📖Teoría Pura de la República (3. REVOLUCIÓN DEL AZAR Y LA JUSTICIA) Audiolibro 📖

2021-04-19 Píldoras Democráticas 21:33 YouTube ↗
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Los hechos narrados hasta ahora tenían como factor común algo que los hacía incompatibles con una finalidad revolucionaria y con la naturaleza homogénea de las series de acontecimientos impulsados por una misma causa motriz o un mismo propósito colectivo. La toma de la Bastilla dio lugar a un cambio notable en la relación de las fuerzas políticas con la creación de la Comuna de París y la Guardia Nacional Burguesa, pero ninguno de los elementos sociales en la Asamblea Nacional pensó que la espontánea violencia callejera pudiera tener categoría revolucionaria. La furia de los campesinos asustados ocasionó un cambio en la relación de ciertas fuerzas económicas y sociales ligadas al feudalismo, pero nadie ideó la abolición de los derechos feudales como consecuencia de esa violencia. La marcha de las mujeres modificó sustancialmente la imagen social del monarca absoluto, pero ni siquiera ellas imaginaron que el cambio forzado de residencia real pudiera ser factor revolucionario. La huida del rey y su detención, fruto de la fortuna, iniciaron realmente la revolución. Antes de esa huida, esos tres hechos fortuitos e inconexos fueron causados por tres pequeños colectivos diferentes, marginados de la acción política. Turba multa urbana, conglomerado campesino, masa femenina, actuando sin concierto y con distinta finalidad. fueran acciones azarosas sin causa final. Simples factores de la suerte modificaron las condiciones objetivas de un proceso legal de reformas en el estado del que estaban excluidos esos factores. Lo cual obliga a traer el azar y la fortuna a una reflexión sobre los hechos extrapolíticos que propiciaron la rebelión nacional con el arresto del rey dos años después de la toma de la Bastilla. Esto no quiere decir que los tres hechos azarosos tuvieran el mismo grado de improbabilidad, ni que carecieran de toda relación entre ellos. La noticia de la marcha del ejército real sobre París motivó la bastillada. Los rumores de venganza de la aristocracia feudal contra los campesinos, como reacción por los sucesos del 14 de julio, derivaron directamente de ellos, y la evolución del feudalismo también provino, de la violencia campesina. Sin embargo, fueron hechos de fortuna o de suerte porque, no estando inscritos en la serie causal de los acontecimientos animados por la representación del Tercer Estado, coincidieron e incidieron en ellos por causas absolutamente independientes. La historiografía no tuvo en cuenta la importancia del azar y la fortuna en la fermentación revolucionaria. Olvidó las enseñanzas de Maquiavelo y de Montesquieu. Si el azar de una batalla, o sea, una causa particular, arruina un estado, había una causa general que lo debía hacer perecer por una sola batalla. Considerations sur les causes de la grandeur des Romains et leur décadence. Capítulo 18 El determinismo asoma como ley de la generalidad, mientras que el azar reclama sus dominios sobre la particularidad. La ley de los grandes números excluye la probabilidad del azar. En lo infinito o lo eterno, lo probable siempre sucede. La realidad política es tanto más azarosa cuanto más particular. No se trata de que los tres factores de fortuna mencionados oscilaran entre la causa eficiente y final de la revolución como pensaba Bergson del azar. Incidieron en la causa política del tercer estado sin estar relacionados previamente con ella. Las series causales de hechos convergentes de sentido expresan la mentalidad de una concreta época histórica. Las series causales independientes entre sí delatan la presencia del azar en la historia. Su desconocimiento impide que la comprensión del pasado humano sea tan completa como la de los fenómenos naturales. Lo mismo cabe decir, por ejemplo, de las historias románticas de la revolución concebidas como destino histórico del pueblo francés hacia el descubrimiento de la libertad política, pues la idea de hado o destino supone determinismo o no libertad. El azar es a la naturaleza lo que la suerte a los asuntos humanos. La teoría de la evolución ha dado valor constitutivo al azar, y la teoría política no será rigurosa mientras no integre la suerte fortuita como factor operativo en el mantenimiento del principio de continuidad de la sociedad en el Estado. especialmente en las épocas inestables de tránsito brusco desde una forma secular de estado a otra nueva que la contradiga o la distraiga de su inercia. Las monarquías de derecho divino no creían en la suerte. Para Bosuet no hay azar en el gobierno de las cosas humanas y la fortuna no es más que una palabra sin sentido. La ciencia excluye esta absurda creencia. En el corto tiempo de la década francesa que aquí se analiza, el azar y la suerte impiden interpretar la época comprendida entre la convocatoria de los estados generales y la huida del rey como preámbulo o antesala de una revolución. Sin el hecho también fortuito del aprisionamiento de Luis XVI en Barennes, la relación de fuerzas militares, políticas y sociales era más propicia al triunfo de la reacción que al de la revolución. Que, para ser precisos, no se inició con la huida del rey para reunirse en la frontera con las tropas extranjeras preparadas para la invasión de Francia. ni con la noticia de su detención, sino con la mentira de la asamblea de que el rey había sido secuestrado. La fortuna favoreció inicialmente la causa popular del tercer estado. Acontecimientos causales o fortuitos irán definiendo después, de modo contradictorio pero inequívoco, tanto la naturaleza voluntaria de los acontecimientos políticos que derrumbaron la monarquía, como la del proceso reaccionario que, a través del directorio termidoriano, entregó al Estado desfallecido al consulado y al imperio de Napoleón. Este libro nos relata la historia de la Revolución Francesa, solo la de los acontecimientos significativos de donde proceden las ideas y palabras utilizadas sin fundamento en el lenguaje político actual para designar ficciones encubridoras de la naturaleza reaccionaria del estado de partidos. Heredero del expediente estatal inaugurado en 1795 con el directorio. Más que los vencedores, la historia la escriben sus herederos, y hay batallas pírricas que todos los combatientes pretenden haber ganado. La guerra continúa entonces de forma polémica entre ideólogos, historiadores y adoctrinarios para designar al triunfador. A este género de victorias pertenece el mito de la Revolución Francesa. La polémica sobre el signo de hechos y acontecimientos sucedidos a más de 200 años de nuestra iluminación histórica no ha terminado. Los historiadores son abogados de las banderas ideológicas del pasado que refuerzan sus ideologías presentes. Como dijo Croce, toda narración de la historia es contemporánea. El estudio de las orientaciones ideológicas de la historiografía tiene tanto interés para el conocimiento de la evolución de las ideas políticas en Europa como para el de la propia Revolución. Aparte de las sugestivas consideraciones sobre los principales sucesos de la Revolución Francesa , publicadas en 1818 después de su muerte, Han sido las formidables parejas de historiadores franceses en cada generación política del siglo XIX las que nos hicieron ver de modo diferente el sentido de los acontecimientos revolucionarios y la personalidad de sus principales actores. Antes de la visión radical, Aulart o socialista, Jaures, Matiez, Lefebvre, Soboul, las concepciones liberales de la revolución, Thiers-Mignet, la Martine Michelet, Toqueville-Quinet, ya habían hecho del estudio de la revolución francesa la primera asignatura de la cultura política. Salvo Adolfo Thiers, que falseó deliberadamente hechos y palabras de los protagonistas, todos los demás acreditaron ser historiadores veraces, pero demasiado imaginativos en la interpretación de los hechos. Incluso el místico enamorado de la revolución Michelet, que la hizo suya, jamás se apartó de la verdad en su crónica de los acontecimientos diarios. Le pasa a la revolución francesa lo que al derecho romano. Todo el mundo ha leído algo sobre el tema y cree que la primera fundó el estado liberal, es decir, el derecho público, y que el segundo fue la fuente de la actual legislación civil, es decir, del derecho privado. Pero ningún historiador o jurista, ninguna persona culta puede permitirse la grosera referencia a estas causas históricas de la modernidad como si consistieran en dos criaturas que nacieron adultas y a las que podamos acudir en busca de ayuda aclaratoria del presente consultando su bloque revolucionario o sus códigos legislativos históricos. Para conocer la influencia del derecho romano en nuestras instituciones, lo primero que aprendemos, no sin cierta sorpresa, es que el derecho romano no existió como tal. El criterio y el justinianeo son incompatibles. En 700 años estuvieron vigentes varios derechos romanos. Para utilizarlos hemos de conocer sus apellidos de identificación paterna según la autoridad que los creó y por su acta de nacimiento según el régimen político que los legitimó. Ante la Revolución Francesa nos encontramos en situación parecida. No podemos hablar con propiedad de la Revolución Francesa calificándola, por ejemplo, de liberal, como podemos hacer con la soviética llamándola socialista. A los acontecimientos de la Revolución Francesa hay que ponerle también distintos apellidos. Dentro de su década se produjeron rebeliones denotables e insurrecciones de masas urbanas y campesinas que no se pueden considerar ni tratar como si hubieran sido sucesivas continuidades de un mismo movimiento revolucionario. Los acontecimientos se produjeron con tal autonomía de iniciativa que llegaron a constituir discontinuidades históricas, unas de carácter reformista o revolucionario y otras de signo reaccionario o contrarrevolucionario. Solo la Gironda siguió la suerte del rey como el efecto a su causa. Pese a la homogeneidad de su cultura ilustrada y a la similitud de sus iniciales ambiciones reformistas, las ideas que encarnaron con sus acciones hombres como Mounier, Mirabeau, Bernabé, Brissot, Danton, Robespierre, Barère, Anglase, Barras o Silles, son en aspectos sustanciales tan opuestas como todas ellas lo son al ancien régimen. No hubo una revolución francesa. Ningún hecho, por significante que fuera para la ruptura de la monarquía absoluta, incluso el republicano agosto del 92, fue la revolución francesa. Nuestros órganos visuales y auditivos, a causa de una larguísima evolución biológica regida por la selección natural, están dotados de filtros de precisión que solo dejan pasar al cerebro las ondas de longitudes o frecuencias útiles y saludables para la supervivencia de nuestra especie. La mente humana, en cambio, está diseñada de modo tan delicado que sólo puede recibir de su propia historia la información que sea más útil y saludable para la conservación y supervivencia de la organización política en el Estado que realiza la acomodación cultural del pasado al presente. Los grandes hechos históricos que influyen en la valoración o desprestigio de los sistemas de poder actuales nos llegan a la memoria colectiva como juicios sintéticos de carácter ideológico, producidos por la cultura dominante. El pasado nos da la lección que más conviene a la perpetuación de ese dominio. Ningún historiador tiene esa potencia. Es así como el futuro va creando distintas visiones y versiones del pasado. La idea actual de la revolución francesa no ha escapado de esta falsación. La moda neoliberal que inunda los centros creadores de ideas y opinión deja pasar por su estrecho filtro solo un mensaje, triunfo de la revolución francesa de carácter liberal y fracaso de la revolución soviética de carácter socialista. La intencionalidad de este mensaje educativo es clara. La libertad política no debe ser utilizada para promover la igualdad social, pues la historia ha comprobado el daño incalculable sufrido por los pueblos que quisieron realizar esa utopía. La falsedad del mensaje consiste en que ningún pueblo con libertad política intentó hacer una revolución socialista o comunista. Sólo la ausencia de libertad política colectiva, no la de meras libertades individuales o personales, pudo engendrar en sueños igualitarios. Pero, del mismo modo que el progreso tecnológico nos va proporcionando sofisticados aparatos que extienden y perfeccionan nuestra agudeza visual y auditiva, también el progreso de las ciencias históricas nos va desvelando la realidad de aquellos acontecimientos del pasado que nos fueron contados como grandes leyendas de lo que pudo ser y no fue. Revolución inacapada, de lo que solo fue para una parte social revolución burguesa o socialista, y de lo que no fue revolución sino insurrección o rebelión reaccionaria. La vigencia de esos tópicos ha sido debida a la convergencia de la ideología neoliberal y la socialdemócrata monopolizadoras de la difusión cultural en la exaltación del papel revolucionario y progresista de la burguesía. La idea dominante sobre la revolución francesa continúa siendo la de una acción liberalizadora de la burguesía contra el modo de producción feudal para desarrollar el espíritu de la razón, relato liberal, o del capitalismo, relato socialista. En este libro se desvela la falsedad de que la burguesía construyó el Estado liberal de 1795 con un regreso a los ideales de 1789. El Bicentenario de la Revolución continuó la impostura del primero, no sólo por la omisión de la trascendencia que el azar y la fortuna tuvieron en el origen y la orientación de los acontecimientos anteriores al fusilamiento de republicanos el 17 de julio del 91, sino sobre todo por la ignorancia de que lo fortuito siempre favoreció la causa popular contra el absolutismo monárquico. Esto plantea una cuestión no estudiada por los historiadores, pero que ocupó la atención de la filosofía del azar. En carta de 1871 a Kugelman, Marx indicó la gran parte que toma el azar en la historia. La aceleración o el retraso de los acontecimientos dependen en gran parte de parecidos azares, entre los que figura también el carácter de las personas que están a la cabeza del movimiento. Para Charles S. Peirce, El puro azar, causa escondida a la razón humana, engendra hábitos y regularidades porque incide en una materia física biológica o social sometida a una de las grandes categorías cosmológicas, la del principio de continuidad integrado en la filosofía de Leibniz, a la que Pierre se añadió la nota sustancial de que la continuidad del azar es evolutiva. Aplicando estas categorías universales a la historia de la fase reformista de la monarquía absoluta, se debe encontrar una respuesta plausible al hecho de que el azar, la fortuna y la suerte, toma de la Bastilla, gran miedo campesino, traslado forzoso de la familia real a Tullerías y detención del rey en Barennes, Siendo casualidades no relacionadas entre ellas, actuaron siempre sobre la sociedad francesa en una dirección que daba consistencia a la posibilidad real de un cambio de la monarquía por la república, aunque nadie fuera consciente de ese sentido progresivo o fatalista de los acontecimientos azarosos o fortuitos. La narración de los tres primeros hechos de la casualidad, Bastilla renuncia al feudalismo traslado de los reyes a París, ha sido interrumpida al llegar al cuarto factor que produjo la fortuita detención del rey en Fua, porque este último hecho no solo parece la culminación de la continuidad del azar en la zapa del prestigio de la monarquía divina, del poder político de la nobleza y del crédito social de Luis XVI, sino porque en sí mismo tenía entidad y potencia suficiente para haber producido ipso facto la abolición de la monarquía y la instauración de la república. La explicación de que no sucediera así abre una nueva perspectiva desde la que se puede contemplar la orientación de los acontecimientos futuros en el mismo sentido que los anteriores, como si todos obedecieran al principio de continuidad evolutiva del azar, como si la fortuna fuera, acentuando cada vez la impregnación del tercer y cuarto estado de energía republicana. Esto no quiere decir que el azar tuviera esa intención acumulativa de un mismo tipo de indignación popular, pero sí que todo lo fortuito sucede en las grandes catástrofes naturales, acentúa la miseria de los miserables. La caída de la Bastilla, la renuncia al feudalismo, el traslado forzoso de los reyes al Louvre... y la huida del rey fueron productos del azar, pero no lo parecen cuando se observa la concatenación de sus efectos demoledores de la monarquía. Júpiter propiciaba la revolución que los franceses no hacían. La narración de los hechos siguientes podría despejar la incógnita si partimos de la hipótesis, hasta ahora inexplorada, de que los hechos más que las acciones voluntarias fueron tomando cariz político-revolucionario en la mentalidad popular en la medida y sólo en la medida en que el hecho insurreccional iba divisando y acercándose por azar al hecho republicano. no concebido éste como producto procurado por la libertad política, sino como negación del sistema monárquico, sin conciencia de lo que era o sería la libertad política en una república. Con esta hipótesis se entendería por qué en Europa siempre ha caminado el azar Tocqueville, por qué no dio ocasión a la república constitucional y por qué la doctrina jurídica o política no ha construido una positiva teoría de la república.