas por la suerte adversa de la guerra en el norte y en el este. En ese momento comenzó a fraguarse la crisis moral del jacobinismo que le llevaría a una huida hacia ese tipo de extremismo moralista que anestesia el sentido de la realidad. La conciencia de la imposibilidad constitucional de la República se evidenció en la farsa del 10 de agosto, aniversario de la caída de la monarquía, celebrada ante los 5.000 delegados de toda Francia que llevaron a París el deseo de las provincias de la entrada en vigor de la nueva constitución jacobina y la convocatoria de elecciones. Cerca de las ruinas de la Bastilla, el presidente de la convención, Hérault de Séchelles, y 80 delegados bebieron en la fuente de la regeneración. En la Plaza de la Revolución pusieron fuego a una pirámide de coronas de donde salían 3.000 pájaros liberados. En los inválidos, la numerosa comitiva rodeó una montaña artificial con la estatua de Hércules popular aplastando la hidra de la reacción. Y en el Cham de Mars, en el altar de la patria, guardaron la constitución en un arca, como Moisés. El día 12, llevada con solemnidad a la convención, fue metida en un nicho del que no salió jamás. La ceremoniosa farsa no pudo disimular su espíritu tétrico de entierro. Después de decretar el 7 de agosto la pena de muerte a los hombres vestidos de mujer a propuesta de Robespierre y suprimir las academias, el día 8 a propuesta del obispo Gregori, la convención recibió el 30 de agosto la demanda del cura Roger, portavoz de los delegados de secciones y federados, de que el terror sea puesto a la orden del día. Demanda que fue atendida con celeridad el 17 de septiembre con la más terrible y temible de todas las leyes penales concebidas hasta entonces por la humanidad. La ley de sospechosos. Lo eran todos los que no tuvieran certificados de civismo, los funcionarios suspendidos, los emigrados y parientes, los nobles, los denunciados por sus vecinos o sus criados. Los comités de vigilancia fueron encargados de confeccionar las listas de sospechosos en toda Francia. El temor a ser considerado sospechoso cambió drásticamente la conducta social y la conversación de los franceses, incluso en el interior de sus domicilios. A partir del siguiente día 21, se decretó la obligación para las mujeres de lucir fuera de sus casas la cocarde revolucionaria. Esta ley causó la ruina moral del jacobinismo y dio cobertura ética a la conspiración contra Robespierre, que estuvo fundada en el miedo a estar incluidos en su secreta lista de sospechosos. El día 5 de octubre la convención estableció el calendario revolucionario concebido por el matemático Rome. El año comenzaba el día de la fundación de la república 22 de septiembre y se dividía en 12 meses de 30 días con 5 o 6 complementarios divididos en tres jornadas festivas cada 10 días para reposo fraternizador. Los poéticos nombres de los meses seguían el curso de las estaciones y de los fenómenos de la naturaleza. El 30 de octubre, 21 diputados girondinos fueron condenados a muerte y guillotinados al día siguiente, entre ellos los primeros líderes de la Gironda, famosos por su pragmatismo sin mañana, como El Muñidor, Brichot, o por su emocionante oratorio, como Berniaut, Jensoné y Snart. El día 8 de noviembre fue guillotinada Madame Ronald, El día 10, su marido, dimitido y huido, se suicidó. Condorcet, escondido desde que fue acusado de criticar la constitución jacobina, escribió su equise dunte blau historique de progre suma ins, antes de ser descubierto y puesto en prisión, donde murió, al parecer, de disentería. El día 11 de noviembre del 93 era guillotinado Baiji. Peor suerte, corrieron sus compañeros, escapados a la desbandada. Rebequí, ahogado en el puerto de Marsella. Petión y Buzot, disfrazados de campesinos, destrozados y casi devorados por los lobos en una landa de Centemillón. El jirundino Baladí, decapitado en Perigueus. sus compañeros de Chesaúz en Rochefort, Barbarouch y Gaudet junto con otros compañeros en Burdeos, a los que hay que añadir los sacrificados en las grandes purgas de Marsella, Lyon, Nantes, Burdeos y Toulon. La persecución de los federalistas partió de un error sobre el concepto federal. En el proceso de Brichot, éste tuvo la sinceridad de afirmar que la constitución de Condorcet era la más democrática que había existido. Puso de ejemplo la de Estados Unidos, que a su juicio lo era menos. Suficiente para que el presidente del tribunal lo tergiversara. La mayor prueba que se podía dar del proyecto que tenían los acusados de federalizar la república es la citación que Brichot acaba de hacer de la constitución de los Estados Unidos, citación que los acusados hacen sin cesar. La falsedad de esta acusación la denunció Buzot en sus memorias. ¿Por qué aberración se ha podido acusar a la vez a los girondinos de monarquismo y federalismo? Estas dos palabras son bien extrañadas de encontrarse juntas. La historiadora de la Revolución Francesa, Mona Otho, Diccionaria Critique de la Révolution Française, p. 87, ha recordado que la posición de Bouzotte era exactamente la misma que la del extremista Villaud-Barenne. Cuando a fines del 91, después de Barennes, este pidió para los 83 departamentos un poder sancionador que no permitiera dar fuerza de ley a ningún decreto sin la aprobación de las tres cuartas partes de ellos. Durante el mes de noviembre del 93 se concretó en decretos sucesivos el proceso mal llamado de descristianización en lugar de descatolización comenzado con el nuevo calendario. Sustitución de las fiestas religiosas por las cívicas. Autorización de los municipios para que suprimiesen las instituciones religiosas. Cierre de las iglesias. El obispo de París, Goebel, cometió el acto de apostasía de depositar su anillo y su cruz en la convención. Robespierre se pronunció por la libertad de culto, pero pidió a los jacobinos la vigilancia del clero y del despojo de las iglesias. Danton, sin embargo, denunció la mascarada religiosa jacobina diez días después de que sus amigos de la UNAI, Chabot, Dasire y Julien de Toulouse, Fueron arrestados por corrupción en la liquidación de la compañía de Indias, lo que motivó el regreso a París de Danton el día 20 y la edición por Camilo de Smolins del Vieux Cordelier para apoyar la compañía dantonista en pro de la indulgencia. La suerte del simpático periodista estuvo unida a la de Danton hasta la muerte de ambos en la guillotina. El año terminó con un discurso táctico de Robespierre, el 25 de diciembre, contra la campaña de los indulgentes dantonistas en el que situó a los jacobinos en el término medio aristotélico, pero sin moderantismo, entre los citras indulgentes y los ultras radicales, identificados aquellos con Danton y estos con Herbert. Todos comprendieron que esos eran los dos objetivos de la guerra de la libertad emprendida por la revolución contra sus enemigos. Era lógico que después de la sistemática depuración, más bien eliminación, de la Gironda, situada en el lado conservador de las conquistas políticas del 91, el partido jacobino creyera que su deseo de representar el término medio, lo que en el siglo XX se denominó «partido de centro», le obligaba a equilibrar la situación y el momento, disminuyendo o controlando el extremismo de la izquierda de los cordeliers, exaltada en la prensa y en las arengas de los que querían heredar el prestigio popular de Marat. Uno de ellos, Ebert, que hasta el asesinato del amigo del pueblo había puesto su demagogia social y militar al servicio de su ambición de ser ministro, consiguió que su periódico Le Père Duchense llegara incluso a tener más influencia en las clases bajas y en los cuarteles que La Mie du Peuple. Su redactor Ebert había logrado un puesto en el Consejo General de la Comuna después de la insurrección del 10 de agosto y ser designado sustituto de la Chaumette en el cargo de síndico de la misma. Desde esa posición nunca se identificó con los enrayés. En las agitaciones parisinas de 25 y 26 de junio por la crisis del jabón, se distanció de Jacques Rousse que el día anterior había sido expulso de la convención por sus amenazadoras palabras. Le Père duchense calificó a los sans-culottes de marqueses disfrazados de carboneros y peluqueros. Un oficio este convertido en un signo de la reacción desde que la supresión de las pelucas los llevó a ser sospechosos de monarquismo como lo probaban los numerosos peluqueros que atizaban y rizaban la guerra de la Vendée. Hebert pedía el castigo de los girondinos escapados del 2 de junio, pero a la vez ridiculizaba a los enrayés que atacaban a los minoristas de París para dejar a salvo los millonarios de Burdeos y Marsella. Cuando los sansculos pidieron una ley contra los acaparadores, Eber se opuso alegando que estas cuestiones impedían a la convención concentrar sus energías en su objetivo fundamental de hacer una nueva constitución. Esto dijo Coyot de Herbois. ¿Habríais visto a Evert pasear la llama de la verdad sobre la cabeza del cura hipócrita, House, exprimiendo su máscara como un limón impuro que cubría su cabeza? Pero la suerte política de Evert cambió cuando, a causa del éxito del pere duchense, buscó la influencia en el pueblo en lugar de un ministerio en el gobierno. Para mantenerla, tenía que erosionar sin descanso a la facción en el poder. Ante cada jornada revolucionaria, pequeña o grande, tomaba las mismas posiciones demagógicas que poco antes reprochaba a los enrajes. En la concentración en el ayuntamiento del 4 de septiembre, Evert exhortó a que el pueblo vaya mañana en masa a la convención y la rodee como hizo el 10 de agosto, el 2 de septiembre y el 31 de mayo. La invasión de las tribunas de la convención el día 5 sacó de quicio a Robespierre, obligándole a actuar contra la pinza de la moderación dantonista y el radicalismo evertista. El año 1794 comenzó con la expulsión de Desmoulins del club jacobino y el arresto del dantonista Fabre d'Englantin, acusado de malversaciones en la liquidación de la compañía de Indias. 15 días después, 2 de febrero, la convención a propuesta de Danton acordó la puesta en libertad de los dos detenidos más cercanos a las nuevas posiciones extremistas del Pereduchense. Rosini Vincent, poderosos aliados de Ebert, y se mantuvo en prisión a Jacques Huch, detenido el 5 de septiembre del 93, donde se suicidó el 10 de febrero del 94. Pese a lo cual Robespierre fue acusado de moderantismo en los Cordeliers, 12 de febrero. En ese contexto político se escuadró el famoso discurso de Robespierre, 5 de febrero, donde expresó los dos factores que determinaban su política. La virtud sin la cual el terror es funesto, y el terror sin el cual la virtud es impotente. La carestía y la escasez de abastecimientos apropiaban el extremismo de Ebert y de los enrachés, que llamaban a los jacobinos endormeus. Saint-Just propuso a la convención en los últimos días de febrero un decreto ordenando el secuestro inmediato de todos los bienes de los sospechosos. La opulencia está en las manos de un gran número de enemigos de la revolución. Las necesidades ponen al pueblo en la dependencia de sus enemigos. Los que hacen la revolución a medias no hacen más que cavar su tumba. Los bienes de los conspiradores están ahí para los desdichados. Y después de fulminar a los indulgentes y de hacer apología del terror, anunció de modo sibilino las nuevas hornadas de cabezas maduras para ser sesjadas en la guillotina. La fuerza de las cosas nos conduce quizás a resultados que no habíamos pensado. Dos días después, un nuevo decreto ordenó repartir los bienes de los sospechosos entre los indigentes, haciendo dos listas, la de los sospechosos que serían expropiados y la de los sansculots que recibirían sus bienes. Roncín llamó a la insurrección general en los cordeliers y Ebert lo apoyó, pidiendo poner un crespón negro en la declaración de derechos. Una delegación jacobina presidida por Caballot, Derboux, se presentó en el club cordeliers para pedir explicaciones. Ahí llamaron cromwellianos a los comités robesperistas. El 13 de marzo, la Convención declaró traidores a la patria a los que habían excitado inquietudes sobre las subsistencias, intentado corromper el espíritu público o preparado un cambio en la forma de gobierno. Hasta que por fin, en la misma sesión, ante una severa requisitoria de Saint-Just, para quien la voluntad general no era la de la mayoría, sino la voluntad de los puros contra los que amenazan el pueblo francés y la libertad, la convención decretó el arresto de Ebert, Ronsin, Vincent, Momoro y varios ebertistas. Lo que se temía no sucedió. Las calles, sin ira, no escenificaron protestas significativas. El descabezamiento de la izquierda populista acabó con los restos de poder nacional de la Comuna de París a la que seguían las demás ciudadanas. A partir del 24 de marzo del 94 dejó de existir un doble poder en Francia. el de los municipios insurrectos y el de los dos revolucionarios comités centrales. La dictadura de estos comités dejó de ser comisaria, como la antigua romana, y se hizo comitente de una idea abstracta sin límites que la definieran ni campos de acción que la concretaran. Era la revolución. Consistía en lo que los comités decidían, pero subsistía un peligro para la consolidación de la dictadura jacobina, el dantonismo. Pues Danton había logrado unir su nombre a dos sucesos capitales, la jornada revolucionaria de 10 de agosto que destruyó la monarquía, y la movilización del pueblo ante la patria en peligro, cuando el 2 de septiembre, ante el sitio de Verdun, lanzó su Messieurs, Il nous faut de l'audace, Encore de l'audace, Toujours de l'audace, et La France est sauvée. La audacia como virtud política. Como le sucede a todos los dictadores, Robespierre había confundido la necesidad de un centro de equilibrio en el gobierno que él ocupaba con la idea de un centro ideológico que estabilizara la nación personificada en el comité. Con esa finalidad, el 20 del 9 del 93 integró el Comité de Salud Pública con una derecha, Carnot, Lindet, Prieur de la Cote, Dor, una izquierda, Villaut de Barené, Coyot de Bois, un centro pragmático, Barere, y un centro radical, Robespierre, Couton, Saint-Just. La creencia de que centrismo gubernamental era equivalente a centrismo nacional salió reforzada con la ausencia de reacción en el movimiento popular ante la decapitación de los ebertistas el 24 de marzo del 94. El nuevo comité se apresuró a licenciar la milicia revolucionaria y arrestar a Condorcet en el mismo día, 27 de marzo, como a procesar enseguida a los dantonistas 2 de abril y a Lavoisier, junto con 27 recaudadores generales, 8 de mayo. Como dijo el vicepresidente del tribunal, por final, la república no tiene necesidad de químico ni de sabio. En la presidencia del tribunal, el robesperista Hermann, en la acusación, Hawker de Thimville. Los dantonistas fueron mezclados con diputados corruptos, Fabre, Basire, Herald, acusados de complicidad con el enemigo. Robespierre y Saint-Just vigilaron el proceso para asegurar la condena de Danton. El puntillismo legalista del acusador era un obstáculo para el asesinato legal del héroe de la patria, nada fácil de reducir al silencio. En el debate con Fouquier-Tinville parecía salir victorioso de las falsas acusaciones. El acusador interrumpió el proceso para pedir ayuda. Saint-Just le trajo un decreto para acabar el debate judicial, considerando confeso al imputado si éste evadía las respuestas o insultaba a la justicia. Danton, Desmoulins y los dantonistas fueron ejecutados el 5 de abril. Las viudas de Ebert y de Smulins, con el general Dillon, el día 13. Para distraer la atención del macabro espectáculo de la guillotina, que tenía paralizada de angustia a la sociedad productiva y a la mayor parte de los diputados al día siguiente de la decapitación de las viudas, se decretó el traslado del más celebrado de los cadáveres, el de Rousseau, al Panteón. Los jacobinos idealistas, y particularmente Robespierre, no parecían estar tan seguros de sí mismos y de su porvenir como aparentaban. De otro modo, no tendría explicación que, a estas alturas del terror, creyera necesario el reforzamiento de los órganos de represión directa. El día 15 de abril de 1994, Saint-Just presentó un informe sobre Policía General de la República, prohibiendo a nobles y extranjeros residir en París y en las ciudades próximas a los espacios de guerra. Y al día siguiente, la Convención decretó la creación del Bureau de Policía Particular del Comité de Salud Pública, dándole facultades de arrestación secreta y provocando con ello la manifestación de hostilidades ocultas contra Robespierre en el Comité de Seguridad General. La desconfianza de Robespierre hacia todo lo que no provenía de su propia iniciativa, o de Couton y Saint-Just, Se manifestó también en la facultad de enviar representantes en misión antes competencia de la convención y apropiada ahora por el comité. El día 19 de abril se llamaron a París los representantes en misión designados por la convención a los que el comité acusará de abuso de poder. La primera señal de lo que se avecinaba la dio Villaud-Barenne, en la sesión de la convención del día 20 de abril en la que atacó, sin mencionar a la persona que todos miraban, las virtudes mismas de los hombres que ocupan puestos eminentes. El rayo venía de una profunda tormenta de miedo general en la diputación y de esperanzas particulares de salvación. Sin dar muestras de temor, el triunvirato de horror Robespierre, Saint-Just y Couton ofrecieron a sus detractores el día 22 las cabezas guillotinadas del prestigioso jurista Males Herbes, abogado defensor en el proceso contra Luis XVI. y de Le Chapelier, el diputado más destacado en valentía y realismo. Lo que hacía tiempo se esperaba sucedió el día 26 de abril, enfrentamiento abierto entre Saint-Just y Carnot en el seno del comité. El encargado de la guerra Carnot, como cambón en las finanzas, eran los únicos hombres de poder que en lugar de opiniones tenían criterios. El primero era ingeniero militar y, limpiando de sansculós las oficinas militares, colocó en ellas a personas de mérito y oficio. Cambió el signo de la guerra a favor de Francia y convenció a Robespierre de la necesidad de invertir el rol de los representantes en misión. En lugar de comisarios políticos, como los ya enviados en misión, Carnot quería colaboradores eficaces y leales a la dirección militar de las operaciones bélicas. Robespierre, sabiendo que era su enemigo, no podía sustituirlo. Una vez llegó a decirle, os espero en la primera derrota. Robespierre consiguió el sueño de su fanatismo religioso y la mayor gloria de su vida. Nunca fue más alta la apariencia de su poder personal absoluto. El día 7 de mayo de 1794 obtuvo de la convención el culto oficial de la religión del vicario saboyano de Rousseau con un decreto cuyo artículo 1 decía «El pueblo francés reconoce la existencia del ser supremo y de la inmortalidad del alma». Y mientras continuaban las ejecuciones y las victorias militares, Robespierre fue elegido presidente de la convención por unanimidad el día 4 de junio para que disfrutara de su apoteosis en la gran fiesta del Ser Supremo el día 8 siguiente, organizada y diseñada por el gran pintor David. Comenzó a las ocho de la mañana en las tuyerías. Los ciudadanos portaban ramas de roble y los niños cestas de flores. Robespierre llegó a las diez horas con su hábito azul. Acabado su sermón, los coros de la ópera entonaron el himno al pere del universo, Supreme Intelligence. La ceremonia terminó en el Camp de Mars, con la vuelta tradicionalmente majestuosa a la montaña de cartón y el consabido abrazo francés de todos a todos. Siguiendo la línea de Saint-Just en materia de represión de los sospechosos de aristocracia mercantil, la convención había decretado antes, el día 11 de mayo, a propuesta de Barere, la venta en subasta de sus bienes, creando un Fondo Nacional de Solidaridad para Indigentes. Y el día 22, en la onda de represión de la aristocracia política, fue arrestada la amante de Tallien, la española Teresa de Cabarrús, hija del banquero de Carabanchel, Madrid, Marqués de Cabarrús. Esta medida, que parecía un hecho menor en las atrocidades del Gran Terror, sería la chispa que pondría en marcha el motor de la sublevación de los convencionales contra Robespierre que, de momento, se vio favorecido por las dos tentativas de asesinato contra Coyote Herboys por el monárquico admirat el día 22 y contra el propio Robespierre por Cecilie Renault el día 23 de mayo. El 10 de junio del 94, Cotton propuso a la Convención una ampliación de las personas susceptibles de ser llevadas ante el Tribunal Revolucionario y una sustancial variación del proceso para arrestar sin acuerdo de la Convención. Este informe no había sido previamente presentado a ninguno de los dos comités, como era preceptivo. El recelo de que se estaba preparando otra cosecha de cabezas de diputados casi llegó a la certeza al pedir Robespierre la votación inmediata sin debate. Con muchas reticencias y sin que nadie osara requerir más informaciones sobre ese decreto que luego se llamó del gran terror, la convención lo aprobó. Y un extraño asunto crispó el temor de los diputados. El día 15 de junio, una mujer, Catherine Théod, a quien Robespierre había favorecido, anunciaba la venida del nuevo Mesías. El miedo entre los representantes aumentaba por horas. Circulaban rumores de nuevos proscritos. Pese a la monografía de Fleischmann sobre Robespierre et les Femmes, París 1909, permanecen en la sombra los motivos de que las relaciones con Catherine Théod y sobre todo con Mée Dupley, la hija del tendero en cuyo domicilio de la rue Saint-Honore vivía la incorruptible, perezcan ligadas o concomitantes a los signos externos de un notable cambio de carácter del líder jacobino desde la fiesta del Ser Supremo. Lo que se percibe en la conducta de Robespierre desde que fue elegido presidente de la Convención por unanimidad es una especie de desprecio o apatía hacia los inminentes peligros que se cernían sobre su cabeza. Pero lo que sería explicable en el talente olímpico de Danton, retirado al campo cuanto más necesaria era su presencia en París para movilizar a sus numerosos partidarios y preparar su defensa ante el Tribunal de la Salud Pública contra la acusación de cumplicidad en la corrupción de sus amigos, no era concebible en el espíritu ordenado, previsor y trabajador, con agenda diario de un Robespierre disciplinado por su sentido religioso del deber, y su ambición depuradora de ideas y personas. El virtuoso de la sospecha sistemática parecía abandonarse a su creencia de que la realidad era una mentira inevitable sobre la verdad. Un fatalismo que no tenía cuando, interrumpido su discurso a los jacobinos marzo de 1792, dijo No, señores, no ahogaréis mi voz. No hay orden del día que pueda silenciar la verdad. Tampoco lo tuvo a fines de 1793, cuando en el tema de la verdad religiosa denunció las innobles ambiciones de los evertistas promotores del culto a la razón. ¿Exceso de confianza en sí mismo? ¿Hábito de no ser contestado desde la liquidación de girondinos, evertistas y dantonistas? Eso sólo explicaría su falta de diligencia para prevenir y deshacer la conspiración de los propios jacobinos contra su dictadura personal, pero en modo alguno la temeraria torpeza de su último discurso en la convención. repentino abandono en el regazo místico de la verdad de su acción y de su ambición de gloria impersonal de la nación, serenidad de ánimo comunicada por su apoteósico triunfo en la fiesta del Ser Supremo, las explicaciones psicológicas caen derrumbadas por las conductas. Dos días después de la gran fiesta religiosa, Robespierre y su Fiel Couton preparan el nuevo escenario del gran terror con la ley de reforma del proceso ante el tribunal revolucionario que suprimía pruebas y posibilidad de defensa. O sea, aumento de la represión terrorífica cuando el ejército de Jordan, a punto de ganar la batalla de Fleurs, 26 de junio, liberadora de enemigos exteriores en territorio francés, eliminaba la última justificación del terror. Dos torpezas, la del último discurso de Rospierre y la del decreto del gran terror, que aseguraron el éxito de la conspiración temidoriana. Los violentos enfrentamientos en el comité de salud pública se escuchaban por las ventanas del salón de sesiones abiertas al jardín de Menet en las Tullerías, donde se congregaba una multitud de inquietudes. Trasladadas a la calle, las acusaciones de dictador a Robespierre eran algo más que comidilla en todos los ambientes sociales y políticos de París. El 22 fracasó un intento de reconciliación entre los dos comités, el de Seguridad y el de Salud Pública, en ausencia de Robespierre. Se había ido a pasar un día de campo con Mme Dupley, de la que se suponía amante, aunque este tipo de relación no estaba públicamente confirmado. Cuenta Barere, en sus memorias que Saint-Just propuso a los dos comités levantar una potencia dictatorial y que ese vigoroso poder fuera confiado a un hombre de genio, de fuerza, de patriotismo, de generosidad, para aceptar ese empleo de la potencia pública. Un hombre tan excepcional que estuviera dotado de tal hábito de la revolución, de sus principios, de sus fases, de su acción y de sus diversos agentes que pudiera responder a la seguridad pública del mantenimiento de la libertad. Para tramitar así, un hombre que tenga en su favor la opinión general, la confianza del pueblo. Este hombre, yo os declaro que es Robespierre. Es difícil creer que sus oyentes estallaran de risas a carcajadas, como diría luego Barere. El 23 se llegó a una pacificación de los dos comités en presencia de Robespierre, pero con el presagio de Couton de nuevas condenas a muerte. Ese mismo día, en el que fue guillotinado el general Bernays, esposo de Josefina, la futura emperatriz, se publicó el máximo de salarios obreros que ocasionó una gran protesta de los trabajadores de París. La devaluación de los asignats llegaría pronto al 75%. En julio, la depreciación del papel moneda al 50%. La escala oficial de salarios era inaplicable. Los empleadores pagaban jornales muy superiores. Un carpintero de obra tenía en la tarifa un sueldo menor a la mitad del que cobraba. En las manufacturas de armas, los ajustadores lo vieron reducido a un tercio. En ese calamitoso estado de la economía, Barere se preguntaba si no sería mejor sangrar a los grandes comerciantes antes que matarlos. El Comité de Salud Pública proponía medidas drásticas para evitar la deserción de la mano de obra campesina ante la próxima cosecha. Solo existía en Francia un motivo de tranquilidad. Ninguna porción de su territorio estaba ya invadido por armadas extranjeras. Pero el artífice de la epopeya defensiva no había sido el incorruptible deísta del ser supremo, sino su enemigo, el gran estratega y mediocre político Carnot. que había puesto a Jordan al mando de la Armada que derrotó a los austríacos de Coesburg, donde se empleó por primera vez un aerostato y que fue bautizada con el nombre de Armée de Sambre et Meuse. Robespierre seguía imperturbable. Para levantar los ánimos en la próxima sesión de la convención del día 26, la víspera fue guillotinado el admirado poeta André Chenier y, en el anterior día 14, Cochet se eliminó el mismo del club jacobino. En ese ambiente de miedo generalizado de los representantes a estar en la lista de proscritos de pánico en la nueva aristocracia comerciante, y a la militar a estar en la lista de sospechosos de la desesperación de los trabajadores y progresiva recesión de la actividad económica, Carnot tuvo la precaución de alejar de París los destacamentos de artillería que estaban a disposición de la comuna rovesperista. Sin haber prevenido a Gauturnia Saint-Just, El día 8 de Termidor, 26 de julio del 94, con emoción contenida en su soberbia soledad, Robespierre sorprendió a todos con un imprudente discurso a la convención. Los asuntos políticos retoman una marcha pérfida y alarmante. El sistema combinado de los Ebert y de los Fabre de englantín se persigue ahora con una audacia infinita los contrarrevolucionarios son protegidos lo interrumpió varere se os habla mucho de nuestras victorias recontadas con menos pompa parecerían más grandes carnot añadió se ha sembrado la división entre los generales La aristocracia militar está protegida. Los generales fieles son perseguidos. La administración militar se envuelve en una autoridad sospechosa. Villaut continuó así. Los conspiradores nos han precipitado a nuestro pesar en medidas violentas y reducida la república a una horrible carencia. Amar y Badier, los jefes de la policía, resentidos por las nuevas competencias policiales del Comité de Salud Pública, concluyeron. Existe una conspiración contra la libertad pública. Tiene cómplices en el Comité de Seguridad General y en los despachos de este comité. Castigar los traidores, renovar las oficinas del Comité de Seguridad General, depurar este comité, depurar el Comité de Salud Pública, aplastar las facciones. La convunción colectiva fraguó en un bloque solidario a los medios individuales. Todos exigían a Robespierre que diera los nombres de la lista de proscritos tanto en uno como en otro comité o en la convención. Hasta que Charlier le increpó. Cuando se presume de tener el coraje de la virtud, hay que tener el de la verdad. Nombrad a los que acusáis. Era la primera vez desde la liquidación de los dantonistas que Robespierre no era respetado ni al parecer temido. Ante la general y ruidosa insistencia en pedirle nombres, Robespierre solo acertó a decir que persistía en lo dicho. La convención rehusó votar sobre su discurso. El incorruptible, sin comprender lo que estaba pasando, Marchó a buscar apoyo en el club jacobino, como después haría el 19 de Brumario Bonaparte zarandeado y llamado dictador en los anciens, recorriendo en busca de la protección de su hermano Lucien en los 500. Durante la noche se organizó un plan para derrocar a Robespierre en la propia sesión de la convención del día siguiente. Los historiadores del XIX atribuyeron el papel de muñidor de la conspiración a un taillén apremiado por Teresa Cabarrús para que la sacara de la prisión antes de la fecha cercana de su proceso ante el tribunal. Hoy se conoce mejor la preparación de aquel improvisado complot que debía asegurar para su éxito el arresto de Robespierre en la Convención y la pasividad de la Guardia Nacional a las órdenes de la comuna robespierrista, Para ello era necesario la participación de la policía del Comité de Seguridad General y la orden de arresto de General Henriot, comandante de la Guardia Nacional. El núcleo de los conspiradores, los representantes en misión temerosos de la acusación de abuso de poder y exacciones Tallén, Barras, Frerón, Fuché, se concertaron con Barérez, que fue quien planificó un verdadero complot al integrar en los conspiradores a Villaud-Barené y Coyote-Derbois. Este último, presidente de la convención, podía retirar legalmente la palabra a Robespierre. A las 5 de la mañana del domingo 9 de Termidor, 27 del 7 del 94, para definir las bases de una posible alianza con el centro y la derecha de la convención, se reunieron Barere, Carnot, Cambon, Amar, Taillen, Fouché, Villaud-Barene y Coyote-Derbois. El primero ya había contactado con La Plaine, que aceptaba el arresto de Robespierre con un cese inmediato del terror. Villau llegó incluso a invitar a Saint-Just, quien naturalmente rehusó. Antes de las 11 de la mañana, todos acudieron a la convención. Taillen y Fouché decían a cada diputado que saludaban que estaba en la lista de Robespierre. Se ignora porque Saint-Just no alertó a Robespierre. Se abrió la sesión a las 11, bajo la presidencia de Coyote de Herboys, a las 12. Saint Just intentó hablar. Taillen, cubriendo su voz, se lo impidió. Villaut entró al debate. Un abismo se abre bajo nuestros pasos. No hay que dudar entre llenarlo con nuestros cadáveres o triunfar sobre los traidores. Taillen pidió y obtuvo el arresto de Arniot y su sustitución por Barras. Hacia las 3 de la tarde, Robespierre quiso subir a la tribuna. El presidente no lo autorizó. Solo un grito inundó la sala. ¡Abajo el tirano! Sin estar previsto, el diputado Lounchet demandó el arresto de Robespierre, Saint-Just y Couton. Entonces, Agustín, hermano de Robespierre, y Levasse pidieron el honor de ser incluidos en la orden de arresto. Los cinco detenidos fueron enviados a distintas prisiones. Robespierre a la de Luxemburgo. Luego fueron detenidos Arniot y Dumas, presidente del Tribunal Revolucionario. Poco después, el alcalde Faurel, Lescott y el vicepresidente Coffinal ordenaron la liberación de los prisioneros y su conducción al ayuntamiento donde estaban concentrándose las secciones para marchar contra la convención. Primeramente, fue liberado Arniot, quien junto a Goffinal liberarían después a los cinco detenidos. Couton no quiso ir a la comuna y marchó a su casa. Robespierre prefirió refugiarse en los locales de la policía municipal en el Ministerio de la Justicia. Los otros tres fueron conducidos al ayuntamiento, donde la concentración de Sainte-Culotte era menor de la esperada. Arniot intentó bloquear las tuyerías como en el golpe contra la Gironda. A las 22 horas, Robespierre se trasladó al ayuntamiento. Lo recibió Saint-Just. Juntos enviaron este mensaje a Couton. Todos los patriotas son proscritos. El pueblo entero se ha levantado. Sería traicionarle no presentarte en la comuna donde nosotros estamos. y se unieron al comité de ejecución designado por la comuna desde donde impartieron órdenes a la guardia de la convención para que se retirara y a las secciones para que se concentraran en la plaza de Grefg. Pero Barras al mando de la Guardia Nacional, destacada en la Convención, se adelantó. Y Barere, con sus adreses al pueblo francés, en nombre de los dos comités distribuidas en esa plaza, desactivó el movimiento popular. A la una hora de la noche del lunes, día 10 de terminador, 28 del 7 del 94, llegó Couton al Ayuntamiento. La convención puso fuera de la ley, es decir, la muerte sin juicio, a todos los que se opusieran a sus decretos, y Barras emprendió la marcha de la Guardia Nacional contra los refugiados en el ayuntamiento, que fue saltado por una improvisada tropa de... gendarmes y guardias con gran desorden. Levas se suicidó en el acto con un tiro en el cerebro. Agustín Robespierre se tiró por la ventana y se rompió la cadera. Saint-Just se entregó sin resistencia. Couton fue encontrado bajo una escalera. Y en cuanto a Maximiliano Robespierre, casi todos los historiadores dieron por cierta la historia de que uno de los gendarmes El oficial Merda le disparó desde la escalera rompiéndole la mandíbula. Hoy se sostienen dos tesis, la de que intentó suicidarse como Levas o la de que cayó huyendo de la tromba de gendarmes asaltantes fracturándose la mandíbula. Desde las 2 hasta las 18 horas de ese día, durante esas interminables horas de dolor soportado en silencio, Robespierre permaneció tumbado sobre una mesa de piedra en el ayuntamiento, hasta que tras haber sido identificado por el acusador Fouquier de Thienville, fue conducido a la guillotina junto con los otros 21 detenidos. Liberado de la dictadura, el amanecer del día 11 de Termidor, 29 de julio, anegó la convención de sentimientos contradictorios. Se esperaban con inquietud las reacciones sociales y políticas al abismo abierto en el poder con ausencia del incorruptible del escenario político. Las acusaciones post-mortem al Catilina y Cromwell de Francia no ocultaban que la esperanza de las nuevas ambiciones comenzaba sometiéndose a la violencia de las viejas perversiones. El terror continuaba llamando al terror.